Por Manuel Cuéllar Vizcaíno (1949)
La Merced mantiene su prestigio de Reina Suprema. — Su identidad con el culto lucumí no mermó su grandeza. — Incólume el culto mariano. — Los mercedarios. — Fundación de la Orden. — Obbatalá, también Madre Suprema. — La dueña de todas las cabezas. — Los caminos de Obbatalá. — Sus colores. — Sus cantos. — Sus comidas. — “Guerra de santos”. — El rezo de Babá. — Exaltación de la Merced. — Las imágenes. — Imágenes milagrosas y particulares. — “Merced Chiquita” vive.
Con Nuestra Señora de la Merced no ocurrió lo que hemos visto en las demás representaciones marianas al establecerse por los africanos la identificación del santoral católico con el panteón lucumí.
En la mente de nuestros abuelos negros quedó la Virgen de la Merced con todo el prestigio y toda la grandeza de la máxima figura femenina, señora de los cielos por sobre todos los hombres y Santísima Madre del Salvador.
Cuando tomaron la imagen de Nuestra Señora de Regla por Yemayá, la limitaron al dominio de las aguas, porque la del yoruba solamente poseía el control de este elemento y fue ella, según la leyenda, la que hizo la división de la tierra y el mar, quedándose con la parte líquida después de barrer las aguas con la falda de su túnica para que surgieran los continentes y hubiera una nueva forma de vida, no aquel abismo sin vegetación, aquel enorme lecho de los peces donde la deidad se movía en los comienzos del universo. Cuando tomaron a Nuestra Señora de la Caridad por Ochún, la limitaron al dominio del amor y del oro, de la sensualidad y de la alegría, porque la Ochún del yoruba era la desconcertante doncella del río que danzaba en los güemileres (fiestas), con el cuerpo desnudo y al brillo de oñí (miel), hasta desesperar a los hombres.
Pero cuando tomaron a Nuestra Señora de la Merced por Obbatalá, la santa católica quedó en su alta jerarquía de Madre Suprema, porque es Madre Obbatalá para el lucumí.
Y no podía ser de otra manera porque, aparte de las razones apuntadas, sucedió que los católicos que siguieron las reglas de San Agustín —Nuestra Señora de Regla es el nombre con que se conoce la advocación— enmarcaron su veneración en dichas reglas y luego, con motivo de las peripecias alrededor de la imagen que está en Chipiona, quedó la santa como patrona de bahías, puertos y otras zonas marítimas donde ocurrieron hechos milagrosos.
También la Caridad del Cobre, en Cuba, tuvo enmarcada su veneración en lugares y territorios de acuerdo con el fervor de los fieles, resultando a veces una santa particular y siempre alejada del original concepto mariano. Y si eso pasaba y pasa con los católicos asistentes a las doctrinas, con personas que leen y que estudian los libros sagrados, no era posible que los pobres lucumíes captaran en esas imágenes la idea central de María, Madre de Dios.
Pero los mercedarios fueron amplios y llegaron lejos. Llegaron en sus propagandas y en su fe hasta donde tenían que llegar y levantaron en todas partes, sin limitaciones territoriales, el alto pabellón de María Santísima. El lucumí, que tenía a su Obbatalá como Madre Suprema, la dueña de todas las cabezas, la pureza inmaculada y fuente de sabiduría que sabe controlar las pasiones, tomó la imagen de la Merced como Obbatalá porque lo que oía en los ejercicios y en las oraciones del culto a María coincidía con lo que le habían dicho los cantos de su deidad africana.
Los Mercedarios
La Orden de la Merced o de la Redención fue fundada en 1218 y se consagraba al rescate de los prisioneros hechos por los infieles. Rescatar a un prisionero era un acto de grandeza espiritual; fracasar en la demanda y quedar prisionero era el paso a la gloria. Fue su fundador san Pedro Nolasco, en Barcelona. Dícese que san Pedro ordenó que todos sus religiosos vistieran el hábito de la misma forma y color del que vistiera la Virgen María la noche de la Aparición: color blanco. Y es blanco el escapulario que cae sobre el pecho de los congregados, significando pureza de conciencia y la santidad de vida que siempre han de tener.
El primitivo templo de la Merced en La Habana, según las notas históricas del álbum de la Iglesia, tuvo inicio en el año 1630. El actual templo, situado en la calle Cuba esquina a Merced, lo comenzaron a edificar los Padres Mercedarios el 31 de enero de 1755. Los mercedarios habían abandonado el convento antes de la instalación de los sacerdotes de la Congregación de la Misión, llamados por el vulgo Padres Paúles. Estos se hicieron cargo del antiguo convento en 1863, conforme a las disposiciones eclesiásticas de la época.
