Por EMETERIO S. SANTOVENIA (1952)
Fotos: Archivo Mario Guiral Moreno
El anuncio de la independencia
El Senado y la Cámara de Representantes de la República de Cuba se reunieron por primera vez y separadamente, el día 5 de mayo de 1902. Con esta fecha, el general Leonard Wood, gobernador militar de la Isla, envió a ambos cuerpos colegisladores una comunicación expresiva de ciertos puntos de vista y de deseos concretos de los Estados Unidos de América respecto de la organización del gobierno de la Isla por sus propios hijos.
Tareas inmediatas del Congreso eran la comprobación y proclamación de quienes habían resultado electos senadores, representantes, presidente de la República y vicepresidente de la misma. El brigadier General Wood rogó a los llamados a integrar el Congreso que le dejasen saber oficialmente, tan pronto como les fuese posible, los nombres de los aludidos funcionarios, a fin de dar traslado de tal información al Presidente de los Estados Unidos.
La solicitud hecha por Wood al Congreso se hallaba relacionada con el propósito del gobierno de Washington de comunicar a las demás naciones los nombres de los primeros magistrados designados por el pueblo de Cuba para dirigir la República. El presidente Theodore Roosevelt estaba especialmente interesado en evacuar este trámite antes del 20 de mayo de 1902, el día señalado para la transferencia de los poderes públicos de la Isla. Los Estados Unidos tenían asumida la responsabilidad de dejar al país cubano en el goce de su soberanía internacional, e incluían entre sus obligaciones la de despejar el camino de los nuevos funcionarios en la órbita foránea.
El Congreso, constituido como tal en sesión conjunta el 15 de mayo de 1902, proclamó entonces presidente de la República a Tomás Estrada Palma y vicepresidente de la misma a Luis Estévez y Romero. Naturalmente, en la mentada fecha también se sabía oficialmente quiénes eran los senadores y representantes a la Cámara. El Gobernador Militar pudo informar de todo esto al Presidente de los Estados Unidos con antelación al día fijado para la cesación de la ocupación de la Isla por la Unión.
Los primeros despachos foráneos
En distintas horas del 20 de mayo de 1902 llegaron a manos de Estrada Palma despachos procedentes de otras naciones con motivo del advenimiento de la soberanía internacional de la Isla. El primero fue uno firmado por el Presidente de los Estados Unidos de América, en Washington, el 10 de mayo. Lo había enviado Roosevelt a Wood, con encargo, que éste cumplió en el instante de transmitir el gobierno de Cuba, de hacerlo llegar al Presidente y al Congreso de la República. Los demás mensajes, comunicados por cable, pudieron ser leídos en La Habana el mismo 20 de mayo por efecto de la información suministrada por Washington a las capitales de otros países libres e independientes, la que les permitió darse por enterados de la transformación política consumada en aquel día en las Antillas.
La posición del Presidente de los Estados Unidos fue privilegiada en cuanto concernía al advenimiento del gobierno propio en Cuba, puesto que de su determinación dependió la fijación de la fecha del magno suceso. Gracias a esa circunstancia, en el mismo despacho en que Roosevelt comunicó al Presidente y al Congreso de la República de Cuba que había dado instrucciones para que el 20 de mayo de 1902 les fuese transferido el manejo oficial de la Isla, extinguiéndose así el Gobierno Militar, él se anticipó a expresar la sincera amistad y los buenos deseos de los Estados Unidos hacia Cuba y sus fervorosos votos por la estabilidad y la dicha de la nueva nación soberana.
Telegramas por el cable submarino dirigieron a Estrada Palma el 20 de mayo de 1902 los Presidentes de la República Francesa, México, República Dominicana, Ecuador, Guatemala y Costa Rica, el Presidente de la Cámara de Diputados de México y el Secretario de Guerra de los Estados Unidos. Estos despachos expresaron al Presidente de la República de Cuba felicitaciones, para él y para la Patria, por la conquista definitiva de la independencia. Los términos de casi todos ellos respondieron a conocidas reglas de cortesía. Por excepción, en dos de tales mensajes hubo manifestaciones concordantes con antecedentes relativos a la ayuda que los respectivos países prestaran a Cuba en su lucha por la independencia. Los países aludidos eran Ecuador y los Estados Unidos de América.
