VIDA, PASIÓN Y MUERTE DE JOSÉ MARTÍ

Written by Libre Online

23 de enero de 2024

Pedro Galán Vázquez (1941)

LA VIDA

Cuando nos hallamos frente a un paisaje profundo, múltiple, donde el sol apenas ausente ha mojado de colores el horizonte y donde desde una elevación media, contemplamos el valle plagado de vegetación diferente,  exuberante  y exaltado por los colores reflejados del crepúsculo, donde estallan amagos de selvas, jardines suaves, donde se entremezcla todo, y donde el espíritu abismado se siente deprimido, alegre, contradictorio, presto a saltar de júbilo y también a hundirse en la caverna de la angustia, podemos decir que hemos encontrado en la plasticidad de la naturaleza, la vida de José Martí. Nada más exacto que hablar de él como de horizontes infinitos, como un paisaje agreste y de vistas tenues de jardines repletos de flores. El gesto airado en comunión con las ansias más esenciadas del poeta. Una síntesis mágica, una augusta llegada a la cima de las condiciones humanas. No basta explorar en su arquitectura de hombre hecho a todos los sacrificios, aun aquellos que son traiciones a su naturaleza sentimental y de inspirado, su vida contiene, según se hunde el escalpelo de la interpretación y de la rebusca, nuevas facetas, nuevos quilates que le hacen resplandecer con más fulgor, vamos en paradójica marcha, acercándonos y alejándonos de su inmensa personalidad. Va siendo paulatinamente más inaccesible, pero al mismo tiempo nos llega más, parece que, se nos brinda, en una entrega que tiene mucho de apostólica, de evangélica.

Desde que es un imberbe echa su suerte. Decide emprender la ruta más difícil, aquella que comprende la liberación de la patria en cadenas. Al principio tal vez el ímpetu juvenil, la rebeldía innata de la edad lo hayan lanzado inconscientemente a sus arrestos, pero siempre más allá del ímpetu juvenil y de la rebeldía innata de la edad, está el sentido profundo de su destino. Cada vez que más tarde se le presenta la injusticia ante su visión de justo irreductible, serenamente habrá echado su suerte. A los dieciséis años siente su piel, el sabor amargo de los grillos del presidio político. Allí en las canteras blancas, donde excavan sus manos de adolescente, prueba el destino que le reserva el camino que decidió emprender su espíritu. La madre llora lágrimas ensangrentadas, la familia contempla como el niño rebelde confronta el suplicio estoico, como aceptando de antemano todo lo que le está guardado y que aflorará a medida que avance por los vericuetos de la vida.

Y pensar que él nada más era un profundo y hondo sentimental, que sus iras arrancaban del inconformismo de aceptar la tiranía, la opresión, todo lo que limitara la libre y soberana expresión del espíritu. Los años pasados en el presidio, en el exilio, en los congresos, en su peregrinaje, por tierras de Europa y de América, de América principalmente, le fueron dando el talante de un hombre recogido en sí, predestinado, que tenía que cumplir una misión exactamente, que no era tampoco misión divina, de prédica de ultramundos, sino que se trataba de desarrollar algo que estaba encuadrado en la tierra, que tenía un marcado sabor telúrico. Que en definitiva era una misión humana por excelencia. 

Cuando abandona la Isla de su corazón, es un niño-hombre, caldeado por los soles inclementes que lo bañaron en la cantera recia e impoluta del presidio. Lleno el espíritu de los horrores de la prisión. Contrito, desolado, pero más dispuesto que nunca. Tal vez madurado en el crisol de la injusticia prematuramente, se apostó en la vía que culmina en la muerte por la idea que signa su vida. En España palpita aguadamente en él aquel sentimiento entrañable de la libertad, y se regodea con el acíbar del destierro. Contempla a lo lejos —presiente— a su minúscula Isla, sumergida en una ola de terror y tiranía. Él, allí, imposibilitado de hacer su deber, amarrado, impotente, llorando lágrimas desesperadas y pidiendo a gritos la liberación de su espíritu también amarrado. Así vuela su fantasía. Su imaginación hace lo que no puede hacer su cuerpo. El poeta ancla en la gran playa del verso.

