Mientras el mundo gira en su inalterable curso hacia la conquista de lo desconocido, como el reciente experimento lunar y la aventura de la Inteligencia Artificial, otros temas más cercanos y mundanos, como la tricéfala crisis geopolítica que mantiene el mundo en vilo, duermen en una parálisis desconcertante. Irán y Estados Unidos se envuelven en una pereza acomodaticia a la que llaman “cese al fuego”, sin que, al momento que se escribe este artículo, se vislumbre ni la sombra de una solución al conflicto que esta nación, debió haber terminado cuatro semanas atrás.
En Venezuela se ha instituido un status quo. Todo sigue igual que el 3 de enero cuando Maduro y su esposa Cilia fueron extraídos de su escondite. Algunas cosas han cambiado. Pero pocas. La dictadura que abusó, martirizó, asesinó y robó al pueblo venezolano, sigue allí, mandando, y en ocasiones, actuando por su cuenta, contra las órdenes de Estados Unidos. Todo en Venezuela está paralizado, congelado. No se ha designado una fecha para elecciones generales próximas, ni se habla de libertad, ni de democracia, que es, precisamente, lo que querían y quieren los venezolanos. El asunto del petróleo y los minerales no eran sus prioridades inmediatas. Mas, infortunadamente, sí para Washington. Y en esta confusa discrepancia de prioridades, el proceso hacia la democratización tiene que sentarse en el banco de la paciencia, con la esperanza de que le va a llegar, indefectiblemente, pero no con la prontitud que ellos soñaban.
Y por último está Cuba, el último eslabón en la dramática trilogía geopolítica que inquieta y enturbia la estabilidad y seguridad hemisférica. Esta pequeña nación, a 90 millas de las costas americanas, desde el arribo de la revolución comunista, hace 67 años, ha sido nido propicio para las campañas conspirativas y de espionaje de Rusia primero, y luego de China, que han continuado hasta el presente. Todo movimiento hostil, de cualquier país, y de cualquier continente, siempre ha encontrado en Cuba un aliado para dañar los intereses y la seguridad de la nación americana.
La noción divulgada en estos momentos en México, en propaganda pagada en los medios de comunicación, de que “Cuba es un pequeño país inocente víctima del imperialismo americano”, no es más que cantos de sirenas adiestradas para defender, en loas macabras, la perversidad y la monstruosidad de un país, sí, pequeño, pero gobernado por una mafia insensible y cruel que la ha sumido en el hambre, la miseria y la total destrucción física y moral. No, Cuba no ha sido jamás, en sus seis décadas de vida comunista, un vecino bueno y honesto en la comunidad de países hemisféricos.
Ha sido, al contrario, un país deshonesto, vendiendo su soberanía a la Unión Soviética bajo la promesa de ésta de mantener a la camarilla comunista de los Castro en el poder a cambio de usar el territorio cubano para instalar misiles intercontinentales lo que trajo al mundo al borde de un conflicto nuclear mundial.
Pero, a juzgar por los augurios y profecías que proliferan al granel por las redes sociales, la prensa cotidiana, la administración, el secretario de Estado, Marco Rubio y hasta el propio presidente, quienes afirman, inequívocamente, que la liberación de Cuba ya viene llegando, es de presumir que tal fenómeno libertario está a punto de producirse. Sin embargo, pese a este constante aluvión de promesas, las cosas en Cuba siguen igual, con un régimen desafiante, una población desesperada por el hambre, las carencias de toda índole, alimentarias, de agua, de energía, y de medicina empeorando a diario, con la sola esperanza de un cambio capaz de mantenerles en pie. Pese a algunas vueltas a la tuerca, que aumentan la presión a la dictadura, nada relevante se ha producido en la Isla. Claro -nos dicen- hay que tener paciencia. Pero, ¿cómo se le presenta esa paciencia a un pueblo que sufre las peores condiciones inhumanas imaginables?
No hay duda de que el presidente Trump tiene a Cuba en la mirilla. Está en el tope de su agenda. Pero hay que esperar, según sus propias palabras, a la solución del conflicto con Irán.
Si seguimos las palabras del secretario de Estado y del presidente, habrá cambio en Cuba.
Pero cuándo, cómo, y de qué tipo. Porque si, como se rumora en círculos allegados a Washington, se pretende la implementación de la estrategia venezolana, Cuba es un caso muy diferente al de Venezuela. Los elementos que hicieron posible y efectiva la operación de Venezuela no existen en Cuba. En la Isla no hay oposición organizada. En Venezuela sí. No existe en Cuba una sola figura en la que se pueda confiar para el inicio de una transición. La nación cubana vive hoy bajo un absoluto caos, sin disciplina política, sin economía viable, sin infraestructura social funcional, que para todo propósito práctico significa un estado fallido a un paso del colapso total.
Cuba, no es Venezuela. Ni es factible para un ensayo semejante. Tampoco creemos que el recrudecimiento de sanciones provoque los cambios deseados. La historia nos enseña que esa estrategia, rigurosamente lenta, nunca ha producido resultados positivos. Cuba, de por sí, es un ejemplo.
Mientras tanto, el gobierno de Cuba persiste, vociferada y beligerantemente, en su oposición a cualquier tipo de cambio. Insiste, en su caduca y absurda narrativa, de continuar con su sistema marxista a pesar de ser la causa principal del empobrecimiento trágico de la nación.
Entonces, ante este laberinto, ¿cuál o cuáles serían las opciones para extraer a Cuba del horrendo precipicio de la miseria y de la opresión?
En mi apreciación personal, las sanciones unilaterales serán de muy poco efecto en el corto plazo.
Entonces, ¿qué?
La única solución, -ante la resistencia del gobierno comunista- para terminar el largo martirio del pueblo cubano, sería la intervención militar. La transición posterior sería más rápida y ordenada.
No veo otra solución factible.






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