EL ORGULLO DE SER PROVINCIA

Written by Libre Online

20 de abril de 2022

POR JORGE MAÑACH (1950)

Con motivo de mi artículo  “El Yunque Invertido”, donde recogí algunas impresiones de una visita deleitosa a Baracoa, he recibido dos comentarios de leve protesta, que me trasladan para mi edificación y, tal vez, para que me haga algún eco de ellos.

El primero es de una “balbuciente voz” que procede de Puerto Padre, pero que tiene por lo visto, parte del alma en la bella tierra baracoense. Por cierto, que allá suele decirse “baracoesa”, lo cual (permítase una nueva herejía, y ojalá me asista José de la Luz León, nuestro agudo ensayista, que de allá es nativo) lo cual suena feo y disparatado. A vuelta de muy amables y generosas frases, que mucho, le agradezco, el doctor Miguel Betancourt R. me dice: “Usted fue a Baracoa y no vio a Baracoa; si su blanca espuma como neblina se lo impidió desde el avión; ya en tierra firme, la neblina fue opacidad de exaltada criolla muchedumbre, y también se lo impidió. Así me lo afirma cuando mira “al pequeño aeropuerto rodeado de platanales y cocoteros”. Ni plátanos ni cocoteros: ¡palmas!… Palmas reales, altivas y solitarias…” –Y el Dr. Betancourt, que tiene la prosa emocionada, les canta un epinicio a sus palmeras orientales (porque también  creo que se debe decir “palmeras” y no “palma”.

Por lo demás, tiene razón. El

aeropuerto está circundado de palmeras. Si yo hablé de platanales y cocoteros, acaso fue porque, desde el aire, alcanzaba a ver más espacio de tierra circundante que la que desde el suelo se divisa; y también porque eso de los plátanos y los cocos, con su prosperidad de antaño y su calma de hoy, era el tema sobre el cual pensaba entonar las lamentaciones de mi artículo. La pobre Baracoa tiene poco menos que arruinados por las plagas sus cocotales y sus explotaciones de banano y cacao. Al escribir en defensa de ella, la mirada mental se me sobrepuso a las memorias visuales. ¡Pero conste que lo que rodea al aeropuerto son palmeras!

Los reparos de la otra comunidad son algo más graves. Su autor, el Sr. Manuel Milhet Sánchez me obliga a sincera gratitud con frases de aprecio sumamente generosas; pero enseguida pasa a decir: “nosotros los “baracoenses” hemos lamentado profundamente que cuando el doctor Mañach estaba escribiendo este otro famoso escrito, se le metiera el diablo en la cabeza para

hacerlo intercalar tantas manchas negras en el mismo… Nada más ha faltado que en esta ocasión, nos tratara de indios con taparrabos… El Doctor Mañach debe saber que nuestras muchachas no son tan ruborosas ni tan tímidas como él las califica, habiéndolas aquí– como en todas partes–blancas, mulatas y negras, y las más muy lindas y hermosas. No como las pinta el Dr. Mañach que son todas de color indio…” etc. aquí el Sr. Milhet se equivoca al copiar mi frase, puesto que yo no hablé de “todas” las muchachas de Baracoa, sino que dije: “unas muchachas se acercan para prendernos distintivos, al par que nos dicen palabras ruborosas de bienvenida. Son todas del color de la miel morena, y algunas tiene ese vago perfil indio que sólo se ve por éstas y otras zonas adentradas de Oriente”. ¿Por qué ha de mortificarles eso ni a los baracoenses ni a nadie?

Todos los demás reparos de nuestro comunicante son por el estilo: que si yo escribí de las casas viejísimas que rodean al parque, cuando no es verdad que sean tan viejas; que si hablé de las tiendas de ropa que “huelen a goma por su abandono”–esto de “por su abandono” lo pone el Sr. Milhet–: que si dije que las jovencitas “se asoman tímidamente a los póstigos o se aventuran a la calle de bracete, como protegiéndose unas a otras”, a lo cual  me replica el Sr. Milhet que en Baracoa las hay muy instruídas; en fin, que si llamé a Baracoa “villa”, siendo, como es, “ciudad”, y nada menos que la Primada de Cuba…etc. Termina el señor Milhet: “¡Qué grande y qué noble fuera si el Dr. Mañach rectificara un tanto ese escrito, para bien suyo y del pueblo de Baracoa, que tanto le admira!”

Pues bien, mi amable y sensitivo Sr. Milhet, sí efectivamente hay algo deprimente para Baracoa en todo eso que yo  con tanto cariño escribí, délo por no escrito. Y no porque uno debe desdecirse nunca, indecorosamente, de lo que considera verdadero, sino porque lo pensado con cariño, si a alguien lastima, estuvo torpemente dicho. Y yo, le repito, tengo por Baracoa una verdadera debilidad desde que la conocí.

 Todo esto tiene más importancia, más trascendencia de lo que a primera vista parece. Lo que al Sr. Milhet le ha dolido son ciertas notas de mi artículo que cargaban un poco la mano sobre lo distintivo  y peculiar de Baracoa, sobre eso que las perspectivas llaman “el dolor local”. No creo, a la verdad, que ninguna de esas observaciones fuera radicalmente inexacta, aunque describir es siempre concentrar, subrayar, exagerar un poco. Lo que al Sr. Milhet le desazona es que yo no destacara los elementos modernos, normales, convencionales de Baracoa– es decir, aquello precisamente por lo cual Baracoa es menos Baracoa. No se da cuenta nuestro comunicante de que una tierra es mucho más deliciosa y pintorezca por sus casas viejas que por sus casas nuevas, por sus mocitas tímidas que por sus jovencitas capaces de enfrentarse con cualquiera, por los sombreros de yarey y las guayaberas que vi, que no por los pajillas y levitas con que emula a la ciudad grande, por ser “villa” ilustre, que recibieron primeramente y no por la documentación de “ciudad” que graciosamente se le otorgara después. El Sr. Milhet Sánchez, en su devoción

terruñera, querría que a los que vamos a La Habana, Baracoa no se nos

diferenciase demasiado de Luyanó. ¿No ve, amigo mío, que si así fuera, no valdría la pena ir a Baracoa?

Esa pretensión es común a casi todos nuestros pueblos, incluso a nuestras capitales del interior. No se resignan a ser pueblo, no se resignan a ser provincia. Creen que esas catagorías son humillantes; que las reducen a nivel de “campo”, como dicen los habaneros. Y mucho del esfuerzo cívico, se empeña frecuentemente en quitarles a esos pueblos todo su aire campesino, a esas poblaciones mayores todo su aire local, desfigurándolas con todo género de simulacros capitalinos.

En mi propia tierra, en Sagua la Grande, ¿no levantaron una vez en el parque una pérgola que representaba con un par de pistolas a un Cristo, y no hubo casi una batalla campal porque a un alcalde se le ocurrió quitar algo así como una fuente luminosa que también había puesto?

Amigos míos, no es una cosa de que los pueblos “se resignan”, como antes dije, a ser “pueblos”; que la povincia “se resigne” a ser provincia. Es que deben tener orgullo en ser eso y progresar sin renunciar a su fisonomía propia, sin permitir que la modernidad  desplace las peculiaridades nobles, sin repudiar lo que acuna una calle tradicional o que tiene un aire de fragancia ingenua o reposo provinciano.

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