Hace 200 años, Jedediah Smith llegó a California (III)
Por Rafael Jesús de la Morena Santana
El receloso Echeandía actuó con caballerosidad y aceptó las razones del padre Sánchez, quien creía en la palabra de Jed de que no cometerían actos hostiles contra la soberanía mexicana. Los mountain men no irían a la cárcel; permanecerían en arresto domiciliario dentro del perímetro de las propiedades de San Gabriel hasta que se tomara una decisión oficial respecto a ellos.
Por la gentil y valerosa actitud del franciscano, Smith y sus fieles quedaron refugiados en el paradisíaco lugar, con relativa libertad dentro de la misión durante dos meses. Así apreciaron el elevado nivel económico alcanzado por la obra misional, superior al de cualquier hacienda que hubiesen conocido. Cooperaron en las actividades productivas hasta que el Gobierno mexicano les comunicó que eran libres de retirarse y cruzar la frontera de regreso al Este.
El 17 de enero de 1827, agradecidos por la hospitalidad de la Iglesia católica y, en especial, del padre Sánchez, cuya colaboración Jed reconoció públicamente y a quien proclamó como gran amigo, comenzaron otra audaz correría: por el valle de San Bernardino hasta las alturas de San Gabriel; luego giraron al norte por el valle Central, a la zona del actual Sacramento y acamparon en el río Stanislaus.
Jed quería llegar a tiempo a la reunión de los mountain men que debía efectuarse en la actual Utah. Partió con Robert Evans y Silas Gobel para penetrar en Sierra Nevada. El invierno, en marzo, estaba en su apogeo. En un alarde de resistencia física, vencieron la impresionante cordillera y salieron a la Gran Cuenca, un abrasador desierto donde ahora debían soportar el calor. Tras largas semanas, en junio de 1827 y después de recorrer seiscientas millas, Evans, extenuado, cayó rendido. Se imponía abandonarlo a su suerte, pero Jed tenía una suprema fe en Dios. Le prometió a su amigo que conseguiría agua y volvería a auxiliarlo: “De no ser así —le dijo—, pronto nos reuniremos en el cielo”.
Silas pensó que Jed se había vuelto loco. Era imposible rescatar a Evans, pero, por disciplina, no enfrentó al líder. Unas millas adelante, en un lomerío, tropezaron con vegetación. Pensaron que era un espejismo, pero vieron un manantial. No podía ser real; aquello parecía inverosímil… ¡Era un genuino oasis! ¡Estaban salvados! Llenaron las cantimploras, volvieron atrás para reanimar a Evans y, juntos, retornaron al Gran Lago Salado. Transitaron por Utah y, en julio, entraron, para sorpresa de sus socios, en la reunión de los tramperos, a orillas del Bear Lake, en Utah.
Lo curioso de este periplo de retorno al Este, por montañas y desiertos, es que, a pesar de que Jed ubicó en un mapa la fuente de agua fresca y posteriormente otros exploradores pasaron por el lugar, incluido el propio Jed Smith, ¡nunca se volvió a encontrar este “oasis”! La fuente pudo haberse secado, algo normal, pero podríamos pensar que quizás el Señor quiso premiar la vida ejemplar del legendario mountain man y sus profundas convicciones cristianas con un milagro en el desierto.
Jedediah Smith era tenaz. Ahora que había conocido California, nada ni nadie lo detendría en la exploración de aquel Jardín del Edén. A los doce días ya estaba en el sendero del río Colorado hacia el sur, con una veintena de seguidores. Esta vez, los indígenas mojaves estaban en pie de guerra y los atacaron: diez tramperos cayeron. Jed y los sobrevivientes se batieron en retirada y, por los valles de San Bernardino y Central, llegaron al campamento del río Stanislaus. En septiembre acudieron a la Misión de San José. Esta vez los precedía la fama de Jed. El recibimiento fue cordial y fueron alojados por el padre Narciso Durán, quien advirtió que tenía que dar parte a las autoridades competentes, es decir, al propio gobernador.
Esta vez Echeandía montó en cólera. Los mountain men no eran bienvenidos: era una falta de respeto al poder político y violaban la ley que él encarnaba. Fueron detenidos y conducidos a la cercana Monterey. Los oficiales mexicanos los trataron con respeto y se les concedió detención domiciliaria mientras se debatía su futuro, negociación que duró largas semanas.
Gracias a la intervención de los frailes, de norteamericanos y británicos que vivían en la ciudad, así como de capitanes de barcos estadounidenses anclados en la bahía, con John Cooper como vocero, se reunió una fianza que proporcionó la libertad a Jed y a los tramperos, en contra del sentir de Echeandía. Ahora tenían la opción de dedicarse a la caza y a la exploración del territorio.
Sin embargo, Jed sabía que no debía forzar la mano del gobernador, molesto con unos intrusos a quienes había indultado una vez. Permanecer allí sería una provocación y pondría a prueba la hidalguía del militar, un caudillo capaz de reacciones violentas. Era evidente que Echeandía tenía un carácter severo; los jefes como él no perdonan dos veces y, si es necesario, toman la justicia por su cuenta.







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