Ecuador había sido la única república latinoamericana oficialmente partidaria de que España reconociese la independencia de Cuba mientras ésta mantenía su última guerra a muerte contra el régimen colonial. Fresco se hallaba aún el recuerdo de la carta dirigida por Eloy Alfaro, jefe supremo de Ecuador, a María Cristina de Habsburgo-Lorena, reina regente de España, señalando la justicia y conveniencia de que la nación colonizadora se retirase de la Isla mediante un acuerdo con el gobierno libre cubano. El sucesor de Alfaro en la presidencia de Ecuador tradujo un sentimiento arraigado en su país cuando comunicó a Estrada Palma que celebraba con íntimo regocijo el ingreso de la República de Cuba en la comunidad internacional.
Elihu Root, secretario de Guerra de los Estados Unidos, tuvo, hasta el 20 de mayo de 1902, por la índole del gobierno que acompañó a la ocupación militar de la Isla por la Unión, una participación en extremo directa en los negocios públicos de Cuba. En el muy enojoso que desembocó en el apéndice constitucional de la República descolló su intervención.
Reiteradamente expresó sus anhelos de que la Isla no se viese desasistida de la doctrina de derecho americano contenida en la declaración del Congreso de los Estados Unidos según la cual Cuba era y debía ser libre e independiente. En su despacho de 20 de mayo de 1902, Root recordó a Estrada Palma que juntos habían luchado el pueblo de Cuba y el de los Estados Unidos para lograr el gran suceso de aquel día. El Secretario de Guerra confiaba en el desinteresado patriotismo, en el probado valor y en las acrisoladas virtudes cívicas de los cubanos para que esta patria americana siempre disfrutase de libertad, orden, paz y prosperidad.
El Primer Magistrado de Guatemala, que había saludado a Cuba independiente y a Estrada Palma el 20 de mayo, se consideró en el caso de repetir sus congratulaciones, haciéndolas más expresivas. Tres días después, llegó otro telegrama suyo al Palacio Presidencial de La Habana. En sus palabras pudo leerse una afirmación atinadísima. En respuesta a su mensaje del 20, Estrada Palma le manifestó que para él era sumamente satisfactorio dejarle saber las seguridades de que el pueblo de Cuba cultivaría con el de Guatemala las más estrechas relaciones. A esto correspondió el Presidente de Guatemala escribiendo que para él era aún más satisfactorio “saludar en el primer día de su existencia independiente y libre a la República Cubana”. El alto mandatario centroamericano puso énfasis en la referencia a la conquista de la soberanía internacional de la República de Cuba.
Cartas autógrafas de Estrada Palma
Una semana después de la toma de posesión de la Presidencia, empezó Estrada Palma a firmar las cartas autógrafas por medio de las cuales se puso en comunicación con los máximos magistrados de las demás naciones. Por las singulares circunstancias concurrentes en el caso de los Estados Unidos de América, el gobierno de los mismos estuvo exceptuado de la formalidad de recibir el aviso de que en Cuba había cesado la ocupación militar de la misma Unión para dar paso al gobierno propio bajo el régimen republicano. Al resto de los pueblos soberanos se dirigió el Presidente de la República de Cuba para notificar el advenimiento de la independencia patria. Este trámite fue satisfecho de diversas maneras, de concierto con antecedentes de que no cabía prescindir.
A Eduardo VII, rey de Gran Bretaña e Irlanda y Emperador de las Indias, expresó el Presidente, luego de significarle el histórico acontecimiento del 20 de mayo de 1902, el agradecimiento de la República por la parte que el Monarca había tomado en aquél, disponiendo que el crucero M. S. Psyche, de la marina de guerra británica, saludase con sus cañones la bandera cubana al izarse por primera vez en las fortalezas y los edificios públicos de la Nación. Además, Estrada Palma hizo presente a Eduardo VII que con satisfacción había recibido el anuncio oficial de que Leonel Carden estaba designado ministro residente del Rey cerca del nuevo gobierno de Cuba.
