LA CRISIS DE IRÁN DURARÁ HASTA QUE EE.UU. LO PERMITA

Written by Adalberto Sardiñas

12 de mayo de 2026

La crisis de Irán entró en su tercer mes de duración y Estados Unidos no se atreve -todavía- a declarar una victoria total. Le falta el golpe final que el presidente, aunque se ha mantenido firme, no se ha atrevido a dar. En los últimos días ha lanzado otra amenaza –una más en la larga lista- “que está listo para reanudar ataques militares contra el régimen teocrático”. Y posiblemente no le quede otra opción. El conflicto se va haciendo demasiado largo por la dilación del régimen de los ayatolas, interesado en ganar tiempo, a sabiendas de que ese factor trabajará contra el presidente Trump en el ámbito político nacional y en la esfera internacional, donde, hasta el Papa, ya se manifiesta contra Estados Unidos y veladamente favorece como víctima a Irán. 

Las fracasadas conversaciones en Pakistán no han servido más que para demostrar las verdaderas intenciones del régimen despótico teocrático: ganar tiempo en espera de mayor resistencia contra Trump por la fuerza política demócrata, el aumento en el precio de la gasolina al consumidor americano, la crisis energética en Europa y Asia, y mantener la presión a nivel global con el bloqueo al Estrecho de Ormuz. Por lo tanto, continuar con este tipo de conversaciones nunca conducirá a nada positivo. Irán no quiere un cese al fuego. Ni, tampoco, un acuerdo de paz mediante el cual renuncie a su sublime obsesión de convertirse en un poder nuclear. Entonces, ¿cuál es el próximo paso para Estados Unidos? Terminar lo comenzado en febrero 28. Ir por la yugular. Acabar con la rabia disponiendo del perro.

En opinión de varios experimentados analistas, -con cuyos análisis es difícil disentir- la administración ha cometido errores estratégicos básicos como el de no anticipar el probable cierre del Estrecho, no destruir el oleoducto de la isla de Kharg, y no dañar su infraestructura energética en la primera semana de ataque. 

El reciente bloqueo de los puertos de Irán es un movimiento logístico acertado que ya de hecho está causando considerable impacto en la economía de esa nación que está bordeando el colapso. Eso está muy bien. Pero este bloqueo toma tiempo para que rinda plenos resultados. Se necesita más para forzar a la dirigencia fanática de los ayatolas a comprometerse a dos factores esenciales: (a) renunciar a su ambición nuclear y (b) abrir incondicionalmente el Estrecho de Ormuz para la libre navegación internacional.  Sólo así podremos declarar una victoria total final.

El reciente bloqueo portuario impide la entrada o salida de cualquier barco, lo que directamente, implica, por el momento, el cese del flujo de divisas a las arcas del gobierno, y, de prolongarse, tendrá un efecto permanente, tal vez por largo tiempo, puesto que, al no tener instalaciones de almacenamiento para la producción de petróleo, el régimen se verá forzado a sellar pozos sujetos a un daño de magnitud mayúscula. 

¿Por qué no se hizo antes nada para afectar la producción de petróleo? La única respuesta lógica parece recaer en la creencia del presidente de que aislando la cuestión del petróleo Irán se sentiría inclinado, o incentivado, a entretener negociaciones en busca de un arreglo pacífico.

Además de otras complicaciones, Irán comienza a sentir una crisis de gasolina que exacerba el descontento de la población. Por eso, el presidente, con justa razón, muy consciente de la realidad, ha dicho que el bloqueo impuesto a los puertos seguirá en pie, de manera indefinida. Es otro frente de batalla -la guerra económica- más sutil e indiscutiblemente, práctica y efectiva, aunque, más demorada en sus efectos. 

Sin embargo, desde una perspectiva compleja de diversas variantes, si se le mira como un factor dentro del cúmulo de factores del conflicto, y no como un ente aislado, será un elemento devastador si se le mantiene en vigor por el tiempo necesario y no se le suspende tempranamente.

En términos prácticos, el tiempo de las negociaciones con Irán C’est passé. Si las conversaciones anteriores estaban predicadas en la apertura del Estrecho y la cuestión nuclear, esos dos asuntos no fueron más que sueños ilusos, porque Irán nunca los consideró en serio. Jamás estuvieron en su agenda. Esa ventana se ha cerrado. Ahora se reabre –o debería abrirse- la puerta dura, la militar, con la real posibilidad de nuevos ataques para terminar la labor que comenzó en febrero. 

En efecto la guerra en su aspecto militar, ha sido ganada, decisivamente. El programa balístico iraní ha sido retrasado, tal vez por años. Su complejo de defensa industrial y la fuerza naval ha sido demolido. Su sistema de defensa, incluyendo las redes de radar, están fuera de servicio. La fuerza aérea es sólo una sombra patética de lo que era.  Y la estructura de gobierno está profundamente fracturada entre radicales, extremistas radicales y semimoderados. Sí, no hay duda hemos obtenido una victoria, pero no total, sino parcial.

Dentro de esta turbulencia el presidente Trump se encuentra debatiendo sobre sus implicaciones en la economía global, el impacto del precio de la gasolina en el consumidor americano, y, sobre todo, el posible efecto del conflicto en las elecciones de Medio Término en noviembre. Los demócratas, por su parte, alientan las llamas del descontento con miras a esos comicios con el ansioso objetivo de obtener mayoría en ambas cámaras del Congreso, incluso deseando un fracaso de Trump en Irán, aunque tal fracaso lo sea también de América, y vaya contra la seguridad nacional. 

Le toca al presidente decidir cuál es la mejor opción a su disposición para un final favorable a la nación y a él en el orden político personal: o una paz negociada, nunca garantizada con este tipo de enemigo, o una arremetida militar final con el firme propósito de rendir totalmente a Irán y el peligro que representa para toda la región del Medio Oriente.

Una derrota convincente de la dictadura teocrática cambiaría el aspecto, las proyecciones y el resultado de las elecciones de noviembre. 

Todavía hay tiempo. Aún le quedan hojas al calendario.

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