Por César García Pons (1949)
El poeta Juan Clemente Zenea, preso e incomunicado en el Castillo de la Cabaña, separado del mundo “por dura cárcel y profundas olas”, vive ya de recuerdos. A su prisión, en la bóveda que ocupa en la imponente fortaleza, muy pocas cosas llegaron: su nombre, dicho por el cabo de guardia a cada relevo; los pasos de los contados militares que cruzan frente a la puerta; algún ruido del mar tendido al otro lado de los fosos; un rayo breve de sol que penetra por la estrecha ventana norte; la luna en las noches claras. Y, salvo las letras que forman el “Diario de un mártir”, dieciséis composiciones por él escritas, no supo de otras que las muy lacónicas de la sentencia que le condenaba a muerte.
En la más absoluta soledad transcurren los días del agitado propagandista del separatismo, del viajero inquieto, del escritor cubano que en menos tiempo que nadie había logrado nombre ilustre y fama merecida. Y a su soledad acudieron —porque eran las únicas capaces de burlar la incomunicación— las memorias amadas y la inextinta inspiración de su musa. Tuvo que buscar en sí mismo la asistencia necesaria el bardo preso y sostener a sus expensas largas horas del cautiverio. Uno de esos días —¡a la postre serán tantos! — escribe: “…el fin del drama en la prisión espero”.
Otro, ausente ya la esperanza, se volverá a Dios para pedirle: “cierra las puertas de este mundo triste, abre las puertas de la patria eterna”. Pero mientras el desenlace ocurre, imágenes queridas, recuerdos firmes de la intimidad —la noche de sus bodas, la esposa, la hija, la montaña lejana de México, la ciudad de Nueva York, una canción— poblarán la celda.
Desde sus rejas y hacia el interior del castillo verá tan solo otras rejas y gruesos paredones; hacia el exterior, el foso profundo en el que crecen laureles, la doble muralla, dos garitas en los extremos del miraje y, por lo alto, un pedazo de cielo azul. No veía el mar. De noche, sombras que todo lo agigantan, por lo común del brillo, sobre fondo oscuro de estrellas inasibles; algunas veces, el baño de plata de la luna. Eso, solo eso, sostuvo al artista. Cuando el 25 de agosto de 1871 apenas rompió la mañana esplendorosa de aquel día, lo llevaron, físicamente liquidado ya, al paredón de fusilamiento; lo que derribaban allí era realmente el espíritu del poeta. De ese espíritu iban ya, a esas horas, camino de la compañera, a Estados Unidos, los frutos postreros: unos versos. Y quedaba en la hondura del foso el último gesto, por muy corto número de personas contemplado, con que se resistió a que lo pusieran de rodillas para recibir las balas.
Zenea, hombre de vida azarosa, muerte trágica y posteridad discutida, dispuso de genio poético. Esta circunstancia lo ha impuesto en las letras y acabará por imponerlo en la historia. Juzgado con una severidad que no ha conocido entre los cubanos culpables la memoria de ningún otro, aceptan que sepamos sin reparo su nombre los críticos y autores de antologías. Y, excepción hecha del libro de Enrique Piñeyro (“Vida y escritos de Juan Clemente Zenea”, París, Garnier Hermanos, 1901), noblemente inspirado en el propósito de salvar su nombre ante la posteridad, es cierto que nada semejante se ha producido que le dispense pareja atención. Pero el poeta es demasiado grande y el propio proceso en el que descansa la más severa acusación, demasiado oscuro para que el nuevo fusilamiento que parece desprenderse de las páginas en que el doctor Antonio L. Valverde le imputa “una mezcla de malvado traidor” se cumpla en la justicia de las nuevas generaciones (“Juan Clemente Zenea. Su proceso en 1871”, La Habana, 1926).
