Por J. A. Albertini
Nunca he perdido el sentimiento de
contradicción que hay detrás de
todo conocimiento.
Herman Hesse.
Una vez más, haciendo honor a la espontaneidad de su prosa, franca e incisiva, el poeta, escritor y traductor Juan Cueto-Roig ha sacado a la luz —para aquellos que con admiración y deleite hemos seguido la trayectoria de Verycuetos, desde el tomo I, publicado en el año 2017 —el número V (Editorial El Ateje 2026).
Lógicamente, la vida mira hacia el camino, no del todo claro, que queda por recorrer. Pero como Juan Cueto, es un ser pensante lleno de ideas filosóficas y cuestionamientos que se afincan en un pasado irresoluto que no reposa —porque: “La vida de los muertos perdura en la memoria de los vivos”, según dijo el pensador romano Cicerón (106 a. C- 43 a. C.) —sus disquisiciones, ya sean en versos, relatos u opiniones minimalistas, están saturadas de la inquietud inherente, que todo ser pensante adquiere al nacer y presentir, por instinto animal, la ineludible, muerte.
Compartiendo, al azar, partes de Verycuetos V, para sustentar, lo que considero esencia del libro, copio una pregunta que la poeta Belkis Cuza Malé le hiciera a Cueto-Roig como parte de una entrevista para el periódico El Nuevo Herald (5 de marzo, 2009).
Y ¿a qué atribuyes tu fino sentido del humor, tu humor negro?
“Siempre me ha intrigado la muerte. Quizás porque me afectó desde muy joven; y como nada podemos contra ese final tan común e inevitable, lo mejor es burlarnos de ella”, fue su respuesta.
Soy de la opinión —ya que conozco la totalidad de su obra —que Juan Cueto no se burla, totalmente ni ironiza la muerte. La conoce muy bien; juega con ella y la embroma con la familiaridad que le concede el haberle visto el rostro y sentido su aliento cuando, contando con 36 días de existencia, ella, la “dama blanca”, optó por llevarse a María Ofelia Roig Coloma, su madre. Y, no conforme con el destete apresurado de la criatura, al poco tiempo volvió por José Cueto Isla, el padre.
Verycuetos V —como los anteriores, pero con la novedad del decurso que la permanencia física va desgranando —contiene nuevos análisis sobre películas que, en algún momento, la crítica las calificó de manera positiva o negativa y que Juan Cueto, a la lupa del tiempo, contempla con otra mirada evaluadora que destapa ángulos que, en su momento, no fueron observados.
Y como el autor es, a pesar de su proverbial parquedad, un amigo leal que conserva el afecto hacia las personas, mucho más allá de la partida definitiva, en esta reciente entrega de Verycuetos, topamos con notas como la titulada: Per Sepulchra Regionum, dedicada al recuerdo de Ángel Cuadra, estupendo poeta y luchador incansable por la libertad de Cuba.
En otra parte, reiterando que la memoria humana es un enorme almacén de eventos, sobre todo, irresolutos en la parte titulada: “Cuentos breves y brevísimos” aparece una narración bajo el nombre de “La guerra y la paz”, con la siguiente dedicatoria: A mi primo Carlos A. Farto Cueto (10-2-1945—12-7-1996) que murió en Viet Nam:
“Los sobrevivientes de ambos bandos celebrarán la paz sobre los cadáveres de sus respectivos ejércitos. Los soldados muertos serán los únicos que nunca sabrán quién ganó la guerra en la que combatieron”.
Añádase que Cueto-Roig, como no gusta de las despedidas, atesora los amores y afectos cuyas osamentas, liberadas de las almas, moran en los camposantos. Para él, los que partieron antes, son espíritus de compañía indispensable que siempre están presentes. De esa manera, su querida hermana la abogada María del Carmen Cueto (7-23-1931—10-23-2022) nunca está lejos de su cariño. Ella, a tiro de memoria, se abraza a los progenitores y demás antecesores que —en mayoría sentimental —aguardan en el cementerio de la histórica; octava y villaclareña villa de San Juan de los Remedios, fundada en 1513 por el conquistador español Vasco Porcallo de Figueroa. Remedios dista 10 kilómetros de Caibarién (la Villa Blanca) ciudad portuaria y pesquera, de playa hermosa, en la cual nació —aunque no se crió en ella —el autor de todos los Verycuetos.
Y como Juan Cueto-Roig, reitero, desde su despertar a la vida, supo lo que significaba la dureza oculta bajo el blando eufemismo de “la vida eterna”, en una entrevista que le concedió en 2011, a Manny Díaz, para el blog Gaspar el Lugareño a la pregunta: ¿Cómo le gustaría morir?, respondió, sin vacilación alguna: “Antes de que muera un ser querido más…
Nada más apropiado para asomarnos a la esencia vital de este pensador sensible y hombre de letras —el cual, desde 1966, padece, al igual que miles de cubanos, un exilio no deseado— que reproducir su poemario titulado Los nombres y las cosas: “Hablo con los que llegan ahora de mi pueblo. / Les menciono apellidos, / sociedades de recreo, / restaurantes, / párrocos y bares. / No los conocen. / Ni siquiera han oído hablar de ellos. / Les pregunto por mi casa, / no pueden identificarla. / Han cambiado las calles / y sus números. / ¿Habrán también borrado / nuestros nombre de las lapidas?”.
Partiendo del postulado de que Juan Cueto-Roig ha escrito los cuatro Verycuetos anteriores, incluyendo este tomo cinco, con una manifiesta sinceridad , que no alimenta egos elaborados e incluye una variedad de temas, a veces difíciles, que su pluma convierte en lectura siempre interesante —que esquiva la fatuidad de las candilejas, que rayan en efímero exhibicionismo literario— se hace apropiado reproducir un concepto que aparece en el lúcido ensayo de Mario Vargas Llosa titulado: La civilización del espectáculo: “El vacío dejado por la desaparición de la crítica ha permitido que, insensiblemente, lo haya llenado la publicidad”.
NOTA: Juan Cueto Roig a partir de 1996 —con su libro de poemas En la tarde tarde (Editorial Sibi) —comienza a publicar obras que abarcan diferentes géneros literarios, incluyendo traducciones. En el presente el autor cuenta con una veintena de libros que se pueden adquirir en Amazon libros.








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