Diario en la Deportación

Written by Libre Online

5 de octubre de 2022

Por J. A. González Lanuza (1954)

Desde Santander hasta Reinosa se viaja atravesando siempre la misma provincia y el paisaje es espléndido; sobre todo en los alrededores de Bárcena, estación intermedia, pueblo rodeado de montañas que constituyen las primeras estribaciones de la abrupta cordillera que los geógrafos denominan «Picos de Europa». 

El ferrocarril por esta región es un prodigio de arte humano, que va acompañado de otros dos prodigios: la carretera y el río Besaya. Por donde únicamente se ha podido trazar el camino, por allí únicamente ha podido ir la vía férrea; con una diferencia, y es que esta última varias veces horada las montañas, al paso que la carretera tiene que limitarse a bordearlas.

Treinta y dos túneles hay de Santander a Madrid. Su paso dura, por término medio, de uno a dos 

minutos, a excepción de uno que corta, cerca de Madrid la sierra del Guadarrama, y en el que se emplean seis minutos.

En los túneles (hablo de la región de Santander), la carretera se desvía, el río también. Este se ve un gran trecho, luego hace un recodo y se pierde por entre dos montañas. Más adelante vuelve a aparecer. Tan pronto se le ve sólo como acompañado de la carretera. 

Esta, a veces forma la orilla misma del Besaya, cuyas crecidas contiene con un fuerte murallón. El río no es navegable. Su agua, hasta llegar a Bárcena es muy clara y transparente y permite contar los guijarros del fondo. De Bárcena a Reinosa, cuando llueve es turbia. A pesar de su escasa importancia geográfica, el Besaya tiene una gran importancia industrial, pues como su corriente es muy rápida, pues baja de elevadísimas montañas, constituye un excelente motor que da vida a unos cuantos tejares y a gran número de fábricas de harina, que constituyen la primera riqueza industrial de esta provincia de Santander.

 De trecho en trecho se veían pueblecitos. Las casas de los pobres son de piedra y embarrado, con techos de tejas; sólidas, viejas, oscuras, firmemente asentadas. Algunas deben tener más de un siglo. Abundan, sin embargo, (al menos entre los pueblos que están al paso de la vía férrea), elegantes chalets de gente acomodada (algún conde que por allí tiene extensos maizales, o tierras de pastos); o algún fabricante de harina cuya fábrica se ve, cerca del pueblo, orillas del río. En uno existe un manantial de aguas termales. Por eso se llama Caldas de Besaya. 

Allí hay un gran hotel (grande por feo) destinado a los que vienen a tomar baños. Le rodea un paisaje agreste, y en la parte media de una montaña que cierra su fondo hay un convento de carmelitas, vetusto, antiquísimo, irregular, triste y carcomido; tan traste y tan sombrío, que es hoy, según me dijo Ortega, lugar de penitencia, a donde se mandan a purgar sus desvaríos a algunos frailes. Data de la Edad Media; está rodeado por una fuerte y antiquísima muralla y a derecha e izquierda por dos macizas y sombrías torres. Lo saludé con respeto: es el primer recuerdo de tiempos pasados y añejos que han contemplado mis ojos, la más vieja aglomeración de piedra que ha aparecido ante mi vista. 

Ortega me decía que esos pueblos que íbamos viendo, se habían civilizado por el paso del ferrocarril; pero que eran más genuinamente montaraces; más característicos los otros, que están lejos de la vía férrea, perdidos en la montaña: estos son los que Pareda ha descrito inimitablemente (véase «Peñas Arriba», o «El sabor de la tie-rruca»). Aquí suele haber iglesias muy bonitas, imitaciones del estilo antiguo, elegantes, nuevas, sin embargo. En esos otros pueblos montañeses la iglesia es un caserón con un campanario; y en vez de chalets lo que se ve es alguna que otra casona (como se llaman las vastas viviendas de los labradores acomodados y semi-hidalgos.

Al fin, llegamos a Bárcena, a las doce y media. El tren de mercancías dejó allí nuestro carro y siguió viaje. Bárcena es una estación importante. El paradero (aunque todos son buenos) es de lo mejor. Tiene anexo un café y varias dependencias. Ortega (contraviniendo todo el reglamento) nos hizo bajar a Rubio, a Zayas y a mí y nos llevó al café. Allí nos tomamos un cocotazo de cogñac con anisete, que nos quitó el frío. Luego nos asomamos a las puertas del fondo para acabar de ver los alrededores. ¡Qué hermosos son! ¡Cuánto me acordé de Emilio y del paisaje que pintaría si allí demorase 24 horas!

Bárcena está en un valle, que lleva su nombre, rodeado de altísimas montañas. Ese valle está atravesado por varias vías férreas, pues él engrana el llamado Ferrocarril del Norte con el de Bilbao y ramal que viene de Asturias, en línea divisoria de esta provincia y Santander. 