Más generosas, por más lejanas, más decididas quizá a ir al fondo del documento histórico con ánimo de extraer la verdad no escrita y de oponerla a la de apariencia triunfante en el frío legajo que hasta ahora ha servido de fundamento para ella, cobran nuevo sentido la propia discordia intestina de los cubanos emigrados durante la Guerra Grande y los factores del drama: la cobardía del diplomático español en Washington, López Roberts; la tibieza escurridiza del autonomista Nicolás Azcárate; la indiferencia del ministro Moret; las pasiones criminales de los voluntarios de La Habana y el servilismo miserable del capitán general Valmaseda.
Todo ello es representativo de cómo un mundo de fuerza y de odio se había concentrado, impotente para eliminar a Céspedes y a Agramonte de la guerra, contra el hombre que esa misma impotencia utilizó para poner fin a la contienda. Entre las víctimas de la tenaz oposición española a abandonar el suelo que le reclamaban los cubanos, ninguna soportó en largo cautiverio peso mayor que Zenea. Y ninguna, si exceptuamos a los muchachos estudiantes que dos meses más tarde, en la explanada de la Punta, fueron dados por Valmaseda como carne fresca a las fieras, fue centro de una conspiración mayor, toda ella encaminada a suprimirlo de la vida.
En homenaje a su memoria, vamos a ocuparnos de un tiempo de su breve existencia que nos parece desconocido. El hombre que, como patriota cubano, está sujeto a juicio —que fallarán la investigación todavía inexhausta, el sentido crítico y la balanza justiciera que recibe en sus platillos los valores para el contrapeso— tiene un mérito subidísimo en las letras. Tiene, además, una historia personal de sugestivo interés. Un período de ella, no expuesto hasta el presente por ninguno de los que sobre Zenea han escrito, es el que reconstruimos a continuación. Se apoya en documentos auténticos, en amplia correspondencia inédita, de amante y de padre, que nos da un Zenea por dentro muy acordado con el que campea en sus versos, los mejores, después de los de Heredia y la Avellaneda, que se han escrito en Cuba.
Por mayo de 1855, después de haber aceptado en Nueva York, ante el cónsul español, la amnistía promulgada el 22 de marzo del año anterior por la Reina, con la firma del primer ministro Sartorius, y con la que se liquidaban los delitos políticos cometidos por los cubanos hasta entonces, regresó Zenea a su patria. El mundillo habanero de las letras tenía su centro por aquellos días en la publicación quincenal “Revista de La Habana”, que dirigía Mendive y en la que los poetas consagrados, los de la generación que presidía Ramón de Palma, daban los frutos de su lira. Asomaban también en esas páginas los que habrían de suceder en el gusto literario a los ya citados, muy principalmente José Fornaris y Joaquín Lorenzo Luaces. Con esos engrosó sus filas Juan Clemente Zenea, inaugurando la colaboración mediante sus octosílabos “Sobre el mar”, fechados en Albany un año antes.
Con los sinsabores y fracasos anexionistas de Domingo Goicuría y de la expedición armada de Quitman, quedaban para Zenea en Estados Unidos sus últimas entrevistas con Adah Isaacs Menken —artista teatral, escritora, poetisa—, que había conocido y amado íntimamente en La Habana y hallado de nuevo en Nueva Orleans al huir de Cuba en 1852. Al pisar ahora tierra cubana le saldrá al paso la nueva sentimental de haber muerto la novia intocada de su adolescencia, y a cuya memoria consagrará en seguida la silva que lleva su nombre, “Fidelia”. A poco, en el Cerro, una noche de animada fiesta social, conoció a la señorita María Luisa Mas y Jiménez, hija de familia matancera residente en la capital.