De esta manera continua se va saturando Martí, para llegar forzosamente a lo que tenía que llegar: al apostolado de la libertad. Su juventud ardiente y determinada, no tiene los rasgos comunes de todos los jóvenes. Aislado, hirsuto, sin más conciencia cierta que la gran causa de Cuba, está en la metrópoli, pero en vez de odiar, ama. Comprende hasta donde los pueblos son, apresados por la tiranía, y aprende que el pueblo español no tiene culpa alguna en la opresión de Cuba.

Ha bebido desde niño en el odre de la lucha por la libertad y ya jamás nada podrá desvirtuarle que esa ruta es su vida misma.

La idea se ha clavado en su espíritu tan hondamente que ni el amor, él, que tenía el impulso tierno y romántico del amante, ni la madre, que idolatraba, ni la familia, ni la poesía, ni el pensamiento en sus variados matices, podrían apartarlo, aislarlo, sustraerlo de aquello que era el meollo recóndito de su vida. De esta manera devino la misión. Y no es precisamente que se sintiera mesiánico. Estuvo siempre salvaguardado de tal alucinación. Sabía que el ancho cauce de su vida fluía para cumplir un destino sentido obscuramente. Para conquistar la libertad de un pueblo, pero nada de esto rebasaba la línea de lo estrictamente humano.

Con los años su cuerpo endeble se fue haciendo más enteco, pero contrariamente su cabeza fue ganando en grandiosidad. Su frente abovedada, sus ojos profundos e irradiando como luz su aspecto todo adquirió la figura del místico. Eran los años posteriores a su peregrinaje por América, cuando escribió profusamente sobre todos los temas habidos y por haber, con ese su estilo tan rotundo y propio, que saltó de una nación a otra y dondequiera le rendían homenaje al gran americano.

Eran los días en que predicaba incansablemente por las tabaquerías de Tampa y en los clubs de emigrados cubanos de New York, que no se cansaba de expresar con el corazón henchido y la palabra inflamada el derecho de independencia del pueblo cubano.

En este período de su vida se han reunido en él, la pasión más encendida con el cálculo sopesado del táctico. Se abren ante él nuevos horizontes. La tarea de liberar pueblos no es tarea fácil. Arrancar, del marasmo humano, la intención de libertad, despertar las conciencias dormidas, no es cosa que pueda hacer cualquiera. Hay que colocarse sobre la medida común del hombre, hay que ser una mezcla estrafalaria de poesía y de hombre de acción. Poder emprender grandes vuelos con la imaginación para calar el concepto de libertad y después ser capaz de plasmar en la realidad, esa idea, ese pensamiento inabarcable, en el orden social, de un pueblo. Hay que tener la madera heroica, porque los constructores de pueblos son los héroes. Cada vida heroica, en la escala establecida por Carlyle, tiene la expresión rotunda de su contenido. Nada que haya hecho el héroe, todo el ámbito que matiza su sentido vital, todo el hálito fervoroso de su obra podrá carecer de interés. Ha abarcado todos los contornos de la trama de que es autor y actor. Se ha enraizado tan sañudamente a su condición de demiurgo, que al fin se percata de su encomendada misión. Misión que en sus orígenes no tiene fuentes ciertas, sino que emana de las circunstancias humanas, pero de la que se apropia tan justamente el héroe, que cada cual se le concede como propia, como creada por su genio. El héroe sale precipitadamente a cumplir lo que le corresponde, para sellar con su acción y su esencia lo que ya es de su propiedad.

