El choque de los mundos (I)

Written by Libre Online

7 de julio de 2026

Por F. Balmer y  R. Wylie (1934)

El secreto todavía estaba inviolado. Era claro y natural que el público no lo conociera todavía. No; la Naturaleza del tremendo y terrífico descubrimiento permanecía cerrada con cien llaves en el pecho de los hombres que lo habían realizado. Ninguno había sido tan mal guardián de lo que se había confiado a su reserva, como para, haber dejado escapar el más ligero detalle de lo que había sabido.

Pero el hecho de que entre ellos había un secreto de incomparable importancia, era del dominio público.

David Ransdell recibió abundantes pruebas de ello, ya que mientras estaba en la ruta de Europa, los radiogramas de tierra le llovieron. Había recibido ya siete, todos de la misma especie, en el espacio de una hora; y ahora recibía otro, el octavo.

Lo tomó en sus manos, sin abrirlo, mientras fijaba la vista, a través de las iluminadas aguas hacia las más próximas riberas que ya eran visibles, las de Long Island, vecinas a la ciudad de New York. Para él resultaba muy extraño todo aquello, que en una ciudad que aún no había visto, ya los hombres estuvieran tan excitados por su viaje y el motivo del mismo.

El primer radiograma llegado, no hacía una hora todavía, le ofrecía mil pesos por la primera y exclusiva información—que debía ser suministrada con doce horas de ventaja por encima de todos los demás periódicos—de lo que él llevaba guardado en su caja negra. Ese radiograma estaba firmado por uno de los más famosos e importantes periódicos neoyorquinos.

Difícilmente había llegado el mensaje de respuesta a la oficina de radio, cuando un segundo mensajero apareció con un despacho de otro periódico. “Dos mil pesos, pagamos por la información de los negocios que le traen a New York”.

En el espacio de diez minutos las ofertas se habían elevado a cinco mil pesos, que ofrecía otro diario. Era indudable que el conocimiento de que él conducía un secreto de la mayor importancia se había divulgado con la rapidez del rayo.

Las ofertas se mantuvieron en cinco mil pesos por el espacio de veinte minutos; después volvieron a elevarse, duplicándose. En el último radiograma que Dave había abierto ya ésta ascendía a diez mil pesos. Diez mil pesos en efectivo por la primera información, que ahora solamente se pedía que fuera dada con seis horas de ventaja sobre los demás periódicos, en relación con los asuntos que le traían a New York. 

Lo sorprendente y extraordinariamente intrigante de este hecho era que el mismo David Ransdell no sabía qué cosa era la que él transportaba que fuera de tan sorprendente interés. El era simplemente el correo que transportaba y custodiaba el secreto. Aquellos que se lo habían contado sabían perfectamente que jamás él faltó a su palabra. Y que mucho menos habría de vender su secreto a los demás. Pero si por casualidad, la curiosidad era superior a sus fuerzas, el profesor Bronson le había, dado la palabra de que el contenido de la caja no sería de ninguna significación para él. Pero muy pocos hombres, con un entrenamiento muy especial, podrían descubrir el significado de su envío.

Cole Hendron en New York––el Dr Cole Hendron, el físico—podría desentrañarlo. Verdaderamente él podría determinar el asunto más completamente que ningún hombre sobre la tierra. Por eso fue que David Ransdell, de África del Sur fue enviado a New York; él debía traerle una caja a Colé Hendron, quien, después de haberse impuesto perfectamente del significado de su contenido, habría: de volverse a llevar el mensaje al punto de su procedencia.

Dave hacía la última parte del viaje por su aumentada impaciencia por llegar a la ciudad. Se preguntaba, con secundario interés, desde luego, a juzgar por las circunstancias qué cosa serían los Estados Unidos. Era la tierra nativa de su madre; pero David no la había visto antes. Porque él era un sudafricano, su padre, un inglés que en un tiempo había tenido un rancho en Montana, se había casado con una muchacha de la región y se había marchado para conocerse en el Transvaal. David había nacido en Pretoria, había estudiado allí y había salido de la escuela para acudir en los días de la guerra.

La guerra le había transformado en aviador. Después de terminada la guerra había continuado de aviador, estaba a cargo del transporte de correspondencia cuando, repentinamente, a solicitud de Capetown—-él no sabía de qué poder había surgido la llamada y la orden se habían dado instrucciones para transportar cierto material científico a los Estados Unidos. Esto es, que fue instruido para hacer un vuelo, no hasta el fin de una ordinaria, sino que debía continuar al extremo de África y cruzar el Mediterráneo hasta Francia, donde conectar con el más rápido buque que hacen la ruta de Europa a los Estados Unidos.

Se le había ordenado acudir a la casa, a la gran mansión de Lord Rhondin, cerca de Capetown. Lord Rhondin era calmoso y hombre de temperamento práctico, le recibió; con Lord Rhondin estaba un hombre alto y delgado, tenía unos cuarenta años de edad.

—El profesor Bronson —dijo Lord Rhondin, introduciendo a Ransdell.

––¿El astrónomo? —interrogó David Ransdell mientras le estrechaba la mano.

