Hace cien años un huracán categoría 4 literalmente sorprendió a Miami, arrasando con la bonanza alcanzada con mucho esfuerzo desde que Julia Tuttle y Henry Flagler apostaran por hacer de Miami una gran ciudad.
Fue el sábado 18 de septiembre de 1926, cuando el “Gran Huracán de Miami” llegó al sur de Florida, cruzó el área de Miami y, más tarde, salió al Golfo de México. Luego volvió a tocar tierra cerca de Pensacola y continuó hacia Mississippi y Louisiana.
El resultado se expresa en cifras: 372 muertos, más de 6.000 heridos, vientos de gran intensidad, una marejada ciclónica de unos 10 pies en Miami Beach, unas 4.700 viviendas destruidas y 25.000 personas sin hogar, así como pérdidas económicas de unos $105 millones, al valor de esa época.
La lenta recuperación del área metropolitana se complicó por el temor que sintieron los inversionistas, que dejaron de comprar propiedades, marcando de esa manera el fin del crecimiento económico, en particular en el sector inmobiliario. Luego, la Gran Depresión, que comenzó a finales de la década de 1920 y afectó a toda la nación, influyó aún más negativamente en el Miami de aquellos años. Se dice que la región no volvió a retomar un rumbo ascendente hasta la Segunda Guerra Mundial.
Parece que meteorológicamente el año 1926 resultó una temporada de huracanes intensa. Además del huracán que asoló Miami, hubo otro de gran intensidad, el 20 de octubre de ese año, que destruyó buena parte de La Habana y otras zonas de Cuba, dejando un saldo de unas 650 víctimas.
Hasta que comencé la investigación para este trabajo, no me di cuenta de que se trataba de dos tormentas diferentes. Hay quienes piensan que el temporal de 1926 en Cuba y el de Miami forman parte de una misma trayectoria ciclónica, pero no es así. Medió entre ellos un mes. El que azotó a Miami se formó en el Atlántico en septiembre. Primero pasó por las proximidades de las islas Turcas y Caicos, luego tomó rumbo hacia las Bahamas, hasta llegar al sur de Florida.
El que llegó a Cuba se formó en octubre y siguió una trayectoria completamente diferente. Entró por Isla de Pinos y posteriormente se volcó sobre el occidente de Cuba y la capital. El ojo atravesó zonas cercanas a Güira de Melena y Cojímar, mientras La Habana sufría una de las mayores catástrofes naturales de su historia.
Otras fuentes consultadas señalan que el huracán azotó Cuba con todas sus fuerzas durante horas y era tan grande que sus efectos se sintieron en buena parte de la isla. Se apunta que una patana de cien toneladas fue encontrada a unos diez kilómetros de la costa. Una foto icónica de la fuerza del huracán aparecía en los libros de geografía cubana. En ella se ve una palma real atravesada por una viga de madera a una altura de unos siete metros.
El ciclón del 26, el de Cuba, al salir al mar golpeó con fuerza los Cayos de Florida, siguió su ascenso azotando las Bahamas y se desvaneció bien al norte, después de afectar también a Bermudas.
Fue tan desastroso que muchos años después, un actor cubano ya desaparecido, Agustín Campos, cuando interpretaba su personaje de Perfecto Carrasquillo, de bigote blanco y sombrero de pajilla, siempre hacía alusión al ciclón del 26, como una muletilla, como un punto de referencia y como indicativo de una gran catástrofe. “Fue por el año… 26. ¡Sí, el 26!”, decía con simpatía.
La ira del Gran Huracán de Miami de 1926 está ampliamente documentada en imágenes fotográficas y películas que se pueden encontrar en internet y consultar en la importante colección de los archivos fílmicos Wolfson del Miami Dade College.
La devastación en Miami se debe, en gran medida, a la escasa información disponible sobre la proximidad e intensidad de la tormenta. El Weather Bureau no emitió advertencias de huracán hasta la noche del 17 de septiembre, pocas horas antes de que el ciclón llegara al sur de Florida. Parecido, de alguna manera, se repitió en 1992, cuando pocos daban por sentado que el huracán Andrew llegaría al sur de Florida, algo que ocurrió el 24 de agosto de 1992, entrando como categoría 5 por Elliott Key, alarmando a la población y provocando daños millonarios en todo el sur de Florida, con mayores perjuicios en el área de Homestead.
