Los periódicos en Estados Unidos le decían “The Butcher”.
En la apacible noche del jueves 9 de abril de 1959, poco más de tres meses después de la instauración de la dictadura castrista, un grupo de famosos escritores internacionales se reunió en El Floridita, el popular restaurante de Obispo y Monserrate, en La Habana Vieja, con la intención de poder encontrarse y divertirse con Ernest Hemingway (1899-1961), el yanqui más conocido en Cuba. En cambio, se toparon con otro expatriado del Medio Oeste, que lucía un ancho cinturón militar y un enorme revólver calibre .45.
Era un grupo refinado: Tennessee Williams (1911-1983), George Plimpton (1927-2003), Elaine Dundy (1921-2008), su esposo inglés y crítico de teatro Kenneth Tynan (1927-1980).
El personaje en cuestión era corpulento, tatuado, rudo, de 37 años, 22 menos que Hemingway; medía 1,78 metros (5’10”), tenía el pelo castaño, espeso y, según su ficha de reclutamiento, una tez sonrosada. Un periodista inglés lo describió más tarde como alto, recto y de una amabilidad casi grosera, con unos llamativos ojos azules que, amarillentos tras unas cuantas cervezas, sugerían una compañía peligrosa cuando se está borracho.
Las palabras del estadounidense salían con el acento nasal característico de alguien de la clase trabajadora de Milwaukee. Era hijo de inmigrantes polacos, sin educación formal, el tipo de hombre al que uno de los esnobs ficticios de Tennessee Williams podría haber llamado “paleto”.
Pero, si bien sus orígenes eran humildes, en El Floridita el hombre no necesitaba presentación. Su imagen había aparecido en las portadas de periódicos de todo Estados Unidos. De hecho, después de Hemingway, probablemente era el estadounidense más notorio del Caribe. Su nombre era Herman Marks y había ascendido en las filas del ejército rebelde hasta comandar los pelotones de fusilamiento en La Cabaña del Che Guevara.
En La Habana, corrían rumores de que tenía una vena sádica; se decía que su versión de un golpe de gracia consistía en vaciar su pistola en la cara de un condenado, para que sus familiares no pudieran reconocer el cadáver. El trabajo brutal de Marks le había valido un apodo, “The Butcher”, que significa “El Carnicero”.
Los intelectuales lo acribillaron a preguntas y él respondió con orgullo. Se jactó de ser el segundo al mando del mismísimo Che en la prisión de La Cabaña y declaró que estaba tan ocupado que llevaba a cabo ejecuciones nocturnas hasta las dos de la madrugada y, a veces, hasta el amanecer. Llamaba a estos actos festividades y exhibía sus gemelos hechos con casquillos de bala.
Marks sabía lo que realmente buscaban los escritores allí reunidos. Era un secreto a voces en La Habana que invitaba a un selecto grupo de personas a las ejecuciones, que se llevaban a cabo en el foso de piedra vacío que rodeaba La Cabaña, bajo una gigantesca estatua iluminada de Cristo con los brazos extendidos.
Políticos, periodistas, estrellas de cine y miembros de la alta sociedad estadounidenses habían preguntado discretamente si podían presenciar la ejecución de un pelotón de fusilamiento. Williams, cuyo abuelo había sido pastor, sentía con tristeza que podría consolar a un condenado ofreciéndole una pequeña sonrisa de aliento antes de que lo fusilaran.
Esa noche en particular, le dijo al grupo en El Floridita que tenía una agenda muy apretada. Entre los prisioneros que esperaban la ejecución se encontraba un mercenario alemán. Nos invitó con la misma naturalidad con la que habría ofrecido una ronda de cócteles en su casa, recordó Plimpton más tarde. Marks contó a los visitantes: “Son cinco, iremos en coche, aunque muy apretados”.
Sin que los demás se dieran cuenta, Tynan había estado escuchando a Marks con creciente horror, y ahora el inglés se puso de pie de un salto y comenzó a gritar. Según Plimpton, el crítico de teatro, con el rostro enrojecido, entrecerró los ojos y agitó los brazos como un pájaro enorme mientras denunciaba a Marks. No quería estar en la misma habitación que un verdugo, jadeó Tynan, y mucho menos presenciar su obra. Asistiría a la ejecución solo para interponerse entre el pelotón de fusilamiento y el condenado. Acto seguido, Tynan salió furioso del bar, seguido por su esposa Elaine Dundy.