––Exactamente—dijo Lord Rhondin, Bronson no habló entonces ni tampoco habló hasta pasados unos siete minutos, estrechó la diestra de David con nervioso gesto y se quedó mirándole mientras esperando pacientemente, en algo más—entonces David presumía que le había robado el sueño durante mucho tiempo.

––Siéntese—dispuso Lord Rhondin. Estaban todos en un amplio y decorado salón, adornado totalmente con trofeos de caza. Pieles de animales cubrían el piso; y cabezas de leones, elefantes y búfalos parecían mirar desde las paredes, con sus ojos de vidrio reflejados por la luz que también iluminaba una multitud de instrumentos de caza que de distintas partes pendían, tales como cuchillos, flechas, lanzas, etc.

—Hemos enviado por usted, Ransdell— dijo Lord Rhondin—porque se ha realizado un extraño descubrimiento— un descubrimiento que, de ser confirmado en todos sus detalles, será de incomparables consecuencias. Tengo que decirle que, desde ahora, desde el principio, usted debe tener todas las precauciones, Ransdell, porque por el momento, tengo que evitar decirle a usted nada más del asunto, y aún esto que le digo, debe .usted impedir que se divulgue.

David sintió que una sensación extraña invadía toda su piel. No había duda, alguna de que este hombre—Lord Rhondin, industrial, financiero y conspicuo patrocinador de los empeños científicos—creía sinceramente cuanto decía; detrás de sus ojos que miraban fijamente a David Ransdell había cierta forma de conocimiento que él no se atrevía a revelar. David se limitó a preguntar ingenuamente: —¿Por qué? —Porque no se lo puedo decir — repitió Lord Rhondin mientras miraba a Bronson.

El Prof. Bronson saltó nerviosamente. Miró a Lord Rhondin y después a Ransdell, levantando la vista después desde ésto hasta una cabeza de león que estaba por encima de él.

—¡Qué extraño resulta pensar que no habrá más leones en el mundo! —murmuró Bronson finalmente.

Aquellas palabras parecían habérsele escapado involuntariamente. Lord Rhondin, por su parte, pareció no notar esta reveladora expresión. Ransdell, más excitado interiormente por este extrañamente opresivo silencio, demandó al cabo: 

—¿Por qué no habrá más leones?

––¿Por qué no decírselo? —preguntó Bronson a su vez.

Pero Rhondin, como si no reparara en lo que se decía, habló abruptamente del motivo de aquella extraña reunión. ––Pedimos una licencia para usted, Ransdell, porque he oído decir que usted es particularmente un hombre de confianza al mismo tiempo muy eficiente en su trabajo. Es esencial para nosotros que los materiales relacionados con los descubrimientos hechos estén en New York lo más rápidamente que ello sea posible. Usted reúne las condiciones apetecibles; es un gran piloto que puede por tanto transportarle a la mayor velocidad y es, además, una persona en cuya discreción se puede confiar. Si usted se compromete o hacerlo, yo pondré esos materiales en sus manos. ¿Puede usted salir esta misma noche?

—Sí señor. Pero ¿qué clase de materiales voy a transportar? Es mi deber preguntar, si voy a volar conduciéndolos.

—Principalmente cristales—negativos fotográficos.

—¿Cuántos?

Lord Rhondin echó a un lado una piel de leopardo que cubría una gran maleta negra de viaje. —Ahí están cuidadosamente empaquetados todos los negativos que hay que transportar. Le diré a usted mucho más de todo esto, mucho más de lo que usted pueda adivinar por la presencia de Prof. Bronson. Lo que usted va a transportar son negativos de fotografías tomadas con el más grande telescopio de Africa del Sur, de regiones de los cielos del sur que nunca son visibles en el hemisferio norte. Usted deberá llevárselas al Dr. Cole Hendron de la ciudad de New York, y entregárselas personalmente a él y a nadie más. Yo le diría algo más de este extraño viaje, Ransdell, si las… si las implicaciones de esos negativos fueran absolutamente ciertas.

En este punto, el profesor Bronson se vio en el asiento; pero otra vez volvió a controlarse antes de hablar: y Lord Rhondin continuó:

––Esas implicaciones, debo decir, que son probablemente ciertas; pero se juega tanto en ello que aún el más ligero rumor que se divulgara de lo que creemos haber descubierto sería fatal. Por esa razón, entre otras, no podemos confiarlo ni siquiera usted; pero le hemos de encomendar que lleve personalmente esta caja al Dr. Hedron, que es el consultor científico de la Universal Electric and Power Corporation de New York. Él se encuentra, actualmente en Pasadena, pero estará en New York para la fecha de su llegada. El tiempo es vital––es indispensable transportarse con la mayor velocidad que sea compatible con la seguridad de los objetos que usted transporta. Usted debe llegar a donde está el profesor Hendron dentro de una semana a más tardar a contar desde el lunes. Después usted puede regresar si lo desea. De otro modo—hizo una pausa como si profundas consideraciones embargaran su mente––será indiferente para usted cuál sea el sitio en que se encuentre.

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