Varona: símbolo viviente

Written by Libre Online

11 de abril de 2023

Por Félix Lizaso (1958)

Una visita a la casa en que vivió y murió. Posibilidad de crear en ella el Museo Varona

Después de tantos años, vamos otra vez a pasar los umbrales de aquella casa en que vivió los últimos lustros de su vida el gran amigo de la juventud cubana, a cuya superación y formación se había consagrado desde los tiempos de su plenitud creadora. Años antes de su muerte lo habíamos visitado allí mismo, nos habíamos sentado cerca de él, en la pequeña sala llena de su presencia y del misterio de su grandeza. Le habíamos escuchado frases moduladas con fervoroso acento creador. Su incredulidad proverbial no habíamos tenido ocasión de conocerla; solo palabras de aliento y de fe en los esfuerzos de los cubanos en el porvenir de Cuba. Ni a ciencia cierta podemos precisar ahora cuál fue el motivo de aquella visita.

Nos parece que solo tratábamos de recoger su firma en casi todos sus libros, que poseíamos desde los primeros años de nuestra devoción a las letras. Recordamos que uno por uno fue poniendo en ello su firma, después de una frase amistosa, dictada por su generosidad. De cada uno de esos libros nos dijo alguna cosa. Bien quisiéramos recordar sus palabras. Pero la emoción que nos mantenía en recogimiento y actitud admirativa, no nos permitía sino eso: sentirnos emocionados, sentirnos atontados por la presencia de aquella figura venerable.

¿Cuándo ocurrió aquella última visita? Nos parece recordar que fue la época de nuestra «revista de avance», o la que Varona sintió simpatía, a pesar de que creyera haber en ella cierta hostilidad, acaso porque parecía que iba contra todo lo afirmado, contra todo lo hecho, aunque se tratara de reputaciones tan altas y tan inconmovibles como la suya. Además, tuvo la revista de avance un imperdonable desvío de lo vernáculo,  lo propio del movimiento que representaba. Los valores nuestros apenas contaron, sí exceptuamos a Martí, y era bandera nueva y de brillantes colores en nuestro mundo, y nos parecía recién descubierto.

Ahora estábamos en la misma salita, con los mismos muebles, sentados en el mismo sillón en que años antes nos sentimos cerca de él, de su aliento vivificador. Esperábamos la presencia de sus hijos para cambiar con ellos algunas palabras y obtener el consentimiento para tomar algunas fotografías. Nos acompañaba el compañero Pegudo, dispuesto a indagar, desde su ángulo de sorpresa, qué rincones, qué objetos podrían dar mejor la sensación del paso de aquella vida. Naturalmente, su biblioteca,  y en primer lugar. Allí estaban los estantes que rodeaban su mesa de trabajo. Libros con pastas de piel casi siempre, pastas oscuras. Con respeto nuestras miradas recorrían los estantes que rodeaban su habitación de trabajo. En uno de los ángulos, un estante irrumpía hacia el centro, haciendo una división en la pieza para obtener mayor capacidad para los libros. 

Sobre uno de los estantes notamos dos retratos, uno era de su gran amigo y comprovinciano Esteban Borrero Echevarría, el hombre a quien estuvo más unido tal vez en los años más fecundos de su vida, y a quién profesaba tanta admiración como cariño. El otro era el de Don José de la Luz y Caballero, su mentor, sin duda, por sobre todos los otros cubanos egregios de la época luminosa de Cuba.

En sitio alto, sobre una puerta, un letrero en su marco, con un pensamiento de Montaigne, en francés. Era aquel en que el gran humanista de los ensayos alababa la posesión de un rincón retirado y tranquilo donde fuera posible convivir con un buen libro. 

