Por Álvaro J. Álvarez. Exclusivo para LIBRE
De acuerdo con su fecha de fundación, estas fueron las academias nacionales que hubo en Cuba:
La Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro (1818)
La Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales (1861)
La Academia de Historia de Cuba (1910)
La Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba (1910)
La Academia Cubana de la Lengua (1926)
La Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro
Academia fundada el 15 de enero de 1818 en el convento de San Agustín de La Habana, siendo la tercera institución más antigua de Hispanoamérica dedicada a la enseñanza desde su establecimiento, únicamente antecedida por la Universidad de La Habana y por la Real Academia de San Carlos de las Nobles Artes, fundada en 1781 en Ciudad de México.
Fue nombrada San Alejandro a partir de 1832, en memoria de Alejandro Ramírez, superintendente general y director de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de La Habana.
Surgió a partir de los cambios que sucedieron en España en el siglo XIX tras la invasión napoleónica, el vacío de poder y la proclamación de la Constitución de Cádiz de 1812.
En 1866 fue oficialmente nombrada Escuela Profesional de Pintura y Escultura de La Habana y, en 1883, se unió al Consejo Universitario. Con la instauración de la República en 1902, se trazó un nuevo plan de estudios para la academia, que en 1926 creó becas para estudiantes de pocos ingresos y, ya en 1927, poseía la facultad de otorgar títulos de profesores en las ramas de Dibujo y Pintura, y Dibujo y Modelado. En 1934 alcanzó la categoría de Escuela Nacional Superior de Artes Plásticas, con un programa de cuatro años de estudios y una Escuela Anexa con dos años previos de preparación, para un total de seis años.
Su primer rector fue el francés Jean-Baptiste Vermay, de 31 años, quien ocupó el cargo entre 1818 y 1833 y fue nombrado Pintor de la Real Cámara por el monarca Fernando VII en 1826. Otros excelentes artistas, tanto cubanos como extranjeros, ocuparon el cargo y se dedicaron a la docencia, introduciendo importantes modificaciones en el plan de estudios. Hacia 1848, Joseph Leclerc inauguró las clases de modelado; el grabador Federico Mialhe reforzó la temática del paisaje como una de las más socorridas durante el siglo XIX, y Miguel Melero fue, además de un reformador en cuanto al uso de los pigmentos, el rector que abrió las puertas de la academia a la mujer, en 1879.
También dejaron una huella indeleble Leopoldo Romañach y Armando Menocal, quienes transformaron los métodos de enseñanza y acogieron bajo su tutela, sobre todo Romañach, a la generación de artistas que conformarían la vanguardia plástica cubana.
A Jean-Baptiste Vermay le siguieron: Francisco Camilo Cuyás Sierra (1833-1836), Francisco Guillermo Colson (1836-1843), Joseph Leclerc de Baumé (1843-1852), Pedro-Federico Mialhe Toussaint (1852-1858), Hércules Morelli (1858-1859), Augusto Ferrán (1859), Juan Francisco Cisneros Guerrero (1859-1878), Miguel Melero Rodríguez (1878-1907), Luis Mendoza Sandrino (1907-1926), Juan Emilio Hernández Giro (1926-1927), Armando García Menocal (1927-1934), Leopoldo Romañach Guillén (1934-1936), Manuel Vega López (1936-1939), Esteban Valderrama Peña (1939-1942), Enrique García Cabrera (1942-1946), Domingo Ramos Enríquez (1946-1947), Mariano Miguel González (1947-1949), Esteban Valderrama Peña (1949-1950), Leopoldo Romañach Guillén (1950), Esteban Valderrama Peña (1950-1953), Enrique Caravia Montenegro (1953), Esteban Valderrama Peña (1953-1959), Carmelo González Iglesias (1959) y Florencio Gelabert Pérez (1959-1962).
Romañach Guillén fue presidente durante tres años, en dos períodos. Valderrama Peña lo fue durante 13 años, en cuatro períodos.
Su última sede estuvo en la avenida 100 y calle 31 de Marianao.
