Por Luis Oliva Pulgaron (1950)
El 20 DE MAYO es, posiblemente, la fecha más destacada de nuestro calendario patriótico-histórico. Sucesos que tuvieron honda repercusión en nuestras epopeyas libertades y en nuestra vida ciudadana, y aún relacionados íntimamente con el genial genovés que realizó la proeza magnífica de sacar esta tierra del anonimato geográfico, se han producido en este día. Y en el devenir de los siglos, una larga teoría de acontecimientos, ya faustos, ya lamentables, han tenido verificación, precisamente, en este vigésimo día del mes denominado “de las flores”.
Así, en el caso de la relación y remontándonos a época tan lejana como el siglo XVI, vemos que Cristóbal Colón, el inmortal navegante que logró realizar con el Descubrimiento de América una de las hazañas más grandes que registra la Historia, falleció en Valladolid el 20 de mayo, de 1506, después de haber dado nuevos florones a la corona de Castilla y dejar trillado el camino para la que, cuatro siglos más tarde, sería nuestra patria cubana. Por cierto que, al anotarse en el Registro de Defunciones de la Iglesia Catedral habanera la inhumación de sus restos, en 1795, se hizo constar que los mismos “se extrajeron de la ciudad de Sevilla, donde falleció en 1506”. Error de no poca importancia y que se destaca como coincidencia pues si la ciudad cuna del Gran Almirante ha sido y continúa siendo tan discutida, y el lugar donde se conservan sus cenizas es todavía motivo de enconadas polémicas, no tendría nada de particular que un buen día, con el dato catedralicio a la vista, se sacara a debate el sitio donde expiró don Cristóbal.
Mas, volviendo al 20 de Mayo y saltando tres centurias, hasta los días en que se gestaron nuestros movimientos independentistas, vuelve esa fecha a tener influencia marcada en los acontecimientos. Sangre insurrecta tiñe la fértil campiña criolla en tal día del año 1869, al ser fusilados en Puerto Príncipe los patriotas Tiburcio Guerra, Juan A Pérez, Juan Brito, Manuel Téllez y Francisco Batista, y en Santiago de Cuba, el comandante del Ejército Libertador Antonio Rodríguez. Pero no son solamente ejecuciones lo que la fecha nos trae. También se producen en un 20 de mayo (1876) actos de envergadura tal como la toma de posesión de la nueva representación nacional de los cubanos en armas, integrada por Pablo Beola, Fernando Figueredo Socarrás, Antonio Aguilera Borrero, Miguel Castellanos, Salvador Cisneros Betancourt, Eduardo Machado, Marcos García, Francisco Larrúa, José Aurelio Pérez, Federico y Luis Victoriano Betancourt. En 1897, tuvo efecto la declaratoria del Senado norteamericano admitiendo que en Cuba existía un estado de guerra y reconociendo a los insurrectos el derecho a la beligerancia. Y en 1890, falleció repentinamente en Valencia el general español Juan de Arolas, jefe que fue de la célebre trocha de Mariel a Majana y, en los días del bloqueo, gobernador de La Habana, distinguiéndose en dicha oportunidad por sus regulaciones para el consumo de víveres, que le hicieron el precursor de las “colas” que más tarde, en nuestra capital, han constituido el terror de las amas de casa.
Prolijo sería enumerar todos los acontecimientos ocurridos en un 20 de mayo y sólo dos sucesos más señalaremos: El muy triste de que en tal día del año 1895 recibió sepultura, sin caja y en una fosa común del cementerio del poblado de Remanganaguas, en las cercanías de Palma Soriano, el cadáver de José Martí, cuya muerte selló la suerte futura de un pueblo que habría de declararse nación libre siete años más tarde y precisamente otro 20 de mayo: el de 1902.
Y es este último 20 de mayo, fecha blanca y esencialmente de paz, el segundo suceso a señalar. Cuando repasamos las hojas de nuestro calendario patriótico, observamos que dos de las cuatro fechas declaradas solemnes, el 24 de Febrero y el 10 de Octubre, podrían marcarse en rojo, porque rememoran acontecimientos bélicos, de sangre y destrucción. El 7 de Diciembre es día de luto. El 20 de Mayo, en cambio, es distinto. No recuerda guerras ni muertes, sino paz y vida. Conmemora el nacimiento de una nación que, desde su inicio, solo aspiró a una vivencia tranquila y normal, aunque con libertad completa y absoluta.
¡20 de mayo de 1902! Día en que datamos este reportaje de ayer. Su llegada fue estruendosamente recibida. Cañonazos y bombas, voladores y cohetes unidos al repique de todas las campanas citadinas, anunciaron que había llegado el día. El Gran Día en que cumplirían los cubanos su mayoría de edad ciudadana. Apenas calmado el bullicio del recibimiento, los pocos habaneros que habían podido conciliar el sueño fueron despertados, a las cinco de la madrugada, por los grupos que recorrían las calles entonando la Diana Mambisa. Y aceptamos, sin reservas, las manifestaciones de los habaneros de entonces, quienes afirman que a las seis de la mañana no había un solo habitante que aún durmiera en esta ciudad, hasta poco antes considerada siempre fidelísima a la corona de España.