El padre Jerónimo Viladás, nombrado rector de la Iglesia, al verla en tan deplorable estado, ya que solo encontró las paredes pésimas y un suelo de hormigón, reanudó las obras y reconstruyó las tres naves del crucero y la gran cúpula sobre ellas sostenida. Cooperó eficazmente con él el Conde de Cañongo, facilitándole al arquitecto José María Sardá. Trabajos incesantes y colectas populares llevaron las obras hasta un gran adelanto. El 1 de febrero de 1865 reanudaron las obras que habían estado paralizadas durante años. A los dos años, el 31 de enero de 1867, fueron terminadas e inauguradas.
Tal como hoy la vemos, con verdadera admiración, la Iglesia de la Merced es una perfecta cruz latina de 57 metros de largo, 30 de ancho y 20 de alto, sin contar los quince más que alza la anchurosa cúpula del crucero. Paralelas a la nave mayor corren otras dos laterales del mismo estilo grecorromano, aunque de altura menor, que juntamente con otras dos capillas colocadas sobre los dos brazos de la cruz constituyen un perímetro del todo rectangular y de las medidas de longitud y latitud expresadas. De modo que la parte segunda de su construcción ha guardado perfectamente la unidad del estilo.
La decoración de esta Iglesia es verdadera obra de arte que le dificulta competidores en su clase. El álbum nos dice que han sido cuatro los artistas que intervinieron en su decoración: Esteban Chartrand, que tuvo a su cargo el fondo y las paredes de la Capilla de Nuestra Señora de Lourdes; Didier Petit, autor de la faja pintada en derredor de la parte baja de la Capilla, en la cual se representa una peregrinación al Santuario de Lourdes; Juan Cross, que decoró la cúpula, los lados superiores y la bóveda del altar mayor; y Manuel Lorenzo, que decoró lo que resta y constituye la parte principal.
Es decir que, entre la admiración por las grandezas artísticas de este templo, constantemente visitado por turistas conocedores de tales reliquias, y la solemnidad de la devoción a María de la Merced, este culto se mantiene en toda su augusta jerarquía.
Obbatalá
Presentaremos a la deidad lucumí, Obbatalá, para que se comprenda después, al volver sobre el culto católico de la Merced, la serie de detalles coincidentes a que hemos hecho mención en los párrafos iniciales de este estudio.
Obbatalá es deidad de primera categoría en el panteón lucumí. Su origen es la divinidad misma. Cuando al principio del mundo todo era agua y en las aguas mandaba Yemayá, ella acompañó a Orula para hacer con Yemayá el trato por el cual surgió la tierra para una parte y el mar quedó en la otra, bajo el dominio de su dueño. Pero es que Obbatalá, que poseía el tablero de adivinación con el destino de todos los seres, quedó dueña absoluta del mundo por mandato de Olofi (Dios). Dueña de todas las cabezas por tal razón, después de Olofi es la suprema deidad y la más respetada.
Gusta de la calma, de todo lo apacible. Para llamarla, es decir, para que se produzca el estado de trance, que los santeros llaman “subirse”, se usa una campanilla de metal blanco y blando cuyo nombre es agongó y que produce un sonido sordo, opaco, que apenas trasciende. Cuando “baja” el santo, es decir, cuando “se sube en la cabeza del caballo”, ella permanece un rato entre los aleyos y la fiesta continúa si no hay algazara ni discusiones; entonces hasta baila respondiendo a ruegos y honores que se le hacen. Da consejos plenos de sabiduría y de nobleza y siempre trata de enderezar lo torcido que comprende en rápida mirada a los ojos de los presentes. Si hay algo de pugna en el ambiente, entonces se acaba la fiesta porque la santa ordena que toquen y canten para Eleguá y con los cantos a Eleguá se terminan todas las fiestas de santos, como ocurre imprescindiblemente para dar comienzo.
Una vez estábamos en un bembé animadísimo y gran número de asistentes, abundando las mujeres. Había bajado Changó y al poco rato tomaron posesión de sus instrumentos Ochún, Yemayá y Ollá. Como las tres habían sido mujeres de Changó en tambores y guerrero, surgió un estado de celos entre las tres deidades. Ollá era fuerte y temeraria, pues presumía de haber acompañado a Changó en sus guerras con Oggún Arere… Yemayá era fuerte también y se jactaba de haber enseñado a Changó el endoro para el buen dominio de las mujeres. Y Ochún era fuerte, atrevida y burlona, que desesperaba con su carcajada sonora que le salía por la garganta como una clarinada de desafío.
