ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

26 de mayo de 2026

CAPÍTULO I

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

—¿No ha llegado nada fresco…?

—Si en épocas de seca se demora, cómo piensa que en primavera un empleado de correo de la ciudad lejana va a cruzar el río para traer algo nuevo de lectura. Ni pensarlo.

—Tienes razón, pero ya estoy cansado de leer una y otra vez los mismos libros; los míos y los tuyos. De todas formas el paseo no es inútil, por lo menos te saludo. Y, a propósito, ¿quién es el muchacho que está sentado en aquella mesa, al final de la sala? Otras veces lo he visto aquí.

—Se nombra Cándido y es de la familia de los papaloteros.

—En este pueblo nadie lee y menos los jóvenes, por lo tanto está loco o es inteligente.

—Yo diría inteligente.

—Ya veremos —dice el notario y mueve su gruesa anatomía hasta la mesa donde Cándido se concentra en las páginas de un manoseado volumen de geografía titulado “La tierra y sus recursos”.—¿Estudias a Leví Marrero? Es o fue un gran geógrafo e historiador. Ha pasado tanto tiempo que no sé si ha muerto.

Cándido, sorprendido, levanta la vista y topa con el rostro serio del notario.

—En verdad no estudio, leo un poco y veo los dibujos y fotografías que ilustran las hojas.

—¿Entiendes todo lo que lees?

—No siempre. Estoy terminando el sexto grado y sé que me falta mucho por aprender. En el pueblo no hay nada más —exclama con desaliento.

—¿Sabes quién soy…?

—Don Pascual Armenteros, ¡el notario! —responde.

—En el pueblo todos me conocen, pero de eso no se vive.— Calla y, entre benévolo e inquisidor, contempla a Cándido. —Tengo una buena biblioteca. De hecho es la única que existe en el pueblo, porque este agujero no pasa de ser un vertedero de textos, en mayoría, intrascendentes. Encontrar aquí algo de Leví Marrero se puede catalogar como un milagro, comparable a descubrir la olla al final del arcoíris. Y tú lo encontraste. ¿Me entiendes?

—No sé… lo encontré como encuentro otros libros. Busco en los estantes… tengo tiempo —explica evasivo.

—¿Quieres aprender…?

—Sí —responde resuelto.

El notario sonríe y propone.

—Algunos días, en las tardes o en las noches, cuando lo estimes conveniente puedes visitar mi casa. Te mostraré la biblioteca y si te comprometes a cuidar los libros me arriesgaré a prestarte algunos, para que los leas en tu casa. Eso sí —advierte —los préstamos serían de uno en uno. Libro leído, libro devuelto.

Cándido, emocionado por el ofrecimiento, vence la timidez que le ocasiona la figura imponente del notario y comienza a visitarlo.

Don Pascual Armenteros, único leguleyo del pueblo, a falta de jueces y abogados, vive en compañía de su esposa Carmela, anciana que, en tiempos anteriores a la partida de los hijos, fue alegre y vivaz pero que en el presente, sin dejar de ser gentil, se muestra seria y taciturna, aunque su amor y admiración por el compañero se mantienen incólumes, como el día lejano en que intercambiaron los anillos matrimoniales.

La pareja procreó dos mellizos, los cuales, años atrás cruzaron la frontera fluvial para completar la educación en la gran ciudad, allende el río.

No obstante, jamás se volvió a tener noticias de ellos. Por mucho tiempo el matrimonio padeció por el silencio inexplicable de los hijos, hasta que el notario, recurriendo al análisis de ciertas lecturas, crea una justificación basada en un peculiar razonamiento intelectual, el cual se sustenta en la idea de que gran parte de lo que se origina del otro lado del río resulta pernicioso y contaminante, por lo tanto era preferible que los vástagos nunca regresaran, ya que habían extraviado la esencia grupal y religiosa que alentó al fundador del pueblo.

Luego de noches de cavilaciones don Pascual Armenteros escribe una teoría y la titula “Polución Mental”. La lectura compartida de partes del tratado, le sirve al notario para aminorar en Carmela la tristeza que la agobia.

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