Aunque los actos no debían comenzar hasta el mediodía, desde hora temprana estaba el público aglomerado en los alrededores del Palacio de los Capitanes Generales, ansiosos de no perder detalle alguno de los sucesos que allí habrían de desarrollarse. Con extraordinaria calma esperaron hasta las doce menos veinte, en que acompañado de sus ayudantes y de los que serían sus secretarios de despacho, llegó don Tomás Estrada Palma, quien había arribado a Cuba, procedente de los Estados Unidos, el día 17 anterior. Vítores y aplausos siguieron al presidente electo, hasta mucho después de haber alcanzado la entrada de los salones centrales del palacio, donde le aguardaban el gobernador militar, Leonard Wood. y su Estado Mayor, para conducirlo al antiguo Salón del Trono, donde debía verificarse la ceremonia de instalación.
A las doce menos cinco el nuevo primer magistrado y su comitiva, los funcionarios interventores y los invitados, pasaron al salón citado. De pie y reverentemente esperaron la hora señalada. Y a las doce en punto, cuando el sol lanzaba sus rayos verticalmente sobre nuestra tierra, estaba ya el grupo reunido. De una parte, el presidente don Tomás Estrada, y el vicepresidente de la República Luis Estévez Romero, el generalísimo Máximo Gómez y los futuros miembros del Gobierno. Dándoles frente, el general Wood y su Estado Mayor. Y mientras las lenguas de bronce de las Iglesias cercanas daban las doce campanadas del mediodía, y en los alrededores de la antigua casona de los capitanes generales se escuchaba el estallido de bombas, cañonazos y cohetes, el Gobierno de la Isla se transfería de Norteamérica a Cuba, dejando de ser colonia para asumir un carácter republicano y tener la responsabilidad de su propia gobernación. La bandera norteamericana fue arriada en Palacio y lentamente para que ondeara libremente, graciosa y si se quiere desafiante, la enseña cubana fue izada hasta lo alto por el generalísimo Máximo Gómez, que nadie podía tener más derecho a ello que el valiente dominicano. Simultáneamente, los barcos surtos en puerto hicieron el cambio de bandera; en el Morro, el pendón norteamericano bajó del mástil para que las 45 estrellas con que entonces contaba la enseña de los Estados Unidos fueran sustituidas por una sola, la nuestra, la solitaria que había sabido campear por la manigua desde oriente hasta occidente. Y al descender la insignia del Tío Sam la República de Cuba la saludó, despedida cordial pero que quería ser eterna, con 45 cañonazos. Uno por cada estado de la Unión.
En el interior del palacio las ceremonias eran más formales. Un acta, rígida y protocolar, fue leída y los dos mandatarios estamparon en ellas sus firmas. Era el recibo de la Isla de Cuba que otorgaba al gobernante elegido por los cubanos. Antes, el presidente del Tribunal Supremo había hecho al de la República una pregunta ritual: “¿Jura usted por Dios o promete por su honor, desempeñar íntegramente vuestro cargo, cumpliendo y haciendo cumplir la constitución las leyes del país?” Y cuando la respuesta del viejo bayamés se escuchó firme y sin vacilaciones diciendo: «Juro por Dios y prometo por mi honor”. Nadie tuvo la menor duda de que así sería. Se trataba del primer gobernante cubano. Era nuestro propio vino.
Inmediatamente el general Wood pronunció un discurso alusivo y entregó al Presidente de la República una carta del Jefe del Estado norteamericano, Theodore Roosevelt, dirigida al Presidente y al Congreso de Cuba y redactada en estos términos: “Señores, el día 20 del presente mes el Gobernador Militar de Cuba, en cumplimiento de mis instrucciones, se hará entrega del mando y gobierno de la Isla de Cuba, para que de ahí en adelante los ejerza conforme a los preceptos de la Constitución acordada por vuestra Convención Constituyente, tal como fue promulgada en ese día; y en ese instante declarará que la ocupación de Cuba por los Estados Unidos ha terminado. “Al mismo tiempo quiero haceros presente la sincera amistad y los buenos deseos de los Estados Unidos, y nuestros más sinceros votos por la estabilidad y éxito de vuestro Gobierno, bienandanzas de la paz, la justicia, prosperidad y ordenada libertad entre vuestro pueblo, y por una perseverante amistad entre la República de los Estados Unidos y la República de Cuba”.