Changó, presumido y altanero, gozaba con la disputa de sus antiguas mujeres y ya, ante el ambiente caldeado, carecía de fuerza y de argumentos para calmar la situación. Estaba presente una muchacha de color de níspero maduro y vestida de blanco, que se puso rígida y avanzó como por el aire hasta el centro del salón repleto de personas.
—¡Obbatalá! ¡Obbatalá! ¡Babá! ¡Aquí está Babá! —se oyó decir por todas partes.
En el acto Changó, que tenía los brazos en jarras y se paseaba orgulloso, depuso su zafia actitud y fue arrimándose, apocado, al tambor batá hasta quedarse tranquilo; Ollá, que estaba en insolente actitud, inclinó la cabeza casi hasta tocarse las rodillas; Yemayá, que pretendía acomodar a cualquiera de sus rivales, buscó los pies de Obbatalá para bañárselos, y Ochún se agachó hasta tocarse el pecho con las rodillas.
—¡Toquen a Eleguá! —ordenó Obbatalá.
Y terminó la fiesta. Nos perdimos un espectáculo de verdadera emoción.
Como cada santo lucumí tiene un color simbólico, el de Obbatalá es el color blanco. Su fuerza evolutiva es tal que posee varios caminos, es decir, etapas evolutivas, vamos, reencarnaciones, como en el espiritismo. Así, el camino de Ocha-Lufón, que tiene relación con el Santísimo Sacramento; el de Obbatalá, que relaciona con la Purísima Concepción; Ocha-Lufá, que la acerca a la Virgen del Rosario; Ocha-Ofún, relativo a Santa Ana. Cuando es Oddúa, viene en la etapa masculina, y es entonces el propio Santísimo. Hablan de Oddúa los lucumíes representándoselo a caballo, sí que ha montado por la cola, de un salto; y usa ropa blanca con banda roja y tremenda espada. No hay que olvidar que hablamos de una santa lucumí, guerrera pese a su bondad suprema.
En esto de los caminos hay que fijar la atención. No todos los hijos de Obbatalá tienen la misma letra, es decir, la misma evolución. En el espiritismo se comprende esto perfectamente cuando se conoce la reencarnación. Tres o cuatro personas pueden ser hijas de Obbatalá, pero de distintos caminos, de diferentes etapas, de variadas reencarnaciones.
Aparte de esto, hay personas cuya letra está confusa y se produce lo que llaman “guerra de santos”, es decir, que varios santos se disputan a un hijo. En ese caso la solución es ponerle o “asentarle” Obbatalá, que es la palabra mayor, la deidad suprema después de Olofi.
Una santera hija de Obbatalá puede hacerle santo a cualquier otra persona, esto es, apadrinarla; digo, hacerla médium al estilo lucumí. Esa gracia no la disfruta ningún santero hijo de otro santo.
La comida ritual, de ofrendas a Obbatalá, es la siguiente: palomas blancas, gallinas blancas, chivas blancas, ñame, ecó, ecrú, efún, orí.
El ecó es maíz molido, pero puesto antes en remojo durante tres días; se muele, se le va colando, volteando y colando, hasta que queda en una pasta fina. Entonces se cuece envuelta en hojas de plátano. No lleva condimento. Ni azúcar ni sal. Nada.
El ecrú es frijol de carita molido, envuelto en hojas de plátano y puesto a cocer en baño María.
El efún es solo cascarilla de huevo.
Orí es la manteca de cacao.
Es una santa delicadísima que solo adorna sus comidas con efún y orí.
Es la madre de Changó, al que tuvo en un instante violento con Aggallú. Cuando nació el niño, que se desarrolló pronto y estaba majadero en el cielo, lo lanzó para la tierra, donde Yemayá lo recibió en la falda de su túnica y lo crió.
Para el lucumí, Obbatalá es una mujer encantadora, muy hermosa, pero sin morbideces. Muy linda, muy limpia, muy noble y muy seria.
Exaltación de la Merced
En el antiguo ejercicio católico en honor a Nuestra Señora de la Merced, llamado de “Los Santos Sábados”, y que el papa Pío X, en breve del 25 de mayo de 1908, concediera a todos los fieles hacer públicamente, tiene detalles que nos adentran en el culto mercedario y nos facilita elementos para afirmar nuestro criterio sobre la identidad que vio el lucumí entre su Obbatalá y la santa católica.