La mayoría de los más renombrados pintores y escultores cubanos de todos los tiempos estudiaron en San Alejandro: Amelia Peláez, Wifredo Lam, Fidelio Ponce de León, Carlos Enríquez, Agustín Cárdenas, Rita Longa, Servando Cabrera, Raúl Martínez, Juan Francisco Elso, Tomás Sánchez, Roberto Fabelo, Belkis Ayón y un larguísimo etcétera que, en cada época, ha dado fe de la calidad del claustro de profesores como un rasgo distintivo de la academia, aunque en los últimos años también haya sufrido el deterioro que azota al sistema cubano de enseñanza, en sentido general.
Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales
El 19 de mayo de 1861 se fundó la primera Academia de Ciencias de Cuba, con el nombre de Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana.
Su principal promotor fue Nicolás José Gutiérrez Hernández (1800-1890), quien, junto a otros galenos, propuso en 1826 establecer una Academia de Ciencias Médicas.
La idea se retomó en 1840, cuando el médico, catedrático, publicista y poeta Ramón Zambrana Valdés (1817-1866) fundó la primera revista médica cubana.
Doce años después, en 1852, junto al galeno Félix Giralt Figarola (1826-1881), Zambrana solicitó al Gobierno de España la creación de un Instituto de Ciencias Médicas, gestión que había iniciado veintiséis años antes el insigne Tomás Romay Chacón.
Entre marzo y abril de 1861, el 85 % de los 166 aspirantes a miembros eligieron a los 30 académicos con carácter de fundadores.
La solicitud fue aprobada por la reina de España, Isabel II, y el 19 de mayo de 1861 se inauguró la institución.
La hazaña fue posible porque la ciencia, como factor de desarrollo, entre otras premisas, requiere de libertades para investigar, de una base económica previa, una clase nacional emprendedora y profesionales competentes, requisitos existentes en la Cuba colonial.
Los médicos, principales impulsores de la Academia, eligieron en su primera Junta de Gobierno a Nicolás José Gutiérrez como presidente y a Ramón Zambrana como secretario, junto a otros distinguidos científicos que hicieron importantes aportes, entre ellos Manuel Fernández de Castro (1825-1895), quien adelantó una nueva teoría sobre las corrientes electrotelúricas; Andrés Poey Aguirre (1825-1919), a quien debemos la creación del primer observatorio meteorológico en Cuba; Felipe Poey Aloy (1799-1891), destacado por su contribución al estudio de los peces; Álvaro Reynoso Valdés (1829-1888), con su relevante Ensayo sobre el cultivo de la caña de azúcar, y Carlos J. Finlay Barrés (1833-1915), quien, a pesar de haber demostrado que la fiebre amarilla se transmite por la hembra del mosquito Aedes aegypti, fue nominado en siete ocasiones para el Premio Nobel de Medicina, pero nunca recibió ese reconocimiento.
En la República, nacida en 1902, la Academia mantuvo su estructura, organización y actividad. Entre otros retos, enfrentó la fiebre amarilla y la deplorable situación higiénica heredada de la guerra.
Desde 1902 hasta 1959, los cuatro presidentes de esta institución fueron médicos: Juan Santos Fernández y Hernández (1847-1922), José Antonio Presno y Bastiony (1876-1953), Francisco M. Fernández y Hernández (1886-1937) y Clemente Inclán y Costa (1879-1965).
En 1962, la Academia fue disuelta y sustituida por la Academia de Ciencias de Cuba.
Academia de Historia de Cuba
La primera de las academias creadas en la etapa republicana fue la Academia de Historia de Cuba, inaugurada el 10 de octubre de 1910. Su primer presidente fue Fernando Figueredo Socarrás (1846-1929), sustituido tras una corta etapa por Evelio Rodríguez Lendián.
Su creación fue un acto de reafirmación nacional, en medio del nuevo estatus político y económico marcado por la influencia de EE. UU., porque el 10 de octubre de 1910 se cumplía el 42.º aniversario del inicio de la Guerra de los Diez Años.
La Academia de Historia de Cuba (AHC) fue una de las primeras del continente americano, solo precedida por las de Venezuela, Argentina, Perú y Colombia.
