EL SÍNDROME DEL RECIÉN LLEGADO

Written by Luis De La Paz

4 de agosto de 2026

Todos los que hemos salido de nuestros países y llegado a algún sitio, ya sea como turista, emigrado, exiliado, incluso deportado, nos enfrentamos al síndrome del recién llegado, que implica sorpresa, descubrimiento y desconcierto. Luego comienza el proceso de adaptación (no diré resiliencia, palabra que suena como una patada en el centro del universo); adaptación que tiene un proceso y se debe enfrentar en muchas ocasiones un rechazo. Por lo general, hay resistencia a lo diferente, a lo que no se entiende, a lo que se aparta de lo cotidiano, a lo que no es igual a uno. Es propio de las especies repudiar lo distinto.

En el caso de los cubanos, en particular los que nacimos, vivimos y debemos nuestra formación a una maquinaria de manipulación, adoctrinamiento y discriminación dentro de nuestro propio país, por parte de la despiadada tiranía cubana, la situación se complica más, pues se llega a asumir (con cierto grado de imposición política) como normal repudiar a quien “se aparta de lo establecido”. De ahí surgen los tristemente célebres Actos de Repudio.

La llegada al exilio como desterrado del fundador del Movimiento San Isidro y artista visual, Luis Manuel Otero Alcántara, ha polarizado la opinión entre los cubanos de Miami sobre el disidente, que, sin duda, ha sido una figura molesta para el régimen castrista.

¿Qué ha pasado con Otero Alcántara? Una expresión sentencia lo que acontece alrededor de su figura: “Hay una sola oportunidad para una primera impresión”. Y para un sector del exilio la impresión inicial ha sido chocante, provocando cierto rechazo. Luego, algunas de sus declaraciones destilan vulgaridad, falta de modales y otras expresiones que no concuerdan exactamente con el lenguaje que se esperaba de él. 

¿Pero qué se esperaba? Tal vez se ha sobrestimado su figura. Basta mirar los videos y el comportamiento durante los años del Movimiento San Isidro, su lenguaje corporal, su gestualidad, para saber que no se podía esperar a una persona comedida, sino todo lo contrario, explosiva y sin moderación. Eso es lo que hemos visto todos. Algunos han sido (hemos sido) más flexibles y respaldan (respaldamos) una actitud general. Sin embargo, otro sector ha estallado en cólera, también con razón.

Salir de Cuba constituye un encuentro con otra realidad, no importa a dónde se viaje. Es imprescindible dejar atrás el primitivismo al que el castrismo ha conducido a la población; se necesita aprender a ser persona. Pero para llegar a esa clase, hay que tener libertad, posibilidad de educarse, de crecer. Quienes sobreviven malamente en un espacio donde tienen que luchar por la comida, dormir a la intemperie, alumbrarse con velas, cocinar con leña y caminar entre montañas malolientes de basura, les resulta muy difícil crecer. Esto es un poco justificación, pues hay cientos de cubanos por el mundo que han vivido las mismas experiencias y se comportan de otra forma.

A Otero Alcántara le ha faltado el tacto, mirar a su alrededor y hacer lo que los otros hacen, tener presente la máxima: “Donde fueres, haz lo que vieres”. Los que agresivamente lo critican deben ser tolerantes, simplemente entender y asumir algo muy importante, que lo que diga Otero Alcántara no es más que su opinión, y que no representa la voz del exilio, sino apenas su voz dentro del exilio.   

No dejo de reconocer que el personaje deja mucho que desear. Pero esa misma sensación he sentido a lo largo de los años con apreciados amigos que solo con la manera de mirar, la forma de pararse, transmitían vulgaridad; sin embargo, escucharlos atraía la atención, había que atenderlos. Esos personajes que están “verdes”, es decir, que a pesar del paso del tiempo no maduran, son quienes nunca aprenderán que hay que tener clase. 

Muchos hemos escuchado hablar de Chocolate, un repartero, como se le llama a quien interpreta el reparto, un tipo de música cubana. El hombre parece buena persona, pero la falta de sentido común (entre otras cosas) lo tiene en prisión en Miami, cumpliendo una larga sentencia por no medir sus palabras. 

Yo tengo experiencias de rechazo cuando llegué a Estados Unidos durante el éxodo del Mariel. Hubo quienes me miraban con expresión compasiva. Recuerdo que en los primeros días de mi arribo a Miami, tomé un autobús. Yo vestía un short, pulóver y chanclas de playa, las tres piezas regaladas por familiares. Un pasajero, sin duda otro cubano, me echó una taladrante mirada lastimera. Yo observé a mi alrededor y nadie más tenía mi facha.  Entendí, incluso sentí un poco de vergüenza. Desde luego, nunca más salí a la calle vestido de esa manera. Aclaro, para la “moda actual”, de subir hasta  los aviones sin camisa, tener el pantalón tan bajo que deja ver la ropa interior y otras “prestaciones”; aquel día yo estaba “elegante”, pero era otra época.  

Yo también rechacé a personas por su aspecto y su expresión en aquel año 80. Me asombraba ver a hombres y mujeres recién llegados como yo, deambulando por los alrededores de lo que se conoció como “Las Carpas”, bajo la I-95, con ropa tan ceñida al cuerpo que casi se enterraba en la piel y otros teniendo sexo bajo un árbol a la vista pública. Algunos transmitían un aspecto deprimente. Hubo que aprender. Hubo quienes se instruyeron, también los que nunca tomaron el camino de la convivencia respetuosa.   

Luis Manuel Otero Alcántara no ha medido sus palabras en los primeros días en el exilio. Ha hablado mucho, ha dado muchas entrevistas y se ha desbocado como si estuviera en un combate frente a los agentes del régimen. Le ha faltado vocabulario, expresiones coherentes, maneras de moldear un concepto. Por eso no hay que rechazarlo ni condenarlo. El artista de los performances ha olvidado que sus declaraciones constituían su carta de presentación, sus credenciales a sus compatriotas en el destierro.  

Luis Manuel Otero Alcántara tiene un espacio dentro del exilio como lo hemos tenido todos, cada uno a su manera. Ha sido un preso político por sus ideas y obra pictórica.  

Los que hemos seguido los acontecimientos debemos entender el síndrome del recién llegado, que atraviesa en estos momentos Luis Manuel Otero Alcántara; luego veremos si le sigue los pasos a hombres de la estatura moral y política de un Ángel de Fana, que fue uno de los que lo recibió en el aeropuerto a su arribo a Miami, o le sigue los pasos a Chocolate. Anhelo que haga lo primero, pues el artista tiene mucho que aportar a la causa de la libertad de Cuba.

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