Por Jorge Quintana (1957)
Era un bravo, un valiente, un audaz guerrero. No conocía la existencia del miedo. Era un militar caballeroso, correcto, cortés. En la batalla se crecía hasta límites insospechados.
Producía dolor verle en los últimos tiempos de su presencia en Cuba, en la Guerra de los Diez Años, montar a caballo a la mujeriega, porque estaba mutilado. Había que montarle y desmontarle del caballo. Y cuando se desmontaba, el asistente le traía inmediatamente un taburete para que se sentara. Apenas podía caminar. Tenía también la mano derecha inválida de tanto agitarla cuando el mayor general Ignacio Agramonte le rescató de los soldados españoles que le llevaban prisionero camino de Puerto Príncipe. Y así, con tantas heridas que le inutilizaban, aquel hombre guerreaba con la tenacidad de todo valiente a quien inspira la fe en la justicia de la causa que defiende. Blandía el machete con la mano izquierda cuando cargaba al frente de sus soldados que le idolatraban. Era de los generales que marchaban al frente de la tropa dándole el ejemplo magnífico de que estaba dispuesto a hacer lo que hiciera el más audaz y el más valiente.
De familia sajona, nació Julio Sanguily y Garritte en la ciudad de La Habana el 9 de noviembre de 1845. Perteneció a aquella juventud que se educó en las aulas del colegio El Salvador, que dirigía don José de la Luz y Caballero. Su primera instrucción la había cursado en otro colegio cubanísimo llamado Santo Tomás. En ambos fue forjándose su alma limpia de patriota honrado. De los labios del insigne don Pepe aprendió a “templar el alma para la vida”, que era, en su concepto, el educar. Y también que “sólo la verdad nos pondrá la toga viril”. Tuvo por compañeros y amigos a los más insignes, ilustres jóvenes cubanos de la época, muchos de los cuales fueron después sus compañeros de jornada en los campos de batalla.
Una vez concluida su educación en el colegio El Salvador, pasó a los Estados Unidos, donde estudiaba la carrera mercantil cuando llegó hasta sus oídos la clarinada de La Demajagua, dada por Carlos Manuel de Céspedes el 10 de octubre de 1868. Inmediatamente se embarcó para Nassau, donde sabía que se estaba organizando una expedición por los camagüeyanos. El general Manuel de Quesada, que había asumido el mando militar de esa expedición, le admitió como simple soldado. Y el futuro héroe cubano aceptó porque él solo quería venir a luchar, no le importaba la condición ni las circunstancias.
En el “Galvanic” se embarcaron los expedicionarios del general Quesada. El 27 de diciembre de 1868 desembarcaban en La Guanaja, provincia de Camagüey. Ya en tierra sostuvieron su primer combate con los españoles. La bravura de aquel jovencito de ojos azules impresionó tanto al general Quesada que inmediatamente le ascendió a sargento. Pocos días después, ya actuaba como ayudante del jefe expedicionario que advirtió certeramente en él al brillante y heroico militar que los camagüeyanos necesitaban. En julio de 1869, el presidente Carlos Manuel de Céspedes le ascendía a coronel.
A las órdenes del general Federico Fernández Cavada, es designado jefe de operaciones del Distrito Sur de Camagüey. En esas actividades sostuvo con los españoles el combate de San Fernando de Najasa, donde un balazo le destrozó el pie izquierdo.
Después, a las órdenes del mayor general Ignacio Agramonte, toma parte el 20 de febrero de 1871 en el asalto a la Torre Óptica o Pinto, donde resulta herido en unión del Marqués de Santa Lucía. Ascendido a brigadier, le entrega el general Agramonte a la caballería camagüeyana totalmente desmontada. Pocos días después se presentaba para que le pasaran revista. Venía montado y equipado. El milagro lo había realizado enfrentándose al general Ramón Fajardo, a quien logró derrotar ocupándole no solamente caballos para montar a sus hombres, sino aún otros más para llevar como trofeo ante el jefe camagüeyano. Fueron esas acciones insólitas, rayanas en la abnegación más pura, las que le ganaron la admiración de propios y extraños.
El 8 de octubre de 1871 se hallaba en un rancho esperando a que le lavasen una muda de ropa cuando le sorprenden ciento veinte rifleros españoles que le hacen prisionero. Ya le conducían amarrado a Puerto Príncipe cuando de repente se presenta el mayor general Ignacio Agramonte al frente de treinta y cuatro hombres que los atacaron cual si fueran treinta y cuatro centauros. Tan rápidamente fue el ataque que los ciento veinte rifleros apenas si pudieron darse cuenta de que el prisionero ilustre que llevaban se les había escapado y corría junto con los libertadores de su patria por la llanura camagüeyana que había sido testigo mudo de aquel derroche de heroísmo. Fue en este combate donde una bala le destrozó la mano derecha.
