EL CONTROL DEL MAL GENIO

2 de junio de 2026

Este es un artículo que obedece a dos peticiones. Una, insistente por cierto, de una esposa que “no soporta el mal genio de su marido”, y otra, de una madre que sufre por “el carácter irascible” de su hijo mayor. El problema del mal genio, por supuesto, no se limita a dos personas, sino que es un mal común en casi todos los seres humanos.

Recientemente, una señora, madre de un hijo que ya sobrepasa los veinte años, me repetía un rosario de lamentos en relación con el insoportable genio del joven, quien ante ella perdía la paciencia sin el menor interés en recuperarla. Probablemente, la sugerencia de muchos clérigos sería el castigo, la oración intensa o la búsqueda de ayuda psicológica, pasos que, por supuesto, no desecho; pero se me ocurrió que, dada mi larga experiencia en las relaciones humanas, podría escribir un decálogo que nos ayudara a aliviar —o, mejor aún, a eliminar— las asperezas abruptas e innecesarias de nuestro carácter.

He aquí mis diez sugerencias para vencer nuestra tendencia al mal genio. Espero que, de alguna manera, puedan ayudarnos a cada uno de nosotros.

1. Hazte un autoanálisis: he descubierto que, muy a menudo, el mal genio es el resultado de un proceso inconsciente de imitación. Quizás hemos heredado ese defecto de nuestra vivencia infantil en el hogar o hemos aprendido del comportamiento ajeno la falsa lección de que quien más grita o golpea las paredes es quien, al final de cuentas, sale ganando. Así, usamos el mal genio como método de intimidación. El poeta y filósofo francés Paul Valéry expuso este pensamiento, muy oportuno: “Lo que nos hace raros y duros con todo el mundo es, a veces, una espina oculta e insoportable que tenemos clavada en la carne”. Cuando tengamos un arranque de mal genio, preguntémonos: “¿Por qué y para qué soy así?”. La respuesta, si es honrada, puede abrirnos nuevos caminos.

2. Practica el autodominio: el autor francés François Rabelais se hizo esta pregunta que debemos hacer nuestra: “¿Cómo podría yo gobernar a otro si no supiera gobernarme a mí mismo?”. Muchos de nuestros actos son irreflexivos, intempestivos e involuntarios. Después nos arrepentimos de ellos, pero el arrepentimiento no borra sus efectos.

3. Considera el daño que te haces: “La autoridad somete a dura prueba los talentos”, dijo hace más de tres siglos Fénelon, el preclaro obispo católico francés. El mal genio suele ser una expresión de autoridad y, cuando esta es injusta y desmedida, deja en el ánimo de quien la ejerce —si se trata de una persona de principios— una absurda sensación de impotencia y confusión, verdaderamente nociva para el mantenimiento de la paz espiritual y la convivencia pacífica y amorosa. Recordemos que odiar es tomar un veneno esperando que haga efecto en otra persona.

4. ¿Por qué herir a quien más quieres?: el mal genio, generalmente, se descarga sobre las personas con las que convivimos. Es un problema común entre los cónyuges, entre padres e hijos y entre hermanos. Sabemos que la violencia fuera del hogar, entre desconocidos, desemboca en riñas que a veces llegan hasta el crimen; pero la que ocurre en el seno familiar suele convertirse en episodios dolorosos que se soportan hasta que llegue el paliativo del olvido, si es que alguna vez llega. Si amas, ¿por qué dañas? Es una pregunta que no debe evadirse. Me encanta la frase del gran epigramista romano Marco Valerio Marcial: “Para ser amado, ama”.

5. Aprende a determinar el objetivo de tus actos: piensa qué ganas con pelear, con ser violento, malhumorado o antipático. Si buscas que te atiendan, sé cortés; si lo que quieres es ofender, herir o molestar, muérdete la lengua. Francisco de Quevedo, el célebre escritor español, dijo en cierta ocasión que “muchos son buenos si se da crédito a los testigos; pocos, si se toma declaración a su conciencia”. Piensa en lo que lograrás por medio de lo que haces o dices y, después, si tienes suficiente valor, enfréntate a tu conciencia.

6. Tómate tu tiempo: quienes actúan por impulso, sin pensar, casi nunca aciertan. El libro bíblico de Eclesiastés afirma que siempre “hay un momento para callar, un momento para el amor y un momento para la paz”. Desínflate antes de estallar. Tómate unos segundos para respirar profundo, exhalar un suspiro y verás cómo el mal humor se diluye en el espacio.

7. Trata de ponerte en el lugar de la otra persona: Jesús, en el Sermón de la Montaña, dijo algo que debería hacernos pensar: “Así, pues, hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes”. El político y escritor florentino Francesco Guicciardini expresó una idea semejante, en términos seculares, al afirmar que “los hombres se acuerdan más de las injurias recibidas que de los favores recibidos”. Ciertamente, deberíamos pensar en el dolor que infligimos a otros con nuestro mal genio. Si pensáramos que podríamos ser nosotros las víctimas en lugar de los victimarios, las cosas cambiarían de manera muy favorable. Hábleles a los demás como quisiera que los demás le hablaran a usted y no olvide nunca el clásico proverbio bíblico: “La respuesta amable calma el enojo; la respuesta violenta lo excita más” (Proverbios 15,1).

8. Recuerda que lo dicho y hecho no tienen marcha atrás: Pedro Calderón de la Barca decía, con cierto tono de ironía, que “el bien puede olvidarse, no el agravio”. No dejes un mal recuerdo en las personas que amas. Nunca busques que te teman, sino que le amen. Quien domina el mal genio logra amor y aleja la discordia. Me impresiona este dicho del libro de los Proverbios: “Hay quienes hieren con sus palabras, pero hablan los sabios y dan alivio”. Súmate al grupo de los sabios.

9. Mucho cuidado con la imagen que proyectas: a veces nos preocupamos más por cómo nos luce el vestido o el peinado que por lo que hacemos y decimos. Nos gusta proyectar una imagen positiva frente a personas ajenas a la familia; somos corteses con los extraños y afables con los superiores, pero ante los seres amados nos despojamos de nuestras virtudes y exhibimos un descontrol que rompe la armonía fecunda de la cual deberíamos ser fuente de inspiración. Dice el Talmud: “No te fijes en el vaso; fíjate en lo que contiene”, y el consejo es muy apropiado. Recuerdo esta expresión de la prolífica autora canadiense Laure Conan: “Nada hay pequeño en el amor. Los que aguardan las grandes ocasiones para demostrar su cariño no saben amar”.

10. Finalmente, pregúntate si alguna vez has hecho algo por mejorar tu comportamiento ante los demás, especialmente ante las personas que amas. Nada vas a ganar si no intentas un cambio. Siempre saldrás perdiendo si insistes en ser víctima de tus propios defectos. Si lo que buscas es que te respeten, gruñendo solo conseguirá que te teman. Si procuras que te quieran, pero no haces un esfuerzo por ganarte el cariño que esperas, lo que lograrás es que te huyan. La persona malhumorada, severa y árida en sus manifestaciones está echando a perder lo mejor de la vida: el amor que hermana y la paz que ilumina. Víctor Hugo dijo en “Las contemplaciones” que “cada ser humano es un libro en el que el propio Dios escribe”.

La finalidad de su vida es seguir los principios básicos indicados por Dios en su Palabra. Dios no pinta garabatos ni echa a perder páginas. Viva para ganar lo que de veras vale. Nada hay más importante que su propia vida; no la desfigure con el mal humor ni con vicios que la deterioren. ¡Sea feliz haciendo felices a otros!

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