EL ENIGMA CIENFUEGOS

25 de agosto de 2026

Para mí, un firme estudioso durante 70 años de la problemática cubana, lo más sorpresivo, interesante, polémico y cuestionable es el enamoramiento a primera vista —y muchísimas veces eterno— con el señor Camilo Cienfuegos Gorriarán.

Parece que, con su carácter simpaticón, jacarandoso, mujeriego y una sonrisa Colgate, cautivó a muchos hombres y mujeres hasta después de muerto.

Cuando interpelamos a sus eternos simpatizantes sobre el motivo exacto de su admiración, nos aseguran, simplemente, que “era buena gente”, que “era diferente al resto de los comandantes”, que “era chévere”, que “era guapo”, que “se distinguió tomando el cuartel de Yaguajay” y que “se portó bien en el caso de Huber Matos”, sin poder, casi nunca, dar detalles específicos sobre esa supuesta bondad infinita.

Muy difícil resulta para sus eternos defensores explicarnos ¿cómo es posible que el monstruo confiara en él, poniéndolo a la vanguardia, enviándolo al Escambray a doblegar a los alzados en esa zona, mandándolo a La Habana en enero de 1959 y, finalmente, nombrándolo jefe del Ejército, si era una “mansa paloma”?

Todavía, a estas alturas, les cuesta mucho trabajo a sus detractores poder decir que “era un HP igual que todos los demás barbudos”, sin que les salgan al paso sus defensores para comérselos vivos, santificando al “Señor de la Vanguardia”.

Y muy difícil también es para sus alabarderos justificar el haber llegado a la Sierra del Escambray, subestimar a los comandantes del Directorio y del Segundo Frente, degradar y prácticamente eliminar a los alzados de la Organización Auténtica, y otorgarle grados de comandante al comunista Félix Torres y a los cuatro gatos del Partido Socialista Popular que lo rodeaban.

En realidad, la gran verdad es que Camilo se murió a tiempo, sin darles oportunidad ni a unos ni a otros —ni a defensores ni a críticos— de tener la razón con respecto a él.

En el terreno personal, solo puedo decirles que, desde 1959 hasta hoy, no me resulta ni antiflogístico ni antiespasmódico.

A la eterna discusión solo puedo añadir que, cuando fue a jugar béisbol junto al recién estrenado dictador, dijo:

“Contra Fidel no me pongo ni a jugar a la pelota”.

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