La noticia nos viene de sopetón, así, de repente, y nos agrada. ¡Cómo no! En primer lugar, esos 2,000 y los otros cientos de miles que han desfilado por las ergástulas cubanas en el transcurso de muchas décadas, nunca debieron estar ahí por sostener ideas distintas a las de la dictadura. Pero así funcionan los despotismos comunistas, y, al margen de consideraciones sobre lo justo y lo injusto, lo abusivo y lo arbitrario, el acto de esa liberación nos complace por el alivio a las víctimas y por el natural sosiego que trae a sus familiares. Es una señal de que ya vamos llegando. Es el primer paso, el “down payment”, en el pago de una deuda que la crápula comunista le debe a todos los cubanos. Se nos debe, y contra viento y marea, vamos a cobrar.
El régimen anuncia que lo hizo “como un gesto de humanidad”. ¡Mentira! ¿Desde cuándo esa caterva virulenta, ha sentido ese noble sentimiento hacia el ajeno, esa piedad hacia la vida humana, desde cuándo, esa canalla destructiva ha experimentado en su conciencia el dolor y el daño que cada semejante pueda producir a otro? Por supuesto que el régimen que sojuzga a los cubanos no conoce esos conceptos. El concepto que conoce y que ha implementado por tantos años, y con tan honda crueldad, es el de la opresión, la encarcelación y la tortura física y moral.
¿No es cuestionable esta intempestiva liberación masiva? ¿A qué se debe? En primer término, sin duda, a la presión que están sintiendo de parte de Estados Unidos para un cambio, y, en segundo, en la evidente fractura que se profundiza en la estructura de mando del régimen. No lo pueden ignorar, evitar ni ocultar. Primero: “El Cangrejo” quiere mediar con funcionarios americanos a ver cómo y qué puede salvar del bote que se hunde. Después, Sandro Castro, el nieto de Fidel quien, -no se sabe cómo- consiguió una entrevista con CNN expresando su descontento con el sistema, agregando que “el presidente” Díaz-Canel no está haciendo un buen trabajo y que la mayoría del pueblo cubano prefiere el sistema capitalista al comunista.
Estos dos personajillos, no significan mucho en la entelequia gubernamental, pero, por razón de ser nietos de sus abuelos, y llevar el apellido Castro, en el mundo de la propaganda tienen una resonancia de marcado relieve. Sus declaraciones tienen espacio abierto en la prensa mundial. Aparentemente el frente monolítico se desvanece. Esta craqueado. Empieza a ampliarse la escisión. Díaz-Canel ha sido señalado por un miembro de los Castro como ineficiente y se sebe vulnerable, a la deriva, sin el sólido apoyo de antaño por parte de su protector Raúl.
Hasta el momento, Sandro continúa su vida loca cotidiana y “El Cangrejo” de la misma manera, a pesar de sus flirteos contra la rígida política de sus antepasados. No han sido tocados. ¿Se imagina usted que le habría sucedido a otro cubano, con un apellido distinto, que hubiera sido capaz de expresar opiniones desechando el sistema como ineficiente y al “presidente” como un bueno para nada? Probablemente estaría ya en una de las cárceles del gobierno acusado de contrarrevolucionario, de conspiración, o atentado contra los poderes del Estado. Así ha funcionado siempre la igualdad en el paraíso comunista cubano.
Pero, dentro de este ambiente confuso que prevalece en Cuba, se desprende un pesado aire de preocupación. Se perciben, en las brisas que provienen del malecón, profecías de algo nuevo. Los augurios del cambio se esclarecen y la gente se anima ante la renovada esperanza. La liberación de esos 2,000 presos refuerza la ilusión de que el régimen está en su punto más débil desde el principio de siglo y que su colapso final es inevitable. Tal vez los cubanos intuyen, con esa sabiduría oculta de los pueblos que sufren, que el gesto de la liberación de presos no es más que una estrategia defensiva, desesperada, de la cloaca gobernante, para aliviar un tanto el impacto de la inexorable caída. Pero ya es tarde.
En semanas pasadas el secretario de Estado, Marco Rubio, llamó al liderazgo de ese régimen espurio, con delicadeza propia de la diplomacia, “incompetente”. ¡Correcto! Pero yo, que carezco de esa suave sutileza diplomática, les llamo, a todos sus integrantes, individual y colectivamente, malandrines corruptos, nido de roedores, inmundicia y podredumbre moral carente de sinceridad y de razón que han martirizado, empobrecido, física y moralmente, a la nación cubana.
En enero del 2025, por ejemplo, el diario Miami Herald, publicó un extenso reportaje donde revela una filtración directa de asuntos internos del gobierno cubano, mostrando cómo cientos de millones de dólares obtenidos por compañías operando dentro de la Isla, que debieron haber sido destinados a servicios públicos, terminaron en la cuenta de GAESA, y sus subsidiarias. Eso no es incompetencia. Eso es un crimen. Por esos latrocinios, demasiado frecuentes y cuantiosos, se desecharon las reparaciones y el mantenimiento a la infraestructura energética y se repetían aceleradamente los apagones en todas las ciudades de la Isla. Y los hospitales carecían de camas y medicinas. Había dinero, pero estaba en las arcas de Gaesa, y en los bolsillos de sus dirigentes.
El origen de los apagones de ayer, y de hoy, no ha sido por falta de petróleo. El origen es la falta de mantenimiento de un sistema eléctrico montado por la Unión Soviética hace más de 50 años, víctima del abandono negligente, y la natural depauperación por el paso del tiempo.
Ha de notarse que, incluso, cuando Rusia, Venezuela, y México, aportaban todo el petróleo necesario para mantener la luz en los hogares y el funcionamiento de las industrias cubanas, se sucedían los apagones.
Porque el problema de Cuba -que es enorme- no se circunscribe a la falta de energía. Es la quiebra en el sistema alimentario. La falta de asistencia en los hospitales. La montaña de basura acumulada en las calles fomento de epidemias contagiosas. El alto nivel de desempleo. La falta de medicina. De agua potable. El enorme déficit de viviendas. El crimen cada vez mayor. El colapso de la seguridad pública. Y muchos otros desastres sistemáticos, productos de un sistema intrínsicamente disfuncional, que hacen de Cuba un innegable Estado fallido.
Pero todo este cúmulo de fatalidades no es de nuevo surgimiento. Ni de fácil solución. El mal es endémico, y como el cáncer, necesita su total erradicación. No parcial, sino total.
Por eso la ayuda internacional que vienen recibiendo, como migajas al pordiosero, siempre será insuficiente para aliviar el sufrimiento, ni a corto, ni a largo plazo, porque la nación, totalmente destituida, carece de las bases necesarias para su recuperación.
La solución única, sin alternativas, será un cambio fundamental.
¡Borrón y cuenta nueva!






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