ACTUALIDAD CON JULIO ESTORINO

Written by Luis De La Paz

13 de octubre de 2026

Cuando se le pregunta a Julio Estorino dónde nació, responde: “En Unión de Reyes, el pueblo más lindo de Cuba”. Lo dice con una mezcla de humor y cubanía que siempre provoca la risa de quienes lo escuchan, pues sabe manejar sus ocurrencias con soltura y gracia.

Lo conocí primero por su voz. Cada mañana, precisamente a la hora en que sonaba la alarma de la radio para irme a trabajar, escuchaba de fondo a Estorino y su programa Canta Claro (con un canto de gallo al comenzar y terminar su segmento). Era un agudo mensaje sobre la actualidad que transmitía cada amanecer; creo recordar que por Radio Mambí o quizás La Cubanísima, dos emisoras de radio, ya desaparecidas, fundamentales en Miami y en el desarrollo de la comunidad cubana, pues los propios cubanos que las regentaban las descubanizaron.

Luego, esa voz radial tuvo rostro y pude acercarme al hombre y al escritor gracias al PEN Club de Escritores Cubanos en el Exilio —filial del PEN Internacional—, institución de la que ambos somos miembros. Descubrí a un hombre conservador, muy medido en sus palabras, de esos que no buscan irritar a nadie, pero preciso en sus opiniones; ferviente católico y profundamente dedicado a la causa cubana, tanto en lo político como en lo cultural.

Estorino es un hombre culto, informado y afable, con una vida llena de episodios sorprendentes. Luchó contra Fulgencio Batista y luego contra Fidel Castro y su régimen. Estuvo asilado durante un año en la Embajada de Uruguay en La Habana hasta que partió al exilio en 1963. Ha sido periodista de Radio Martí y presidió los Municipios de Cuba en el Exilio; por ello, la actualidad mantiene en él una vigencia permanente.

—Recientemente fuiste parte de los organizadores del seminario interactivo en conmemoración del 65.º aniversario de la persecución católica en Cuba. ¿Cuál fue el propósito del programa y su resultado?

—El primer propósito fue cumplir un deber fundamental como católicos y como cubanos: rendir un homenaje de gratitud y recordación a aquellos compatriotas que, en los peores tiempos de la persecución de la dictadura castrocomunista contra la Iglesia, perseveraron en la fe y en la defensa de los derechos del pueblo cubano.

La historiadora Teresita Fernández Soneira puso el tema en contexto al recordarnos cómo la petición de los mambises al papa Benedicto XV —solicitándole que declarara a la Madre de Dios, bajo la advocación de la Virgen de la Caridad del Cobre, como patrona de Cuba— cimentó la identidad católica del pueblo cubano. Centramos el seminario en los sucesos de septiembre de 1961, porque intentar abarcar todo lo ocurrido desde el fatídico 1.º de enero de 1959 nos habría impedido ofrecer detalles importantes que forman parte de la historia.

No podemos perder de vista que el ataque castrista contra la religión les costó la vida a algunos, como fue el caso del mártir Arnaldo Socorro, asesinado durante la procesión de la iglesia de la Caridad, en La Habana, el 10 de septiembre de 1961; mientras que muchos otros fueron víctimas de la brutal represión y sufrieron años de presidio político, como los condenados a nueve años de encierro en la Causa 424 de 1961.

Recordamos también en este seminario a los 131 sacerdotes que fueron expulsados de Cuba, literalmente a punta de fusil, en el vapor Covadonga. Entre ellos se encontraban el obispo auxiliar de La Habana, monseñor Eduardo Boza Masvidal, y el entonces joven párroco de Coliseo y Lagunillas, en Matanzas, quien más tarde en su destierro se convertiría en nuestro muy recordado monseñor Agustín Román.

Y como precisamente el pasado mes de septiembre se cumplieron quince años del fallecimiento en el destierro del padre Miguel Ángel Loredo, sacerdote y exprisionero político, también le dedicamos un recuerdo especial.

El otro propósito de este seminario fue presentar este triste y a la vez heroico capítulo de nuestra historia reciente a los jóvenes cubanos —muchos de ellos vinculados a la Iglesia, tanto en Cuba como aquí— que tal vez no lo conocen o que, conociéndolo, ignoran detalles importantes que allí se expusieron. Ahora las redes sociales nos ayudarán a cumplir este objetivo.

Aprovecho esta oportunidad para dar las gracias a los amigos que ofrecieron sus testimonios en el curso del seminario. Además de Teresita, a quien ya mencioné, participaron Ángel de Fana, Eduardo de la Fuente, Ricardo Toledo, Ronald Viñas, Nelvis Rasua y Germán Miret; todos realizaron una excelente labor. Y debo mencionar con especial gratitud al padre José Espino, rector de la Ermita de la Caridad, por su apoyo y promoción de esta iniciativa.

