Por Jacqueline Rolland (1935)
UN DRAMA DE LOS CELOS
Podemos seguir, desde entonces, la ruta fulgurante trazada por el mensajero de las fuerzas invisibles.
Fue en 1908. El drama permanece aún en muchas memorias. El príncipe Poniatowski se interesó por la linda Mimy Ladue, una de las artistas de los Folies-Bergère de París, y quiso adornarla con una de las joyas más bellas del mundo.
La muchacha entró en escena una noche. Estaba más seductora y encantadora que nunca, con el Diamante Azul fulgurando sobre su seno en flor. Desde el fondo de su palco, el príncipe tuvo que bajar los ojos. Los celos lo envolvían en sus olas devoradoras. Su mano tembló sobre la culata del arma que llevaba bajo la capa. El precioso cuerpo de la bailarina se estremecía bajo los aplausos; su sonrisa entreabría los labios como en una oferta a la multitud; el diamante palpitaba en su seno…
Apenas se oyó la detonación. La artista, herida mortalmente, se desplomó sobre las tablas. Bajo el oleaje de sangre que cubría su garganta, las facetas del diamante —suprema ironía— seguían fulgurando.
Poco tiempo después, en pleno día y en plena calle, el príncipe asesino fue asesinado. Mientras tanto, enloquecido por la tragedia en la que había desempeñado, inconscientemente, un funesto papel, el joyero que había vendido la piedra se suicidó. Quien se tome el trabajo de revisar las amarillentas hojas de los periódicos de aquel tiempo podrá leer el relato completo de este triple drama.
A LA SOMBRA DE LOS PALACIOS
IMPERIALES
Hijo del Oriente, parecía que el Diamante Azul sentía la nostalgia del fuego solar que le había dado su potencia luminosa. ¿Quería acercarse a la cúpula blanca y a los ríos sagrados? El sitio que había dejado vacío en la frente del dios lo atraía irresistiblemente.
Se detuvo a medio camino, pero fue para entrar en un palacio a orillas del Bósforo, el río de aguas rosadas y azuladas bajo el sol. Y era casi un dios el hombre que quería adornar su frente todopoderosa con la gran piedra: ¡Abd-ul-Hamid, el temible sultán!
El joyero griego que le vendió el diamante salió del palacio radiante de alegría y cargado de dinero, dispuesto a tomar su coche que lo esperaba en la puerta. Pero sucedió que sus caballos, espantados por una causa desconocida, emprendieron un galope infernal y precipitaron al joyero y su oro en un abismo.
Y todos sabemos que el destino de aquel monarca, conocido como el Sultán Rojo, tuvo un desenlace bastante trágico.
EL HIJO ÚNICO
¿Hasta cuándo se prolongará esa larga lista de desgracias? ¿Por qué no encierran de una vez el trágico Diamante Azul en su estuche secreto?
Hablemos de otra de sus víctimas. Hace apenas unos veinte años… ¿Qué poder sobrenatural sugestionó a la señora Nac Lean, esposa del multimillonario norteamericano dueño del Washington Post, hasta el punto de hacerle olvidar sus temores? Ella temía al célebre diamante, y aun así lo compró, con la condición de devolverlo si alguna desgracia ocurría en su familia.
La desgracia no tardó en llegar. Una tarde, el único hijo del matrimonio paseaba con su institutriz. ¿Qué vértigo se apoderó del muchacho? Un salto, una queja… y luego, el grito de horror de la mujer que lo acompañaba.
El niño, sin que la institutriz pudiera evitarlo, se lanzó de repente bajo las ruedas de un automóvil. Llevaron su cuerpo, exánime y ensangrentado, ante la madre, que estuvo a punto de enloquecer.
Por añadidura, el padre del niño, acusando a su mujer de haber traído la maldición al hogar, pidió el divorcio.
EL TALISMÁN
Actualmente, el Diamante Azul parece dormir en un paréntesis de olvido inofensivo. ¿O acaso espera, en su orgullosa soledad, a una nueva víctima que lo adquiera para reanudar su obra de terror y muerte? ¿O estará ya saciado de lágrimas y dolores humanos?
Dicen que Charlie Chaplin quiere adquirirlo. ¿Conocerá el genial artista su historia? ¿Poseerá Chaplin un talismán más poderoso que la voluntad de los dioses?
¿Será el amor ese talismán?







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