El choque de los mundos (XVI)

Written by Libre Online

3 de noviembre de 2026

Por E. BALMER y P. WYLIE

(Versión de L. González 

del Campo, 1934)

—Es ridículo. Todos ellos han estado peleando por sus tontas concepciones durante siglos. No pueden ni siquiera asegurar si va a llover o no durante el próximo día. ¡Cómo demonios van a decir lo que le va a ocurrir al planeta! Se les da una idea y unas cuantas cifras, y enseguida se van por las nubes. Eso es todo…

—Yo lo tiré todo y me he traído el oro. También me traje dos revólveres. Llené la casa de alimentos en conserva. Dije: “Aquí tienes, Sara. Te has pasado la vida diciéndome lo bien que emplearías las cosas. Toma el dinero. Toma la casa. Toma esos dos revólveres. Yo me marcho. Si es verdad que solo nos quedan unos cuantos meses de vida, déjame que me divierta un poco”. Eso es lo que le dije a mi mujer. Y ¡adiós!, aquí estoy…

Tony sacudió la cabeza. Anduvo a través de un largo túnel y después salió a la superficie a la altura de la calle Ciento Veinticinco.

El tren se detuvo en el más exterior de sus paraderos, en un verde paisaje, con el río a un lado: el Hudson, donde las mareas pronto se elevarían a una altura superior a la de Palisades Park.

Tony volvió la vista, una vez más, hacia la rebosante ciudad. La primera subida de las aguas acaso no rebasaría las altas torres que allí se elevaban majestuosamente. Aquellos pináculos de la gloria de los hombres se mantendrían durante algún tiempo más enseñoreándose sobre las mareas; pero ¿y el resto?

Tony se volvió y miró en dirección al río, tratando de no pensar más.

***

Instalado en una silla, Tony miraba las confortablemente amuebladas habitaciones de los estudiantes y recordaba los días en que él mismo había sido estudiante.

Un vivaracho joven de cabellos rojos, de buen humor, ojos azules y una expresión de franqueza que le agradaba, le traía más de un recuerdo de la juventud que tan recientemente había abandonado.

—Sí —repitió Tony—, pertenezco al grupo de Cole Hendron. El rector me ha hablado del trabajo académico de ustedes. El profesor Gates me mostró la tesis que sobre la luz presentó usted en su ejercicio de grado. Me dijo que era el más excelente trabajo que había recibido en la Escuela de Graduados desde que había abandonado la cátedra de Física.

Un profundo rubor acudió al rostro del joven.

—Nada importante —dijo—. Simplemente, se me ocurrió tener una idea. Probablemente nunca más tendré otra en toda mi vida.

Tony sonrió.

—Tengo entendido que usted era bogavante en el equipo de remos de la universidad. ¿No era ese el año en que todos estábamos pendientes de los eventos marítimos?

—Ese año no hubo buenos equipos, en realidad. Nosotros tuvimos el peor.

Tony miró las manos del joven, que rápidamente se unían y se separaban. Eran manos poderosas que parecían poseer la capacidad de ajustar sus movimientos con precisión.

Tony volvió a sonreír.

—No necesita ser usted tan modesto, amigo mío. Las cosas son como yo las acabo de decir. Cole Hendron está en Nueva York reuniendo un grupo de hombres adecuados para un trabajo que quiere realizar durante los meses venideros. Es un trabajo de naturaleza muy privada. No puedo adelantarle de qué se trata.

“No puedo ni siquiera asegurarle que usted será aceptado, pero estoy haciendo un recorrido por el país, precisamente para poner en contacto con él a los hombres que me parece pueden servirle”.

“Bien entendido que no le estoy ofreciendo un empleo en el sentido que los empleos han tenido a través de todo el pasado y hasta aquí. No sé que se ofrezca ningún salario. Simplemente, se le ofrecerá el derecho a vivir y se le proveerá de alimentos, si es que usted acepta”.

El alto joven hizo una mueca.

—Supongo que usted sabe que ofrecerle una oportunidad de asociación con Cole Hendron a un hombre como yo es como ofrecerle el puesto de secretario del Vaticano a un sacerdote.

—Ejem… Ejem… Ejem… Entre paréntesis, ¿por qué permanece usted en la universidad cuando la mayoría de los estudiantes graduados se han ido ya?

—Por ninguna razón particular. No tenía nada mejor que hacer. La universidad está en un sitio elevado y no me parecía indispensable marcharme de aquí. Por eso pensé que era mejor que continuara mi trabajo.

—Comprendo —replicó Tony.

Su compañero de charla tartamudeó un poco antes de decir lo que indudablemente tenía en la mente, pero al fin rompió el corto silencio.

—Escúcheme, señor… señor…

—Drake. Tony Drake.

—Señor Drake, yo no puedo comprender por qué razón le soy necesario a Hendron. Si lo que él se propone es llevar a un grupo de hombres a un sitio seguro, donde sea posible preservar los conocimientos científicos durante los años venideros, podrá encontrar centenares de personas, millares de personas, que tengan mayor cantidad de conocimientos que preservar y mejor memoria para lograrlo que la que puedo tener yo.

Tony miró al simpático joven de ojos azules y se sintió encantado con él. Presintió que aquella era una persona a quien Cole Hendron y el comité habrían de aceptar inmediatamente.

El nombre del hombre que estaba delante de él, según recordaba, era Jack Taylor, cuyo historial, para ser el de un hombre de veintiséis años, resultaba sorprendente.

Tony sonrió al escuchar las especulaciones del joven.

—Usted es un físico, Taylor —le dijo—. Si usted fuera Cole Hendron y estuviera tratando de llevar un grupo de personas a un lugar seguro, ¿dónde, teniendo en cuenta las actuales circunstancias, procuraría usted encontrar ese lugar?

El otro hombre permaneció pensativo durante un instante.

—Justamente eso es lo que me preocupaba. No se me ocurre ningún lugar sobre la Tierra que pudiera ofrecer un refugio bastante satisfactorio.

—Exacto. Ningún lugar sobre la Tierra —dijo Tony, poniendo especial énfasis en sus dos últimas palabras.

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