Marks les dijo a los escritores restantes que se reunieran con él en el vestíbulo de un hotel cercano a las 8 de la noche. Pero cuando los invitados se presentaron en el lugar acordado, Marks les informó que las ejecuciones habían sido canceladas.
En un artículo de James Scott Linville, antiguo editor de The Paris Review, cuenta que George Plimpton, décadas después, le relató que Ernest Hemingway lo llevó a presenciar unas ejecuciones. Hemingway preparó bebidas, fueron en automóvil con otras personas a un lugar determinado y colocaron sillas. Luego llegó un camión con doce prisioneros. Los prisioneros fueron bajados, fusilados y sus cuerpos fueron devueltos al camión. Linville presenta esto como algo que Plimpton le contó personalmente, especificando que nunca quiso escribir públicamente sobre ese desagradable episodio.
Según la investigación de Tony Perrottet, escritor que colaboraba en la revista Smithsonian y en The New York Times, fue Hemingway quien animó a George Plimpton a asistir a un fusilamiento, diciéndole que “un escritor debía presenciar los distintos excesos del comportamiento humano”.
Está documentado que Hemingway defendió públicamente los juicios y las ejecuciones de miembros del régimen de Batista en enero-marzo de 1959.
Casi nada en la juventud de Herman hacía presagiar que algún día desempeñaría un papel fundamental en una revolución latinoamericana.
Herman Frederick Marks nació en Milwaukee el 1 de agosto de 1921 y creció en un barrio de casas destartaladas y calles desiertas. Su padre, Frederick Marks, era un alcohólico desempleado que lo maltrataba; su madre, Martha Yelich, apenas lograba mantener a la familia trabajando como cocinera en un restaurante. No parece haber tenido una relación cercana con su hermana mayor, Elsie, ni con la menor, Dorothy, pero, a su peculiar manera, le profesó una devoción inquebrantable a su madre durante toda su vida.
El matrimonio inestable de los Marks se desmoronó durante la Gran Depresión, cuando Herman tenía 12 años.
Tras el segundo matrimonio de su madre, Herman empezó a meterse en problemas. Faltaba a clase y fue expulsado de todos los colegios a los que asistió; a los 14 años, lo enviaron a un reformatorio, donde se escapó en tres ocasiones y una vez lo pillaron robando un coche. Durante las dos décadas siguientes, fue arrestado 32 veces en diez estados, desde Hawái hasta Maine, principalmente por embriaguez, pequeños hurtos y alteración del orden público.
Nunca permaneció más de tres meses en un mismo lugar, trabajando en empleos ocasionales en fábricas, muelles y ranchos de caballos.
En abril de 1939, se unió a la Marina Mercante y sirvió en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Más tarde, declaró ante el tribunal que había estado en cárceles de toda la región, incluso durante sus permisos en Australia.
Tras la guerra, vagó sin rumbo por Estados Unidos, México y Canadá, acumulando antecedentes penales: vagancia en Texas, embriaguez pública en Ohio y Dakota del Norte, intento de hurto mayor en Nueva York y merodeo en Las Vegas, delito por el que fue condenado a 30 días de cárcel y posteriormente expulsado de la ciudad.
En Los Ángeles, en 1949, asaltó a una anciana, agarrándola por el cuello. Según el informe policial, solo se llevó bolas de naftalina por valor de 29 centavos. Fue condenado a seis meses de cárcel por agresión, pero escapó con dos amigos. Durante su huida, los tres se lastimaron gravemente los tobillos al saltar desde una altura peligrosa. Marks y uno de los otros hombres cojearon durante semanas, hasta que fueron capturados en Galveston, Texas, y enviados de regreso a California para terminar de cumplir sus condenas.
De regreso a su ciudad natal, Milwaukee, a los 27 años, se peleó con el tercer esposo de su madre y lo echó a la fuerza de la casa. Yelich se puso del lado de su hijo; las autoridades locales le impusieron una multa de $5 por sus acciones. Más tarde, ese mismo año, fue arrestado y condenado por mantener relaciones sexuales con una joven de 16 años; fue sentenciado a tres años y medio de prisión.