Al advertir la presencia de los suyos, el general Sanguily se escapó de sus custodios y emprendió veloz carrera hacia ellos, agitando la mano y dando gritos de ¡Cuba Libre! Una bala española se encargó de ensangrentar aquella jornada gloriosa. Más de una vez hemos leído el parte del mayor general Ignacio Agramonte relatando el rescate del general Sanguily. Es un modelo de modestia y de sinceridad patriótica. Ni siquiera menciona los nombres de aquellos héroes. Dice así:
“En la mañana del 8 de octubre salió del campamento del brigadier Julio Sanguily, cayendo en poder del enemigo dos horas después. Este se compone de cien hombres montados del batallón de Pizarro a las órdenes del comandante don César Matos. Una hora más tarde, al mediodía, se me presentó en el campamento uno de los hombres que había salido con el brigadier Sanguily, manifestándome lo ocurrido. Sólo con treinta y cinco jinetes bien montados podía contar en esos momentos para darle alcance al enemigo, y no había tiempo que perder para hacer esfuerzos desesperados en favor de un jefe distinguido y un buen compañero. Salí con ellos logrando alcanzar al enemigo en la finca Antonio Torres, cargué por la retaguardia con el arma blanca y, a la invocación del nombre y a la salvación del brigadier prisionero, los nuestros, sin vacilar ante el número ni ante la persistencia del enemigo, se arrojaron impetuosamente sobre él, le derrotaron y recuperamos al brigadier Sanguily, herido en un brazo, y cinco prisioneros más que llevaba y había recogido en nuestros campos.
Nuestra persecución le siguió a larga distancia hasta dispersarle por completo. Tuvimos un riflero de mi escolta muerto y herido el alférez Manuel Arango Tan y cinco individuos más de tropa.
El enemigo dejó sobre el campo once cadáveres, entre ellos un teniente, según confesión de los prisioneros, nueve armas de precisión, dos cajas de cápsulas, tres revólveres, dos espadas, un sable, una tienda de campaña, sesenta caballos, cuarenta monturas y todo el bagaje. El brigadier Sanguily, todavía entre el enemigo con el valor que le distingue, nos recibió con vítores a Cuba”.
Repuesto de sus heridas, el brigadier Sanguily continuó luchando en los campos camagüeyanos. El 1.º de mayo de 1872 la Cámara de Representantes, por aclamación, le ascendió al grado de mayor general. El 29 de noviembre de ese mismo año, en unión del mayor general Ignacio Agramonte, libra el combate del Carmen. El 8 de mayo de 1873 ataca al ingenio Santa Cruz, haciéndoles a los españoles tres muertos y siete heridos. El 11 de mayo de 1873 cae el mayor general Ignacio Agramonte en el combate de Jimaguayú.
El mayor general Julio Sanguily asume, provisionalmente, la jefatura del Distrito de Camagüey, cargo que desempeña hasta el 9 de julio, en que hace entrega de ese mando al mayor general Máximo Gómez, enviado por el Gobierno desde Oriente para sustituir al insigne jefe caído. En el intervalo de tiempo que va desde el 11 de mayo hasta el 9 de julio, la actividad del mayor general Sanguily no decae.
El 31 de mayo sorprende a la guerrilla de Valero en La Matilde, haciéndoles nueve muertos, entre ellos a su jefe Valero, y tres prisioneros que, sometidos a Consejo de Guerra sumarísimo, fueron absueltos y puestos en libertad. El 11 de junio, en unión del coronel Henry Reeve —otro bravo de aquella guerra— destrozan a la columna española que mandaba el comandante Romaní, a la que sorprenden en el camino de Yucatán a La Matanza. Le hicieron cincuenta soldados muertos y varios oficiales, entre ellos el propio Romaní. El enemigo sale en persecución de Sanguily y Reeve, alcanzándolos en Limones, donde nuevamente se baten con ardor y brío.
Después de que el general Gómez asumió el mando del Distrito de Camagüey, el general Sanguily dio nuevas pruebas de disciplina. Le secundó en todos sus planes de operaciones y lo ayudó con la misma fidelidad y devoción con que había combatido a las órdenes del mayor general Ignacio Agramonte. Fue un factor muy importante para que el general Gómez se pudiera ganar la confianza de las tropas camagüeyanas y la actitud de los jefes que más cerca habían estado del general Agramonte. Estos no vacilaron en seguir a su lado, en las mismas condiciones de adhesión a la causa, y las tropas respondieron, lo que hizo posible, al valiente dominicano desarrollar en Camagüey los combates más audaces y más violentos de aquella guerra.