Contaba Zenea veintiún años, era de inteligencia vivaz y de espíritu combativo. La pasión por el verso, por la mujer, por las ideas le había traído ya muy serios reveses, y una anticipada madurez preparaba su genio literario para la nota dominante de su obra poética, la elegía. Acostumbrado a valerse solo desde que, casi un niño, se emancipó de su padre, cubano al servicio militar de España, los rumbos de su vida, dado su natural inquieto, los iban marcando sucesos y circunstancias, sin que él, en el fondo, fiara mucho de esperanzas ni creyera más de lo prudente en seguridad alguna. Como todos los poetas auténticos, se había hecho desde muy temprano de su mundo, propio, personal y, a veces, muy opuesto al de las realidades humanas. Y desde él combatía, pensaba, meditaba. Le sirvió ello mucho de refugio, bastante de sostén.
En la hora última, bajo el agobio de la bartolina, le sirvió para oponerlo a la realidad de la muerte próxima a llegar en balas españolas. Dentro de ese mundo de creaciones literarias, de emociones amorosas, de idealización de ocasiones de la vida misma, formará, y con rango de diosa mayor, María Luisa Mas, la prometida que llegó a ser su esposa. Salvo dato en contrario, que no tenemos, ella aparece, desde que traba conocimiento con él —mayo de 1855— hasta el deceso del poeta, ocupando un lugar ancho y preferente en su corazón.
¿Le gustaría al lector asistir al desenvolvimiento de estos amores por dentro? De fijo que sí. Es cosa humana y eterna. Trasladémonos, pues, por el momento al barrio del Cerro y sigamos a la pareja amorosa mientras nos lo consienta la extensión señalada al artículo.
En la residencia del señor José Mas y de doña Micaela Jiménez, sus dos hijas, Luisa y Micaela, crecen en el clima de una severa educación cristiana. Costumbres y prácticas sociales se acuerdan allí conforme al clásico molde del hogar criollo, y un respetuoso acatamiento de la voluntad paterna sujeta la conducta de las muchachas a las distancias respetuosas de entonces. Una de ellas, Luisa, estrechó muy pronto amistad con el poeta recién vuelto a su tierra, que era un joven de apenas mediana estatura, delgado de cuerpo, ojos negros y miopes, cabellera clara, rasgos finos y capaz ya, a fines de junio, de decirle en versos escritos para ella:
¡Oh, cuán hermoso y bendecido día
Es aquel en que encuentra el hombre triste
La imagen que en sus sueños concebía,
Las dichas que anheló!
Esclavos de la ley de su destino
Dos seres que jamás se conocieron
Danse la mano, en medio del camino,
Y se dicen su amor.
Pero el pretendiente es un poeta y el poeta es poca cosa, en cuanto a seguridades domésticas, ante el hombre que ha de dar su consentimiento a la hija enamorada. Tanto para Zenea como para María Luisa constituyó seria preocupación la actitud que asumiría a ese respecto el padre vigilante. Y la amada misma ensaya la coquetería de una duda: “¿Podré sin recelo —le escribe— confiar en la fe de tus promesas?… ¿No serán juramentos de… poeta?”. El amado responde con dominio del tema: “¿Para qué me preguntas si debes creer en la fe de mis juramentos? Cuanto te prometo lo sabré cumplir y te advierto de paso que debías alegrarte de que siempre fueran mis promesas, promesas de poeta, porque en materia de amor ellos son los únicos que respetan y bendicen la lealtad del corazón”. Y agrega los versos —“El Lunar”— que acaba de componer:
“Dejó un arcángel las celestes salas
Para verte nacer, y enamorado,
Te tocó junto al labio sonrosado
Con la ligera punta de sus alas”.
María Luisa no demora ya la entrega y le escribe a Zenea: “Tu recuerdo se ha apoderado tan completamente de mí que todas mis acciones son maquinales: cuando hablo tu nombre viene a mis labios y hasta por las noches, cuando llena de fe dirijo mis oraciones a Dios, tu recuerdo me domina y al mismo Dios lo adoro bajo tu imagen… pero, perdona el ardor de un corazón de fuego”.