Puedo dar fe de lo sorpresivo de la tormenta Andrew. Dos días antes me fui de vacaciones a Veracruz. Al día siguiente de mi arribo a México, escuché en la televisión que se esperaba la llegada a Miami del huracán la siguiente madrugada. ¿De qué están hablando?, me dije, yo acabo de llegar de Miami y no había ningún ciclón. El resto es historia personal y colectiva. La personal, al ver las imágenes en la televisión azteca de la devastación y la imposibilidad de llamar por teléfono a mis familiares, acabó con mis vacaciones. Emocionalmente me afectó. Nada le ocurrió a mi familia, ni siquiera en mi casa, que había dejado sin mayor protección; hasta las macetas con flores en el balcón soportaron el huracán. Eso sí, pasé 21 días sin electricidad.
Este tristemente memorable Andrew giró rápidamente en el Atlántico, dañó significativamente las islas de Eleuthera y las Berry Islands, en las Bahamas. Tras cruzar el sur de Florida, salió al Golfo de México e impactó por segunda vez Estados Unidos, en ese momento por el estado de Louisiana, como huracán de categoría 3.
El ciclón de 1926, “El Gran Huracán de Miami”, fue considerado en aquella época como la tormenta más destructiva que había azotado los Estados Unidos, hasta que Andrew superó ese impacto. Años después, el triste mérito lo tomó el huracán Katrina, en 2005, que después de fortalecerse en el Golfo de México devastó partes de Louisiana y Mississippi, y destruyó literalmente amplias zonas de la ciudad de New Orleans, al ceder los diques que protegían la histórica metrópolis a orillas del río Mississippi.
Se lee en algunas crónicas que el Gran Huracán de Miami provocó víctimas adicionales porque muchos pobladores salieron a la calle pensando que todo había terminado, cuando en realidad estaba pasando el ojo por el centro de la ciudad. La furia de los vientos se volvió a sentir poco tiempo después, sorprendiendo a los pobladores fuera de sus casas y refugios. El propio Servicio Meteorológico Nacional documenta que el ojo pasó sobre el centro de Miami alrededor de las 6:30 de la mañana del 18 de septiembre y que la calma duró unos 35 minutos.
En realidad, el año 1926 fue muy negativo para Miami. Unos meses antes, el 10 de enero, el gigantesco navío Prinz Valdemar, de 241 pies de eslora, zozobró mientras maniobraba para atracar en el puerto de la ciudad. Se dice que el barco llegaba a Miami para convertirse en un hotel flotante, pero el percance impactó en el ritmo diario de la ciudad, pues el accidente bloqueó el canal de acceso al puerto, provocando su cierre durante más de un mes e impidiendo la entrada y salida de embarcaciones, afectando la actividad marítima, ruta esencial de comunicación en la época.
Si a esta catástrofe se le añade el huracán de ese año, así como el que azotó Cuba, que por la proximidad con Florida debió de afectar de alguna manera la región y cuyos efectos se sintieron en los Cayos, sin duda el año de 1926 impactó negativamente el desarrollo de Miami como la metrópolis que deseaba ser y que, con el paso de los años, hoy en día es.
Pero muchas veces las catástrofes conducen a grandes saltos. Tras la destrucción y la crisis, en el momento oportuno, Miami comenzó a levantarse, siendo las décadas del cincuenta y sesenta cruciales en ese avance. A ese progreso acelerado y continuo contribuyó la llegada masiva de cubanos como refugiados políticos tras la implantación en la isla de un régimen socialista. Luego, tras Andrew, se reajustó el ritmo de crecimiento en la región.
La historia de los pueblos se escribe con sacrificios y avances cruciales. Miami ha resurgido, en más de una ocasión, de sus ruinas, gracias a su gente laboriosa, a la emigración y a sus grandes visionarios.







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