En su defensa, los ultraliberales acusan de racistas, nazis, fascistas, ¡y cuanto insulto se les ocurra!, a quienes no piensan como ellos.
Dentro de poco, quizá no quedarán epítetos para agregar a los virulentos ataques y calumnias.
El lamentable resultado que ha llegado hasta nuestros días es que dos naciones, —que se aborrecen de manera ostensible— conviven a duras penas en el mismo territorio nacional, exacerbando el nivel de odio, según vimos recientemente en los eventos de “La Cena de los Comensales de la Casa Blanca”.
Las desavenencias han llegado al seno mismo de millones de familias, donde unos hijos piensan y actúan de un modo, y otros piensan y actúan de otro totalmente diferente, reprochándose recíprocamente la manera de pensar y orientar sus vidas, y, peor aún, distanciándose entre ellos.
Dos lastimosos ejemplos me tocaron ver a corta distancia en el hogar de un gran amigo de muchos años, aquí, en esta misma ciudad de Hialeah.
Educaron a sus dos hijos varones de la misma manera y con los mismos ejemplos, pero todos sabemos que los hijos nacen para hacer sus vidas propias y no las vidas que sus padres podrían desear para ellos.
Así, en el pasado mes de diciembre, mientras jugábamos una partida de Dominó en su residencia, llegaron dos postales navideñas.
Sus hijos residen en diferentes sitios. La postal del hijo que reside en Aurora, Texas, decía más o menos así: “Feliz Navidad para los dos. Esperamos visitarles en febrero con los niños. Un beso grande para ambos y que Dios los acompañe siempre”.
La otra postal, proveniente del hijo que reside en Boston, decía más o menos así: “Felices fiestas para ustedes. Deseamos que se encuentren bien”.
Mi amigo se limitó a mostrarme las dos postales, y acto seguido me confesó afligido: “Ahí puedes leer la diferencia entre mis hijos. Hace tres años, en un día de Nochebuena, casi dejaron de hablarse en medio de una acalorada discusión. Su madre y yo tuvimos que intervenir mientras las esposas de ellos intentaban atrevidamente sumarse a la querella. Desde entonces les pedí que no vinieran a vernos en diciembre. Le costeamos sus carreras a los dos con grandes sacrificios…, aunque en diferentes universidades”.
No debemos extendernos demasiado, pero hay otros ejemplos que también he tenido la desdicha de contemplar de cerca, y seguramente muchos de los que gentilmente nos leen deben conocer casos similares entre sus amistades, familiares o conocidos.
¡Qué mal camino hemos tomado, señores!
La escisión cada día es mayor, y la mutua intolerancia también. Ya no son los tiempos de Reagan y O’Neill. Ya no es el Partido Demócrata de “Scoop” Jackson, ni el Partido Republicano de Robert “Bob” Dole.
Ya se miran unos a otros con marcado desdén, jamás encuentran una sola virtud en sus oponentes, resaltando únicamente los “odiosos defectos”, según el concepto de cada uno de ellos.
No importa lo que haga un presidente Demócrata, casi ningún republicano lo aprobará. Y jamás habrá un demócrata que apruebe nada que haga un presidente Republicano. ¡El odio parece haberles cegado! ¡Y se aferran en mostrar que no existe nada en común!
Felipe Lorenzo
Hialeah, Fl.







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