‘YO HARÉ LA GUERRA’ ¡Y LA HIZO!

Written by Libre Online

8 de septiembre de 2026

Por Rafael Soto Paz (1951)

El 14 de agosto de 1951 murió uno de los personajes más fabulosos que pueden haber existido: William Randolph Hearst, cuya cadena de diarios y revistas, emisoras radiales y compañías de cine fue un surtidor de emoción para millones de seres. En Beverly Hills, a los 88 años de edad, lo que se apagó no fue una vida humana, sino una montaña de audacia. La serie de negocios disímiles y la constante inquietud en que Hearst vivió lo sacan del género común para incrustarlo entre los especímenes excepcionales.

Para los cubanos —después de los suyos, naturalmente—, Hearst constituye una figura digna de atención. Fue un tremendo agitador. Un hombre que vivió a plenitud nuestra última lucha por la independencia y se ligó a ella con tal frenesí, que fue el factor principal que la desencadenó. Con sus grandes rotativos movió a la opinión norteña. Es él quien decide que los jerarcas de Washington se lancen a la vorágine. La vorágine que dio al traste con los restos del imperio colonial de España en América.

Un hombre así merece, pues, que le dediquemos unas líneas.

Nace un coloso

El zar del periodismo racketeril, William Randolph Hearst, vino al mundo en San Francisco, California, el año 1863. Su padre, un rico minero de la región, también ocupó una curul en el Senado Federal. De niño, William acompaña a su madre en dos viajes a Europa y, al cumplir los 19 años, ingresa en Harvard. En el severo centro docente, en lugar de aprender, derrocha su dinero en fiestas y libaciones que nunca terminan. Tal conducta origina que le expulsen de la universidad a mediados de la década de 1880.

Poco después, en un paseo por New York, el turbulento mozo queda maravillado al visitar el “World”, del gran Joseph Pulitzer. Por ello, su primer afán se resume en convertir en un “World” el “Evening Examiner”, de San Francisco, diario que su padre, George Hearst, había comprado años antes de que su hijo rodara por las escaleras de Harvard. Contaba 24 años el audaz William cuando recibe el preciado regalo. Y, raudo, pone en ejecución sus fantásticos proyectos. Contrata como director a Samuel Chamberlain, que se había distinguido en el “Herald”, de New York, y en “Le Matin”, de París; a Ambrose Bierce, el notable escritor y cuentista; a Winifred Black Bonfils, cuyo seudónimo “Annie Laurie” era un paño de lágrimas para las niñas candorosas que suspiran por su marido. Tales innovaciones dieron tanto éxito que, a las pocas semanas, el diario triplicaba su circulación.

Rumbo a la Babel

A los cuatro años de morir el viejo George, en 1895, la viuda vende unas minas para darle a su santo hijito $7,500,000.00. Con tan respetable suma, Hearst se dispone a la conquista de New York, sin abandonar la propiedad del “Examiner”. Lo primero que hace es comprarle a John R. McLean el “Morning Journal”, un diario que en 1882 fundara un hermano de Pulitzer, nombrado Albert. 

Pagó Hearst $180,000.00 en efectivo y se dedicó a atrapar lo mejor que había en el mercado para llevarlo a su redacción. Trajo a su amigo Chamberlain de director y, a la vez, contrató a Homer Davenport, el famoso caricaturista; a Julian Ralph y Arthur McEwen, considerados los mejores reporteros del momento; a los redactores de mesa Julian Hawthorne, Stephen Crane y Alfred H. Lewis; a los críticos A. C. Wheeler, de arte, y Alan Dale, de teatro. Aumentó las páginas, abrió las informaciones con fotos llamativas, varió el formato, y el 7 de noviembre de 1895, el “escándalo” estaba en las calles…

El viejo Pulitzer, que con su “World” era el monarca por entonces, tembló. Y entre ambos magnates se inicia una guerra más terrible que la habida años antes entre Pulitzer y el joven Bennett, del “Herald”. Pulitzer, en su ofensiva, empezó por rebajar a un centavo el “World”, a la vez que aumentaba las tarifas de anuncios; política similar a la seguida contra él por Bennett, cuando Pulitzer llegó de Saint Louis a Manhattan. 

