Economistas, sociólogos, inversionistas, políticos y muchos otros sectores de la sociedad están tratando de aportar lo mejor de sí para la reconstrucción de Cuba, de lograrse la libertad, como se ha estado anunciando y esperando por una parte de los cubanos.
Los tiempos que vendrán requerirán de muchos recursos, energía, disposición, entrega e ideas. Uno de los que ha expuesto sus propuestas para ese posible futuro es Héctor A. Rodríguez, especialista en ciencias agropecuarias y graduado de la Universidad de Rostock, en Alemania, en 1982. Posee experiencia en sistemas agrícolas y ganaderos en Cuba, América Latina y Estados Unidos.
Con él conversamos sobre sus iniciativas y sobre su libro Proyecto para el desarrollo agrícola de Cuba postsocialismo, un manual completo para la producción de alimentos abundantes en Cuba, que se define como “una propuesta para reconstruir el futuro de Cuba”.
—¿Cuál es el propósito y la tesis de tu libro?
He sido un trabajador de la docencia, la investigación y la producción en Cuba por más de 20 años y otros 30 fuera de ella, y en ese tiempo aprendí la ineficacia de los medios de producción en manos del Estado, a diferencia de estar en manos privadas, y esa ha sido la razón principal de la escasez permanente de alimentos en Cuba desde que se implantó el socialismo. Las leyes de la reforma agraria fijaron solo el 12 % de la tierra en manos privadas y el 88 % restante en manos estatales.
La poca producción de alimentos de que dispuso el pueblo provino de ese sector privado, por lo que, ante la proximidad de la terminación del socialismo en Cuba, quise plasmar las alternativas que se pueden establecer una vez la tierra sea redistribuida en manos privadas. Para ello propongo un manual que permite aplicar mi experiencia en la economía agraria, amparándome, además, en estudios que hice de su factibilidad y aplicando experiencias que conocí en más de una decena de países en los que estudié o trabajé, entre ellos Israel, Venezuela, México, Brasil y Estados Unidos.
—Tu experiencia y práctica en Cuba no sirvió para mantener un crecimiento agrícola y ganadero sostenible. ¿Cuáles fueron los encontronazos que afrontaste, me imagino que otros colegas también, para poder impulsar los mecanismos de autoabastecimiento alimenticio en Cuba?
Te voy a responder esa pregunta con anécdotas, que es la mejor manera de fundamentarla. Corría el año 88, la escasez se agudizó aún más y el gobierno inventó poner a trabajar fincas sin uso, realengas por la última ley de reforma agraria, unas 500 mil hectáreas, según mis estudios. Se las entregó a las empresas y centros de estudio de todos los niveles, que llevaban a sus empleados y estudiantes a trabajarlas. Repartían sus productos semanalmente, según fructificaran. Les llamaban fincas de autoconsumo. Muchas fueron productivas por la motivación de recibir comida para sus familias y, como al gobierno no le interesaba lo que dejaran de hacer en sus centros laborales de donde provenían, fueron ayudando en algo.
Una de ellas, en Manzanillo, la visitó el general que devino en segundo dictador por herencia. Le preguntó a un obrero: “¿Cómo te va con el autoconsumo?”. Y el obrero respondió entusiasmado: “Nos va bien, Raúl. Realmente estamos muy contentos. Nos dan un pollo semanal; cada tres o cuatro semanas, dos libras de carne de cerdo; y todas las semanas, viandas y vegetales. Dos veces al año, frijoles, maíz y algunas frutas, piña, mangos, etc. Hay que trabajar, pero vemos el fruto”.
Raúl respondió: “¿Y qué tú piensas de la viejita que está en el pueblo, que no trabaja y no recibe esos productos que recibes tú?”.
Por supuesto que él no podía responder y ahí quedó la conversación. Al otro día, los gobernantes provinciales, el Partido y las Administraciones suspendieron los autoconsumos como medida de “justicia” por la viejita inventada por Raúl.