Suelto ya por ambas partes el potro sin freno del sentimiento, obtiene la carta esta respuesta: “María Luisa: Tú has sido para mí lo que la lluvia para el árbol marchito, causa productora de hojas verdes y flores nuevas”. Y esta otra: “No temo por necesidad de amar, te amo porque mi suerte lo quiere así, porque me gustas mucho, porque eres bella, porque tienes talento, porque eres instruida y virtuosa, te amo no sé por qué. Esta es una ley que se cumple en mí: el acero busca el imán, un cuerpo lanzado al vacío desciende a buscar su centro; un río desenvuelve la elasticidad de sus aguas y corre porque debe correr; yo te amo porque mi alma vuela involuntariamente hacia ti”.
Fiel a las musas, no pudo dejar de confiarles:
“Antes que yo llegare, lentamente,
Su existencia en silencio discurría,
Y en su serena y nacarada frente
Ninguna sombra había.
“Pero le hablé de un porvenir florido
Y me escuchó con natural empeño,
Tenté a mover su corazón dormido
¡Y despertó del sueño!”
El amor, por fin, creció del todo. Ella lo traducirá de este modo:
“Hay instantes en que siento unos ímpetus, unos deseos que abrazan el espacio, el tiempo, el infinito, a Dios; pero la palabra es de hielo y me entristezco de mi impotencia y entonces se me escapa tu nombre en un suspiro y siento correr una lágrima. No sé si esto tiene nombre, pero conozco que en esos momentos reina el alma fuera de la tierra”.
Zenea, a su vez, lo concretó así: “Anoche, cuando me detuve a contemplar la luna naciente destacándose en el fondo azul de los cielos, suspiré pensando en tu soledad y mandé a mi pensamiento que te hiciera compañía. Arrojé el libro y le dije a la ciencia: nada me enseñas; tus lecciones me convencen de mi eterna ignorancia; y si algo te debo es haber aprendido a dudar. El amor, exclamaba a sí mismo, es el maestro que me ilustra; por el que he llegado al conocimiento de lo infinito, por él mi alma se extiende en ondas apasionadas hacia todos los hombres”.
“¿Qué lograré yo con tantos estudios? ¿Qué voy a conseguir con arrebatar ávidamente los minutos que pertenecen al descanso si, como dice el libro del Eclesiastés, una misma ha de ser la muerte del sabio y la del necio? Sé que no sé nada; los libros, cuando más, me darán los medios para medir los mundos materiales que giran en el espacio, pero solo el amor me presta sus alas para lanzarme más allá del sol y de las estrellas y recorrer la eternidad. Te adoro extremadamente, te lo he repetido y te lo repetiré siempre; dado que lo hubiera dicho dos veces (como manifiesta Montaigne), no será por demás repetirlo una tercera. Eso es lo que deseara murmurar en tus oídos sin cesar, y es lo mismo que anhelo escuchar de tus labios”.
El 10 de enero de 1857, a las doce de la noche —la partida que el obispo señor Muller tuvo la bondad de mostrarme consigna el día 10—, se desposaban en la iglesia de San Salvador del Cerro, con ceremonia de velaciones, María Luisa Mas y Jiménez y Juan Clemente Zenea y Fornaris. Y allí estaban, apadrinándolos, don José y doña Micaela, padres de la desposada. Entre los testigos firmó Francisco Ruz, más tarde médico famoso, que a la sazón llevaba relaciones con la hermana de la desposada.
En un bello rincón que ella misma adornó entre árboles y flores, a solas, mientras el esposo se da a sus quehaceres como profesor de inglés en el colegio de Luz y Caballero, María Luisa continuará anotando en su “Diario” sobre lo que, al reanudarlo el 3 de febrero de 1857, ha llamado “Segunda época de mi vida”. Llena sus soledades con libros, con el estudio que ahora hace de la lengua italiana, un idioma más junto a los tres que ya posee (el nativo, en que incluso ha compuesto buenos versos; el francés y el inglés, que habla y escribe) y… con esperas impacientes.
6 de febrero: “… ¡y para colmo de dicha concédeme, Señor mío, un hijo, un hijo, un hijo! ¡Señor, es todo lo que te pido, concédemelo!”.
