Enrique Ros pone al descubierto la zigzagueante política del presidente Kennedy hacia Cuba que fluctuó de “una solución no comunista en Cuba, por todos los medios necesarios” hasta “el desarrollo gradual de un acomodo con Castro”.
Ros hace una verdadera contribución a la verdad histórica al destacar -precisando hechos y nombres- los incontables esfuerzos realizados por los cubanos anticastristas, dentro y fuera de Cuba, para derrocar al tirano.
Este libro debe ser lectura imprescindible no solo para los cubanos, víctimas directas de la bárbara tiranía de Castro, sino para todos aquellos que en este planeta se preocupan por la libertad y la dignidad del ser humano.
El camino del Entendimiento (V)
CONVERSACIONES CON CASTRO
Daniel ya está en Cuba. Luego de haber hablado con el Presidente, el periodista francés había partido para La Habana el 25 de octubre.
El 13 de noviembre, el periódico “El Mundo” destaca en primer plano una entrevista con el escritor Jean Daniel, en la que éste afirma que “un amplio sector de la opinión pública en su país siente por Cuba gran simpatía”. Y ofrece la razón: “esto se debe a que existe un organizado Partido Comunista y a que el pueblo francés siempre ha tenido un sentimiento de romántica admiración por los heroicos procesos revolucionarios como el de Cuba”.
Pero estas zalemas parecen no surtir efecto. Castro se demora en recibirlo.
“Permanecí en La Habana tres intensas semanas de trabajo hablando con escritores y pintores, campesinos, contrarrevolucionarios, ministros y embajadores… pero Fidel se mantenía inaccesible. Yo prácticamente había perdido toda esperanza cuando, una noche que iba a ser mi fecha de salida, Fidel vino a mi hotel. Él había oído de mi entrevista con el Presidente”.
“Subimos a mi cuarto a las diez de la noche y no salimos hasta las cuatro de la madrugada. Fidel atendió con apasionado y devorador interés mi relato de la conversación con Kennedy… tres veces me hizo repetir ciertos comentarios, particularmente aquéllos en los cuales Kennedy expresaba su crítica al régimen de Batista, aquéllos en los que Kennedy mostró su impaciencia con comentarios atribuidos al Gral. De Gaulle y aquéllos en que Kennedy acusaba a Fidel de haber casi causado una guerra fatal para toda la humanidad”.
“Cuando terminé de hablar, yo esperaba una explosión. Sin embargo, siguió un largo silencio y, al final del silencio, una exposición calmada, compuesta…”.
Fue éste el primer día de aquella larga conversación. Era el 19 de noviembre.
Tres días después viajaba Daniel con Castro hacia una quinta en Varadero. Conversaban aquel mediodía en la casa de la playa cuando se recibió una llamada de Osvaldo Dorticós, el Presidente de la República. Informaba a Castro del atentado al presidente Kennedy. Era el 22 de noviembre. Ese mismo día, pocas horas antes, un agente de la CIA entregaba a AM/LASH un bolígrafo con su punta impregnada de veneno.
En una modesta y oculta casa, en las afueras de Washington, Harry Ruiz Williams se reunía con Richard Helms y Howard Hunt, para ultimar detalles de los campamentos que operarían en República Dominicana. Los caminos de la acción, del entendimiento, de los campamentos, de la eliminación física habían llegado a un abrupto final.
Castro, al conocer la muerte de Kennedy, fulminó con preguntas al periodista francés. “¿Quién es Lyndon Johnson?” “¿Qué reputación tiene?”… “¿Cómo eran sus relaciones con Kennedy?” “¿Con Kruschev?” “¿Cuál fue su posición cuando la invasión a Cuba?” y, finalmente… “¿Qué autoridad ejerce sobre la CIA?”. En una breve salida hasta la cercana ciudad de Cárdenas, después de un largo silencio, como hablando consigo mismo, dice: “Todo ha cambiado. Todo va a cambiar”.
Desafortunadamente, para Cuba, nada cambió.
La mañana siguiente, en las Naciones Unidas, Lechuga recibía instrucciones de Castro para comenzar conversaciones formales con Attwood. Así menciona Schlesinger esas pláticas:
“El 4 de diciembre, Attwood me informó que esas exploraciones secretas estaban, según él consideraba, alcanzando un clímax; que Castro podría estar tratando de salir de la influencia de Guevara y de los comunistas y llegar a un acuerdo con los Estados Unidos”.
Pero había una nueva administración con una orientación y unos intereses distintos.
Maurice Halperin (no confundirlo con Morton Halperin, el funcionario del Departamento de Estado que mantuvo conversaciones secretas con Castro en la Administración del presidente Clinton) manifiesta:
“En su respuesta a Kennedy, a través de Daniel, Castro expresaba entusiasmo sobre las posibilidades de un acomodo para el cual él estaba dispuesto a ofrecer importantes concesiones… con la muerte de Kennedy, la nueva Administración suspendió las comunicaciones con Castro tanto por vía diplomática como a nivel de la Casa Blanca”.
No eran éstas, las gestiones de Attwood y Jean Daniel, los únicos esfuerzos que había realizado la Administración Kennedy para explorar un acomodo con Castro.
Cuando el Mariscal Tito concurrió en visita oficial a la Casa Blanca en octubre de aquel año, Kennedy le comentó sobre su interés en replantear el problema de Castro expresándole que si Cuba salía de la influencia soviética “nosotros tal vez podríamos aceptar un régimen revolucionario como éste”.
No fue un comentario fortuito. Ya, desde el mes de agosto, cuando el Secretario de Comercio de los Estados Unidos, Luther Hodges, concurrió a la feria comercial de Zagreb, en Yugoeslavia, le fue transmitido al presidente José Broz (Mariscal Tito) el interés de su homólogo norteamericano de que el legendario guerrillero croata sirviese de intermediario para tratar de mejorar las relaciones entre Rusia y los Estados Unidos. Que esa gestión conciliatoria incluyese luego al vecino del sur, era una lógica extensión para el afán apaciguador del presidente Kennedy y el interés protagónico del antiguo líder partisano, convertido ahora en árbitro de la paz mundial.







0 comentarios