Su sobrina, Penlo Hobbs, recordaba que sus familiares le tenían miedo al tío Herman mucho antes de que ingresara en la penitenciaría estatal de Waupun. “Era el coco”, dijo. “No nos dejaban tener nada que ver con él”. Incluso la madre de Marks tenía reservas sobre su hijo. “No sé qué le pasó”, declaró una vez al Milwaukee Sentinel. “Lo que sea que haya hecho, no fue culpa mía. Lo mandé a una escuela parroquial y lo crié bien”.
Según su madre, era generoso cuando no estaba en la ruina, colmándola de ramos de flores, pero, sobre todo, gastaba su dinero en mujeres y alcohol. Además, tenía un temperamento explosivo. “Siempre estaba bebiendo y peleando”, dijo su madre. “En cuanto alguien decía algo inapropiado, se enfurecía”.
La personalidad errática de Marks se reflejaba en sus tatuajes. En su brazo izquierdo lucía un doble corazón con la inscripción “Con amor, Nellie” (no se sabe quién era Nellie). En su brazo derecho llevaba una calavera atravesada por una daga, junto al lema militar “Muerte antes que deshonor”.
Su madre lo acogió tras su liberación de la penitenciaría de Waupun en 1955. Unos meses después, volvió a marcharse de casa. “Un día me besó y me dijo que se iba”, recordó su madre. Alguien le tomó una foto en la que se le veía bronceado y en buena forma, que Yelich guardó en su bolso hasta el día de su muerte. “No creo que supiera adónde iba”, dijo. “Estaba buscando algo”.
Lo encontró en un barco camaronero en Florida. Mientras recogía redes a finales de 1957, se topó con unos hombres que conocía de sus tiempos en la Marina Mercante. Eran de Cuba, isla que había visitado varias veces durante su servicio en la Marina Mercante y una vez como turista. En ese momento, Cuba estaba sumida en una guerra de guerrillas revolucionarias contra la dictadura militar de Fulgencio Batista.
Fue a una tienda de excedentes militares en Cayo Hueso (Key West), se compró un uniforme militar verde olivo y botas de paracaidista. Con un revólver Colt .45, $400 en el bolsillo y “unas diez palabras en español”, como él mismo dijo más tarde, tomó un barco rumbo a Cuba. Su plan era tan audaz como sencillo: “unirse a la revolución”.
La Habana estaba bajo toque de queda militar; Marks no logró encontrar a ningún agente del M-26-7, entonces tomó un autobús hasta el tranquilo pueblo de Manzanillo, en las estribaciones de la Sierra Maestra, donde conoció a dos jóvenes cubanos que también esperaban unirse a la guerrilla.
En diciembre de 1957, el trío caminó durante tres noches antes de llegar a un puesto avanzado de unos 40 rebeldes bajo el mando del capitán Paco Cabrera, donde un oficial angloparlante lo interrogó.
Como muchos de los aproximadamente 24 yanquis que finalmente se unieron a las huestes castristas, reescribió su historia: a unos les dijo que era veterano de la guerra de Corea, a otros les contó su gran habilidad con las armas; finalmente, fue admitido en el grupo y celebrado con una comida de carne de res y ron.
Su reputación entre la guerrilla aumentó cuando vio a tres adolescentes forcejeando con una ametralladora calibre .30 del ejército estadounidense y se acercó para mostrarles cómo desmontarla y limpiarla. Cuando terminó, varios se habían congregado a su alrededor, con armas oxidadas y rotas, pidiendo ayuda en silencio. Pronto se le encomendó la tarea de reparar la variedad de armas de fuego utilizadas por las fuerzas rebeldes, desde rifles deportivos hasta escopetas y carabinas que databan de la época colonial cubana.
Fue asignado a la columna bajo el mando de Ernesto Guevara; allí logró ascender a capitán.
En abril de 1958, Guevara lo trasladó a Minas del Frío, donde ayudó a establecer una escuela militar y a entrenar reclutas para repeler la inminente ofensiva del ejército bajo el mando del teniente coronel Ángel Sánchez Mosquera, que superaba en número a la guerrilla en una proporción de 100 a 1.
