Por Andrea Insa Marco
Cada uno de sus 12 distritos —‘Bezirke’, en alemán—, con historia, identidad y carácter propios, es una versión de una metrópoli camaleónica, con aire provinciano y alternativo, que se niega a ser encasillada.
La “zona cero”: la Puerta de Brandeburgo
“Mientras la Puerta de Brandeburgo permanezca cerrada, la cuestión alemana seguirá abierta”, declaró Richard von Weizsächer, desde la República Federal de Alemania (RFA), sobre el símbolo más potente de Berlín. Diseñado por Carl Gotthard Langhans, inspirado en la Acrópolis ateniense y construido entre 1788 y 1791, el monumento ha sido testigo de acontecimientos determinantes de la suerte de la ciudad: Napoleón tomó como botín de guerra la cuadriga de bronce que corona sus columnas, sufrió graves daños por los bombardeos aliados y las batallas callejeras de la II Guerra Mundial, y quedó atrapada entre dos mundos con la Guerra Fría.
Hoy, con la diosa romana Victoria en su cima, la Puerta de Brandeburgo es la “zona cero” de Berlín, desplegándose a su alrededor toda una urbe por descubrir: el Reichstag —sede del parlamento alemán— un lado, la embajada estadounidense, el Monumento a los judíos de Europa asesinados y la Potsdamer Platz, al otro; y los jardines de Tiergarten y la avenida Unter den Linden a sus espaldas y de frente.
El boulevard Unter den Linden, testigo de todo, y la Isla de los Museos
Desde el ocaso de la República de Weimar hasta los desfiles nazis, Unter den Linden, artería principal de la ciudad, ha sido testigo de todos los acontecimientos berlineses desde el siglo XIX. En su recorrido de kilómetro y medio se puede disfrutar del hotel Adlon o el edificio de la Ópera, antes de alcanzar el Schlossbrücke, el puente que conduce a la Isla de los Museos.
Pérgamo, Bode, Neues, Antigua Galería Nacional y Atles, son los cinco grandes museos de Berlín, que se alzan sobre la isla del río Spree. Aquí esperan el busto de Nefertiti, en la tercera galería, pinturas impresionistas de Monet y Renoir, y esculturas maestras de Donatello, entre otros. En este enclave declarado patrimonio de la humanidad de la Unesco en 1999, también está la galería James Simon.
El punto neurálgico,
descentrado y
desestructurado: Alexander Platz
Si la Puerta de Brandeburgo es la “zona cero” de Berlín, Alexander Platz es su punto central. Con ocho hectáreas de zona peatonal, la plaza está dominada por los 368 metros de la torre de televisión, que ofrece vistas panorámicas de la metrópoli y un restaurante giratorio.
Viajeros, berlineses y personalidades del mundo de la ficción —es escenario de ‘Babylon Berlin’— frecuentan a diario Alexanderplatz, un lugar habitado también por la fuente de Neptuno, la iglesia de Santa María o Marienkirche y el reloj mundial Weltzeithur, que marca la hora de 24 zonas horarias.
Postdamer Platz, el
renacimiento tras la
destrucción
Hace apenas unas décadas, Postdamer Platz era un desierto arrasado por la II Guerra Mundial y atravesado por el Muro de Berlín. Pero, con la reunificación alemana, comenzó un renacimiento de la mano de arquitectos como Rafael Moneo, Richard Rogers o Arata Isozaki que consiguió levantar edificios como el antiguo Sony Center, el Boulevard der Stars o la Torre Kollhoff, donde antes solo había vacío y ruinas.
Entre esta plaza y el canal Landwehr está un conjunto artístico, cultural y arquitectónico, el Kultuforum, que acoge a instituciones del prestigio de la Filarmónica de Berlín o la sede 2 de la Biblioteca Estatal.
Tras los rastros del Berlín soviético
La noche del 12 al 13 de agosto de 1961, como metáfora del mundo, Berlín se partió en dos. La zona oeste —capitalista— y la este —comunista— quedaron divididas por un bloque de hormigón de 167,8 kilómetros levantado por el gobierno de la República Democrática Alemana (RDA). Cerca de 30 años después, el 9 de noviembre de 1989, el Muro de Berlín cayó y el fin de la división física e ideológica de Europa llegó. 37 años han pasado, pero los vestigios de esta división no se han erradicado.
Hacia el este desde Alexander Platz se extiende la Karl Marx-Alle, una avenida del antiguo Berlín, reflejo de la arquitectura soviética. Pasear por ella permite descubrir espacios emblemáticos como el cine Kino International. Y la calle Leipziger Straße ofrece las conocidas como Plattenbauten, bloques de viviendas prefabricadas donde residían funcionarios de la RDA.
De los antiguos pasos fronterizos entre Este y Oeste, el más conocido es Checkpoint Charlie. Su fama proviene de octubre de 1961 cuando tanques soviéticos y estadounidenses se enfrentaron en ese punto con munición real. Durante los años siguientes, fue el escenario de intentos de fuga, que a menudo tuvieron un resultado mortal —se estima que murieron entre 136 y 206 personas, a lo largo de la construcción, tratando de cruzar la frontera—; y también de escenas de Hollywood como ‘El espía que surgió del frío’ (1965) o ‘Octopussy’ (1983) de James Bond. En la actualidad, las torres de vigilancia y el puesto de control militar han sido sustituidas por réplicas.
El Muro de Berlín desapareció en 1989, pero uno de sus tramos más largos aún sigue en pie, reconvertido en la galería de arte al aire libre más larga del mundo. Con 1.316 metros de longitud y a orillas del Spree, la East Side Gallery aúna obras de 118 artistas de 21 países en lo que fue el lado este del muro.
Uno de los murales más fotografiados es ‘Dios mío, ayúdame a sobrevivir este amor mortal’, del artista Dmitri Vrúbel que representa el llamado “beso fraternal socialista” entre Leonid Brezhnev, secretario general del Partido Comunista de la URRS, y Enrich Honecker, líder de la RDA. La imagen, originalmente, era una metáfora de una política asfixiante y opresiva, pero con el tiempo ha sido resignificada por la comunidad LGBTIQ+ como emblema de libertad.
El recuerdo del terror
No se puede abandonar Berlín sin recorrer uno de sus capítulos más oscuros: el Holocausto. Porque ni Berlín ni Alemania se permiten olvidar.
En unos 1.900 metros cuadrados, el arquitecto Peter Eisenman colocó 2.710 bloques de cemento de diferentes alturas e inclinaciones en un terreno desnivelado. El resultado fue el Monumento a los judíos asesinados en Europa —seis millones—, un complejo laberíntico que estremece y evoca el horror del genocidio.
Entre 1933 y 1945, la monstruosidad de los crímenes nazis se desarrolló en los centros de la Gestapo y las SS. Ahora, en ese mismo lugar, se detallan en “Topografía del terror” la historia del aparato de seguridad de Hitler, su política de terror y los crímenes cometidos.
Entre las calles de Berlín brotan historias de imperios, de guerras, de revoluciones, del horror absoluto, de arte —callejero y clásico—, de vanguardias, de música… Berlín es un recuerdo vivo de todo lo que ha sido, una ciudad que vive y que exige ser vivida.







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