LA DUDA

Written by Rev. Martin Añorga

22 de septiembre de 2021

Oí a un predicador señalar la duda como un  pecado. Yo creo, sin embargo, que es menos malo agitarse en la duda que descansar en el error. La duda suele ser el camino, a veces angosto y tortuoso que nos conduce al encuentro con la verdad.

El vocablo duda proviene del latín “dubitare” que significa “no decidirse entre dos cosas o actos”.  Naturalmente, la duda surge en muchas situaciones diferentes y puede suscitarse inquietamente a la hora de tomar decisiones personales.

Si fuéramos a establecer una lista de los diferentes tipos de dudas que asaltan nuestra mente, no nos alcanzaría el tiempo ni el espacio, porque la duda es una variante permanente  -valga  la paradoja- en todos los seres humanos.

Mencionemos la duda amorosa, que es la fuente inagotable de los celos. Dudar de la persona con la que mantenemos  una relación de amor es llenar de amargura una de las experiencias más gratas de la vida.  Muy a menudo las dudas son meras suposiciones o productos de la imaginación.  Cuando la sombra de una sospecha enturbia nuestro concepto de la lealtad, la felicidad se resiente y la paz se ausenta.

George Dudamel explicaba la base de la fidelidad en esta simple confesión: “nunca he engañado a mi mujer. No es ningún mérito: la amo”. El resumen de Francisco Zorrilla es formidable: “ser leal es la mayor valentía”.

¿Cómo podemos vencer la duda amorosa? Blas Pascal expuso este pensamiento: “es una desgracia dudar, pero es un deber indispensable indagar en la duda”.  Ciertamente vivir azuzado por la inseguridad es un tormento. Hagámonos tres preguntas: “¿Qué me induce a la duda?; ¿Con qué elementos concretos cuento para dudar?, y ¿he discutido de forma razonable y sensata mis dudas con la persona que amo, sin provocarla a una irascible actitud?  Existe un viejo refrán -no sé su procedencia-, que es muy oportuno considerar: “tú no puedes evitar que una paloma se te pose en la cabeza; pero puedes evitar que haga nido”. Yo sugiero a los que duden mortificados de la lealtad  ajena a que busquen ayuda. Un clérigo o un sicólogo pueden ayudar. Un amigo o familiar a veces contribuye por razones de solidaridad o por otros motivos a agravar la situación.

Cuídese del método para resolver sus dudas. A nadie se le ocurriría resolver la duda acerca de que un revólver esté cargado o no, dándose un tiro en la cabeza para comprobarlo. La frase genial de San Agustín debe prevalecer: ““ante la duda, abstente”.

Hablemos de la duda conceptual, propia de estudiantes, profesionales, investigadores y curiosos en general. Hoy día este tipo de dudas suele resolverse con un celular, una tableta, una computadora o con un diccionario de bolsillo. De alguien leí este razonamiento: “es de importancia para quien desee alcanzar una certeza en su investigación, el saber dudar a tiempo”.

Si repasáramos la historia descubriremos que grandes logros e inventos fueron alcanzados a partir de las dudas de sus ejecutores. “alguien sentenció que “la duda es uno de los nombres de la inteligencia”.

Vuelvo al inicio de este tema, y me pregunto “¿es realmente la duda un pecado? Si analizamos algunos incidentes bíblicos nos daremos cuenta de que, en efecto, la duda en algunos casos se condena frontalmente, pero en otros casos se  presenta como un camino que conduce a la fe. Tenemos el típico ejemplo de Job, el siervo sufriente, que pasó por etapas de dolor, tristeza y angustia; pero una vez superada la experiencia, reconoció que conocía a Dios de oídas pero que finalmente le vio en la dádiva de su misericordia.  .

¿Es el ateísmo una duda?  No lo es, sino que se trata de una errónea concepción de la realidad, ¿Puede usted negar algo o a alguien que no existe? El ateo niega lo que no es, y lo que no es no puede ser negado por su inexistencia. Sin embargo dudar sobre  la posibilidad de la existencia de Dios es una manera sutil de creer, no es una negación absoluta sino una manera de moverse entre la fe y la incredulidad. En casos como estos hay que repetir una estrofa de Martín Lutero: “Nuestro Dios es la muralla, es la sólida armadura que en cualquier lugar ampara”. No permita jamás que las dudas le sacudan la fe. Haga que sea la fe la que les sacuda las dudas y aproveche la oportunidad para su crecimiento espiritual.

Hay cierta duda que suele tener peligrosas consecuencias. Es la duda en uno mismo. Cuando pasamos revista a nuestras facultades y vacilamos en confiar en las mismas, de antemano estamos vencidos. A la persona que haga todo lo que puede, no podemos decirle que no hace lo que debe.

Al que sustenta la actitud pasiva de aceptar todo lo que le dicen o todo lo que lee, y  termina dudando de su propio discernimiento, le huyen las oportunidades con las que la vida quisiera premiarle.

Recuerde siempre que la duda es un instrumento de victoria, nunca una carga de derrota. Hay que aprender a manejar las dudas. No hay que huir de ellas, porque aprenden nuestra ruta y nos siguen. Hay que aprender a dominarlas con carácter, sentido de justicia y apego a la verdad.

No quiero dar la impresión de que soy un apologista de la duda. Desafío la duda que hace posada en nuestra mente, la que se queda en nosotros nublándonos la razón y horadando nuestra fe; pero acojo la que desata mi interés, promueve mi espíritu investigativo y me lleva a soluciones.

En el Nuevo Testamento hay tres incidentes, entre otros, que nos ilustran la duda como instrumento. En su última cena con sus discípulos Jesús anunció que uno de ellos habría de traicionarlo. Eran doce, y todos levantaron la voz dando a entender, cada uno, que existía una sombra de dudas  sobre su lealtad. El hecho fue que estos dudosos apóstoles, con la excepción de Judas, se echaron sobre el hombro la futura valentía de propagar e Evangelio.

Y tenemos a Tomás, el testarudo discípulo que dudaba de la resurrección de Jesús. Todos sabemos que sus dudas se desvanecieron tan pronto se encontró frente a frente con el Señor, Después de este minuto de gloria fue un servidor incondicional de Jesús.

¿Y qué me dicen de Pedro? Quiso andar, como Jesús, sobre las aguas; pero en el intento se llenó de pánico al hundirse en la profundad del lago empujado por el peso de sus propias dudas. De esa experiencia surgió el más impetuoso, dinámico y exitoso de los apóstoles. Nos ha legado, entre muchas otras, la preciosa noción de que a Jesús no tenemos que imitarlo, sino entregarnos a Su voluntad.

Para terminar este modesto trabajo quiero compartir dos citas que nos provocan creativos pensamientos. El primero es de Blas Pascal, hombre de extraordinaria inteligencia y admirables logros, anteriormente mencionado: “Aquel que duda y no investiga, se torna no solo infeliz, sino también injusto”.

Y el otro es del sabio filósofo René Descartes: “dudo de todo, pero al dudar estoy pensando, y si pienso, existo”.

Ciertamente, la duda que se investiga revela verdades que nos permiten el ejercicio de un juicio respetable y apropiado, y la duda que a veces nos inquieta ejercita nuestra inteligencia y le añade valor a nuestra propia existencia humana.

¡Bendita sea la duda que me conduce a la verdad!

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