Para mayo, ya estaba en primera línea de combate; en una escaramuza, se rompió tres dientes contra una roca al tropezar mientras lideraba una carga; en otra, dirigió a un grupo de 18 rebeldes que inmovilizaron un convoy de 250 hombres en una emboscada.
En septiembre se ofreció voluntario para unirse a la columna n.º 8 Ciro Redondo, al mando de Guevara, para tratar de llegar hasta el Escambray.
Aunque la mayoría de los hombres de la misión sobrevivieron a la travesía, todos coincidieron en que fue la campaña más extenuante de toda la guerra. La columna caminó principalmente de noche para evitar las patrullas del ejército y los ataques aéreos.
Durante una escaramuza, resultó herido en la rodilla y en el tobillo. Se le infectó la pierna. “Me salía pus y sangre constantemente y no podía ponerme un zapato”, contó después. Había caminado durante más de un mes para llegar a las montañas del Escambray, pero la posibilidad de una gangrena lo amenazaba. Guevara decidió poner a salvo al yanqui y, a principios de noviembre, simpatizantes del M-26-7 lo sacaron clandestinamente de una granja y lo llevaron a la ciudad de Santa Clara, desde donde lo trasladaron en avión a Key West para recibir atención médica. (No se pudo encontrar quiénes lo ayudaron y cómo logró este viaje en avión)
Aunque se había esforzado al máximo para que no sucumbiera a su herida, en privado el Che no lamentó su partida; escribió en su diario de guerra que Marks “fundamentalmente no encajaba en la tropa”.
Estuvo ingresado en un hospital en Key West hasta el 3 de enero de 1959, cuando salió para tomar el ferry SS City of Havana y regresar a la isla.
Uno de los ayudantes del Che, Enrique Acevedo, le dijo al biógrafo Jon Lee Anderson que Marks era “valiente y temerario en combate, tiránico y arbitrario en la paz del campamento”. Según Acevedo, la naturaleza despiadada del estadounidense había inquietado a los reclutas.
La reacción de los cubanos ante Marks se hizo eco de la de un psiquiatra de un reformatorio que lo había atendido cuando tenía 16 años. El psiquiatra informó que Herman era: “una persona muy impasible y sin emociones cuando no estaba excitada, que mostraba casi una falta de sensibilidad adecuada con respecto a las situaciones en las que se encontraba”.
Cuando estuvo en la Institución Correccional, una penitenciaría de máxima seguridad ubicada en Waupun, Wisconsin, el psiquiatra del centro determinó que era “amoral más que inmoral y que tenía un carácter narcisista”. Estas valoraciones resonarían a lo largo de su trayectoria en Cuba.
El 27 de junio de 1952, el Congreso aprobó la Ley de Inmigración y Nacionalidad (INA), cuyo artículo 349 estipulaba la pérdida de la ciudadanía estadounidense a los oficiales que sirvieran en las fuerzas armadas de otros países. El Departamento de Estado les advirtió a él y a William Morgan que renunciaran a su ciudadanía estadounidense. Marks esperaba evitarlo trabajando como asesor civil del ejército cubano.
El Che, al igual que Herman Marks, era un psicópata y un depravado sexual. Aunque el Che había disfrutado personalmente ejecutando a decenas de cubanos considerados “enemigos del pueblo”, eligió a su alma gemela, Herman Marks, para que le ayudara en esta tarea. Marks, recientemente ascendido a capitán, recibió el mando de la Fortaleza de La Cabaña y la tarea de supervisar las ejecuciones de más de 200 soldados y policías simpatizantes del régimen de Batista y, después, a los contrarios del castro-comunismo.
El Carnicero se aseguraba de que las víctimas estuvieran muertas disparándoles en la cabeza, algo que disfrutaba enormemente.
Tras tomarse libre la Semana Santa (del 22 al 29 de marzo de 1959), el capitán Herman Marks, de 37 años, retomó sus funciones la noche del primero de abril. Luego de consultar sus órdenes escritas, marchó con un guardia armado hasta el corredor de la muerte de la lúgubre Fortaleza de La Cabaña, donde sacó a tres expolicías, todos condenados en tribunales militares. Un corto trayecto en autobús los llevó a él, a los guardias, a un sacerdote y a los prisioneros a unos 60 metros de un antiguo foso de 6 metros de profundidad, rodeado por tres lados por altos muros de piedra. Un pelotón de fusilamiento de seis hombres esperaba en un lugar desprovisto de hierba.