El primero en gestionar la fundación de una Academia de Historia después de la independencia fue Francisco de Paula Coronado, secundado por Vidal Morales y Néstor Ponce de León. Pero el fallecimiento de este último dejó la gestión en suspenso. La idea se mantuvo de una forma u otra hasta que Mario García Kohly le brindó su apoyo. Para ello consultó a Domingo Figarola-Caneda, cuyo informe fue fundamental para la elaboración del decreto presidencial e incluyó una propuesta inicial de estatutos.
Entre otros aspectos, el informe lamentaba la destrucción de valiosas muestras de la civilización e historia de Cuba: edificios de gran valor arquitectónico, escudos, emblemas, estatuas, lápidas, retratos y otros testimonios iconográficos, al igual que importantes documentos personales, corrían el riesgo de perderse por la falta de un organismo oficial encargado de conservarlos.
La Academia de la Historia de Cuba fue creada por Decreto Presidencial fechado el 20 de agosto de 1910 e inaugurada el 10 de octubre del propio año. Tuvo en sus inicios carácter independiente, adscrita a la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes; en julio de 1914 se le concedió personalidad jurídica propia y plena capacidad civil para todos los efectos legales.
Conforme a lo tratado en relación con la necesidad de legalizar la vida de la Academia, el 2 de julio de 1914, el presidente de la República, Mario García Menocal, sancionó la ley del Congreso que reconocía a la Academia de Historia de Cuba y a la Academia Nacional de Artes y Letras carácter oficial y autónomo. De acuerdo con el texto de la ley, ambas academias tendrían personalidad jurídica propia y plena capacidad civil para todos los efectos legales, así como vida autónoma, con arreglo a sus estatutos y reglamentos.
La misión fundamental de la Academia consistía en preservar la historia cubana; para ello tenía que investigar, adquirir, coleccionar y clasificar todos aquellos documentos que, en mayor o menor grado, pudieran ser una contribución al enriquecimiento de la historia del país.
Organizó concursos, ofreció conferencias y publicó monografías, colecciones y documentos. Contó con un archivo compuesto por más de diez mil documentos, entre los cuales figuraban originales de Carlos Manuel de Céspedes y Salvador Cisneros Betancourt, y copias valiosas extraídas del Archivo de Indias relacionadas con la historia de Cuba. Se le encargaba, asimismo, salvar todo lo que constituyera un recuerdo histórico.
Para el cumplimiento de la misión de la Academia fueron nombrados inicialmente 30 académicos de número, con residencia en La Habana, quienes debían seleccionar 30 académicos correspondientes en el resto del país o el extranjero. Este cargo, para el que fueron señalados ciertos requisitos y que en lo adelante sería electivo, se confería de modo vitalicio, aunque con algunas condiciones, como la de no renunciar a la nacionalidad cubana.
Los 30 fundadores en 1910 fueron: Francisco de Paula Coronado y Álvaro, Juan Miguel Dihigo Mestre, Tomás de Jústiz y del Valle, Manuel Sanguily Garrite, Evelio Rodríguez Lendián, Rafael Fernández de Castro y Castro, Luis Montané Dardé, José Antonio González Lanuza, Ramón Meza y Suárez Inclán, José Miró Argenter, Juan Gualberto Gómez, Rodolfo Rodríguez de Armas, Alfredo Miguel Aguayo Sánchez, Rafael Cruz Pérez, Fernando Figueredo Socarrás, Enrique José Varona y Pera, Enrique Collazo y Tejada, Alfredo Zayas y Alfonso, Fernando Ortiz Fernández, Raimundo Cabrera y Bosch, Sergio Cuevas Zequeira, Domingo Figarola-Caneda, José de Armas y Cárdenas, Eusebio Hernández y Pérez, Ezequiel García Enseñat, Manuel Pérez Beato, Álvaro de la Iglesia y Santos, Ramón Roa y Garí, Pedro Mendoza Guerra y Orestes Ferrara y Marino.