Con veneración nos detuvimos frente a su mesa de trabajo. Una lámpara, pisapapeles, unos cuántos libros aprisionados en el bookend. Sus cortapapeles, sus plumas, y su almanaque, ordenadamente colocados. Allí se habían escrito muchas de sus páginas de la época republicana. Y cerca de la mesa su sillón de brazos amplios, donde principalmente gustaba de leer, apoyando el libro o las cuartillas en el brazo de paleta, mientras se mecía suavemente. En ocasiones leía en el portal de su casa, por el que le era grato caminar a pasos menudos, para hacer ejercicio, sobre todo en los últimos años en que salía poco.

En otro rincón de su biblioteca, un pequeño estante en el que descansaban selecciones de periódicos, tal vez revistas. Todo proclamando la austeridad de aquella vida.

El silencio era casi absoluto. Los hijos de Varona que nos habían recibido con solicitud afable, y apenas se acercaban a nosotros, en nuestra primera exploración,  y que era más bien una meditación junto a las cosas que rodearon la vida de Varona. Por fin hemos decidido hacer algunas fotografías, especialmente de aquellos objetos que estuvieron más cerca de su dedicación de escritor.

La hija de Varona nos muestra en el corredor, sobre un pequeño mueble con algunos libros, los aparatos registradores del tiempo que según nos dice, su padre consultaba diariamente. Esto nos llevó a pensar que era un símbolo de su misma actitud en la vida: un hombre que interpretaba los signos de los tiempos, para orientar a sus conciudadanos. 

Fue en ese momento cuando, mostrándole el ejemplar que acabábamos de recibir de Buenos Aires de “El pensamiento vivo de Varona”, que la editorial Losada ha incorporado a su conocida serie, ella se mostró quejosa de que hubiéramos empleado como retrato de Varona aquel que lo representa en su ancianidad postrera,  en vez de utilizar uno de los retratos de su época de vigor intelectual. 

Y llevándonos a la sala, nos mostró aquella efigie de los 60 años blanco el bigote y los cabellos, pero todavía con la expresión de frescura de una vida en plenitud. Este retrato había sido retocado por el pintor Olivera, y el ejemplar que en su marco gris no se mostraba, estaba dedicado por el artista al hijo del prócer, el general Enrique Varona que nos lo señala. Es a juicio de ellos, uno de los mejores que de su padre conservan. 

En nuestra conversación sobre particulares de los últimos tiempos de su vida nos decía su hija que nunca había perdido su lucidez mental, nunca había sido vencido por los años ni por las enfermedades, y nunca había sido un viejo achacoso. Para justificar su aserto, nos hablaba de su buena memoria y de esa escrupulosidad, y sobre todo, del orden y del método que eran para él fundamentales. 

Ya encontrándose en cama para no levantarse más, no decía a guisa de ilustración, se le ocurría consultar sus libros. Y fijaba con tal precisión el estante, la tabla y el lugar mismo en que se encontraba, y que la sirvienta regresaba momentos después con el ejemplar deseado. Nos aporta otros detalles interesantes. Pasaba la mayor parte de su tiempo en su biblioteca. Cuando no se sentaba en la mesa en que escribía sus artículos, leía en su sillón de brazos. Recibía sus visitas en la sala y a veces en el portal, donde gustaba de pasar algunos ratos. 

De su memoria nos decía que era prodigiosa, y que de los siete idiomas que había aprendido, el alemán y el griego, los había olvidado, y esto, sin duda a causa de haberlo desatendido por muchos años. Pero su lectura es corriente en inglés, francés e italiano,  y su conocimiento del latín, se habían mantenido firmes.

Durante esta visita vino a nuestra mente el recuerdo de la casa de Sarmiento, en Belgrano donde está instalado el museo que lleva su nombre. Allí estaban su silla de trabajo, y su alcoba, sus muebles todos, sus libros, su periódico y los infinitos documentos que salieron de su pluma.

¡Si pudiéramos fundar aquí, en este lugar único,  el museo Varona!

