Por: Álvaro J. Álvarez
Los estudios de la historia de Cuba, antes del ascenso de la economía basada en el uso de los combustibles fósiles y las máquinas, prestan poca atención a la importancia de los animales para la vida humana. A medida que nos alejamos en el tiempo hacia el pasado esa falta de atención resulta más difícil de sostener, incluso tras la introducción de las máquinas de vapor y el ferrocarril.
En los estudios de la historia de Cuba se prestaba más atención al protagonismo de las plantas que al de los animales.
El hecho de que el esplendor azucarero de Cuba, desde finales del siglo XVIII hasta la década de 1860, coincida con el nacimiento de la era industrial, hace más interesante la indagación acerca del papel de los animales en ese momento histórico. El análisis del sistema de plantaciones esclavistas podría aportar mucho en el debate de la llamada transición energética: desde el uso predominante de la energía endosomática, basada fundamentalmente en la fuerza humana y animal, hasta el consumo cada vez mayor de energía exosomática, sustentada en los crecientes aportes de la energía fósil y los nuevos medios técnicos de la Revolución industrial.
En este artículo se abordan dos facetas de la interrelación de seres humanos y animales en el contexto de la sociedad cubana del siglo XIX. En primer lugar, se hará una breve evaluación de los cambios en el empleo de la tracción animal en las plantaciones azucareras cubanas: desde el salto productivo de finales del siglo XVIII, sobre todo a partir de la llegada de las máquinas de vapor y el ferrocarril, hasta los comienzos del proceso de centralización azucarera.
En segundo lugar, se hará referencia a una sociedad, surgida en la década de 1880, que tuvo entre sus miras fundamentales cambiar el trato de los humanos hacia los animales. Esta sensibilidad estuvo conectada a la proliferación de Sociedades Protectoras de Animales en el ámbito internacional.
Los animales tuvieron una importancia decisiva en la producción azucarera cubana hasta finales del siglo XIX. Bueyes, caballos y mulas, realizaban diferentes labores para la obtención del azúcar, aunque los primeros fueron los más empleados dentro de la finca e incluso para el transporte de la producción hacia el mercado.
En la última década del siglo XVIII, el hacendado José Ricardo O’Farril describió que un ingenio promedio, capaz de producir 10,000 arrobas de azúcar, estaba conformado por 30 caballerías de tierra, 100 esclavos, 40 yuntas de bueyes y 30 mulas. Del total de yuntas, 24 se destinaban al movimiento de los trapiches (molinos) y las restantes al tiro de la caña desde los campos. Las mulas eran empleadas, sobre todo, para el transporte de la producción final hacia los puertos de embarque. El auge azucarero tras el estallido de la Revolución en Haití, en 1791, disparó la necesidad de la tracción animal. No sólo se multiplicó la cantidad de nuevas fincas azucareras sino también su capacidad de producción. En esas circunstancias y debido a otros factores que influían en cierta decadencia de la ganadería en general, comenzó a notarse la escasez de bueyes para el servicio de los ingenios. En 1797, Antonio Morejón y Gato escribió:
“La escasez de estos es en mi sentir uno de los motivos que han impulsado a algunos dueños de ingenio a solicitar máquinas donde se ahorrase su costo; pero si la especie se mejora no hay dudas que abundará, y por consiguiente han de valer más baratos. Muchos individuos de estos teniendo haciendas de ganado no pueden servirse de los suyos, por su mala calidad, pero si trata de mejorarlos, logrará este ahorro”.
La urgente necesidad de ganado de tracción para las labores fabriles y agrícolas de los ingenios impulsó, en efecto, la experimentación con alternativas para sustituir la fuerza animal. De esa época datan el primer intento por emplear la fuerza del vapor para mover los trapiches, así como algunos esfuerzos por utilizar la energía hidráulica, entonces hubo que esperar dos décadas para la aplicación y generalización, exitosa y paulatina, de la máquina de vapor. Hasta entonces, el consenso fue que los trapiches movidos por bueyes eran los más adecuados a las condiciones de la Isla.
Antes de la expansión de la fuerza del vapor en los trapiches, desde 1820 y sobre todo después de la introducción del ferrocarril en 1837, se produjo un aumento en la demanda de ganado, en especial, bueyes para mover los trapiches y trasladar maderas, frutos y utensilios.
