ALLÁ, DONDE LOS ÁNGELES VUELAN

Written by José A. Albertini

28 de abril de 2026

CAPÍTULO I

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Bartolo Villalonga cierra los ojos. Mentalmente se sustrae de la oficina, reducida y espartana, en la que aguarda. En apariencia está solo, pero sospecha que por algún punto de las paredes, grises y desnudas, observan sus movimientos, o tal vez la vigilancia venga del techo, también gris y desnudo. Le llaman oficina, pero el recinto es un simple y deprimente cubículo.

Lo mejor que puede se arrellana en la dura silla de madera y aprieta los párpados. El tiempo ha pasado. Ya no es el muchacho que en el Plan de Cardoso descalabró a Dimas. Le duele el recuerdo del día lejano.

Una sonrisa tenue le distiende los labios, cuando en la oscuridad de las pupilas bloqueadas aparece el Monte Capiro. Después, la sabana del Cubanicay, el río Bélico y en lo alto su papalote que, cortando el aire azul cielo, se acerca a la frontera fluvial.

Confiaba en el papalote porque, como muchos, lo hizo él mismo. Había cortado trozos de güin que abrió en mitades y ató formando una cruz. En los extremos de los listones talló muescas por las que deslizó una cabuya fina y tirante que formó el contorno.

Después, cubrió la estructura con porciones de papel vejiga blanco, rojo y azul, que pegó con engrudo de confección casera. En medio de la armazón fijó una estrella blanca.

Luego, con tramos de cuerdas, de medidas exactas, construyó el frenillo, al cual amarró el inicio de un carrete de pita.

Por último, en la parte inferior del güin central afianzó la cola, hecha de tiras de colorines.

Bartolo entreabre los ojos y la sonrisa sutil desaparece. En el cubículo, que se ha ensombrecido, continúa solo. A sus oídos llega el sonido amortiguado y uniforme de una lluvia que recién comienza a caer. Es primavera, es abril y las paredes herméticas no permiten que el olor de la tierra mojada llegue a su olfato. No obstante, paladea el aroma. «Abril es el mes más cruel», piensa, sin mucha certeza, que proclamó un hijo adoptivo de Albión, nombrado Tomás S. Eliot.

En abril se hablaron por primera vez, en la valla de Melgarejo, y a partir de allí, a causa de la muerte violenta del gallo fino que ella, horas antes, sostuvo y sintió entre sus manos infantiles, lleno de sangre caliente, Bartolo empezó a comprender, por instinto, que la concepción de la primavera es cruel. En primavera, sobre todo en abril, la existencia se renueva y engulle lo más viejo y maltratado de la vida animal y vegetal para, con la materia lograda, moldear nuevas, pero repetidas, formas. Sin embargo, con el género humano, la primavera y el azote de abril, se equivocaron al liberar almas sobre las que no ejercen control porque, por su esencia universal, no son devorables, pero sí capaces de enquistarse en el tronco perecedero del renuevo, para contaminarlo con resabios, miedos y experiencias inherentes al génesis que, por culpa de la memoria, hacen de abril el mes más cruel.

Quizás, a causa de aquel primer contacto, la posterior influencia del padre y de la, en inicios, nebulosa especulación, Bartolo sopesó la idea de hacerse constructor de obras que materializaran un sentimiento. De hecho, ya lo era de papalotes, como su padre, quien devengaba el real sustento familiar como cuidador y entrenador de los caballos de paso fino del general retirado Elpidio Jomarrón.

También, el general Jomarrón era aficionado a las riñas de gallos finos y mantenía en su finca una cría de estas aves, cuyo responsable era el padre de María Eulalia, el que para ocuparse de los gallos del General puso como condición que en la valla de Melgarejo, no en ninguna otra, sus peleadores y los del General podían enfrentarse.

Además de trabajar para el General, Juan José Castillo González, que por su gran sentido del humor, era conocido en el mundo gallístico por el sobrenombre de Juan Mermelada, y Cándido Villalonga mantenían una amistad cordial y respetuosa, que se solidificó por la afición de ambos al juego de dominó.

Bartolo bosteza en el rígido asiento y vuelve a entornar los párpados.

***

Cándido Villalonga reprende a Bartolo por haber descalabrado a un vecino y compañero de juegos. Asimismo, con pruebas y razonamientos logra que el, en un principio, furibundo, padre de Dimas acepte que su hijo, por ser mayor en edad y más fornido, intimida y abusa de la mayoría de los chiquillos del barrio.

Solucionada la disputa de los mayores, Cándido construye dos papalotes vistosos; uno para Dimas y otro para Bartolo. Entonces, una tarde abrileña de viento de cuaresma, ambos padres, con sus vástagos, se reúnen en el Plan de Cardoso para empinar los papalotes.

La muchachada de la vecindad está presente, así como un número apreciable de adultos, que ven en el gesto de Cándido un aporte para conservar y mejorar la armonía de la comunidad.

Antes de comenzar el acto, Cándido y el padre de Dimas estimulan a los jóvenes para que sellen las rencillas con un apretón de manos. Bartolo, de buen talante, extiende la mano derecha. Está feliz, la pedrada que le propinó a Dimas lo ha catapultado a la fama. Ahora sus iguales lo miran con respeto y en la escuela su popularidad desborda el aula. Hacer las paces con el otro lo librará, sin menoscabar su nueva imagen, de sobresaltos y una posible golpeadura.

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