A veces el héroe entabla combate con el destino que le impele a adulterar su naturaleza. Es un conflicto duro e íntimo. Es la fuerza que lo impulsa a la lucha, mientras la soledad le ofrece el reposo que el espíritu apetece. Entonces el héroe vive en constante afán de concluir su misión. Vive en perenne deseo de contemplar la obra. La obra que culmina su vida, que la aureola de gloria y le concede el privilegio de la inmortalidad. Masaryk, el libertador checo, pudo contemplar su obra conclusa. Martí, el héroe cubano, no pudo llegar a esa fase contemplativa. Los dos hombres tienen el mismo conflicto hacia el instante de sus vidas en que van a representar el gran papel para sus respectivas patrias. La trabazón de sus espíritus tiene igual argumento, aunque los casos sean distintos. La serenidad que había logrado el adalid checo no estuvo al alcance de Martí, que vivió en perpetua pasión de encontrar la forma más pura de la libertad humana y tuvo que empezar por el principio. Labrar sobre las condiciones yuguladas de Cuba, el camino primario para luego desembocar en la ancha tierra prometida. Masaryk en los primeros años de conformación espiritual le alcanzó el tiempo para conseguir la armonía interior, el equilibrio de sus facultades internas sojuzgadas a la conciencia analítica. Martí utilizando el cerebro, el espíritu, la pasión, se lanzó como en precipitada carrera hacia una meta por su instinto presentida. Más tarde se le fue esclareciendo, haciéndose más cierta en el horizonte de su vida, pero siempre estuvo presidido por su afán de fuego en llegar a ella. Las condiciones que rodearon los escenarios históricos de ambos adalides fueron bien distintas.

Martí describe en la órbita de su vida, una curva sin calma.   Desde su nacimiento un 28 de enero, en San Cristóbal de La Habana hasta la muerte, en Dos Ríos, hay una unidad que asombra. Varían las situaciones, pero la temperatura anímica no. Muy contrariamente, hacia fines de su vida ya ha logrado posesionarse tan conscientemente de la obra empeñada, se ha afincado tanto su espíritu a los ideales de una patria libre y llegado a sentir tan hondo el brote de una vida nueva en el área continental, que habla como un inspirado en sus peroraciones sin descansos. Fue adquiriendo el don de persuadir. El verbo, los escritos, los gestos, el todo vital, le dieron conjuros mágicos. Nadie podía oír sus alegatos, ni leer sus artículos sin sentir la verdad que de ellos emanaba. Amaban u odiaban profundamente a este predicador de la libertad. Todas sus manifestaciones logró tras el ahínco y la dedicación fervorosa, centrarlas en el ideario suyo. El poeta que había en él siempre estuvo alerta, desplegó, dispuesto a salir en absorbente inspiración. No pudo bordar versos más que en el estrecho margen de las enfermedades, o al vuelo de pájaro, en los espacios lentísimos, en que la música in-crescendo de su vida, caía hacia el valle de los compases pianísimos. Estas circunstancias se repiten varias veces: España, México, Estados Unidos conocen de tales períodos recónditos y ven al poeta hilvanar sus trovas, que son parte entrañable de su corazón.

Su vida tiene la grandeza de las grandes murallas, y su espíritu ampliando cada vez más el campo magnético de su influencia, se dibuja en la historia no sólo de Cuba, sino de América, como si fuera la expresión más exacta de la libertad hecha hombre.

LA PASIÓN

Quien vive tan identificado a un ideario y llega a encarnarlo tan fielmente, no puede más que parangonarse con una llama, porque su vida es una pasión encendida. No tiene más salida a todos sus conflictos, que aquella implicada en el ideario. Rompe todos los moldes que apresan su actuación humana, para desembocar en el mar vasto y azul que bulle como una, canción sin término en su espíritu. Va y viene, se arropa cuando el frío de las circunstancias lo condenan a la inactividad, se consume en un fuego solitario cuando el ejército de los hombres no oye la verdad que emana del fondo de su conciencia. Clama en el desierto, pero no le importa. Como tiene una fe inquebrantable en la verdad que pregona, nada le interesa. Ni objeciones, ni obstáculos. Reposa aguadamente en: el camino largo y embarazado de encrucijadas, esperando que la simiente brote, que el agro siempre noble la fermente y los retoños cubran el área que cultiva. Entonces: ¡hosanna! las conciencias de los demás hombres han hecho el hallazgo de la gran verdad.

