Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
El tiroteo cesó. En la quebradiza quietud que acaeció se escuchó que, en voz alta, la tripulación del camión blindado discutía con los de la tanqueta.
—No podemos seguir tirándole a las casas. Paremos esto y regresemos al regimiento.
—Todas estas casas están llenas de hijos de putas que alimentan y albergan a los barbudos —respondió el presunto jefe de la tanqueta.
— ¡No seas comemierda que esto ya se jodió! Del pelotón de soldados que nos seguían casi no queda ninguno. ¡Se han ido pa’l carajo…! No quiero que mañana me pasen la cuenta…
Sobrevino una airada e ininteligible discusión colectiva.
A la larga los motores ganaron fuerzas y las máquinas de guerra retrocedieron hasta que la oscuridad las engulló.
Abuelo respiró aliviado. Salió debajo la cama y reafirmó su criterio.
—Lo que siempre he dicho. El ejército está desmoralizado y no quiere pelear. Batista perdió la pelea. Si hubieran querido luchar, con una tercera parte de los soldados del regimiento Leoncio Vidal, del Cuartel 31 de la Guardia Rural y de la Jefatura de Policía, hubieran barrido con los alzados.
— ¡Qué Dios te oiga…! —clamó abuela.
Con las primeras luces del día regresamos a la sala. El piso estaba lleno de polvo desprendido del repello de paredes y techo. Un proyectil calibre 50 había cercenado un barrote de la ventana que miraba para la calle, dejando un hueco ancho y profundo encima del medidor de corriente. La parte trasera del plomo se tocaba con los dedos.
Con el advenimiento del 1 de enero de 1959, se esparció la noticia que en la madrugada Batista había huido del país. En Santa Clara el pueblo se lanzó a las calles y los últimos focos de resistencia, como el Palacio de Justicia y el Gran Hotel, (actual Santa Clara Libre) donde se habían parapetados oficiales del SIM y colaboradores comprometidos, fueron ocupados por los insurgentes.
En un santiamén se improvisó, sin rostros visibles, un expedito tribunal revolucionario y al anochecer, de aquel primer día, del “Año de la Liberación”, la cifra de fusilados era, para satisfacción de las muchedumbres, impresionante.
No pasó una semana del triunfo cuando, en Santa Clara, los Tribunales Revolucionarios de la provincia de Las Villas fueron oficialmente constituidos.
Alfredo Testar Díaz, nombre con el que iniciamos este relato; notario público y empleado de larga trayectoria en el juzgado municipal de la ciudad encabezó la corte recién creada. Él siempre había sido querido y respetado en Santa Clara. No eran pocas las veces que se le mencionaba: Ve al juzgado que Testar te resuelve lo de la propiedad… Testar te agiliza esos papeles… Dile que vas de mi parte….E invariablemente, de una u otra forma, el diligente Alfredo Testar cumplía con sus conciudadanos.







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