“YETI”

Written by Esteban Fernández

19 de octubre de 2022

Voy caminando por la calle Soparda, y en el portal del edificio Partagás -antes de llegar a Beneficencia- estaba sentado un viejo en un sillón. Lo saludo y sigo mi camino. La escena se repite varias veces, hasta que un día me detengo e inicio una breve conversación con el anciano.

Me dijo: “Me llamo Julio Oya, soy hermano de Angelito”. Yo le respondí: “Soy Estebita, hijo de Esteban Fernández Roig”… El viejo se sonrió y dijo: “íntimo amigo mío”.

Nunca imaginé que ese coterráneo me daría el mejor de los regalos. Una mañana, al yo pasar por allí, me dijo: “Estebita, espérate, déjame enseñarte algo, mi perra tuvo un montón de cachorros y quiero que te lleves uno”.

Como para demostrarme la alcurnia de los perritos me dijo orgulloso: “El padre es Tarzán el bóxer de Joaquín Domínguez el de la Viña Aragonesa”.

Me llevé una, le di una coba a mis padres para que la aceptaran en la casa, y le puse “Yeti”.

Lo primero que hice fue darle leche y agua, no tenía la menor idea de cómo alimentarla ni cómo criarla.

Le compraba corazones de reses en la carnicería de al lado de mi casa. Me costaban 40 centavos… Todos los días hervía la mitad y se lo daba.

Era mi constante compañera, el día entero se la pasaba conmigo, menos los domingos por las noches que iba al parque. Caminaba muy campante y orgullosa al lado de mi bicicleta.

Un día se tiró a una zanja , la corriente se la llevaba , yo andaba desesperado buscándola, hasta que al fin la encontré- la muy descarada- retozando alegremente con unos muchachos en El Paso del Río.

De pronto decidí que Yeti debía embarazarse, la llevé a pasarse una hora con un pastor alemán propiedad del señor Santana, dueño de una casa de efectos eléctricos frente al parque.

Salió preñada, la acompañé al paritorio, los dos debajo de mi cama. Tuvo muchos cachorros. Un perrito se lo regalé a Jesús Hernández Torres y el otro a Jorge “Pupy” Menéndez.

Al salir de Cuba me despedí de Yeti como si fuera un miembro más de la familia, y le dije como si me entendiera: “No te preocupes Yeti que yo vuelvo pronto”.

Cuando hablaba con mi madre por teléfono la pregunta invariablemente: “¿Cómo está Yeti, mami?” Ella decía: “Está en el portal siempre esperándote, no ha querido poner una pata en la calle desde que te fuiste”.

Hasta un día en que recibí una carta de mi madre que me decía: “¿Te acuerdas que te dije que Yeti no salía nunca? Bueno, pues ayer de pronto salió disparada para la calle y la mató un carro, me pareció un suicidio”.

Me fui para el baño, donde nadie me viera, abrí la llave de la ducha, y estuve llorando muchísimo rato por Yeti.

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