Otra anécdota. Corría el período especial. A la estación de investigaciones donde yo trabajaba en Holguín, La Jíquima, nos dieron una finca para hacer un proyecto para su recuperación. A esa finca mandaron a administrarla a los jefes sancionados por alguna razón, como castigo. Primer error: la finca tenía como fin productivo la carne y la hicieron para producción de leche, lo cual requiere pastos el año entero y eso, en Cuba, sin riego no puede ser, que era el caso. No había ya combustible para preparar la tierra y llevar a cabo nuestro proyecto.
Se me ocurrió el plan de entregar la tierra a los obreros, dividirla en pedazos, en tres áreas a entregar en tres años. El primer año sembrarían con sus bueyes un tercio del nuevo pasto que proponíamos. Los otros dos tercios, de lo que ellos quisieran y vendieran al mercado y para su familia. Al final entregarían de vuelta las tierras ya sembradas del pasto que queríamos. Los obreros se beneficiaban y nuestro proyecto también.
El mayoral de la finca aún vivía en ella. Me entrevisté con él, le pedí su opinión sobre esta idea y cuál no sería mi sorpresa: “Señor Héctor, eso mismo hizo el antiguo dueño, el Sr. Infante, con sus obreros para empastar su finca”. Recibí una gran alegría al ver viable y comprobada con anterioridad mi tesis.
Cuento esto en la reunión de presentación del proyecto. Se lo expliqué al delegado del Ministerio de Agricultura de la provincia, donde estaban presentes representantes de unas cincuenta empresas del área, y me injurió, diciéndome: “¿Cómo pretendes que yo le pida al Partido autorización para esa locura?”. Allí terminó todo aquello.
Resulta que 20 años después, comenzaron a repartir tierra a quienes la quisieran trabajar, pero con las uñas, pues no dieron ayuda alguna. Fracasó su plan, por supuesto.
—La página titular del periódico habanero El Mundo de 1960 decía: “Expropiación forzosa de industrias y de comercios”, entre ellas 105 ingenios azucareros, 6 derivados lácteos, 16 molinos de arroz, 47 almacenes de víveres, 11 tostaderos de café y 8 empresas ferrocarrileras; desde luego, la lista continúa. Eso para mí marcó el fin de Cuba como nación próspera. ¿Cuál fue su visión de estos hechos en aquel entonces y en el presente?
Ahí narras la mayoría de las infraestructuras, fundamentalmente industriales, que al pasar a manos del Estado las condenaron a perecer. Tan es así que, de ser el primer país productor de azúcar en el mundo, pasamos a importarla, destruyendo más de cien centrales azucareros de los 179 que producían en el país. Yo solo me centraré en la que más experiencia tuve, la agricultura, y es la que más cerraba el estómago de los cubanos. Con las leyes de reforma agraria, tres a la postre, monocultivaron la isla.
Criticaron sin piedad a los latifundistas como seres abominables, pero mantenían la alimentación interna de la población. Eso, dicho en pocas palabras, nos demuestra el daño que hicieron al eliminar a los propietarios de esas tierras y centrales azucareros; la mayoría eran cubanos, y no, como mintieron, diciendo que eran americanos sus dueños.
En el tema de las tierras, las tres leyes de reforma agraria no fueron otra cosa que implantar el modelo soviético a nuestra agricultura, lo cual fue disfuncional. Importaron miles de tractores rusos, checos, rumanos y alemanes. Y nunca tuvimos disponibilidad de alimentos, pues el mercado no se controlaba por oferta y demanda, funcionaba bajo planes de que, si una empresa estatal no los cumplía, no importaba: sus obreros recibían su salario y la Unión Soviética nos mandaba el trigo, los chícharos, arroz y energía.
Así, al cerrar la URSS sus exportaciones a la isla, se desveló el telón que engañaba al pueblo y el desastre que fue destruirlo todo, menos la represión. Yo caminaba a caballo las tierras y veía la cantidad de realengos que quedaron después de la última ley de reforma agraria, que solo dejó 67,10 hectáreas a los propietarios. En esos recorridos veía cómo crecía el monte y las malas hierbas en los potreros sin mantenimiento. Te puedo asegurar no menos de medio millón de hectáreas improductivas en los llanos, pero otro tanto habría en las montañas por cómo descendió la producción de café y madera.