Las palabras del exgobernador militar fueron contestadas por el Presidente, quien dijo: “Como Presidente de la República de Cuba, recibo en este acto al Gobierno de la Isla de Cuba que usted me transfiere, en cumplimiento de las órdenes comunicadas a usted por el Presidente de los Estados Unidos, y tomo nota de que en este acto cesa la ocupación militar de la Isla. Al aceptar ese traspaso, declaro que el Gobierno de la República asuma, de acuerdo con lo preceptuado en la Constitución todas y cada una de las obligaciones que se impuso respecto de Cuba, el Gobierno de los Estados Unidos por virtud del Tratado firmado el 10 de diciembre de 1898 entre los Estados Unidos y S.M. La Reina Regente de España.–– Quedo enterado de estar pagadas, en cuanto ha sido posible, todas las responsabilidades pecuniarias contraídas por el Gobierno Militar hasta esta fecha; de que se han destinado cien mil pesos para atender, en cuanto fuere necesario a los gastos que pueda ocasionar la liquidación y finiquito de obligaciones contraídas por dicho Gobierno y de haberlas transferido al Gobierno de la República la suma de seiscientos ochenta y nueve mil ciento noventa y un pesos y dos centavos, que constituyen el saldo en efectivo existente hoy a favor del Estado. En el concepto de que les sea aplicable el Art. 8 del Apéndice Constitucional, el Gobierno cuidará de facilitar la ejecución de las obras de saneamiento proyectadas por el Gobierno Militar; procurará, además, en cuanto dependa de él y responda en el orden sanitario a las necesidades de ambos países, la observación del régimen implantado por el Gobierno Militar de Cuba.–– Queda entendido que la Isla de Pinos continúa de facto bajo la jurisdicción del Gobierno de la República a reserva de lo que en su oportunidad convengan el Gobierno de los Estados Unidos y el de la República Cubana, de acuerdo con lo preceptuado en la Constitución Cubana y en la Ley votada por el Congreso de los Estados Unidos, aprobada el 2 de marzo de 1901. Recibo con verdadera satisfacción la carta que al Congreso de la República de Cuba y a mí, dirige el Presidente Roosevelt, por los sentimientos de amistad hacia el pueblo de Cuba que la inspiran. Y aprovecho esta ocasión solemne en que resulta cumplida la honrada promesa del Gobierno y pueblo de los Estados Unidos respecto de la Isla de Cuba y consagrada la personalidad de nuestra patria como Nación soberana, para expresar a usted, digno representante de aquel gran pueblo, la inmensa gratitud que siente el de Cuba hacia la Nación Americana, hacia su ilustre presidente Theodore Roosevelt y hacia usted, por los esfuerzos que para el logro de tan acariciado ideal realizado”.
Seguidamente, el presidente refrendó sus primeros decretos, por los que quedó integrado su Gabinete en la siguiente forma: Estado y Justicia, Carlos Zaldo Beurmann; Gobernación, Diego Tamayo Figueredo; Hacienda, José María García Montes; Agricultura, Industria y Comercio, Emilio Terry Dorticós: Instrucción Pública, Eduardo Yero Buduén y Obras Públicas, Manuel Luciano Díaz y Sosa.
Y, con ello, quedó terminada la ceremonia del cambio de poderes. Durante el resto del día, se verificaron numerosos actos sociales, un Solemne Te Deum en la Iglesia Catedral y un paseo en coche del presidente por todas las calles capitalinas, que estaban adornadas con innumerables arcos de triunfo. Y, como final de este que quiere ser de este reportaje retrospectivo, digamos que la primera embarcación que penetró en el puerto de La Habana, después de ondear en el Morro la bandera cubana, fue el vapor norteamericano “México”, al que dio entrada el práctico Francisco Estráviz.
Después ha habido muchos 20 de mayo. En progresión de cada cuatro se repitieron las ceremonias protocolares del cambio de gobierno, aunque en ninguno con tanto entusiasmo popular como en el primero, cuando el vasallaje de Cuba se declaró oficialmente terminado; sin pensarse entonces en posibles futuros tratados onerosos ni en argucias diplomáticas que pudieran limitar, real aunque no aparentemente, la soberanía nacional. Cada cuatro 20 de Mayo sucesivo fue también Día de Esperanzas para el pueblo de Cuba, ansioso de que los nuevos gobernantes hicieran buenas sus promesas programáticas electorales y le dieran la paz y el bienestar a que siempre aspiró justamente; pero el recuento de cada período, y su terminación, ha sido totalmente negativo.
Hoy, el 20 de Mayo es solo un recuerdo. Ya no tiene en nuestro calendario ciudadano la significación de antaño. Solamente se recuerda como la fecha natal de la República. Las ceremonias de instalación de nuevos mandatarios se verifican ahora el 10 de Octubre. Y al repasar la historia del último medio siglo, retrotraer nuestro pensamiento a lo que debe haber sido el año 1902 y contemplar lo que resulta de la nueva significación del Día en que se dio el heroico Grito de Yara, solo nos cabe añorar el gozo y la alegría de aquel primer 20 de Mayo y sentir pena, profunda pena, por el 10 de Octubre.







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