24 de marzo: “Unos días más y ya sabré si mi ruego ha llegado al cielo y si Dios me concede ser la más feliz de las esposas. ¡Padre mío, concédeme el inestimable don de ser madre! ¡Fecundiza mi seno y que yo posea una criatura fruto visible de nuestro amor, que no caiga sobre mí la horrible maldición de la esterilidad! ¡Completa, Dios, mi felicidad!”. Mayo 29 de 1857: “…aguardamos la flor más bella”.
El 28 de noviembre de 1857 les nace una niña, a la que ponen por nombre María de la Piedad, pero ya Luisa hacía algunas semanas que solo tristezas en su “Diario” podía anotar. El nido estaba roto; el refugio subsiguiente que les proporcionó el hogar de los Mas resultó, por disgustos de familia, insoportable a Zenea, que ha ido en pos de mejor suerte a Estados Unidos. Mientras, la esposa espera, bajo la protección de sus padres, el término del embarazo. Cuando aparece “la flor más bella”, el poeta se está batiendo en Nueva York contra la pobreza y se entera por carta.
Se justifica ante la compañera:
“… mis largos trabajos —escribe el 12 de octubre— han sido inútiles para mejorar nuestra situación. No tengo yo la culpa de que mis negocios llevasen mal camino. No me es posible cambiar el rumbo de la fortuna”. Y a seguidas: “Si tú estuvieras a mi lado, ya no tendría de qué quejarme, porque nuestro amor embellecería hasta el horror de la tumba. Pero ha sido preciso salir a buscar un poco de oro y, como el buscador de oro de la poesía de Schiller, no se puede dar un paso atrás; es necesario encontrarlo o morir en la empresa, sacrificando la paz de la vida y bañando más con lágrimas que con sudores las miserias recompensas del trabajo”.
A poco, en otra carta: “Mi mundo se ha limitado, mi cielo está en Piedad”. La respuesta de Luisa no deja lugar a dudas: “Lo único que quiero —le dice— es estar donde tú estés contento. Yo vivo por ti y para ti y no deseo más que complacerte. Yo quiero acompañarte en tu mala suerte. Una sola habitación nos basta y los gritos y los juegos de nuestra hija idolatrada la convertirán en un pequeño paraíso”.
La dura realidad del fracaso obliga a Zenea a volver a La Habana. Pliega la bandera y, en carta de 17 de febrero de 1858, anuncia a María Luisa que en marzo, por ella y por su hija, retornará. En el trabajo intenso, sin descanso, encuentra la válvula de escape: el magisterio en “El Salvador”, las clases particulares, la redacción del “Álbum de lo Bueno y de lo Bello”, que le confía la Avellaneda recién llegada con lauros inmortales en España; su propia pareja creación: la “Revista Habanera”.
En medio de todo eso, el verso; la compilación de sus poesías, que prologa Joaquín Lorenzo Luaces y autoriza una nota de Ramón Zambrana, frutos de su primera etapa literaria, que la exigente poetisa camagüeyana saluda (29 de julio de 1860) con estas palabras: “Al perder nuestra isla, uno de sus mejores poetas (alude a Ramón de Palma, que acababa de morir), la súbita aparición de un nuevo libro titulado “Cantos de la tarde” ha venido a confirmar la general creencia de que posee en el joven D. Juan Clemente Zenea otro de los más aventajados que pueda anhelar su ambición.
Sentimiento, buen gusto, corrección (poco común, por desgracia, entre nosotros) son las principales dotes que echamos de ver, desde luego, al repasar las lindas hojas del elegante volumen mencionado, que bastaría a conquistarle al autor un puesto honroso en la literatura si la opinión pública no se lo hubiera asignado de antemano”. Sobre el carácter de la revista fundada y dirigida por Zenea —1861, 1862— ha dicho Enrique Piñeyro: “El verdadero servicio, por Zenea prestado a sus paisanos en la ‘Revista Habanera’ fue la franqueza de su crítica, la independencia con que juzga las producciones literarias…”. Un día, al capitán general, la revista dejó de parecerle mansa y la suprimió de un plumazo.