La entrada del valle es fácil, pues una ancha cañada le da acceso: por ella pasa el Besaya, bordeando en una orilla la carretera y en otro por el ferrocarril. Pero es un valle 

cerrado. No tiene salida. Las montañas que le rodean se amontonan por todas partes y tras de ellas están ya los grandes contrafuertes de los Picos de Europa. Así, pues, cuando el tren correo llegó y nos recogió, emprendimos el viaje más hermoso y hasta solemne que hecho en mi vida.

Hagamos aquí, sin embargo, un paréntesis para contar nuestra permanencia en Bárcena, que llegó a prolongarse hasta las tres de la tarde.

En el Café nos encontramos con un individuo como de cincuenta años, tosco, gordo, coloradote, de nariz aporronada, de pequeño y cerdoso bigote gris. Calzaba zueca de madera, enormes. Vestía con un flus gris oscuro, de saco muy doble y fuerte, pero tosco. Llevaba un descomunal paraguas y un larguísimo impermeable, y en la cabeza un sombrero de grandes alas, de castor negro. Me pareció un labrador algo acomodado; o el dueño del Café; o un albéitar establecido en el pueblo; algo así. 

Ortega y él se saludaron con gran efusión. Ortega nos lo presentó diciendo: Señores aquí tienen a D. Julio, el médico del pueblo de Bárcena.» El médico, Dios mío: Ves tú como en lo de albéitar me acercaba, porque estos ciudadanos de Bárcena deben ser tan fuertes, como un caballo o un buey, para escapar satos de manos de este bárbaro. ¡Daría cualquier cosa por haber conseguido su retrato, a fin de que pudiesen ustedes formarse idea de semejante facultativo!

Pero, eso sí, es el hombre más 

sanote y campechano que he visto. Alegra como unas sonajas. Después de habérnoslo presentado, Ortega se presentó a nosotros. Señalando a Rubio, dijo: «Este es un sobrino de Maceo», de mi dijo: «Este es el hijo menor de Máximo Gómez»; y de Zayas: “Este es el jefe de Estado Mayor de Quintín Banderas». Don Julio añadió: «¡Buenas piezas!» ¡Y nos dio un abrazo! 

Me quedé estupefacto y pregunté a Ortega, señalando a D. Julio: «¿Acaso este señor es delegado en Bárcenas de la Junta Revolucionaria de Nueva York?» «No, señor —dijo don Julio; yo soy un buen español; pero he peleado por Don Carlos y me han hecho prisionero, y me querían fusilar, y me deportaron a Melilla, y me amarraron y traquetearon, y enjaularon, etc., etc., y sé lo que es eso, y compadezco de corazón a los que lo pasan; aunque ustedes sean, como son, unos mambises, pícaros y bribones». ¡Y nos volvió a abrazar el buen D. Julio!

Entonces nos convidó y tomamos el cañazo de que ya les he hablado; y como se distrajera conversando, pues charla hasta por los codos, ¡Zayas pagó, sin que él lo viese, lo cual, cuando después lo supo, le hizo prorrumpir en una carretada de desvergüenzas! «Bota ese dinero» —le decía al muchacho del Café. «Mira que es dinero mambí y esta noche estalla en la gaveta. Coge el que yo te doy, que es dinero español, y del bueno.» ¡Qué manera de hablar, Dios mío! ¡Cuántas desvergüenzas! Aquí eso es 

corriente; pero D. Julio es un extra.

Llegó en esto al Café un tipo de boina, que resultó ser un tabernero del pueblo. D. Julio, que estaba charlando al propio tiempo con todo bicho viviente, lo llamó enseguida y se sentaron a jugar al tute. 

Cuando acusaba las 40, o las 20, tomaba el rey y el caballo y se lo metía literalmente por las narices al tabernero, todo porque en días anteriores éste había desconfiado ante un acuse de él.

El tabernero se echaba para atrás y seguía jugando, muy callado. Ganaba D. Julio, charlaba y charlaba, y perdía. De repente dijo: «Pero ¿qué es lo que jugamos?»

 El tabernero contestó: «Lo que usted quiera. “Don Julio lo pensó un rato y dijo: “Bueno, vamos a jugar quién les paga a estos laborantes otro traguito.» «Bien», dijo el tabernero, y siguieron jugando. Don Julio perdió y tuvo que pagar, con gran satisfacción suya.

Después Rubio se dio a conocer como médico y hablaron de medicina. ¡Válgame, Dios! D. Julio opinó que para el ejercicio de la medicina no era lo esencial el estudiar mucho, sino poseer… el ojo clínico. ¡Ya lo creo que esa tenía que ser su opinión! Por supuesto, que él creerá poseer un ojo clínico tan fino como el que más; pero se veía bien que renunciaba a que lo creyesen muy leído en medicina.

Al fin, con la llegada del tren correo, nos despedimos. D. Julio nos dio su tercer abrazo y nos dijo: «¡Ojalá que aquello se concluya pronto, ganando nosotros, por supuesto, que vuelvan ustedes a sus casas y que nos saquemos todos un premio gordo a la lotería!»

Buen hombre me pareció este medicote. Ortega nos dijo que era un infeliz, a quien todos querían en el pueblo.

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