Bajo el resplandor de tres reflectores, condujo al exteniente de la policía de Batista Eloy F. Contreras Rabiche hasta un muro acribillado a balazos, a 11 metros del pelotón de fusilamiento. Marks, a la 1:13 de la madrugada, gritó: “¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego!”.
Tras la descarga, el cuerpo de Contreras se retorcía cuando le dio el golpe de gracia con su pistola automática calibre .45 y tuvo que disparar dos veces más antes de que finalmente muriera. Los guardias le quitaron los zapatos a Contreras, le tomaron las huellas dactilares, lo colocaron en un sencillo ataúd de madera y lo subieron a un coche fúnebre para entregarlo a sus familiares. A la 1:55 de la madrugada, los tres prisioneros estaban muertos y su trabajo había terminado por esa noche.
“La ejecución no es una tarea agradable”, dijo el Carnicero de la Cabaña, “pero sí necesaria”.
El proyecto investigativo que lleva a cabo Archivo Cuba ha logrado documentar que los castristas efectuaron al menos 1.118 fusilamientos en toda la isla entre 1957 y diciembre de 1960.
Herman, en marzo de 1960, fue trasladado a la prisión del Castillo del Príncipe, donde quedó al mando de la seguridad de una guardia armada de 115 hombres.
El 17 de febrero de 1960, el Departamento de Estado le revocó la ciudadanía estadounidense a Marks. Él juró impugnar la pérdida de la ciudadanía.
Luego de haber ejecutado a decenas, los quince minutos de fama de Marks se esfumaron. Incluso Castro parecía muy nervioso por el aparente placer que sentía al ejecutar personas. Noticias de la prensa estadounidense habían llegado a Cuba detallando el extenso historial criminal y carcelario de Marks.
Además, el yanqui ya no era de mucha utilidad para la nueva dictadura de Castro; apenas hablaba español, no tenía educación ni muchas habilidades que ofrecer al nuevo gobierno, aparte de su disposición para asesinar.
Para su profunda decepción, no le ofrecieron ningún puesto importante en el nuevo régimen comunista. Sin embargo, como “héroe de la revolución”, le ofrecieron una vivienda pequeña y modesta y una escasa asignación mensual para subsistir, las cuales rechazó con indignación.
En mayo de 1960, temiendo ser arrestado, junto a su esposa Jean Secon, una modelo y fotógrafa estadounidense, decidieron escapar. Primero intentaron salir por el puerto pesquero Los Arroyos de Mantua, en la costa norte de Pinar del Río, pero el intento fracasó porque aparecieron tres soldados armados que los acompañaron durante la excursión de pesca.
Entonces decidieron tomar desde Batabanó el ferry Isla del Tesoro hacia el puerto de Nueva Gerona, en Isla de Pinos. Allí se alojaron en el Hotel Colony, cerca de la Marina, y el 14 de mayo contrataron para una excursión de pesca una embarcación de aproximadamente 33 pies de eslora llamada Coral del Mar.
El capitán Julio Perle llevaba a su hijo y a su hermano. Por lo tanto, eran cinco en el bote.
Estando en alta mar y armado, Marks encañonó a los tres, revelando que el viaje de pesca era una fachada y que el verdadero destino era Estados Unidos.
Para evitar cualquier intento de rebelión o sabotaje, encerraron bajo llave a los tres cubanos en el interior de la embarcación. Ambos se turnaban por las noches para hacer guardia con las armas y mantener el control del bote. Con el paso de los días, la situación se volvió desesperada debido a la falta de provisiones. Luego se quedaron sin combustible.
Cuando llevaban tres días a la deriva, se les acercó el barco camaronero St. George, que operaba desde Florida. Utilizando las armas para coaccionar el encuentro, logró que el camaronero los rescatara en alta mar, abandonando el Coral del Mar y los llevara hasta Tampa.