La fatiga moral va ganando el ánimo del bardo. Algunos ahorros y una pequeña herencia de la esposa le permiten, en 1865, elevar el ancla rumbo a Nueva York. Deja en la isla su misión política, asfixia literaria, algo así como el ámbito de una cárcel moral. De ahí sus versos:
“Los cubanos no tienen más suerte
que morder sus cadenas de hierros,
unos pocos marchar al destierro
y otros pocos subir a la cruz”.
Ha renunciado por el momento a las letras, se cree apto para la vida de los negocios. Y Luisa y Piedad ven cómo, detrás de la leyenda nada romántica del nuevo papel impreso que usa el poeta (J. C. Zenea y Cía., comerciantes comisionistas, 53 New Street), se esfuman los cuatro pesos de la circunstancial economía. Al garete otra vez, pone la proa hacia México, donde Pedro Santacilia, su antiguo amigo de “El laúd del desterrado” y yerno del presidente Juárez, le coloca al frente del “Diario Oficial”, pero no era su destino tener la tienda fija en parte alguna. A fines de diciembre de 1868 se entera de la insurrección de Yara, abandona a su familia, cruza desde Veracruz rápidamente por La Habana y se adentra en Nueva York persiguiendo la manera de incorporarse a la guerra.
El resto de esta parte de su vida no cabe en el artículo: el nuevo fracaso de Goicuría en la expedición del “Lillian”, en la que iba Zenea de teniente coronel; la pluma del poeta en propaganda combativa desde el periódico cubano “La Revolución”; la rectoría disociadora de Manuel de Quesada, con la subsiguiente discordia de quesadistas y aldamistas (Zenea entre los últimos); el espectáculo caótico de la emigración y la coincidente presencia de un nuevo giro de la política peninsular tendiente al arreglo con los cubanos a base de la autonomía. En fin, Azcárate y la diplomacia española, de un lado; rencillas y lucha intestina entre los cubanos, del otro.
A la postre, también, Zenea al servicio de la solución y su presencia en la manigua de Cuba para conferenciar con Carlos Manuel de Céspedes. Por último, su detención por la columna del teniente coronel Vergel en las inmediaciones de La Guanaja y su fusilamiento por Valmaseda, que desconoce el salvoconducto otorgado en la legación hispana de Washington, ocho meses más tarde, en la fortaleza habanera de La Cabaña. Pero —ya lo dijimos— estos días postreros de la vida de Zenea están aún en el juicio de la historia.
La poesía fue lo único que no pudieron arrancarle en los umbrales de la muerte. Por ella fue de nuevo el poeta a los afectos que privaban en su corazón. A la hija, pidiendo de este modo.
“Si después que yo muera.
Al hogar de un amigo.
Mi huérfana, infeliz y pordiosera.
Llega implorando protección y abrigo;
Y albergue hospitalario
Encuentra en sus desgracias,
Yo saldré del sepulcro solitario
Y al buen amigo le daré las gracias”.
A la esposa:
“Ya no podrán borrar tiempo ni suerte
La imagen inmortal que el alma encierra;
Yo te amaré del seno de la muerte
Como tú me amarás desde la Tierra”.
Y, por último, a Adah Menken, su amante más recordada, fallecida en París tres años había ya, y a la que habla como si aún estuviera en el mundo:
“Y sé también que acrecen con las mías
Las amarguras de tus ondas penas
Y que en este fatal terrible instante
Con sangre de tus venas
Contenta y generosa comprarías
La libertad de tu primer amante”.
José Martí escribió sobre Zenea, mucho tiempo después, estas palabras: “…cantó en sus días de muerte en versos de augusta serenidad donde no haya, quien sabe de almas, una sola voz de confusión y remordimiento”.







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