Francisco de Frías y Jacott (1809-1877) IV Conde de Pozos Dulces escribió, a mediados de siglo XIX: “Adquirieron entonces las yuntas y caballos precios subidísimos, apenas si la reproducción natural en hatos y potreros podía dar abasto a las exigencias de la industria agrícola, vino a imprimir nueva vida a la economía de ganados y puede decirse que alcanzó esta entonces el más alto grado de prosperidad”.
A su vez, el continuo aumento de las máquinas de vapor, a partir de las primeras experiencias exitosas en 1818, implicó la reducción directa del empleo de bueyes en la molienda. Algunas fábricas combinaron el uso de máquinas de vapor y fuerza animal para mover los trapiches. En el Occidente y el Centro de la Isla, núcleo de las plantaciones esclavistas, se registró un constante incremento del uso del vapor. En 1827, existían máquinas generadoras en 26 ingenios de La Habana y Matanzas. En el censo de 1860, la proporción de ingenios con máquinas de vapor en el Departamento Occidental fue 77.4% (829 frente a 231 movidos por bueyes). En el Departamento Oriental, en cambio, la relación era de 120 de los primeros (40.2%) y 178 de los segundos (59.7%). Manuel Moreno Fraginals (1920-2001) resaltó el impacto de las máquinas de vapor en el ahorro de la utilización de bueyes para mover los trapiches. Desde fecha temprana (1832) el técnico francés Alejandro Dumont expuso al respecto: “Se objetará tal vez, que una máquina de vapor exige agua y leña en abundancia. Es muy cierto; pero también lo es, que no pueden existir los ingenios sin agua fértil: y ¿no se necesita también mucha cantidad para mantener 56 yuntas de dotación en los trapiches”.
A la pérdida de importancia relativa de los bueyes como fuerza de tracción en los trapiches, siguió la sustitución de algunos animales (mulas y caballos) en el transporte de la producción de los ingenios y de las mercancías que éstos requerían, a partir de la expansión de los caminos de hierro desde 1837, precedida por el inicio de la navegación de vapor, en 1819.
Por la misma época, expuso Antonio Bachiller y Morales (1812-1889): “La introducción de los caminos de hierro, la de máquinas de vapor para los ingenios, ha hecho reducir a precios muy bajos las reses, como animales de tiro: una yunta de bueyes que antes costaba una considerable suma de pesos, se ha reducido ahora literalmente a menos de la mitad de lo que valía. El ganado va a reducirse a considerar como principal objeto de la crianza destinarlo al consumo como alimentos”.
A pesar de esos cambios, en los ingenios los animales siguieron desempeñando importantes funciones; incluso, la tendencia fue aumentar su número por finca debido al incremento de la escala de producción. Entre sus labores aparecieron la carga de la caña desde los cañaverales, cada vez más distantes, el traslado de la producción hasta el cambio de vía del ferrocarril o los puertos de embarque cercanos y el regreso con mercancías para los ingenios. Otras tareas fueron el acarreo de la leña y el secado del bagazo. No era casual que la atención a los bueyes fuera un aspecto importante en la administración de las fincas, ya que estaba simbolizado por el hecho de que el boyero era uno de los empleados de mayor rango entre los asalariados de los ingenios.
Si se dirige la mirada hacia las jurisdicciones donde primaban las plantaciones esclavistas, es posible observar, aún más, el predominio de los bueyes sobre el resto del ganado vacuno.
En 1846 en Matanzas eran 26,242 bueyes por 12,481 cabezas de ganado vacuno y, en 1862, 26,526 bueyes por 11,272, respectivamente.
En 1846, en Sagua La Grande, que comenzó su fomento azucarero hacia 1840, eran 6,734 bueyes por 9,984 toros y vacas. Pero en 1862 la proporción cambió a 18,000 bueyes por 16,941 toros y vacas.
Lo contrario ocurría en las zonas que tenían como actividad económica fundamental la cría de ganado. En Puerto Príncipe (Camagüey) se contabilizaron, en 1846, un total de 179,741 toros y vacas y sólo 9,836 bueyes, mientras que en 1862 la relación era de 193,363 toros y vacas por 22,012 bueyes. En 1846, en Sancti Espíritus la proporción era de 85,490 toros y vacas y 5,552 bueyes; en 1862, de 62,194 y 5,848 bueyes. A la especialización de las plantaciones en la producción de azúcar, se oponía, en cierta forma, la especialización en la cría de ganado para carne, característica de la mitad centro oriental de la Isla. Esto motivó frecuentes contradicciones entre ambas regiones y fue reflejo de la escasa integración entre la ganadería y los cultivos en el contexto más amplio de la economía dominada por las plantaciones esclavistas.