El resultado en cada caso estribaba en suprimirle al periódico establecido sus ganancias, para que el recién llegado pronto se arruinara. Pero como el californiano lo imita, resultó que el binomio, al ascender su circulación respectiva, cercenaba al resto de los rivales. Aquí todo el mundo cogió su sombrerazo. Además, la formidable batalla entre los dos primates trajo el surgimiento de las ediciones de la tarde. Los diarios mañaneros, se sabe, por su perfecta organización y las facilidades en la distribución, habían mantenido un señorío desde tiempo atrás.

Por esos días las campañas de Hearst se hicieron famosas. Combatió con fiereza a McKinley y ridiculizó con impiedad a Mark Hanna, el millonario que fabricó la candidatura del citado presidente. Aquellos dibujos —expresa John T. Flynn— que representaban a Hanna llevando de la mano a McKinley —un Napoleón en miniatura— y aplastando a obreros, derribando a mujeres y niños, amontonando sacos de dinero y fraternizando con los trusts, herían profundamente a Hanna. Hubo un instante en que el millonario se quejó a su amigo, el senador Dolliver, con estas palabras:

—Duelen… duelen…

La “Moral War”

Hearst vivía en plena avidez de sensacionalismo. Las catástrofes le seducían. Cualquier crimen lo presentaba con espeluznantes fotos. Las artistas de varietés salían con sus trajes ceñidos para asombro de la época. El furor se desbordó cuando un entrevistador del “Journal” apareció en el camerino retratado con cierta actriz francesa. “Anna Held recibe a Alan Dale en paños menores…”, vociferaba el título de la tal información. ¡Para qué querían más los enemigos de Hearst! En las iglesias se predicó contra el periódico; los clubs y bibliotecas cancelaron las suscripciones. La nación entera volvía a la “moral war”, es decir, a la censura organizada contra las publicaciones escandalosas; tipo de ataque que años antes había sufrido el “New York Herald”, padre del sensacionalismo yanqui.

El boycott no logró éxito, porque Hearst tuvo la visión de iniciar una serie de cruzadas en pro del bien público, como señala el profesor Luther Mott. El tarifado se volvía ahora un celestial idealista. Y así nacieron sus campañas contra los tranvías de Brooklyn, pro-pavimentación de la Quinta Avenida, abaratamiento de las tarifas eléctricas, etc. Llevado a la corte, Hearst se escudó en que se trataba de “nuevas ideas en el periodismo”. Fue así que, estimulado por tales luchas en favor del pueblo, adoptó su famoso “slogan”: “Mientras otros hablan, el Journal actúa”.

Los Grandes Reportajes

El ciclónico editor sigue en su fiebre. Para él no hay diques. En 1897 adquiere el servicio de la A. P. Luego manda a entrevistar a los dioses de la pelea del siglo: Corbett-Fitzsimmons; envía a Londres al insigne Mark Twain para reportar el jubileo de la reina Victoria; a Ralph y a Crane a la guerra greco-turca. Organiza, acto seguido, las costosas expediciones hacia el Klondike, Alaska, donde acaban de descubrirse minas de oro.

Para el suplemento dominical su caja de caudales no tuvo límites. El dinero lo gastaba a montones. Un día, duplicando el sueldo a redactores, dibujantes y fotógrafos, logró llevarse íntegramente todo el staff que Pulitzer tenía en el “World” dominical para el “Sunday Journal”. No contento con ello, poco después le captaba a Pulitzer al gran Arthur Brisbane, que al frente del magazine de Hearst, a fines del pasado siglo, llegó a percibir más de mil dólares semanales, cantidad fabulosa para aquel tiempo. Lo mismo con las tiras cómicas; las mejores las adquiría sin importarle el costo. A todo esto, hay que acreditarle otra innovación: el periódico a dos colores, lanzado por él a mediados de 1897, aunque en los magazines dominicales el “Chicago Inter-Ocean” y el “New York World” lo habían precedido.