Habíamos terminado nuestra labor, y nos despedíamos. En las palabras que pronunciaron los hijos del egregio cubano, se percibía cierto dejo de amargura.  ¿Qué se estaba haciendo para honrar la memoria de Varona en su centenario? Nosotros pudimos anunciarles que algo se preparaba no solo en La Habana, sino en su provincia natal. No sería naturalmente, todo lo que la figura merecía; pero sin duda no pasaría inadvertida y la recordación repercutiría en los ámbitos de la nación junto le hablamos de los proyectos en que ya se interesaba el ministro de educación, la declaración que el gobierno acababa de hacer considerando «Año de Varona» este de su centenario. Le hablamos también de los festejos que Camagüey preparaba.

EL MUSEO VARONA

Y ahora, ya en la calle,  nuestro amigo Pegudo  enfoca el exterior de la casa el que,  hace unos 32 años,  según el recuerdo de su hija, Varona se instaló con su familia.

¿No es esta casa un verdadero templo para la dignidad cubana, además de ser un santuario para nuestra historia?

¿No debía incorporarse al tesoro espiritual de nuestro pueblo? Estamos seguros de que en cualquier país que se cuide un poco de honrar la memoria de sus hijos más preclaros, ese sitio en que el noble espíritu de Varona se aposentó en día de gran significación para nuestra nacionalidad, se conservaría como reliquia sagrada. Sus muebles, sus libros, sus instrumentos de trabajo, todo está como en vida del héroe. Hacer de ese recinto un museo es cosa fácil y de poco costo. En cambio, qué gran cosa sería poder enseñar a los cubanos y a los extranjeros que nos visitan el sitio en que vivió sus años postreros, y desde donde libró una de las más enérgicas campañas contra la tiranía que se había enseñoreado del país. 

La juventud que hoy vive sus años de plenitud fue a aquella casa a visitar a Varona y a recibir de él los alientos necesarios para continuar la lucha en que estaba empeñada. Y sabemos bien que muchos de los hombres que hoy rigen los destinos de Cuba, allí estuvieron junto al viejo indomable y muchos que llegaron a él en momentos de desaliento, de allí salieron, gracias a la virtud de sus palabras, con nuevos bríos para proseguir la lucha.

Si los hombres que hoy nos rigen – nuestro propio Presidente de la República, nuestro propio actual Ministro de Educación- aquilatan el valor simbólico de aquella figura y recuerdan su intervención en la primera línea de batalla,  con el aliento de su integridad de espíritu y de su fortaleza para defender la dignidad, estamos seguros de que comprendieron lo que para Cuba, para la nueva juventud, para todos representaría conservar como momento de peregrinaje ese sillón tan frecuentado en otros tiempos con los jóvenes luchadores que rescataron la nueva Cuba. 

Estamos acostumbrados a sembrar la indiferencia entre el pueblo y precisa ya una rectificación en ese camino. Sabemos y hemos tenido la más vívida demostración, que en él alienta un gran espíritu de patriotismo, que se emociona con el relato de las proezas de nuestros héroes, de los sufrimientos de nuestros mártires, y que está dispuesto a defender la gloria de sus forjadores. Pero una reacción instintiva, por generosa que sea, no es bastante. Es preciso cultivar intensamente el sentimiento de veneración a nuestras figuras, a sus hechos, a sus recuerdos. Y corresponde al estado, en primer término, arraigar en los espíritus esa fortaleza, con conciencia de la propia significación, a través del respeto y los que hicieron posible la patria y todos sus ideales.

No es un esfuerzo demasiado grande para nuestro país consagrar templos a la veneración laica de sus grandes hombres ¡Qué fuerza no existe en un pueblo en que preside el respeto a esa «comunidad de sombras», formada por la legión de los que vivieron para asegurar la libertad de la República en que desembocaron los esfuerzos de más de un siglo por la consecución de la independencia política! Varona nos ha dicho que, en ese culto a las grandes figuras antecesoras, está el más grande legado de los cubanos. Atesorándolo, lo enriquecieron una tradición de Cultura que era la base de la humanidad. «En esa tradición gloriosa debemos encontrar nosotros estímulo y aliento para mayores empresas».

