Como esta semana estoy de vacaciones y he estado alejado del mundo del deporte, decidí hacer un trabajo que va solo con la mitad del nombre de mi espacio, el cual es sobre mis dos grandes pasiones: el deporte y mi amor por esta gran ciudad.
Hoy “Deportes de Mi Miami” no tiene nada que ver con “Deportes”, pero sí es completamente sobre “Mi Miami”.
Amigo lector, espero sea de su agrado y, si lo es, propáguelo porque es cierto y justo.
Este artículo hace años que lo he querido publicar y el procrastinar me lo ha impedido, excusándome en los compromisos, la falta de tiempo y, más aún, la flojera, pero ya llegó la hora y no puedo continuar evadiéndolo. Las exageraciones, la ignorancia y, sobre todo, las falsedades y mentiras con mala intención tienen que parar.
Con frecuencia escucho a través de diferentes vías – conversaciones, escritos, programas radiales y televisivos – cómo nuestra ciudad creció hasta convertirse en la metrópolis que tenemos hoy en día gracias al narcotráfico y el dinero ilícito proveniente de esa actividad.
Constantemente nos están bombardeando con cómo la violencia fue parte de la vida cotidiana entre los 70 y los 80 y la aceptación del pueblo, puesto que era el motor de la economía.
La ignorancia de quienes no vivían aquí o de los que sencillamente quieren destruir la imagen del cubano digno es insultante cuando empiezan a hablar de esa era sin tener el más mínimo conocimiento.
Mis años de adolescencia y formación transcurrieron precisamente durante ese período y puedo testificar que esa creencia se encuentra muy lejos de la verdadera realidad.
Comencemos. Para entonces el exilio cubano ya llevaba alrededor de 15 años establecido en esta comunidad y ya desde ese momento existía la frase que dice: “Miami, capital de Cuba en el exilio”. Los cubanos ya habían creado industrias que movían no solo la ciudad, sino el sur de la Florida.
¿Creen ustedes que la Camacol surgió por obra y gracia del Espíritu Santo?
¿Reconocen estos nombres? Luis Sabines, Elpidio Núñez, Rogelio Barrios, Cesareo Llanos y Teo Babun, por mencionar algunos. Si no saben quiénes son y las industrias que crearon a base de sudor y esfuerzo, por favor, averigüen y no blasfemen.
Asimismo, la comunidad cubana fue primordial en el desarrollo de los sectores profesionales y públicos. Surgieron médicos, abogados, profesores, ingenieros, contadores públicos, además de funcionarios cubanos ocupando posiciones importantes en los gobiernos del condado y de las ciudades no incorporadas.
¿Les suenan familiares los nombres Hilario Candela, el Dr. Enrique Huerta, Moisés Liber, Benjamín León padre? ¿O tal vez el de los educadores Dr. Francisco Baldor, Demetrio Pérez, Jr. y la Dra. Olimpia Rosado?
Ya para esos años la industria bancaria estaba bien establecida y dentro de ella los cubanos jugaban un papel crucial. El Continental Bank, el Capital Bank e Interamerican Bank, por nombrar algunos, eran propiedad de cubanos, mientras otros, como el Republic National Bank, Barnett Bank, 1st State Bank of Miami y otros, eran administrados por cubanos.
Para esos ignorantes o envidiosos, ¿conocen los nombres de Luis Botifoll, Carlos Arboleya, Aristides Sastre, Emilio Lacal, Raúl Zarranz, Bebo Montiel o Jorge Pérez?
¿No? Entonces, cállense la boca.
Estos profesionales fueron parte integral en la financiación de construcciones, hipotecas, negocios de pequeños empresarios y proyectos comerciales. Gracias a ellos y a muchas otras instituciones bancarias, estos bancos no solo atendían a la comunidad cubana, sino que llegaron a convertirse en entidades respetadas dentro del sistema financiero de Miami. Su crecimiento fue producto del trabajo, el ahorro y la visión empresarial de miles de familias, no del dinero ilícito.