—La llamada Ofensiva Revolucionaria de 1968 puso fin por completo a cualquier iniciativa privada. Como economista, ya como parte de la estructura económica, ¿cómo asumiste ese hecho?
Con estupor, pues al Estulto en Jefe no había quien lo convenciera de sus errores. Tanto es así que, a partir de ahí, se propuso producir 10 millones de toneladas de azúcar. Cuando las personas a su lado le pronosticaban que no sería posible una zafra de esa naturaleza, los destituía de sus cargos y los enviaba sancionados a administrar fincas. Ese fue el caso del propio ministro del azúcar, de apellido Curbelo. Meses después, el Estulto tuvo que reconocer su fracaso.
En lo personal, a los estudiantes universitarios que nos íbamos a la calle Línea y 12, en el Vedado, a merendar y saciar el hambre, la Ofensiva Revolucionaria nos cerró el lugar y, como resultado, ya no estudiábamos tanto.
—Tu libro plantea muchas iniciativas de prosperidad para una Cuba futura, pero ¿cuánto tiempo tomará ese proceso de crecimiento y de dónde saldrán los fondos?
Esta pregunta me encanta, pues ya salimos de las desgracias de Cuba y nos adentramos en el futuro. En el libro yo planteo un modelo de producción que debe ser financiado por el gobierno y la inversión privada. El agricultor entregaría la primera cosecha al gobierno y, en lo adelante, será de su propiedad, ayudado por las asociaciones para colocar sus productos.
La ayuda norteamericana, servirá para comenzar el plan y la inversión privada. A través del BID se podría aportar sustancialmente otra parte dedicada a la industria agrícola, principalmente.
El comienzo dependerá de cuán pronto se estructure el nuevo sistema económico, comiencen los bancos a operar en Cuba y el gobierno norteamericano determine cuándo entran los fondos a ser utilizados. Decidido esto, las empresas constructoras se encargarán de las viviendas de los campesinos y la red vial, los sistemas de riego y la infraestructura industrial, tales como silos de almacenamiento, plantas procesadoras de frutas, combinados lácteos, etc.
Mi cálculo es que en cinco años se puede completar el sistema y su implementación puede comenzar inmediatamente, tan pronto se creen los módulos productivos, que puede ser en dos años después de que entre la ayuda, pues son tierras cultivables que están baldías por la inoperancia del sistema socialista y tienen poblaciones alrededor de ellas de los extintos centrales azucareros que están sin trabajo. No hay que desmontar árboles, solo instaurar las instalaciones y ponerse a producir. Además, contamos con buena fuerza laboral calificada y dispuesta a construir su futuro sin necesidad de emigrar.
—Tu libro presenta una serie de canales de desarrollo agroalimenticio. ¿Has compartido con otros economistas tus ideas, de manera que puedan ayudar con sus experiencias y tesis a enriquecer y ajustar lo que sea necesario de tu libro?
He entregado el libro al Banco Interamericano de Desarrollo para su valoración, al Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, al secretario de Estado, así como al Instituto de Estudios Cubanos de la FIU para su estudio. De todos ellos esperamos respuestas. Colegas a los que lo he entregado han dado su agrado y han brindado su disposición a colaborar en cualquier momento que los necesite.
—¿Cómo te gustaría que se recibiera tu libro?
Con amor hacia la nueva Cuba, sin celos profesionales, sin politiquería. Yo no cobro nada por su implementación, no lo estoy vendiendo, soy profundamente martiano y él me enseñó que “el conocimiento es para transmitirlo, no para guardarlo para uno solamente”, máxime tratándose de un país en ruinas y herido por el maltrato recibido de sus gobernantes los últimos 124 años de su liberación.
Como he narrado, cientos de miles de hectáreas están sin uso. Espero que los profesionales de la agricultura y la ganadería vean en el libro un camino para devolver a Cuba su potencial productivo, para beneficio de su pueblo y la economía del país.








0 comentarios