Diversos autores de la época criticaron la insignificante aplicación del arado y el poco uso de estiércol, lo que limitaba las posibilidades de regeneración de los cañaverales.
En la primera mitad del siglo XIX tampoco se prestó mucha atención al fomento de pastos artificiales o de otras fuentes alimenticias para reducir los efectos de las secas y lograr mejoras sustanciales en la manutención de los animales. Luego, en 1828 se supo la importancia del cultivo de la Yerba de Guinea en Jamaica, una opinión que planteaba que, sin esta planta no se podría hacer azúcar, ya que dependía de la cantidad de abono empleado para las resiembras de la caña. Describieron los llamados Flying-pens, un sistema de corrales portátiles donde se depositaba gran cantidad de yerba de guinea para alimentar a los animales y propiciar que dejaran en el lugar una gran cantidad de estiércol. Al respecto indicaron: El día que los hacendados habaneros planten la yerba de guinea en todos los terrenos abandonados y desmontados, y que, en lugar de mandar a sus animales a pastar a potreros lejanos, digan a sus mayorales que quieren que estén encerrados de noche, y que pasten de día sobre la yerba de guinea, volverán a restablecer sus haciendas en lugar de demolerlas, evitando también el gasto de doce reales mensuales por cabeza.
Un folleto propagandístico de 1890 acerca de las cualidades de los quemadores de bagazo verde de la marca Fiske hacía eco de esta cuestión. Como ejemplo, se incluyó una carta del propietario del ingenio Soledad, Edwin F. Atkins (1850-1926), quien aseguraba que con el horno Fiske se ahorraban de 60 a 70 brazos y unas 30 yuntas de bueyes.
(En el verano de 1900 fueron 1,273 maestros cubanos a la Universidad de Harvard para pasar un curso de 8 semanas. Edwin F. Atkins fue uno de los que ayudó y participó en este interesante episodio. Robert, su hijo mayor en 1910, fundó Punta Alegre Sugar Co.
La familia Atkins llegó a operar muchos de los principales ingenios azucareros: Báguanos, Tacajó, Presidente, San Germán y Ermita en la provincia de Oriente; Caracas, Trinidad y San Agustín en la provincia de Santa Clara y Baraguá, Florida y Punta Alegre en la provincia de Camagüey).
Sobre esta base y partiendo de que los 1,000 ingenios de Cuba empleaban un promedio de 40 trabajadores en las diversas operaciones para el secado del bagazo (y algunos hasta 80 y 100), los hornos quemadores de bagazo verde podían representar un ahorro de más de 20,000 hombres. El quemador de bagazo verde patente Fiske fue instalado en la Louisiana, en 1885 y en 1888 pasó a Cuba.
El inventor, Samuel Fiske, efectuó varios viajes por las principales zonas azucareras cubanas para promover su creación, asegurando que la zafra no sufriría interrupciones a causa de las lluvias o los incendios y que no era necesario otro combustible e incluso quedaría un sobrante para otras aplicaciones. Los quemadores de bagazo verde significaron un nuevo paso en el tránsito hacia la sustitución de los animales en el sector fabril de la industria azucarera y cada vez más en las labores agrícolas. Por esos mismos años se introdujeron los llamados ferrocarriles portátiles para el transporte de las cañas a la gran fábrica de los nuevos ingenios centrales. Los caminos de hierro que revolucionaron el transporte del producto final hacia los puertos de embarque comenzaron a ser indispensables para extender la siembra a larga distancia y garantizar la materia prima en el menor tiempo posible. Años más tarde, la nueva revolución tecnológica de los motores de combustión interna abrió la verdadera etapa de la sustitución, casi absoluta, del trabajo de los animales en la triunfante agricultura industrial.
En sus Observaciones sobre los ingenios de la Isla, de 1836, Andrés de Zayas llamó la atención acerca del cuidado que se debía prestar a los bueyes, pues eran “para los ingenios tan precisos como los brazos”. Pidió a los mayorales y boyeros lograr un método más eficaz para la manutención de los animales con el fin de impedir la gran mortalidad que se producía en cada zafra. Lamentó que los carreteros y boyeros (aunque fuesen blancos o negros), golpearan a los animales cuando detenían su marcha por falta de fuerzas, por el mal estado de los caminos o por exceso de carga. Además, pidió rigor para los esclavos encargados de alimentar y dar agua a las boyadas, pues la boyada sale flaquísima y por lo regular siempre se muere un 10 o un 15 %.