Sin nacionalidad, viajó a México, donde estuvo oculto durante un tiempo con la intención de solicitar asilo, pero regresó clandestinamente para visitar a su madre, Martha Yelich, en noviembre de 1960.
Ella le pidió que se afeitara; entonces se deshizo de la barba revolucionaria. Decía que su rebelde Herman era capaz de darte hasta la camisa, beber y pelear, y que su pasatiempo era gastar dinero en mujeres. Tras la Segunda Guerra Mundial, el único trabajo que se supo de él fue como auxiliar de enfermería en el ahora demolido Hospital Deaconess, ubicado en el número 1821 de la avenida Wisconsin Oeste.
Por lo tanto, ahora, debido a sus antecedentes penales y a su apodo de “El Carnicero de La Cabaña”, no pudo encontrar un empleo remunerado.
Fue arrestado en Nueva York el 24 de enero de 1961 por entrar ilegalmente el 22 de julio de 1960. La revista Newsweek del 6 de febrero de 1961 lo describió con el aspecto de un “empleado de zapatería dominado por su esposa”.
En un escrito del 12 de noviembre de 1962, en el que solicitaba al Tribunal Federal de Apelaciones que le restituyera su ciudadanía, la Unión Americana de Libertades Civiles (ACLU) declaró que, dado que no había renunciado a su ciudadanía ni había recibido la ciudadanía cubana, “el derecho incondicional a la ciudadanía estadounidense de los nacidos en el país está garantizado por la 14.ª Enmienda”.
Sin embargo, ese argumento cayó en saco roto durante el apogeo de la Guerra Fría, con el fallido intento de invasión de Bahía de Cochinos en Cuba en 1961 y la Crisis de los Misiles Cubanos de 1962.
El sistema judicial federal ratificó la revocación de su ciudadanía y rechazó sus apelaciones, pero el Departamento de Justicia del fiscal general Robert Kennedy no pudo deportarlo porque no encontró ningún país que lo aceptara. Ni siquiera Cuba, que presumiblemente tenía interés en ejecutarlo por deserción.
En una situación de apátrida, desapareció temporalmente de los titulares, pero sus inclinaciones lo metieron en problemas nuevamente.
Fue arrestado de nuevo en Nueva York en mayo de 1964 por realizar llamadas telefónicas amenazantes a Secon.
El viernes 13 de agosto de 1965, se cayó de un árbol y se fracturó la pierna derecha por estar rascabuchando con unos binoculares a través de la ventana de un vecino a una niña de 6 años. Cuando llegó la policía, tenía los pantalones desabrochados y un “apéndice” sobresalía de la portañuela.
Tras su regreso a Milwaukee, el 18 de agosto de 1966 se emitió una orden de arresto en su contra por esa acción indecente con esa niña. Al enterarse de la orden, Marks les dijo a otros que se largaría de allí.
El Milwaukee Journal informó el 2 de septiembre de 1966 que lo habían visto la semana anterior conduciendo a toda velocidad hacia la frontera estatal por lo que hoy se conoce como la Interestatal 39. Nunca más se le volvió a ver; se desvaneció por completo de la vida pública.
Cuatro años después, su madre Martha Yelich le rogó que volviera a casa. Ella falleció un año después, en 1971.
Algunos han especulado que pudo haberse marchado cojeando a México; otros, que fue a Las Vegas en busca de trabajo como matón y terminó en un agujero en el desierto gracias al gánster John Roselli (1905-1976).
Otros consideraron al padre de la niña de 6 años como principal sospechoso de su desaparición.
Otros han alegado que fue asesinado por exiliados cubanos.
Es improbable que, a sus 105 años, esté vivo aún.
Antes de viajar a Cuba, acumulaba 32 arrestos en los Estados Unidos. Su historial incluía agresiones, robo de autos, evasión del servicio militar y violación de una menor.
En 1938 se escapó de un reformatorio en Wisconsin, en 1946 de una cárcel en Ohio y en 1950 de una granja industrial en California.
Se escapó de Cuba el 14 de mayo de 1960 y desde septiembre de 1966 no se supo nada más de él.
Lo que parece casi seguro es que una o varias personas desconocidas le hicieron un gran favor a nuestra sociedad y al mundo entero al enviar al Butcher o al Carnicero al infierno.








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