Hace 51 años, tres jóvenes cubanos, compañeros de estudio y amigos en la escuela Miami High, abrieron un negocio. Al cabo de un par de años, dos de ellos se marcharon para emprender otros proyectos; el propietario que se quedó transformó el panorama deportivo de la ciudad.
Fermín, Santiago y Jorge, siendo ya estudiantes del Miami Dade College tras su graduación de la secundaria, tuvieron la visión, el deseo y el coraje de aventurarse a inaugurar una tienda de deportes.
El 19 de septiembre de 1975, en uno de los centros comerciales más populares de Miami en aquel entonces, abrió sus puertas Midway Sporting Goods. Conocido popularmente como “El Midway”, el establecimiento desarrolló rápidamente una clientela que, con el tiempo, lo transformó en una suerte de club social.
Transcurridos unos años, cada uno de los fundadores tomó un camino diferente. Santiago Flores se convirtió en uno de los ejecutivos de relaciones públicas más solicitados de nuestra comunidad, mientras que Jorge Ugarte fundó una exitosa compañía textilera. Por su parte, Fermín Cabal continuó con el proyecto que los tres habían soñado.
Con Fermín al frente, Midway se convirtió en un negocio familiar tras la incorporación de su padre, Fermín Sr., sus hermanos Tito y Eddy, y más tarde la nueva generación integrada por sus hijos Fermín Jr. y Michael.
Hasta ese momento, las casas deportivas —así se les llamaba— eran, en su gran mayoría, almacenes que ofrecían muy pocos artículos deportivos y usualmente no vendían ropa deportiva. Sin embargo, El Midway cambió toda esa perspectiva al convertirse en un lugar donde cualquier persona —hombre, mujer o niño— podía entrar a maravillarse con la variedad de artículos y adquirir las últimas novedades de la industria, siempre con implementos y vestimentas de última moda.
El otro aspecto que los diferenciaba de la competencia eran los servicios que ofrecían en el propio establecimiento: reparaban guantes de pelota y calzado de béisbol, fútbol americano y fútbol; arreglaban cascos de todo tipo de disciplinas y, sobre todo, brindaban el servicio más popular de la tienda: el encordado de raquetas de tenis.
Entrar a Midway era como llegar al hogar de un amigo, ya que la clave de su éxito radicaba en que trataban a todos con respeto y alegría, haciéndolos sentir parte de la familia Cabal.
Al visitar el lugar, era muy probable encontrarse con algún atleta famoso o una celebridad. Por allí pasaron figuras de todas las ramas del deporte. El mundo del baloncesto estuvo representado por luminarias como Shaquille O’Neal, Dwyane Wade, Charles Barkley, Udonis Haslem (cuando apenas era un niño), el legendario Pat Riley, Shakey Rodríguez y muchísimos otros.
En el béisbol, son incontables las estrellas que lo visitaban; por mencionar algunas, allí vimos a Bert Campaneris, Tony Pérez, Luis Tiant, Pedro Ramos, Alex Rodríguez, José Canseco, Leo Posada, David Concepción, Orestes Destrade, Juan Pierre y Fredi González, además de decenas de buscatalentos del calibre de Rafael Ávila y Mike Cadahia.
También fuimos testigos del paso de los boxeadores Mike Tyson, Alexis Argüello, Aaron Pryor y el inigualable Roberto “Manos de Piedra” Durán, quien tanta alegría aportaba cuando llegaba.
En ocasiones vimos a nuestro secretario de Estado, Marco Rubio —quien en ese momento era senador—, ejercer su función de padre comprando artículos para sus hijos. A Lincoln Díaz-Balart (q. e. p. d.) también lo vimos hacer lo mismo en su época como representante federal. Armando Pérez, antes de que se convirtiera en “Mr. 305” y fuera reconocido como “Pitbull”, también se dejaba ver por allí.
Hoy en día existe una tienda de artículos deportivos con el mismo nombre —con el debido respeto a los nuevos dueños— que, aunque a primera vista parece una continuación de la original, en realidad es solo una referencia de lo que fue. El negocio actual surgió después de que Fermín vendiera el establecimiento; este ya no ocupa el lugar donde tuvo sus inicios ni responde a las mismas dinámicas que lo hicieron legendario. El cambio de manos también transformó su esencia y su relación con la comunidad.
El espacio original era mucho más que un comercio: era un punto de encuentro, un pequeño santuario donde se mezclaba la pasión deportiva con conversaciones sin fin. Allí se compraba, pero también se compartían historias y se celebraban victorias dentro de un marco de gran fraternidad. Con el paso del tiempo, y especialmente tras la venta, ese espíritu se fue diluyendo.
Lo que queda es la memoria: un relato compartido que viaja de boca en boca y mantiene encendida, aunque sea tenuemente, la llama de lo que alguna vez significó. La mística de aquel acogedor espacio se ha convertido en un tema de conversación más que en una experiencia viva.
Nunca se imaginaron aquellos tres teenagers —Fermín, Santiago y Jorge— que su sueño aportaría tanto al desarrollo deportivo de nuestra comunidad.








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