Otra área fundamental fue la construcción. A principios de los años setenta, Miami vivió un boom de construcción impulsado por el poder adquisitivo que iba obteniendo la población cubana exiliada, que ya se ganaba la confianza de las entidades de crédito antes mencionadas. Como consecuencia, el condado y sus ciudades adyacentes tuvieron que expandir sus infraestructuras.
Espero que los nombres de Tony Ortega, Daniel Pérez, Delfín Pernas, Rafael Santa Cruz, los hermanos Anthony y Armando Rivas les signifiquen algo, porque si no, usted es parte de la ignorancia.
El comercio y el turismo con Latinoamérica fueron otros campos que aumentaron porque los miembros de un exilio triunfador abrieron las puertas a los empresarios de este hemisferio.
El sector de la gastronomía creció enormemente gracias a mis compatriotas y, para ese momento, era uno de los grandes impulsores de lo que más tarde se solidificó como el sabor de Miami, que es la base de lo que hace esta ciudad tan codiciada.
Nuestra música, única en el mundo, unida a nuestra cultura llevada en una vida comunitaria dispuesta a mejorar esta ciudad, dio vida al fenómeno que se conoce en la actualidad como “Calle Ocho”.
Restaurantes, cafeterías, panaderías, clubes sociales fueron precisamente los cimientos de esa Calle Ocho.
Me imagino que han oído hablar de Felipe Valls, pero al igual que él existieron los hermanos Fernández que crearon Los Pinos Nuevos, Wilfredo Chamizo y Juanito Vento en La Esquina de Texas y los hermanos Galindo, creadores de las cafeterías Latin America.
Todos estos elementos, ajenos a ser actividades ilegales, fueron el resultado legítimo del esfuerzo, el trabajo y la creatividad de una comunidad que creó su propia identidad después de haber perdido su patria.
Si bien es cierto que el narcotráfico existió y produjo un gran flujo de capital, es injusto considerar que era la base financiera de Miami. Fue una situación que creó un fenómeno paralelo que convivía con una economía mucho más amplia e importante porque descansaba sobre el trabajo honrado de miles de personas.
Maliciosamente, la prensa sensacionalista glorificó la violencia asociada al tráfico de drogas con películas, programas de televisión y música, al mismo tiempo que hizo creer que nuestra ciudad vivía azotada por estos hechos.
Sin embargo, mientras esto ocurría, la realidad era completamente distinta. Había un Miami que se levantaba temprano para laborar. El que abría las puertas de las cafeterías en La Pequeña Habana antes de que saliera el sol. El que construía viviendas en Hialeah con un orgullo personal. El que viajaba al downtown para vender en tiendas o contestar los teléfonos de las empresas que comenzaban a llenar los espacios después de haberse mudado desde otras ciudades. El que atendía turistas en Miami Beach en dos y tres idiomas.
Decir que la economía dependió del tráfico de droga es una traición a esos hombres y mujeres que día a día trabajaron con el propósito de mejorar el modo de vida de sus familias haciéndolo honradamente. Aquellos matrimonios que comenzaron viviendo bien ajustados en pequeños “efficiencies” y se esmeraron para poder comprar una vivienda. Aquellos padres cuya única ilusión fue que sus hijos estudiaran y pudieran tener una carrera que les garantizara el futuro que ellos mismos no pudieron lograr.
A modo de aclaración, todos los nombres mencionados son solo una minúscula cantidad de los que pudiera haber nombrado.
Esta es la verdadera y justa historia del Miami de los 80. Una ciudad que se hizo grande por el sueño y el esfuerzo diario de sus habitantes, no por las exageraciones y mentiras que, de tanto “cacarearlas”, han terminado convirtiéndose en verdades para quienes odian, envidian o simplemente no soportan el éxito del exilio cubano.








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