—¿Cómo valoras el camino recorrido por la Iglesia frente al castrismo?

—Al hablar sobre la Iglesia hemos de tener presente esa frase, popularizada en tiempos recientes, que afirma con mucha razón que “la Iglesia no es un museo de santos, es un hospital de pecadores”. Al igual que en todas las cosas en las que tomamos parte los pecadores —ya sean clérigos o laicos—, hay luces y sombras. Sin embargo, creo sinceramente que, en el caso de las iglesias cristianas en Cuba (tanto la católica como las evangélicas o protestantes), las luces superan a las sombras, tanto en lo patriótico y cívico como en lo humanitario.

Si tomamos en cuenta que, en estos precisos momentos, las voces más altas y enérgicas de la denuncia a la dictadura y en el reclamo de los derechos de nuestro pueblo dentro de Cuba son las de sacerdotes contestatarios como los padres José Conrado Rodríguez, Alberto Reyes Pías, Castor Álvarez y otros, así como la de una valiente mujer, sor Nadieska Almeida, superiora de las Hijas de la Caridad en Cuba, vemos que sencillamente tenemos que descubrirnos ante su valor, civismo y la correcta aplicación del Evangelio a la vida cotidiana. Creo que los católicos cubanos tenemos un legítimo motivo de orgullo en hombres y mujeres de Dios como los que he mencionado.

—¿Qué significó para ti escribir Biografía de un hombre de Dios? ¿Cómo fue el proceso de reunir información sobre monseñor Román?

—Fue un proceso largo y a veces complicado, pero muy provechoso para mí. Al escuchar a monseñor Román contar su vida de forma natural y sin pretensiones, tal como era él, pude comprobar que Dios me estaba regalando el privilegio de la amistad y el afecto de un santo. Convencer a monseñor para que me contara su vida punto por punto, las horas de grabación, lograr que él mismo hiciera las correcciones al revisar los textos, el tiempo dedicado a entrevistar testigos, redactar la historia y darle coherencia… todo ese proceso me llevó poco más de dieciocho años. Pero creo que el esfuerzo valió la pena y le doy gracias a Dios por ello.

—Has sido testigo y partícipe de la vida cultural de Miami. ¿Cómo valoras la labor literaria de los exiliados cubanos?

—Luis, yo creo que la labor literaria de los exiliados cubanos habla por sí misma. El simple hecho de que, desde los durísimos tiempos iniciales de este destierro de cubanos demócratas y anticastristas a partir de la segunda mitad del siglo pasado, poetas, ensayistas, dramaturgos e historiadores hayan dedicado tiempo, esfuerzo y dinero a escribir obras —muchas de altísima calidad—, aun a sabiendas de que publicarlas era casi siempre una inversión sin recompensa económica, habla muy bien de nuestros escritores. Y lo mismo puede decirse de los editores, pintores, escultores, actores, actrices, bailarines, coreógrafos, músicos y artistas de todo género. Además, debemos destacar que mucha de esa labor literaria y artística tuvo como misión y contexto la denuncia de la opresión que sufre nuestro pueblo. Eso tiene un valor innegable. Tú mismo, Luis, eres un vivo ejemplo de todo ello.

—En 2020 recibiste una mención de honor en el Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística en España por tu libro El delirio del barro. Es un tipo de poesía que requiere un estado de exaltación suprema, casi de comunicación con Dios. ¿Cómo lograste esos poemas?

—La poesía mística es lo más espontáneo, sincero y fácil de escribir para un poeta que cree en Dios y, en consecuencia, ora y habla con Él. Para explicarme bien, te voy a contar cómo escribí la mayor parte de los poemas que forman El delirio del barro.

Yo tenía un trabajo como vendedor —labor para la cual no tengo madera, aunque era lo que tenía y todavía hoy agradezco, pues era una buena empresa con excelentes jefes y compañeros—. Frecuentemente debía asistir a conferencias y capacitaciones sobre nuevos productos y tácticas de venta; me aburría enormemente en esas charlas y, mientras los ponentes hablaban, me ponía a escribir sin premeditación alguna en cualquier pedazo de papel que tuviera a mano.

Escribía lo primero que me venía a la mente… y eran, casi siempre, conversaciones con Dios. Eso es la poesía mística: la forma en que los poetas hablan con Dios. Te decía que es la poesía más sincera y espontánea porque a Dios no lo puedes engañar, ni sirve de nada intentar deslumbrarlo con artilugios del lenguaje.

—¿Cuáles son tus deseos para una Cuba futura, esa que a veces parece estar cerca y luego se aleja?

—Aunque citar a Martí sea algo muy recurrente entre los cubanos, nadie resumió como él mi respuesta a tu pregunta. Él dijo que su meta —o su ideal, no recuerdo bien— era el respeto a la dignidad plena del hombre, y, con toda sinceridad, ese es también mi sueño como cubano.

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