Al señalar los privilegios de la Merced dice el ejercicio:
“El primero es haber nacido inmaculada desde el primer instante de la concepción. El segundo privilegio es haber sido saludada por un ángel que le anunciara que sería madre del Mesías prometido. El tercero es haber sido elevada a la dignidad de Madre de Dios, hecho hombre para redimir al mundo. El cuarto es ser la Virgen de las Vírgenes. El quinto es ser más santa que todos los santos. No cometió la más leve imperfección. El sexto es ser la corredentora de la humanidad, culpable por el pecado de Adán. El séptimo privilegio es ser compasiva Mediadora entre Dios y los hombres”.
Cuando especifica las siete virtudes principales de María, dice el ejercicio:
“La primera virtud es la fe ardiente con que creyó las palabras del ángel de la Anunciación, que le prometió ser Madre y Virgen a la vez, enseñándonos así a creer los divinos misterios, aunque sean incomprensibles a la razón humana. La segunda es la esperanza firme. La tercera es la caridad o amor de Dios que jamás se entibió en María durante toda su vida. La cuarta es la prudencia con que siempre supo ordenar sus acciones a la mayor gloria de Dios. La quinta es la justicia con que cumplió exactísimamente los deberes para con Dios y para con el prójimo. La sexta es la fortaleza para vencer las dificultades que se oponían al cumplimiento de la voluntad de Dios. La séptima virtud es la templanza con que moderaba los apetitos de sus sentidos”.
Los siete gozos de María de la Merced en el cielo constan así en el ejercicio:
“El primer gozo es su gloriosa Asunción en cuerpo y alma a los cielos. El segundo gozo es por estar coronada como reina de la creación. El tercero es estar sentada a la diestra de su divino Hijo. El cuarto es verse enaltecida sobre los ángeles y santos por su incomparable pureza y santidad. El quinto gozo de María es porque todos los justos del cielo la aman, obedecen y glorifican como a su reina. El sexto gozo de María es porque la Iglesia acude a ella como a su madre abogada. El séptimo gozo es porque su divino Hijo le concede todas las gracias que le pide a nuestro favor”.
Las imágenes
En la Iglesia de la Merced hay dos imágenes: una de pie en el altar mayor y otra aparte, sentada. La sentada está considerada por el vulgo como la milagrosa. No obstante, en las casas particulares lo mismo se tiene una copia de la sentada como de la que está en el altar mayor.
Pero nosotros hemos observado un hecho muy curioso que se produce en Cuba y que seguramente se producirá en todas partes, ya que el material humano, en cuanto a las creencias y a la fe, debe tener la misma base. El caso es que el creyente no mantiene su devoción en todas las imágenes de un mismo santo. Lo diremos más claro: si usted tiene fe en la Caridad del Cobre, por ejemplo, dondequiera que vea una imagen la hará objeto de su adoración. Pero no ocurre así. Se tiene fe en una imagen independientemente de las otras imágenes del mismo santo.
Así se dice: “La Caridad de Fulana es muy milagrosa para mí. Cuanto le pido me lo concede”. “Yo tengo un San Roque en yeso que no lo cambio por ninguno en oro y brillantes”. Por eso surgen las madrinas de las imágenes. Se las bautiza y se las mantiene en el mayor cuidado. Y ha habido personas que, por no poder trasladar la imagen de un santo, han desistido de viajes importantes para su vida. Ni a tres tirones dejan la imagen detrás.
Algunas poseedoras de santos reputados de milagrosos han alcanzado la fama de su reliquia. La anciana habanera conocida por “Merced Chiquita” ha recibido los halagos de varias generaciones. Hoy anda alrededor de los 90 años y todavía acuden a ella personas que la visitan donde cuarenta años atrás. Es la hija de la Merced más antigua y conocida de La Habana.
El 24 de septiembre y los 24 de cada mes se bajan en su puerta personas acomodadas que ruedan máquinas lujosas. Algunas de esas personas tocaron a la puerta de “Merced Chiquita” en otras épocas, entonces en plena penuria. Otras han venido a menos y aún buscan el milagro que les devuelva el bienestar perdido.
La Habana, Cuba entera, se plaga de imágenes. Cada una tiene sus fieles. Detrás de muchos altares están las prendas del culto lucumí, los orichas, santos en piedra. Y los santos que aparecen en esos altares no son ya imágenes, sino símbolos. Símbolos particulares que cada cual maneja a su gusto en una religión particular.







0 comentarios