El “Asesinato” de Maceo

Arrastrado por su afán de que los EE. UU. entraran en la guerra que Cuba libraba contra España, Mr. Hearst hizo lo indecible. Con la muerte de Maceo especuló. Al siguiente día de caer el Titán, un titular del “Journal” vociferaba así:

“¿Massacre, Ambush or Poison?” (¿asesinato, emboscada o veneno?).

Y, con la misma, insistía en su acusación contra el médico de Maceo, el pobre Máximo Zertucha. En un virulento editorial, el periódico apuntaba:

“En el asesinato de Maceo la más negra felonía cumplió su objetivo. Con un traidor en su propio Estado Mayor, llevado engañosamente a una cita bajo la protección de la palabra de honor española, sin sospechar lo que venía, el patriota cubano —él y el hijo de Máximo Gómez— cayeron bajo el fuego de la emboscada asesina”.

Al gran diarista poco le importaba lanzar una horrenda calumnia sobre un infeliz. Lo importante para él era gritar, en suma, vender periódicos.

El Caso Evangelina

Con el caso de Evangelina Cossío Cisneros, Mr. Hearst apasionó la opinión pública norteamericana. Se trataba de una muchacha cuyo padre, acusado de conspirar, estaba en Isla de Pinos. Al ir a visitarlo ella, el coronel Bérriz, jefe de la prisión, hubo de enamorarla. La joven le dio una cita y, de acuerdo con varios patriotas cubanos, intentó dar muerte al militar español. La conjura fracasa y Evangelina es conducida a La Habana. En torno a este incidente, Hearst armó la escandalera del siglo.

“Miss Cisneros —decía el “Journal”—, según los que la han visto, es la muchacha más linda de la Isla de Cuba…

A causa del mal trato yace postrada en la prisión, y por su juventud vive tan ignorante de las cosas del mundo como cualquier monjita…”

Después de describir al “canalla y lascivo Bérriz que pretendió ultrajar a la inocente niña” con dramáticos caracteres, escribía que en la celda de Evangelina habitaban los presidiarios, entre los que figuraban “los negros más depredadores de La Habana”.

El gran editor aprovecha la coyuntura que este filón sentimental le ofrecía. Mandó a su mejor reportero, Karl Decker, a que procurara rescatar a Evangelina. El joven periodista alquila una casa contigua a la prisión y, limando las ventanas, libertó a la doncella, la que pudo fugarse para EE. UU. en traje de muchacho.

El alboroto que se formó en Cuba y en Norteamérica, al conocerse la evasión, fue mayúsculo. Weyler, colérico, aumentó su furia contra los patriotas. Por eso Hearst, en sus informaciones, lo llamaba butcher, un carnicero, una bestia con uniforme.

La carta de Dupuy

La famosa carta de Enrique Dupuy de Lôme, embajador de España en Washington, dirigida a José Canalejas, a la sazón alojado en el Hotel Inglaterra de La Habana, fue un ángulo que Hearst supo explotar. En dicha carta —interceptada por el cubano Gustavo Escoto— el embajador Dupuy calificaba a McKinley de “débil, populachero y politicastro”. En un cintillo tronante, el 9 de febrero de 1898, el “Journal” afirmaba que la carta era “the worst insult to the United States in its history” (el peor insulto a EE. UU. en toda la historia).