Ahí está la casa en que vivió Varona sus últimos lustros llenos de claridad. Conserva la huella de su paso terreno y la huella de su luminosa obra. Deber de nuestros gobernantes es convertirla en museo, para evitar que con el tiempo se deshaga aquella atmósfera que aún conserva con la presencia de sus libros, sus papeles,  sus instrumentos de trabajo.

Y no se diga que es empeño costoso, cuando sabemos bien que, por el contrario, es insignificante lo que tal empresa demandaría en signos materiales. Ahora, que estamos aún a tiempo, tratemos de salvar este posible, este imprescindible museo Varona.

EXALTAR Y SERVIR

Por varios decenios la figura de Varona brilló casi solitaria en nuestro firmamento. Era la que con mayor relieve propio, la que con mayor claridad y penetración avizoraba el futuro y comprendía la realidad en que nos sentábamos. Los cubanos más preclaros le consultaban en los momentos difíciles, y los jóvenes se llegaban a él ansiosos de su mensaje alentador. 

Los extranjeros que nos visitaban, y que habían oído hablar de Varona, trataban de conocerlo y de aquilatar su real valía. Muchos hombres de significación de otras tierras se acercaron a él. Yo creo que pocos quedaron defraudados, porque Varona, vencido su periodo de positivista activo, en su momento había rendido un gran servicio al progreso en nuestro país, alentaba ideas constructivas propia de un optimismo original. 

Uno de estos hombres que en los momentos de más difícil polémica política con el régimen gobiernista  nos visitó, fue Waldo Frank Chacón y Calvo nos contó su intervención en la visita que le hizo al maestro. Y no ha olvidado nunca las palabras con que el novelista y ensayista norteamericano exaltaba el vigor mental, la precisión, la altura de conceptos que había sorprendido en sus palabras. De igual modo fijó Pedro Henríquez Ureña, que no pasaba por Cuba sin visitarlo, la nobleza moral y la magnitud del pensamiento de Varona.

Y entre nosotros Medardo Vitier, a quién hay que considerar como el primer escritor de la época republicana que interpreta y valora la obra de Varona, nos ha dado páginas en que aparece el mensaje claro, y firme y límpido del Maestro, recogiendo la impresión que su presencia y sus palabras dejaron indeleblemente fijados en su ser.

¿Por qué consideramos a Varona como una fuerza inspiradora en que hemos de hallar nuestra propia fortaleza? Porque Varona guió su vida por las más rectas y austeras normas, trabajó con denuedo por derribar el muro que impedía a los cubanos alcanzar la plenitud de su vida social y humana. 

Amó a los hombres y les ayudó a fortalecer su conciencia para las grandes empresas de la libertad y del decoro. Fundó una doctrina de amor cuando dijo: “El odio es estéril; la venganza, infecunda; solamente la superioridad moral sobre el enemigo nos asegura la victoria”. Esta norma revela ya, que sobrepasa todo positivismo: la ley moral se proclama aquí, sin lugar a duda como algo superior y por encima del hombre. Esa aspiración lo guió, lo impulsó, lo alentó.

Nosotros consideramos a Varona como un creyente. Cree en el bien, en la virtud, en la superación, en la vejez ejemplaridad y sobre todo,  en la eficacia de la educación. Cree que “el hombre debe prepararse para servir bien a la sociedad en que vive, y que el medio mejor de servir a la sociedad es ejecutar bien la función de que uno está encargado; y para ejecutarla bien hay que prepararse”. Es, pues, enemigo de la improvisación, tanto como amigo de la economía de palabras y de los gastos inútiles.