Análogo al de Gran Bretaña era el caso de Italia. Víctor Manuel III había ordenado que el crucero Calabria, de su armada, anclado en la bahía de La Habana, disparase sus cañones al aparecer por vez primera en edificios y fortalezas el pabellón de la República. El Presidente escribió al Rey que estimaba ese acto como una gran distinción del soberano y del pueblo italianos hacia el de Cuba. La actitud de Italia se hallaba en armonía con lo que eminentes hijos suyos habían escrito, hablado y hecho en favor de la independencia de la Isla.
Los gobiernos de México, Francia, Guatemala, Ecuador, Nicaragua y la República Dominicana habían saludado al de Cuba por telégrafo con motivo del ingreso de ésta en la comunidad internacional. El Presidente tuvo muy en cuenta semejante distinción. Y la agradeció a cada uno de los supremos magistrados de las mencionadas repúblicas al transmitirles en cartas por él firmadas la noticia de ser ya Cuba libre y soberana.
Carta de particular significación fue la dirigida por Estrada Palma a Alfonso XIII. El Presidente participó al Rey de España, como a los demás soberanos y supremos magistrados extranjeros, el reciente fausto suceso nacional: el advenimiento de la independencia de Cuba, franqueado por la retirada de las tropas y el gobierno de los Estados Unidos, que habían reemplazado a la potencia colonizadora en la dominación de la Isla.
El texto redactado para España fue utilizado por Cuba para iniciar relaciones con Alemania, Argentina, Austria-Hungría, Bélgica, Bolivia, Brasil, Bulgaria, Colombia, Corea, Costa Rica, Chile, China, Dinamarca, Grecia, Haití, Honduras, Japón, Liberia, Marruecos, Montenegro, Países Bajos, Paraguay, Persia, Perú, Portugal, Rumania, Rusia, El Salvador, Serbia, Siam, Suecia y Noruega, Suiza, Turquía, Uruguay y Venezuela. Pero el modelo quedó como expresión del deseo cubano de tener para con España los miramientos correspondientes a la nación que más estrechos y hondos nexos históricos, así en lo material como en lo inmaterial, podía exhibir respecto de la república que ingresaba en el concierto de los pueblos con existencia propia.
Cortesía y reconocimiento universales
De las naciones a cuyas cabezas visibles se dirigió Estrada Palma fueron llegando a Cuba, desde poco después de consolidada la independencia, respuestas condignas. En todas éstas hubo las naturales expresiones de congratulación y de anhelo de cultivar amistosas relaciones. Quienes contestaron al nuevo alto mandatario, en cartas autógrafas, lo trataron de predilecto, querido, muy querido, caro, carísimo o grande y buen amigo.
No era intrascendente para América el hecho de que hubiese en ella otra república. Hacía más de un siglo que el Nuevo Mundo había iniciado la lucha por extinguir el sistema colonial en su vasta área. Cuba había quedado retrasada en esa medular transformación. Pero, al fin, a costa de inmensos sacrificios, ya formaba parte de la comunidad de países soberanos del universo de Colón. El general Julio A. Roca, presidente constitucional de la República Argentina, escribiendo a Estrada Palma, elevó el tono de sus congratulaciones al significar que, a virtud del fausto acontecimiento ocurrido en Cuba, América contaba con una nación independiente más. Este concepto, salido del pueblo americano situado a mayor distancia de la Isla, tradujo toda una verdad americana.
El manuscrito de Alfonso XIII, rey de España por la gracia de Dios y la Constitución, en correspondencia a aquel por el cual Estrada Palma le participó el advenimiento de la independencia de Cuba, se halló a la altura de las buenas relaciones que entre Madrid y La Habana debían existir, dando por liquidadas sin reservas mentales las profundas diferencias añejas a la entonces reciente guerra de la que fuera colonia hispánica contra su metrópoli. El Rey dijo al Presidente que él se complacía en asegurar que vería con placer afianzarse y estrecharse la cordial inteligencia que tan útil había de ser a los respectivos intereses de España y de la República de Cuba.
El documento suscrito por el Emperador de China apareció adornado con la hipérbole natural en el lenguaje de la enorme nación oriental. El Emperador hizo presentes sus mejores votos “al Gran Presidente de la Gran República de Cuba”. Por lo demás, advirtió que los cubanos habían logrado su independencia fundando la Nación.