“Ya tengo mi guerra”

Montado ya en el caballo del “jingoism” (partidario de la guerra), Mr. Hearst toma su yate, el “Vamoose”; en él se montarán reporteros, fotógrafos, máquinas de escribir, papel y todo lo que sea necesario. Al frente de la expedición, rumbo a La Habana, iba el famoso ilustrador Frederic Remington.

Para que el lector se dé cuenta del tipo de periodismo que Hearst hacía, vamos a copiar los dos cables que se enviaron y que hoy figuran en todas las bibliotecas de periodismo:

“W. R. Hearst, Journal, New York

Todo está tranquilo. Aquí no hay problemas. No habrá guerra. Deseo regresar.

Remington”

La contestación —con verdadero cinismo— no se hizo esperar…

“Remington, Havana

Por favor, quédese. Usted proporcione las imágenes y yo proporcionaré la guerra.

Hearst”

La explosión del Maine

Cuando ocurrió la explosión del Maine (15 de febrero de 1898), Hearst ofreció miles de dólares a quien le dijera el nombre de los que hundieron el crucero. Y el slogan “Remember the Maine”, precursor del “Remember Pearl Harbor”, sacudió las fibras emocionales de la nación…

No obstante haberse demostrado que el hecho se debió al infortunio y que en el mismo no había participado el gobierno de España ni ningún español, el “Journal” continuaba con sus cintillos amenazantes.

“La destrucción del Maine es obra de un enemigo”.

Una vez entrado EE. UU. en el conflicto y para contrarrestar la censura del cable, Hearst empleó millares de dólares en botes y yates que transportaban las noticias a Key West.

El “Periodismo Amarillo”, que tanto Hearst como Pulitzer explotaron, vivía ahora en pleno apogeo… Las tiradas rebasaban el millón de ejemplares. Y al público había que darle noticias…

“Queman” a Hearst

Fiel a su sistemática censura contra McKinley, los periódicos de Hearst no omitían los más terribles epítetos. Así, en un editorial del “Evening Journal”, apareció este anatema:

“Si las malas instituciones y los malos hombres pueden ser eliminados por la muerte, bienvenida sea la muerte.”

Lo terrible del caso es que, en uno de los bolsillos del anarquista Czolgosz, matador de McKinley, apareció el citado recorte. La reacción que se produjo en el pueblo fue violenta. El diario fue boicoteado por los clubs patrióticos. En el estanquillo en que colgaron el “Journal”, la gente lo rompía. Y en las manifestaciones callejeras la efigie de “McHearst”, cuando no aparecía colgada, era quemada. Incluso el presidente Teddy Roosevelt, en su primer mensaje al Congreso, se refirió al tipo de periodismo que Hearst y sus rivales hacían.

El magnate, por su parte, se defendía: su propósito era la defensa de los intereses populares. Frente a tal acometida, optó por dividir el “American Journal”, lanzando el “New York American” por la mañana y el “New York Journal” por la tarde. A la vez invade Chicago, creando allí periódicos y revistas en medio de una sangrienta guerra, con vendedores y gánsteres. En 1903 establece “Los Angeles Examiner”, para competir con “Los Angeles Times”, que desde años atrás salía en la rica ciudad californiana. Y así fue ensanchando su cadena, hasta hacerla interminable.

Ingresa en la Política

Pasada la crisis del ataque popular, Hearst entra de lleno en la política. Aspiró a todo: a alcalde de New York, a gobernador y hasta su nombre lo barajó él mismo para presidente de la República. Gastó millones de pesos en sus campañas electorales, y lo único que pudo alcanzar fue un asiento en la Legislatura del Estado de New York. ¡El hombre que sabía emocionar a las masas y sacarles níqueles del bolsillo fallaba cuando se disponía a sacarles los votos! ¡Pobre Hearst! ¡Se sentía empequeñecido los días de elecciones, y todo por la democracia…!