Se preparó (en el año 1958), como una contribución al año del centenario, un pequeño cuaderno,  que lleva este título: “Libro de los Elogios”. Recogemos en él una buena serie de trabajos diversos que Varona escribió con ocasión, los más de ellos, de la muerte de algunos de sus compatriotas de mayor significación. Incluye sus elogios de los dos Mestre, de Luz y Caballero,  de Varona, de su amigo entrañable Esteban Borrero. 

Ahí se ve en esas páginas, el gran amor que Varona sintió por esos cubanos que trazaron el rumbo de nuestra isla, trayéndola, y con la guía de sus enseñanzas y de sus esfuerzos, de lo que era primitivamente cuando solo parecía la colonia irredimible, hasta los días de gloria y de libertad. 

Son exaltaciones, desde distintos ángulos, de las fuerzas creadoras de las virtudes inconmovibles sobre las cuales estos fundaron la nación. Con criterio social de gran adelanto, vio y precisó el carácter colectivo de la conciencia nueva.

En muchas de esas páginas percibimos con claridad el secreto de su incipiente escepticismo. Es el panorama “desolador” que confrontaban los cubanos más eminentes, y condenados a una sucesión de ensueños brillantes, interrumpidos por el despertar brusco a las realidades que los circundaban. 

“Los cubanos más capaces han vivido condenados a la esterilidad, como factores sociales, o al extrañamiento. Por mucho que hayan cultivado sus aptitudes… Un muro invisible, pero infranqueable, les ha cerrado siempre el paso”. Y su conclusión era triste: “Por eso no hay para nosotros lectura más melancólica que la vida de los hombres superiores que ha producido Cuba”.

Aquí notamos la vibración de una fe, de un credo, y al mismo tiempo percibimos el melancólico acento de un pesimismo que comienza a manifestarse. Aquí se engendró también estímulo y aliento para la empresa de la solidaridad.

¿Cambió, con la república ese panorama? Como en la colonia, los hombres superiores quedaban con frecuencia desconocidos para la obra común. El mismo muro que había señalado, el mismo aislamiento. Y en el lugar que a ellos corresponde, la improvisación, la audacia,  la simulación. Sus intervenciones en nuestra vida pública fueron efímeras y nunca alcanzaron la trascendencia que su importancia merecía.

En Varona habrá que estudiar y precisar, hasta sus límites, contradicciones que son más aparentes que reales. Así las de su pesimismo en la vida civil y las de su escepticismo filosófico. Porque la verdad es que hay dualidad entre su pensamiento y su acción, entre sus creencias y sus afirmaciones. 

Mucho han esclarecido ya su posición algunos estudiosos, principalmente el doctor Vitier,  quien últimamente en su curso de la Academia de Artes y Letras,  ha planteado con felices iluminaciones el humanismo de Varona.

SÍMBOLO VIVIENTE

Símbolo viviente de una época en que la conciencia de la nacionalidad se había erguido contra el régimen de opresión en que habíamos vivido, es también el símbolo del esfuerzo encaminado a luchar con las armas del decoro, tanto como las de la guerra, para conquistar la independencia. 

Solitario en un mundo nuevo que había contribuido a fundar, no pierde el rumbo que se había trazado para que la República recorriera caminos de verdad y de Justicia, y da la voz de alerta siempre que considere torcido el rumbo y en peligro las instituciones. 

Fue de los que supieron alzarse sobre la vida real de explotación el que el cubano se debatía en la época colonial para forjarse otra vida superior por la fuerza del intelecto. Y desde ella, elevado sobre el medio, sin desconocerlo, trató de superar lo primero,  de crear la potencia necesaria que lo destruiría, después.  

Porque un pueblo que se alza poco a poco del nivel de esclavitud y explotación llega un instante en que sabe reclamar sus derechos de hombre. Varona ayudó a su pueblo al advenimiento de ese instante. Y al iniciarse la República, quedó como un símbolo del pensamiento cubano, que había sabido iluminar caminos y templar voluntades.

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