LA MODA DEL INSULTO

25 de agosto de 2026

Hace años, en tiempos de nuestra juventud, la práctica del insulto era propia de personas incultas, de escasa educación. Tal vez en los barrios marginales escuchábamos fuertes peleas verbales, en las que, en términos generales, las personas acudían a la insolencia para dirimir diferencias o resolver conflictos.

Hoy día, el insulto es una práctica común, sin respetar límites ni clases. Probablemente muchos piensen que exagero, pero ciertamente creo que el dictador Fidel Castro fue el individuo que introdujo el insulto en el quehacer político. Llamó “burro” al presidente Kennedy, utilizó palabras injuriosas para referirse a importantes figuras del Gobierno estadounidense y no escatimó en ofensas y falsedades para referirse a congresistas, estadistas y figuras de relieve público de la patria cubana cuando esta era libre. 

Usaba cámaras y micrófonos para vaciar su odio a raudales sobre importantes figuras que no podían defenderse ni acudir a una corte de justicia. En su demagogia verbal nos llamó “gusanos” y “escoria”, simplemente porque optamos por ejercer el derecho de abandonar el país.

El ex autoproclamado presidente Nicolás Maduro llamó “energúmeno” al expresidente Uribe y su antecesor, Hugo Chávez, en la Asamblea de las Naciones Unidas, cuando el presidente Bush dejó el podio, lo acusó de dejar “peste a azufre”, llamándolo indirectamente “diablo”.

El expresidente de Ecuador, Correa, un hombre instruido devenido en dictador, llamó a sus opositores “una bandada de facinerosos” y a los periodistas que querían cumplir con su labor informativa los tildó de “traficantes de la noticia”.

Daniel Ortega, un guerrillero que se trepó a la presidencia de su país, utiliza un lenguaje vulgar y ofensivo para referirse a los ciudadanos de su gobierno que quieren ejercer la libertad de crítica.

No queremos implicar que en Estados Unidos el insulto político sea inexistente. Las campañas electorales en esa nación están muy a menudo salpicadas de expresiones ofensivas. 

En la política, lamentablemente, muchos candidatos fundamentan sus aspiraciones no en méritos propios, sino en los supuestos desméritos de sus oponentes. Las acusaciones basadas en indiscreciones, rumores e inventivas son un menú reiterado en la búsqueda de votos.

El insulto ha sido un arma ofensiva y, a veces, defensiva. Se ha usado en tribunales, en los escenarios deportivos, en programas radiales y televisivos y en asambleas políticas. 

Un problema que nos inquieta es que se ha generalizado de tal forma su uso que se ha convertido en ingrediente de discusiones domésticas, incidentes de tránsito, encuentros casuales, diferencias partidistas y situaciones de conflicto.

Sin tratar de justificar el insulto como elemento propio de nuestras relaciones, debemos decir que, a menudo, es el resultado de provocaciones que nos alteran. 

Hace varios años iba yo conduciendo mi automóvil cuando, aparentemente, me interpuse en el paso de otro conductor que, sintiéndose molesto, me gritó “¡estúpido!” a todo pulmón. Yo detuve mi carro y el individuo aludido hizo lo mismo. Al inclinarme para salir de mi vehículo, uno de mis hijos me gritó: “Papi, recuerda que eres un pastor”.

De inmediato le dije a la persona que iba a confrontar que sentía mucho lo sucedido y que quería ofrecerle mis excusas. El individuo en cuestión me miró asombrado y me extendió la mano, diciéndome: “Usted es un hombre decente. Yo soy quien debe pedirle perdón por insultarle”.

¿Quieren saber el final de la historia? Ese hombre, llamado Pedro Muñiz, ya fallecido, fue miembro de mi iglesia por más de veinte años.

La moraleja es que una excusa sobrepasa en valor a un insulto y que un elogio neutraliza totalmente los efectos nocivos de una ofensa.

Una persona insulta a otra que se le adelanta en la fila de quienes esperan para pagar sus compras. A menudo, una discusión cargada de insultos termina en una pelea a golpes que culmina con un arresto policial. 

No es cosa rara escuchar la noticia de que un automovilista irritado mató de un disparo a otro que estuvo a punto de provocarle un accidente. No vale la pena que nos convirtamos en homicidas por la provocación de lo que consideramos un insulto.

No siempre la cosa es tan trágica. A veces hay situaciones comunes que provocan circunstancias lamentables. Supe, en mis días de estudiante, de dos grandes amigas que se pelearon durante largo tiempo porque una llamó “gorda” a la otra. 

En un partido de béisbol, en el que competían dos equipos de jóvenes que se identificaban como cristianos, se produjo “una cámara húngara”, frase asociada a un juego de waterpolo disputado en 1956 entre los equipos de Hungría y la Unión Soviética, en medio de las tensiones de la llamada Revolución húngara.

La pelea verbal, volviendo a nuestros muchachos, llegó a tales extremos que el árbitro tuvo que suspender el juego. El problema es que, a menudo, empeoramos una simple discusión con una retahíla de insultos que rompe amistades. La cortesía, en nuestra época, se ha perdido y no hemos sido capaces de reencontrarla para ponerla nuevamente a funcionar.

El origen del vocablo “insulto” es interesante. Es de la misma raíz de “saltar”. Insultar es, pues, saltar sobre otro. No es exactamente sinónimo de “asaltar”, pero no cabe duda de que nuestras palabras pueden ser más fuertes que un atraco o un empujón.

En el libro bíblico de Proverbios hay una expresión apropiada para recordar: “El necio al punto da a conocer su ira; más el que no hace caso de la injuria es prudente”. Y acudimos a otra cita: “La blanda respuesta quita la ira; más la palabra áspera hace subir el furor”.

Y terminamos refiriéndonos a las discusiones domésticas, a las peleas entre cónyuges. Se cuenta que el evangelista Billy Graham, en cierta ocasión, pidió a los matrimonios presentes en una asamblea que nunca habían tenido una discusión que levantaran sus manos. Fueron tantas las manos levantadas que el ilustre predicador dijo: “Bueno, creo que es oportuno mi sermón de hoy sobre los mentirosos”.

Claro está que resulta casi imposible que dos personas que compartan, año tras año, las 24 horas de cada día no hayan tenido sus fricciones. El problema reside en la pérdida del control. Y la recompensa, si somos sabios, es el milagro de la reconciliación.

Por mi oficina de consejería pastoral pasaron muchas parejas que se sentían alejadas por haber intercambiado serios insultos durante una determinada discusión. Pronto descubrí que damos más importancia a lo que nos dicen que a lo que decimos. 

En una discusión siempre hay dos actores y ninguno de los dos quiere perder. Mi táctica era, después de los intercambios de impresiones, acudir a estos versos, que creo son de Pedro Mata: “La tarde más bella está después de la tormenta; quiero reñir contigo solo por hacer las paces”.

La única salida honorable de una discusión en la que se intercambian insultos es la reconciliación, es decir, el reencuentro de dos corazones que se habían separado. Nosotros, los exiliados, que compartimos las mismas tristezas y anidamos las mismas esperanzas, debemos construir puentes que nos unan, no abismos que nos separen.

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