Su Vasto Imperio

En su vasto imperio había de todo. Hasta mujeres bellas. Y el hombre del “yo hago la guerra”, “yo creo la opinión”, a los 55 años se enamora de la mediocre Marion Davies, que en el “Ziegfeld Follies” cada noche “levantaba la pata”. Para ella hizo construir en California el fantástico rancho de la Cuesta Encantada. Una tarde le arrulló al oído:

“Te haré artista de fama”.

Y en torno a su diosa volcó una intensa propaganda. En los bizcochos, en las escobas, hasta en la goma de mascar puso su retrato. Cierto que ella era una rubia que levantaba un muerto. Linda por todos lados. Pero el arte —como el amor— no se puede comprar. ¿Quién recuerda a Marion?

Hearst adquiere periódicos y revistas a través de todo el país. Fueron tantos que no hace falta reseñarlos. Se divertía comprando empresas periodísticas como si fueran corbatas. Vivió en una loca danza de millones de dólares y millones de ejemplares. Como todo hombre combativo era muy combatido. Sobre todo, por su filiación reaccionaria. Cuando la Primera Guerra Mundial, sus simpatías estuvieron al lado de Alemania, y las multitudes democráticas, en castigo, pasearon su efigie por las calles neoyorquinas, entonando cánticos de crítica. Luego el poderoso magnate puso toda la maquinaria contra Franklin Roosevelt. Pero era inútil: en cada elección, el líder excelso vencía a los grandes cintillos.

Sus fracasos en la política, en el amor y en el afecto popular nunca lo amilanaron. Supo crear un verdadero imperio. Llegó a controlar 42 diarios, 13 grandes revistas, 8 emisoras de radio, 2 compañías cinematográficas, 3 servicios para distribuir cables, fotos e informaciones: el International News Service, el Universal Service y el King Features Syndicate. Además, tenía negocios de minas, de hoteles, teatros, terrenos a plazos, fincas, fábricas de papel y edificios para oficinas. Solamente en New York, sus propiedades en casas sumaban 41 millones de dólares. Y sus bosques pasaban de 2 millones de acres.

Todo este arsenal de cosas y de hombres, Mr. Hearst lo manejaba desde su rancho de California, donde transcurría la mayor parte del tiempo. Tan pronto llegaba en su avión particular, sesenta teléfonos directos lo ponían en comunicación con el exterior. El mapa de los EE. UU. —¡tan grande, tan grande que es! — lo tenía en su mano…

Sinfonía final

En 1924, ya el coloso empieza a sentirse cansado. Reunió a sus cinco hijos y a cada uno lo amarró a un cargo. A John, administrador general de Hearst Publications; a William, director del New York Journal-American y del American Weekly; a George, vicepresidente de la Hearst Publishing Co.; a David, director de Los Angeles Herald, y a Randolph, el más chiquito, director del San Francisco Call-Bulletin.

A fines de este mismo año, el agotado Hearst salió a viajar por el extranjero como un maharajá indio. En cada país que visitaba adquiría objetos de arte para su fabuloso castillo de San Simeón, en California. En tales menesteres lo sorprende la crisis económica del año 1929. El terrible sacudión Hearst lo sintió fuertemente. Sus negocios se resquebrajaron al bajar las acciones. La pirámide amenazaba desplomarse. Pero, poco a poco, pudo irse levantando. Y al morir el león, el vasto imperio que él modeló —hoy en poder de su viuda y sus hijos— se mantenía fuerte.

El hombre tremendo que había sido William Randolph Hearst moría satisfecho. Aunque su fiebre de grandeza con él se iba, la enorme organización que su genio creara, por los siglos de los siglos se recordará…

NOTA DE LIBRE:

El historiador cubano Rafael Soto Paz escribió que Hearst solamente alcanzó “un asiento en la Legislatura del Estado de New York”. Sin embargo, Hearst fue elegido dos veces a la Cámara de Representantes de Estados Unidos, en 1902 y 1904, y sirvió de 1903 a 1907. Después perdió las elecciones para gobernador y alcalde.

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