Otros académicos de número fueron: René Lufríu y Alonso, Joaquín Llaverías, Antonio L. Valverde, Francisco González del Valle, Salvador Salazar y Roig, Emeterio S. Santovenia, José A. Rodríguez García, José Antonio Cosculluela, Rafael Montoro, Néstor Carbonell Rivero, Carlos M. Trelles y Govín, Manuel Márquez Sterling, Carlos Manuel de Céspedes Quesada, Roque E. Garrigó, José Manuel Pérez Cabrera, Gerardo Castellanos, Diego González, Emilio Roig de Leuchsenring, Carlos Márquez Sterling, Benigno Souza y Rodríguez, Gonzalo de Quesada y Miranda, Federico de Córdova y de Quesada, Enrique Gay Calbó, Jorge Mañach y Robato, Cosme de la Torriente, José María Chacón y Calvo, Pánfilo D. Camacho Sánchez, Manuel I. Mesa Rodríguez, Juan J. Remos y Rubio, Ramiro Guerra Sánchez, Enrique Loynaz del Castillo, Manuel Isidro Méndez, Elías Entralgo Ballina, Miguel Ángel Carbonell Rivero, José Manuel Carbonell Rivero, Luis A. de Arce, Gabriel García Galán, José Conangla Fontanilles, José Luciano Franco, Luis Felipe Le Roy, José Andrés Martínez Fortún Foyo, Francisco J. Ponte Domínguez (elegido en 1957), José M. de Ximeno, Carlos M. Raggi Ageo, José Rivero Muñiz, César Rodríguez Expósito, José Luis Vidarrueta, Julio Morales Coello y Juan Jerez Villarreal.
Las mayores modificaciones en los reglamentos de la Academia se centraron en la cantidad de numerarios. Un nuevo proyecto de reforma del reglamento de 1934, a cargo de Santovenia, Llaverías y Lufríu, retomó la idea de que fueran 15, pero la enmienda de Néstor Carbonell Rivero, de dejarlos en 20, resultó aceptada por estrecho margen.
En 1919 apareció el primer tomo de Anales de la Academia de la Historia, publicado bajo la dirección de Domingo Figarola-Caneda. Su último número apareció en 1956. La Academia editó, entre 1944 y 1956, un Anuario que recogía en sus páginas las actividades y diversas cuestiones administrativas relacionadas con la institución. También publicó importantes obras como Centón Epistolario de Domingo del Monte y Historia de la Isla y Catedral de Cuba, de Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, entre otras.
Desaparecida en 1960, su archivo y biblioteca pasaron al Archivo Nacional, a la Academia de Ciencias de Cuba y al Archivo Histórico de la Revolución (la que todo lo destruye).
La Academia Nacional de Artes y Letras de Cuba
La segunda fue la Academia Nacional de Artes y Letras, creada el 31 de octubre de 1910 mediante el Decreto Presidencial 1004. Institución cultural fundada durante el mandato presidencial del espirituano y general José Miguel Gómez (1858-1921), a instancias de Mario García Kohly (1875-1935), secretario de Instrucción Pública y Bellas Artes.
La decisión de fundarla respondió a una tendencia nacional favorable al desarrollo de los valores literarios y artísticos del país, en el cual se alegaba que durante el régimen colonial la protección de las Bellas Artes y las Letras había sido de muy limitado alcance, de ahí que fuera necesario crear la Academia Nacional.
Su sesión inaugural se realizó en los salones del Ateneo y Círculo de La Habana, en Prado esquina a Neptuno, el 22 de diciembre de 1910, 43 años antes de que esta esquina se hiciera famosa por el chachachá La Engañadora, de Enrique Jorrín.
Su sede inicial, desde mayo de 1914 hasta 1925, estuvo en los altos de la Estación Villanueva, de los Ferrocarriles, sitio donde en 1929 se inauguró el Capitolio Nacional.
El primer presidente, con carácter provisional, fue Luis de Mendoza, director de la Academia San Alejandro.
El 21 de julio de 1911 fue elegido presidente el abogado, senador y ministro Antonio Sánchez de Bustamante y Sirvén (1865-1951), quien estuvo en funciones hasta el 17 de octubre de 1921.
Conforme a lo tratado en relación con la necesidad de legalizar la vida de la Academia, el 2 de julio de 1914 el presidente de la República, Mario García Menocal, sancionó la ley del Congreso que reconocía a la Academia de Historia de Cuba y a la Academia Nacional de Artes y Letras carácter oficial y autónomo. De acuerdo con el texto de la ley, ambas academias tendrían personalidad jurídica propia y plena capacidad civil para todos los efectos legales, así como vida autónoma, con arreglo a sus estatutos y reglamentos.
