ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

5 de mayo de 2026

CAPÍTULO I

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Dimas, con la mirada esquiva y un reflejo hosco en la faz, duda. El padre lo apremia y Cándido sonriente lo estimula: “¡Qué no se diga…! Los muchachos del barrio son como hermanos”. Al fin brinda la diestra.

Los presentes claman de júbilo.

Seguidamente, Cándido les entrega los papalotes. Los dos exhiben los mismos colores, pero en sentido inverso. Lo que sí es igual son los flecos, que imitando la combinación del arcoíris adornan los bordes de los artefactos alados. Esta vez las colas no llevan cuchillitas.

Gracias al irreverente viento de cuaresma los papalotes, en un santiamén, ganan altura y culebrean en un azul manchado de hilachas de nubes blancas.

El ambiente que reina en la explanada es de camaradería festiva. Bartolo respira profundo. La fuerza del papalote vibra en la pita y con la mirada busca la presencia de Leonardo, pero con la intención secreta de descubrir la silueta de María Eulalia.

—¡Qué bien empina ese papalote!

Sorprendido busca la voz. A su lado, sonriendo con admiración, está Leonardo. Leonardo y la hermana.

—Sí… vuela bien —responde con un hálito de inquietud. Una ojeada se le escapa y recorre la figura de María Eulalia.

Aunque Bartolo ha cavilado múltiples veces que María Eulalia, además de ser la hermana menor de Leonardo, es una niña, “una mocosa”, repite para apartarla del pensamiento, no ha podido lograr el propósito. A partir del día que hablaron en la valla de Melgarejo el recuerdo, siempre fresco, de la joven menuda con un soplo de feminidad suave y mirada gris que espanta, por el conocimiento previo que refleja, lo asalta frecuentemente. Sobre todo en las noches y madrugadas cuando despierta por el ladrido de un perro, el pitazo de un tren lejano o el canto de un gallo.

Es entonces que ella le viene con la nitidez de su ropa limpia y gastada, por el uso frecuente. El cabello, al descuido, atado con una cinta que deja al descubierto la nuca y el cuello delgado que, en partes, late a impulsos de venas ocultas.

Bartolo se inquieta en el lecho oscuro y se dice que María Eulalia es una niña flacucha y algo pequeña para su edad. No obstante, ella sigue allí, en su pensamiento, con una fijeza que nada tiene de infantil y sí mucho de rebullir de vida.

Ahora ella está a su lado. Y él conjetura que vino a compartir, con orgullo femenino, el pináculo de su popularidad.

—Déjame volarlo —pide con naturalidad.

—¡No seas atrevida! Estas son cosas de hombre —el hermano la reprende.

—Que lo haga, yo aguanto el carrete —Bartolo intercede. —¿Verdad papá…?

Cándido asiente con un movimiento de cabeza. María Eulalia sonríe, extiende la diestra y aprisiona la pita. Leonardo, resignado, se encoge de hombros.

—Así, así…—Bartolo la instruye.

Ella voltea el rostro y lo mira. En sus ojos grises un anhelo alegre atenúa el espanto.

—Nunca había empinado un papalote…¡Es alegre, muy alegre…! —Los labios le tiemblan y ríe con la risa que para siempre se clavará en Bartolo.

—Toma más pita. Mueve la mano de izquierda a derecha… Así, así se hace, pero un poco más fuerte.

Se aproximan; las manos se tocan y la respira en el cabello. El corazón de Bartolo se desboca; el sexo joven tropieza contra la tela del pantalón y un sudor hormonal perla los vellos adolescentes sobre el labio superior. “¡Esta es la mujer que amo!”, estalla la idea y echa por tierra los calificativos de niña y mocosa.

—Hijo, agarra la pita que ya vamos a terminar —Cándido dice condescendiente.

Bartolo, con gesto torpe, recupera el control y a golpe de pita, para ocultar la turbación, encabrita al papalote que marca su paso con latigazos de cola.

—Basta, ya es suficiente —Cándido ordena. —Dimas, Bartolo, arrímense, pero no vayan a enredar las pitas.

Los muchachos se acercan. Cándido se sitúa frente a ellos y observa a buena parte de los congregados.

Bartolo mira en torno y comprueba que María Eulalia se mantiene a su lado. Se sonríen; el regocijo lo enardece y estalla en una carcajada.

Leonardo permanece un poco más allá.

—¡Silencio, silencio…! —Cándido exige y levanta los brazos. —Estos dos papalotes que aquí vuelan representan la amistad. Y para simbolizar que la amistad es libre liberaremos a los papalotes. —Un murmullo confuso se levanta. -Dejaremos que se vayan a bolina —aclara sonriente.

—Tú me diste el papalote y lo quiero para seguir volándolo —Dimas reclama.

Temas similares…

ASPIRÓ A FISCAL DEL NUREMBERG

Aquellas famosas palabras que advierten sobre la necesidad de aprender del pasado para no cometer los mismos errores,...

0 comentarios

Enviar un comentario