Por Michele Nicolai (1938)
Las tres muchachas no tardaron en enamorarse del joven oficial, y empezaron a mirarse como enemigas.
Didier se enamoró de Mariana.
El idilio floreció durante largos paseos por la región, una de las más bellas de Francia. Un día, casualmente, Clara encontró a los dos enamorados que, contentos y risueños, escalaban una colina.
Aquella misma noche, Clara tuvo una crisis cardiaca cuya violencia me inquietó.
Mariana comprendió la tragedia enseguida. Para ella. Clara seguía siendo la “niña”, la que necesitaba los cuidados de las dos hermanas mayores. Tomó entonces una resolución. Entre ella y Didier no existía aún ningún compromiso definitivo. Se decidió a no volver a pasear con el joven oficial, a huirle, a dejarle entender que sólo experimentaba por él un sentimiento amistoso.
Confesó todo a Cecilia. Esta última aprobó su sacrificio.
—Estoy resuelta a trabajar en un hospital. Tengo mi certificado de enfermera. Así podré ser útil. Didier me olvidará pronto y, cuando comprenda que Clara lo ama, él la amará también. La ternura es contagiosa… Cuídala… Cuídalos a los dos… Me sacrifico para que sean felices.
Mariana se fue el día siguiente.
Ahora, Clara podía conquistar el amor del ingeniero. Pero no sabía nada del acuerdo de sus dos hermanas. Además, era reservada y tímida. No le gustaba insinuarse, sino esperar.
Mientras tanto, Cecilia actuaba. Consoló a Didier. Se mostró solícita, tierna, comprensiva. Y sucedió lo que debía suceder: Didier pidió su mano.
Y Mariana, que curaba a los heridos de la guerra en un hospital, supo que Clara estaba otra vez enferma y que Cecilia iba a casarse con Didier.
Llegó a su casa dos días después de la boda.
Enseguida que se encontró sola con Cecilia, le reprochó duramente su conducta y la amenazó con decirle toda la verdad a Didier.
La escena se prolongaba. De pronto, la puerta se abrió. Clara apareció.
Clara había oído toda la discusión. La traición de su hermana la enloqueció. Llevaba en la mano el revólver de su cuñado.
Apuntó al pecho de Cecilia, fríamente. Didier sorprendido por la ausencia de su esposa, se levantó. Atraído por las voces, entró en aquel momento preciso.
De un salto, se precipitó para proteger a la mujer que llevaba ya su apellido.
Cayó con el pecho atravesado por una bala. No existía ya. Pero antes de expirar, trató de borrar las culpas de aquellos tres seres enamorados cuyo amor le había causado la muerte.
–– ¿Qué podía hacer yo ahora?
Firmé el certificado de defunción, evitando un escándalo que hubiera perjudicado a dos inocentes y que no podía castigar a la culpable, puesto que estaba ya castigada.
***
Volvió la primavera. Las flores se abren sobre la tumba de Didier. Las tres hermanas continúan viviendo en la misma casa.
Pero las primaveras no existen ya para ellas.
Una se desespera por su inútil sacrificio. La otra se muere por haber matado al hombre a quien amaba, mientras que la tercera, eternamente triste, la cuida con incansable abnegación, como si quisiera hacerle olvidar que le robó su felicidad.







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