Martí tuvo que luchar contra la incredulidad. Nadie sabía en el campo de los emigrados, quién era. Nadie precisaba de dónde venía. No tenía el pasaporte de haberse batido en los campos cuando la guerra grande, cuando estudiante, los masones con quienes se codeó en España miraban con reservas al jovenzuelo de los arranques líricos. Después los patriotas del 68, aquella masa de hombres ennoblecidos por la tarea de darse a conquistar la independencia, pero toscos y recios no creían en la humanidad delicada de aquel Intelectual que había estado en el feroz presidio político. Tenía que pasar por la prueba del fuego, que eran las batallas las armas y los ataques a filo de machete. Caldearse en los años del destierro y allí entre sacrificios y luchas probar que era algo más que un desterrado con refinamientos de cultura. Y los generales atravesados por los combates de la guerra de los Diez Años, que desconfiaban unos de otros, miraron por sobre los hombros, en mirada oblicua, al joven de la palabra brillante y la pluma donosa. Educados en la cátedra de la libertad por el instinto, no adivinaban que Martí, era un hombre igual que ellos, sólo que traía entre las mallas de su vida una condición excepcional.

España le dio la visión directa de la tiranía. Allí adquirió la noción de que la monarquía estaba carcomida, que era un régimen inactual, que la única solución para Cuba estribaba en romper el dominio de la metrópoli de manera violenta. El coloso del Norte dándole la medida de la democracia, le enseñó los límites de ésta y hasta dónde era imperfecta la nación vecina. Se conmovió ante la ambición y esclavitud de los negros. Palpó la ambición imperialista. La sumisión bochornosa de algunas naciones hispanoamericanas. Conoció el alma pura del pueblo yankee y entre la multitud heterogénea de la naciente moderna Babel de Hierro, experimentó la embriagues de Whitman el poeta de la santidad humana sorprendente, que cantándole a Manhattan le cantaba al cosmos; vivió la adusta doctrina de Emerson; el filósofo, el verso impecable de Lonfellow y la desesperación de Poe. Pero al mismo tiempo anota: “estuve en las entrañas del monstruo”. La medusa de las mil cabezas que lanzaría sus tentáculos para conquistar en alguna forma el resto del Continente. Así tomó nuevos bríos y reforzó su ideario. No era sólo libertad la segregación de la metrópoli española, sino preservación de todos los enemigos posibles. Su conciencia evidenciaba lo que más tarde sufrirían los pueblos de América.

Fueron días de sufrimiento. De esta época viene aquella definición estoica que dio de la vida: “sufrir es verdaderamente vivir”. La conciencia ha crecido, la tarea ha tomado nuevos ribetes. No sólo sale al encuentro de lo que el deber le reclama que cumula, sino que rezuma lo que en el interior de su espíritu se libra. Una pugna entre el artista y el hombre de acción. El creador y el táctico de la revolución se encontraron en varios combates silenciosos. Cada cual tiró para sí. Pero hasta donde la idea de libertad pudo más, queda demostrado en que las fugas esporádicas que hizo el artista nunca fueron puras, siempre llevaban enraizadas la obsesión única de su vida.

Es el drama silencioso que libró el adalid, tal vez el más intenso por ser el más íntimo, que permanecía día y noche. Quizá el comienzo y final de su vida lo haya solucionado. Es seguro que sí. Allá en el fondo de su conciencia adquirió la completa noción de su destino y por esto debía ahogar todos los clamores que amenazaran de traición o ponerlos al servicio del deber tras dominarlos en encarnizada lucha. Luego las rencillas de los patriotas, que no comprendían al adalid. No concebían que la revolución debía prepararse minuciosamente, divulgarse para ganar adeptos y comprender a todos los cubanos en el intento redentor. Pero entre algunos no quisieron reconocerle la talla, los mejores, como el Titán de Bronce, reconocieron al cerebro imprescindible para cumplimentar la gran tarea.

La acción que se necesitaba se escindía en dos. La de agitar los espíritu amilanados y remisos de los emigrados, encresparlos como un mar embravecido; la otra parte era aquélla que se tendría que desplegar en el campo de batalla. Conforme para la primera parte estaba él, para la segunda existían dos jefes natos: Máximo Gómez y Antonio Maceo. Pero entre dos hombres, había asperezas, la magnitud de los dos caracteres tal vez fuera el motivo, como dos soles que se enfrentan. Martí sirvió de puente propicio al entendimiento con comprensión magnánima de Maceo.