Ese mismo 9 de julio de 1873, el general Sanguily firmaba, en unión del mayor general Máximo Gómez, del coronel doctor Antonio Luaces, del teniente coronel Rafael Rodríguez, del comandante Enrique Loret de Mola, del capitán Ramón Roa y del representante de Camagüey Francisco Sánchez Betancourt, la carta de pésame dirigida a Amalia Simoni, la abnegada esposa, que en el extranjero lloraba junto a sus hijos la pérdida irreparable del amado esposo.
El 30 de noviembre de 1874 combate en el camino de Santa Cruz. El 12 de enero de 1875, en unión del general Gómez y del coronel Gabriel González, combate en San Marcos. Cuando el general Gómez decide invadir Las Villas, designa al general Sanguily como segundo jefe de la fuerza invasora. Toma parte en aquella campaña cumpliendo fielmente los deseos del general Gómez. El 4 de marzo de 1876 combate en Cuanalito. Después les hará sesenta muertos a los españoles en Salvaje y San José.
En agosto de ese mismo año combate en Tuinicú. La campaña de Las Villas fracasa en esta oportunidad porque la sublevación del general Vicente García en Lagunas de Varona ha debilitado mucho el ímpetu de la Revolución y porque el regionalismo de los villareños los lleva a rechazar a un jefe como Julio Sanguily, ya que ellos preferían que los mandase uno de Las Villas. El general Gómez renunció también. Y lo que no habían podido lograr hasta ese momento los líderes de la Revolución en Cuba, que era el convencer al general Sanguily para que saliera al extranjero y levantara fondos para una expedición, lo lograron ahora aquellas heridas que le laceraban el alma.
El 23 de enero de 1877 salió de Cuba el general Sanguily. Le acompañaba su hermano Manuel. Antes pasó por la pena de ver morir a uno de los grandes héroes de la Revolución, al inolvidable Rafael Morales, cuyo cadáver hubo de enterrar, ayudado por sus asistentes.
Ya en los Estados Unidos comenzó su labor y todo se hallaba dispuesto para que regresase al campo revolucionario trayendo una expedición a bordo del Estelle cuando el Gobierno de Washington intervino, a solicitud del ministro de España, deteniendo a la expedición. En esas luchas legales se hallaba cuando le sorprende la noticia de la Paz del Zanjón.
En 1879 pasó a España, regresando a los Estados Unidos, donde vivió algún tiempo, llegando a adquirir la ciudadanía norteamericana. Entró en contacto con José Martí, que logró atraerlo a la campaña que desarrollaba. Regresó a Cuba para asumir la dirección de los trabajos en Occidente. Manuel de la Cruz le había inmortalizado relatando mucho de su heroísmo derrochado en los campos de Cuba Libre, en sus famosos episodios de la Revolución Cubana.
El 24 de febrero de 1895 fue detenido por la policía española, cuando se disponía a abandonar su casa para salir al campo a ocupar su puesto. Encerrado en La Cabaña, fue juzgado por un Consejo de Guerra y condenado a muerte. La reclamación de los Estados Unidos paralizó la ejecución. Tuvo por compañero de prisión al valiente López, de quien se despidió con frases de aliento cuando le llevaban a fusilar. Indultado el general Sanguily por la Reina Regente, salió de la prisión dirigiéndose a los Estados Unidos el 26 de febrero de 1896.
Como las autoridades españolas le habían exigido que firmara un compromiso de que no vendría al campo de guerra, la Delegación del Partido Revolucionario Cubano en Nueva York se negó a dejarle venir al frente de una expedición tal y como él lo exigía. En defensa de su posición, alegaba el general Sanguily que aquel compromiso lo había firmado bajo coacción, hallándose preso. El inicio de la Guerra Cubano-Hispanoamericana le dio la oportunidad ansiada de venir a Cuba al frente de una expedición. El 26 de mayo de 1898 desembarcó en el puerto de Banes la expedición del general Sanguily que había traído el Florida. Con él venía su joven hijo Julio Sanguily Echarte. La conclusión de la guerra apenas le permitió operar.
Los primeros años de la República lo encontraron de nuevo con su entusiasmo juvenil. Era un anciano al que las mutilaciones de la guerra acentuaban más aún su ancianidad, pero la hacían más gloriosa. El 23 de marzo de 1906 falleció en La Habana el mayor general Julio Sanguily y Garritte. Tenía sesenta años de edad.
El mejor elogio que de él pudo hacerse lo debemos al escritor español Burell, quien dijo: ¡Lástima que no fuera un general español!






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