El orientalito
Conocía, como todos los pobladores, que el coronel Joaquín Casillas Lumpuy había sido el último militar del gobierno derrocado en ocupar la jefatura del regimiento provincial Leoncio Vidal y Caro. Sin embargo, hasta aquella tarde, no tenía idea de cómo era físicamente.
Impelido por la curiosidad de la adolescencia fui rompiendo el gentío hasta quedar a pocos pasos de la cama del camión en el que iban a transportar al condenado.
Casillas, según la imagen que capté, era un hombre de estatura mediana y físico robusto, que debería estar en los 50 años de edad. Vestía pantalón oscuro y camisa deportiva que caía por fuera de la cintura. Para asombro mío, el Orientalito era uno de los custodios. El Orientalito, con su inseparable rifle Garand al hombro, fue el primero en saltar a la cama del camión. En los labios aprisionaba un cigarrillo a medio fumar y su rostro, juvenil, no denotaba alteración alguna. Un segundo soldado rebelde lo siguió y tendió los brazos para, ayudado por los dos que quedaron al pie del vehículo, subir al reo. Tan pronto Casillas Lumpuy pisó la plancha del camión, trató de arrebatarle el arma al que lo recibió. Se entabló un forcejeo brutal y breve que concluyó con los disparos, a boca de jarro, del Garand del Orientalito. Casillas Lumpuy, manando sangre del torso, se derrumbó sobre la cama del camión. Uno de sus pies quedó colgando.
Sobrecogido, mis ojos fueron del cadáver del militar al Orientalito. Mientras sus camaradas, alterados, discutían el imprevisto, él vuelto el rifle a colgar del hombro derecho, la espalda apoyada contra los barrotes izquierdos de la cama, fumaba el resto del cigarrillo con expresión tranquila. Tan serena y fría que desde entonces y hasta el presente, ese es y ha sido, para mí, el rostro de la “justicia castro-comunista”.
A la semana siguiente la revista Bohemia publicó un reportaje gráfico referente a la muerte de Joaquín Casillas Lumpuy. En el pie de grabado de una de las dramáticas fotografías el foto-periodista había escrito que el condenado, completamente atemorizado, trató de escapar para eludir a la justicia revolucionaria.
No obstante, yo que fui testigo visual y emocional del percance, afirmo, con convicción, que Casillas Lumpuy se enfrentó con valentía a sus verdugos. Prefirió morir luchando, aunque fuese un gesto suicida y no, mansamente, desgarrado por las balas de un pelotón ejecutor.
FIN








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