De cierta manera fue análoga a la carta del Emperador de China la del Rey de Portugal. Muy lusitana en su cortesía resultó esta frase: “Nuestro Señor tenga a Vuestra Persona en Santa Guarda”. Las letras portuguesas fueron hechas en el Palacio de las Necesidades.
El vicepresidente constitucional de la República de Paraguay, en ejercicio del Poder Ejecutivo, Andrés Héctor Carvallo, firmó la más efusiva de las cartas enderezadas por máximos mandatarios al de Cuba. Habló a éste de hechos y de anhelos. El gobierno paraguayo, en homenaje al feliz acontecimiento de lo que tenía por resurgimiento a la vida libre de la nueva nacionalidad hermana, decretó que se saludase la bandera de Cuba con una salva de veintiún cañonazos en presencia del Ejército Nacional formado en orden de parada. Y el alto magistrado del sur trasmitió al de las Antillas sus cordiales congratulaciones por haber merecido de sus conciudadanos el honor de ser elevado a la presidencia de un país digno por todos conceptos de la mejor suerte al lado de los demás de América.
El valor de la conducta cívica
En uno de los días iniciales de la soberanía internacional de Cuba, el 26 de mayo de 1902, fecha del primer mensaje del Poder Ejecutivo al Congreso, el Presidente se extendió en consideraciones acerca de las relaciones exteriores de la República. En el curso de menos de una semana el gobierno propio había sido reconocido por diez naciones. Era de esperar que otros pueblos soberanos siguiesen la línea de conducta así trazada. En rigor, Cuba se hallaba segura de contar con la amistad y los buenos deseos de las demás naciones.
Estrada Palma comprendía y advirtió que a Cuba incumbía la responsabilidad mayor en la tarea de allegarse el favor y la estimación de los restantes pueblos civilizados. Los nexos con los Estados Unidos de América requerían tratamiento especial, dados antecedentes políticos y realidades económicas que Cuba no podía ignorar ni subestimar. Pero caso tan particular no excluía la necesidad de cuidar la amistad con los otros países civilizados.
El Presidente de la República señaló la influencia que en los progresos internacionales de Cuba había de tener la conducta de gobernantes y gobernados en el desarrollo interior de la existencia nacional. Él consideró esencial que dentro de la República se mantuviese un elevado espíritu de concordia, capaz de aproximar entre sí a todos sus habitantes y los fundiese en un solo pueblo, resueltamente interesado en la conservación de la independencia, en el adelanto material y moral del país y en el bienestar individual y colectivo de cuantos residían en la Isla. En Cuba era absolutamente indispensable elevar a norma invariable el noble ejemplo de armonía, unión y fraternidad dado ante el mundo en los primeros días de vida política propia.
Con claridad fijó Estrada Palma el valor de la conducta cívica para la mejor orientación de los negocios públicos, así en lo interior como en lo exterior. De lo que prevaleciese en lo interior dependía la suerte que el país había de correr en lo exterior. De poco, si de algo, valdría el reconocimiento universal de la República de Cuba en no existiendo en su seno, firme y creciente, la voluntad de afirmar las conquistas culminantes en la emancipación política de la Isla. Esto dependía por igual de la acción creadora y del desarrollo de las virtudes patrióticas de que Cuba tenía dadas pruebas concluyentes.
La lógica de las conclusiones del Presidente de la República resultaba absoluta. Cuba era nación soberana merced a titánicos esfuerzos consumados por sus hijos bajo su propio cielo. La ayuda material y la asistencia moral que otros pueblos le habían prestado a lo largo de sus luchas por la independencia merecían el perpetuo reconocimiento de los favorecidos. Pero no constituían el factor determinante de la gran transformación que acababa de efectuarse.
La virtud y el heroísmo de los libertadores habían hecho lo más y lo mejor para variar las condiciones de vida interna del país, motivo fundamental del ingreso de esta Antilla en el concierto internacional. Puesto que así era la verdad, la presencia permanente de Cuba en el seno de la familia de pueblos soberanos dependía de la fuerza que alcanzase el espíritu nacional.






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