Hace 200 años, Jedediah Smith llegó a California (II)
Por Rafael Jesús de la Morena Santana
El apasionado y robusto Jed, con sus atléticos seis pies y tres pulgadas de estatura, descolló en lances con nativos belicosos, bandidos y fieras. En 1823, en defensa de sus compañeros, sufrió graves heridas al intentar detener a un oso gris. Convertido en uno de los mejores mountain men de las Montañas Rocosas, fue la máxima expresión de estos intrépidos exploradores.
Recorrió miles de millas a caballo, exploró ríos en balsas, canoas y barcazas, y ascendió y cruzó el formidable conglomerado de cordilleras que cubren el centro-oeste de Norteamérica y forman la divisoria continental. En ocasiones, aprovechó los informes de precedentes expediciones españolas, como las de Coronado, Rivera, Escalante y Anza, que el Virreinato de Nueva España había tratado de mantener en secreto por razones geopolíticas y estratégicas.
Jed redactó detallados diarios de sus expediciones, confeccionó precisos mapas y ayudó al trazado de las vías que seguirían las caravanas de pioneros que poblaron el Medio y el Lejano Oeste. Él y Thomas Fitzpatrick redescubrieron el South Pass… y reavivaron su uso, en las Rocosas de Wyoming; fue clave para estimular el uso del Camino de Santa Fe y contribuyó a abrir el Oregon Trail.
De las Rocosas a California, de ida y vuelta… ¡dos veces!
La mayor gesta de Jed fue llegar a California. La magistral empresa la inició el 22 de agosto de 1826, en Cache Valley, Utah, durante la reunión anual de los mountain men. Con 15 hombres, cabalgó rodeando el Gran Lago Salado y se dirigió resueltamente hacia el sur. Durante semanas atravesaron cañones, superaron cumbres y, bordeando el río Colorado, se encontraron con nativos mojaves pacíficos que les dieron cobijo, comida y caballos. En aquella aldea nómada descansaron y luego estos amigos los acompañaron durante un buen tramo del azaroso viaje.
Entonces enfrentaron la parte decisiva: atravesar el desierto de Mojave de noreste a suroeste. Para afrontar tamaño desafío contaron con dos guías indígenas Vanyume. En aquel obstáculo geográfico sufrieron la tortura de la sed y el hambre, el tórrido calor diurno y el frío nocturno, además de las tormentas de arena. Aun así, avanzaron con determinación por un suelo rocoso y arenoso que intentaba frenar su marcha. El esfuerzo valió la pena: tras superar otra cordillera, salieron al fértil valle de San Bernardino y contemplaron, alegres, el espléndido paisaje de California.
Jed y Abraham La Plant se adelantaron a caballo hasta la Misión de San Gabriel Arcángel, sagrado lugar que les brindaba esperanza en el cumplimiento de su riesgosa expedición. Se identificaron y explicaron el motivo de su incursión. Reconocidos como huéspedes por el padre José Bernardo Sánchez, al día siguiente los restantes expedicionarios quedaron al abrigo de los misioneros.
Los quince mountain men, distinguidos por sus típicas ropas de cazadores, recibieron un trato afable. Para Jed, que había aprendido español, la Misión de San Gabriel era como estar en casa. Era un hombre frugal: no consumía bebidas alcohólicas ni fumaba. Devoto cristiano, practicaba el culto metodista, rezaba con regularidad y siempre llevaba consigo la Biblia, de la que sabía de memoria diversos versículos, salmos y proverbios.
Enterado el teniente coronel José María Echeandía, gobernador que velaba por los intereses de México, de la visita sin invitación ni permiso de aquellos extranjeros, ataviados con sus exóticos trajes de piel y armados hasta los dientes, intentó llevarlos presos, acusándolos de confidentes de los Estados Unidos. El padre José Sánchez, administrador de la Misión de San Gabriel, conocedor del alma humana y apoyado por los frailes, los defendió y se responsabilizó de la custodia de los exploradores, a quienes veía como gente decente, de buenas intenciones, necesitada de reposo y alivio tras una odisea por lo desconocido, no como espías o proscritos. Para el sacerdote, aquellos hombres eran sus hermanos, y no le faltaba razón.







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