La misión asignada a la Academia fue la de promover el estudio de la literatura, la música, la pintura, la escultura y la arquitectura, estimulando y difundiendo el buen gusto artístico. El Decreto 1004 estipulaba que la entidad debía publicar toda clase de obras o escritos sobre la teoría o la historia de las Bellas Artes y de las Letras; recoger, conservar y divulgar libros, dibujos, estampas, esculturas, cuadros, diseños de obras arquitectónicas, obras y manuscritos musicales y otros objetos de arte, además de velar por la conservación y restauración de los monumentos artísticos, y auxiliar al Gobierno en la evacuación de consultas sobre las diferentes ramas que abarcó la corporación.
Además de esto, que constituía la esencia de la institución, trabajó a favor de la creación de becas con sus propios fondos o gestionándolas con los organismos oficiales, organizó exposiciones y conferencias públicas y otorgó el Gran Premio Nacional de Artes y Letras, discutido cada año dentro de una de las distintas secciones que formaban la Academia.
A Bustamante le siguieron en la presidencia José Manuel Carbonell Rivero, Salvador Salazar Roig, Eduardo Sánchez de Fuentes, Mario Guiral Moreno y Esteban Rodríguez Castells. Miguel Ángel Carbonell Rivero fue reelegido cuatro veces.
Siendo su segundo presidente el destacado escritor, orador y diplomático, el abogado José Manuel Carbonell Rivero (1880-1968) consolidó su prestigio al dirigir la monumental obra de 17 tomos Evolución de la cultura cubana. Era hijo de Néstor L. Carbonell Figueroa y hermano de Néstor y Miguel Ángel Carbonell Rivero. En 1925 se mudaron a los salones de los altos de la antigua Maestranza de Artillería, en la manzana triangular formada por las calles Cuba, Chacón y Tacón.
Como dijera José Manuel Carbonell en un discurso en noviembre de 1925: “La Academia se enorgullece de no haber confundido jamás los colores de la bandera nacional con los del régimen político imperante. Solo rendimos culto a la verdad y a la belleza; no tenemos palabra de que arrepentirnos ni silencio de que sonrojarnos. Bajo el techo de nuestra casa proclamamos el bien y enarbolamos la insignia de la libertad y el derecho, como emblema de la fe y mandamiento de sabiduría”.
En octubre de 1928 se instaló en el Colegio de Belén, en Compostela y Acosta. De allí pasó, en junio de 1959, a su última sede, el Palacio del Segundo Cabo.
El 4 de abril de 1951, Dulce María Loynaz (1902-1997) ingresó en la Academia como miembro correspondiente. En la foto del Diario de la Marina del 6 de abril, se la ve cuando se dirigía al estrado, escoltada por los académicos Jorge Mañach y José María Chacón y Calvo.
En 1959 fue elegida miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua, que presidió desde 1992 hasta el momento de su muerte. Durante su vida recibió gran cantidad de premios y honores, entre ellos se destacan el Premio Cervantes en 1992, la Gran Cruz de la Orden de Alfonso X el Sabio en 1947 y el nombramiento de dama de la Orden de Isabel la Católica. En Cuba recibió la Orden Cultural Félix Varela.
El último ingreso que se produjo en la Academia fue el del pintor y escultor Carlos Sobrino, quien se incorporó como miembro de número de la Sección de Pintura el 29 de junio de 1960, día en que Miguel Ángel Carbonell le entregó las insignias de la institución, porque él fue el último presidente de la Academia, de 1948 a 1964, siendo quien más años estuvo al frente de la institución. Todo ese tiempo estuvo acompañado por José María Chacón y Calvo como vicepresidente.
La Academia Nacional de Artes y Letras fue disuelta por oscuros y olvidados burócratas del desaparecido Consejo Nacional de Cultura el 24 de diciembre de 1964. Acto involutivo en un proceso más político e ideológico que cultural. Final injusto e inmerecido, sin explicaciones y sin reconocimiento a una labor de más de medio siglo. Algo típico del todopoderoso dictador, el bandido y asesino de Birán.
