CAPÍTULO II
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
En esta instalación, que tanto cuesta mantener, solo permaneces tú. Es cierto que en los inicios de la aplicación, con carácter social, de la teoría Polución Mental, en este lugar se atendió a la mayoría de los residentes del pueblo. Pero en poco tiempo, a no ser por los que prefirieron arriesgarse a cruzar las fronteras fluviales, con consecuencias a veces impredecibles, incluyendo la extraña y controversial desaparición de tu padre —subraya—, todos desarrollaron un nivel aceptable de sensatez.
Por supuesto, también queda el colombófilo Saturnino Polón Pinero, que siempre rehusó la ayuda de los higienistas mentales y nadie más ha vuelto a ver, luego que se le ofreció abandonar la cría de palomas mensajeras y venir a este centro. Se dice que se oculta en la Loma del Escandel, sigue alimentando palomas, y desde allí, en noches de luna llena, echa a volar las aves con mensajes atados a las patas que refutan los preceptos de Polución Mental.
De él supimos no hace mucho. Fue el hallazgo de una paloma muerta en la copa de un árbol. El ave, en papel fino y letra diminuta, transportaba un escrito lleno de consignas irracionales contra nuestro Salvaguarda Mental, en el cual se repetía un calificativo que aún no hemos podido descifrar: “aristomundialistas”.
Ciertamente —amplía—, tú estás aquí, no esquivas nuestra ayuda, aunque no la compartes. Cándido, hasta donde sabemos, ha desaparecido sin dejar huellas, pero Saturnino está presente y se esmera en tratar de perjudicar la labor del Salvaguarda Mental. Con el tiempo —predice—, cuando lo encontremos, posiblemente tendrá que seguir el destino de las palomas mensajeras.
Sabes, he estado pensando que bien pudieras fabricar dos papalotes y volar uno de ellos.
—En el pueblo se prohibieron los papalotes…
—Aquí no se prohíbe nada —lo ataja—. El Salvaguarda Mental convence, no impone. Pero analizando tu caso, tal vez volver, bajo supervisión emocional, a revivir parte de las causas que te ocasionaron el mal, pudiéramos lograr una mejoría y hasta una posible cura total.
¡Imaginas el día en que plenamente restablecido vuelvas a integrarte a la comunidad!
—¡Fabricar y volar dos papalotes! —¿Por qué dos…? —repite incrédulo.
—Uno para ti y otro para mí, como en los tiempos del Plan de Cardoso —responde e instintivo se acaricia la cicatriz de la frente, que en parte se confunde con el nacimiento del cabello.
—Hace mucho que no los construyo. Además, necesito materiales que ya no abundan.
—Yo te los proporcionaría.
—¿Dónde los empinaríamos…?
—Tierra adentro, lejos de la frontera fluvial. Los únicos testigos serían algunos especialistas de este centro. Tampoco, al final, los echaríamos a bolina, como tantas veces hiciste con mensajes para María Eulalia.
Bartolo, en aquel momento, tal vez influido por la dureza con que el Higienista Mental recién le había hablado de María Eulalia, y por las arrugas profundas e implacables del tiempo que destruyen la ilusión y avergüenzan los sentimientos, concibe, variando la palabra empeñada, hacerle llegar a ella, a la María Eulalia de siempre el,… “Eres…” manchado de tinta, sangre y saliva, que un día, detenido en la memoria, prometió poner en sus manos en el instante del reencuentro.
“El papalote. Quizás el último que empine es la opción que me resta para volver a ella”, piensa en un arranque de posibilidades y sentimientos contradictorios.
María Eulalia se incorpora; sacude la tierra de su cuerpo y falda. En los muslos, cerca del pubis, siente la humedad que se fuga de la entrega de Bartolo.
—La tierra siempre me toca —dice con un mohín de complacencia.
Él sonríe y agrega: —Fue hermoso.
—Rico —ella precisa.
—Fue hermoso —Bartolo insiste.
—Hermoso o rico, la sensación es la misma. Me siento bien y estás conmigo —María Eulalia aclara.
—¿Te agrada lo que escribí para ti?
—Sí, pero no tienes por qué amarrarlo al güin de un papalote. Si el papalote se va a bolina, cualquiera se puede enterar de tus sentimientos.








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