Los animales que sobrevivían quedaban en su mayoría muy flacos y estropeados. Feliz el dueño que no tuviera mayores pérdidas, pues muchos sufrían la muerte de casi toda la boyada atribuida a enfermedades que no se conocían, a las malas yerbas, a la seca, a las excesivas aguas, al poco pasto de los potreros, pero jamás se decía que es porque no los cuidaban, o porque están apaleados o porque no comen. José Montalvo y Castillo, en una guía escrita, en especial para el ingenio de su propiedad San Miguel de Caobas, insistió en la necesidad de cuidar y no maltratar a los bueyes: “A ningún buey se apalea, bajo pena de un castigo severo, la fuerza animal economiza mucho tiempo y salva los trabajos del hombre. Además, encierra la mejora de que todas las operaciones se hacen a un tiempo sin quedar nada pendiente”.
La cantidad de bueyes en las fincas azucareras dependía, desde luego, de su capacidad de producción. Por ejemplo, en 1873, dos de los mayores ingenios mostraban los siguientes indicadores: el ingenio Las Cañas, de Juan Poey, con una extensión de 102 caballerías (47 de caña) y con una dotación de 450 esclavos negros y 230 asiáticos, empleaba 500 bueyes y 40 caballos; el ingenio España, de Julián de Zulueta, con 91 caballerías en total y 65 de caña, y una dotación de 530 esclavos y 86 asiáticos, utilizaba 500 bueyes, 14 mulas y 30 caballos. Aunque ambas plantaciones estaban entonces por encima de la media en cuanto a escala de producción, representa un aumento considerable respecto a los promedios señalados para finales del siglo XVIII. Es decir, de unas 40 yuntas a 250 aproximadamente.
Los bueyes representaban un aporte considerable de energía en las labores de la plantación. Las guías de los ingenios a mediados del siglo XIX ofrecen datos muy interesantes. Montalvo y Castillo indica que los carretones destinados al tiro se subdividían en tres cuadrillas: “mientras una cargaba la caña en el campo, otra hacía la descarga en el ingenio y la tercera iba de regreso al cañaveral”.
Si se parte del estimado de que cada hora de trabajo de un buey equivalía a 3.8 horas de trabajo humano, es posible entender la importancia que tuvo, en las plantaciones esclavistas, el uso de los bueyes.
No es de extrañar la importante función del boyero para supervisar a los carreteros, a los esclavos encargados de alimentar a los bueyes (con cogollo) y de la atención en los potreros donde eran mantenidos durante el llamado “tiempo muerto”.
Manuel Moreno Fraginals apuntó que el aumento de las boyadas creó la necesidad de mayor extensión de tierras para los pastizales. En realidad, la extensión de potreros por ingenio fue muy variable. En 1873, el ingenio Las Cañas contaba con 27 caballerías, pero en el ingenio España sólo había 5. La solución, como se mencionó antes, fue el alquiler de potreros colindantes a las plantaciones. Los bueyes mantuvieron un importante protagonismo en las zonas azucareras cubanas hasta su paulatina sustitución por tractores y camiones a partir de la segunda década del siglo XX.
El 3 de noviembre de 1882, se fundó en La Habana la Sociedad Cubana Protectora de Animales y Plantas cuando ya existían 182 en todo el mundo. En ese movimiento influyó el desarrollo histórico de una corriente filosófica y jurídica en favor de los derechos de los animales. La Sociedad inauguró formalmente sus funciones con una visita al establo situado en el número 2 de la calle Apodaca, después de tener noticias acerca de actos de inaudita crueldad contra 19 caballos embargados, de los que fallecieron tres a causa del hambre y la sed.
En el Diario de la Marina del 25 de julio de 1885, se anunció que en la Plaza de Toros de Regla la empresa del coronel Pubillones ofrecería, como plato fuerte, la lucha de un toro contra un tigre. Pocos días después, ocurriría el combate de un soberbio toro, natural y vecino de Bolondrón, con el elefante Romeo, propiedad del mismo empresario. Ante esos espectáculos la Sociedad intervino directamente, al menos en una ocasión, cuando en una corrida en esa plaza, el 24 de junio de 1883, el presidente evitó, con su protesta, que se volviera a sacar a un caballo después de sufrir dos heridas en la barriga.







0 comentarios