La Academia Cubana de la Lengua
Los orígenes de la Academia Cubana de la Lengua se remontan al 6 de julio de 1713, cuando, por iniciativa de Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena, se comenzó a gestar la Real Academia Española (RAE). Inspirada en la italiana Accademia della Crusca, fundada en Florencia en 1583, y en la Academia Francesa, creada en 1635, encaminó sus esfuerzos a regular el uso correcto de la lengua española y preservar la lengua culta o literaria, aunque también se interesó por la de uso común.
No obstante, no fue hasta el 3 de octubre del año siguiente cuando la Real Academia Española inició su actividad intelectual, cuando el rey Felipe V, mediante una Real Orden de Fundación, autorizó su conformación y la redacción de sus estatutos.
En el siglo XIX, las colonias americanas iniciaron sus procesos independentistas de España y estas transformaciones políticas también afectaron a la RAE, que estaba perdiendo el vínculo con territorios que hablaban el mismo idioma.
En 1870, la Real Academia contaba entre sus filas con tres miembros colombianos. Esto motivó el acuerdo del 24 de noviembre entre José María Vergara y Vergara, natural de este país, y el entonces director, Mariano Roca de Togores, para la creación de academias en los países hispanoamericanos.
De esta forma, el 10 de mayo de 1871 nació la Academia Colombiana de la Lengua, la primera en nuestro continente. Posteriormente le siguieron las academias ecuatoriana, mexicana y salvadoreña. Todas ellas tenían como objetivo colaborar con la RAE, participar en la elaboración del Diccionario y la Gramática e informarla permanentemente del estado de la lengua en cada una de estas regiones.
En el siglo XX se le dio un nuevo impulso y, en la década de 1920, se crearon ocho academias nacionales, entre ellas la cubana.
La Academia Cubana de la Lengua se fundó el 19 de mayo de 1926 en Madrid, y en ella tuvieron una importante participación los integrantes de la RAE Adolfo Bonilla San Martín y Manuel Serafín Pichardo, este último cubano, así como otros prestigiosos intelectuales de la Isla, como José María Chacón y Calvo y Fernando Ortiz. Pero no fue hasta el 2 de octubre cuando sus 18 miembros fundadores celebraron su primera reunión oficial en La Habana y eligieron como primer director al filósofo y escritor Enrique José Varona.
Esta corporación, cuyos objetivos y funciones aparecen recogidos en sus estatutos vigentes, agrupa a escritores, críticos, lingüistas y profesores, empeñados en la difusión, cultivo y perfeccionamiento de la lengua española, particularmente en su variedad cubana.
El lema de la institución era Letra y Espíritu y aparece grabado sobre la medalla académica.
Los miembros de la institución ofrecían un servicio de consultoría sobre dudas lingüísticas, investigaban, ejercían la docencia y daban conferencias en universidades o centros culturales de todo el mundo. Asimismo, desde 1952 contó con un boletín donde se recopilaban las publicaciones de los académicos y de otros colaboradores, los discursos de ingreso a la institución, noticias sobre las actividades realizadas y otras informaciones de interés.
En 1951 surgió la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), lo cual sería un paso importante para unificar el trabajo de las diferentes asociaciones en el mundo, principalmente en América.
Los estatutos de esta organización establecen que, para conseguir sus fines sociales, cada asociación debía procurar el reconocimiento y el apoyo de sus gobiernos. Es de esta forma en que el gobierno de Carlos Prío oficializó la Academia Cubana y le designó un presupuesto anual.
Desde 1960 fijó su sede en el Palacio del Segundo Cabo. No obstante, no todos los momentos fueron felices; la falta de reconocimiento y la compleja situación del país pusieron en peligro el mantenimiento de dicha institución. Gracias a la labor de un grupo de intelectuales, entre ellos la poeta Dulce María Loynaz, se logró mantener la misma. Ahora su sede está en el Edificio Santo Domingo, tercer piso, calle Obispo n.º 160, entre San Ignacio y Mercaderes, en La Habana Vieja.








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