‘¡VIVA CRISTO REY!’

7 de octubre de 2026

Nada nos motiva más, a través de los años transcurridos, a mantenernos firmes en el rechazo al castrismo que recordar a los miles de fusilados.

Personas decentes, patriotas y anticomunistas; muchísimos provenientes de la Juventud Obrera Católica, además de estudiantes, profesionales, pastores protestantes, obreros y campesinos.

Ni un solo guaricandilla, ni un chusma, ni uno lloriqueando y pidiendo clemencia. Todos con la frente en alto, rumbo al paredón y, al unísono, gritando: “¡Viva Cristo Rey!”.

Caía lo mejor de nuestro archipiélago: los más patriotas, padres de familia, hijos y nietos que hacían un intento desesperado por evitar la destrucción de la nación, esa misma destrucción que hoy podemos apreciar con tristeza. Y ellos, mientras tanto, ahogaban en sangre el clamor de libertad.

El siniestro Che, en La Habana, matando a mansalva en La Cabaña; el comunista Félix Torres, en La Campana, Las Villas, asesinando a los alzados. Y, en cada provincia, esbirros fusilando y patriotas cayendo destrozados por las balas. Millones de lágrimas derramadas por las madres cubanas.

Sin respetar edades: lo mismo daba un anciano de 85 años que un muchacho de 16. Basta con ver la fotografía del joven Tony Chao.

Ni una sola prueba puede presentar la tiranía de un cubano pidiendo perdón para que no lo maten.

Ni uno solo presentado en la televisión suplicando misericordia, compasión, piedad, indulgencia o benignidad.

La intención no era solamente borrar a sangre y fuego la enorme oposición, sino también amedrentar a toda una nación.

Ni los imitadores de Castro, como Hugo Chávez, Daniel Ortega y Nicolás Maduro, se han atrevido a hacer correr un río de sangre como el que corrió en Cuba.

Comenzaron con los batistianos y, acto seguido, asesinaron a comandantes del Ejército Rebelde, llegando hasta pulverizar a todo aquel que consideraron un peligro para la tiranía.

Lo mismo mataron a Sosa Blanco que a Sorí Marín; lo mismo a un católico que a un presbiteriano o hasta a un ateo.

La pena máxima fue impuesta por un tirano y aplaudida por cuanta sabandija había en la patria, que dejó de ser patria para convertirse en una gigantesca carnicería de seres humanos.

Y desde esta trinchera, hasta mi último suspiro, gritaré a voz en cuello:

¡Gloria eterna para nuestros mártires, que nos inspiran a seguir adelante!

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