 Las naturalezas de Martí y Maceo se encontraron y siendo tan diferentes en apariencias, repartieron armónicamente las labores como correspondía a cada uno. Así resultaron iguales. El cerebro y la acción, ambos recios, viriles, cada uno metido profundamente en su estilo de vida. Se comprendieron con la sabiduría de los hombres grandes.

Es maravillosa la labor que Martí despliega en la coordinación de la guerra libertadora, prepara como inevitable, con prevención de táctico, él que era un hombre de paz. Hecho para los grandes remansos, donde el espíritu persigue la calma verde de los campos.  Habla derrama su elocuencia en precipitado torrente, se olvida de sus necesidades más perentorias, su armadura humana se reciente, se enferma una y otra vez y otra, pero no ceja. En cada tabaquería de Tampa es recibido como iluminado. Los tabaqueros cubanos lo seguirían hasta la muerte. Mas, en medio de la barahúnda no deja escapar la gran idea que preconizara Bolívar. Siempre se sintió un americano sin ciudadanía nacional precisa, pero en años febriles se sumergió en preparar la de independencia de Cuba. Estos años pasan como una vorágine, en la que el hombre se absorbe cada vez más en la lucha. 

Ha penetrado ya tanto en su rol histórico, que se siente dispuesto cuando ha comenzado la guerra, a arriesgar lo último que le queda por sacrificar.  En la carta de despedida que le hace a la madre hay la premonición del fin. Ya cree haber agotado su papel y marcha sin vacilaciones al campo de batalla, es decir, a la muerte. Y ésta lo recibió en sus brazos esqueléticos, como a un hijo amado que ha rendido labor sobrehumana y debe descansar tras larga brega.

MUERTE

Cuando llega el aparente final que es siempre la muerte, no se adultera en nada la grandeza de su vida. Es toda ella una dedicación absoluta en construir la independencia de un pueblo para que la mente de los hombres lo olvidaran. Cayó herido por balas enemigas, autoridades españolas se sintieron regocijadas, no así el oficial que mandaba la columna que le cercenó la vida, que recogiendo de la tierra manchada, el cadáver del prócer, no pudo menos que rendirle tributo, después de llevarlo a sepultar en un cementerio, como era digno de su rango de hombre purificado por una idea constructiva. 

La revolución cubana se quedó huérfana. No podía morir porque Martí supo dotarla de pies propios pero el cerebro se iba en el cadáver. El nombre del Apóstol, que fue mencionado con saña por más de un patriota, cobró el valor místico que las grandes vidas se ganan ante los ojos profanos. Ya nadie pronunció su nombre solamente.  Una reverencia cada vez más alta le siguió a toda evocación que de él hacía. Cada cual que lo trató, que supo de sus anhelos, que sintió la elocuencia arrebatadora y su magnífico afán de la superación humana, no pudo menos que trasmitir aquel mensaje que conocía directamente. Al calor de vida tan completa nació el mito martiano. Pero los cubanos que han sabido reverenciarlo, recordar su memoria con unción, se han quedado en la periferia de su doctrina. El Maestro ha resultado paradero común para todos los necesitados de apoyo y prestigio. El pensamiento martiano ha sido cantera inagotable, donde los aprovechados sempiternos han buscado la justificación de sus apostasías.

Aquel programa mínimo condensado en el Manifiesto de Montecristi ha quedado como un testamento político grandioso, pero guardado en la vetusta seriedad de los archivos históricos. Sólo ha trascendido su vida como mito. Sus proporciones rebasando la marca humana han sido agrandadas por las interpretaciones continuas y devotas, mientras los cubanos pasan por su lado con ferviente admiración, pero rendidos por lo imposible de vivir conforme a él.

Mas, llegarán, días de fiel comprensión y el pueblo cubano, la América toda, cumplirá con fidelidad asombrosa la idea de este muerto con vida permanente.

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