VARELA, EL PRIMER REVOLUCIONARIO

Written by Libre Online

7 de marzo de 2023

POR JORGE MAÑACH (1953)

Varela es de los que más reclaman nuestros recuerdos, nuestra admiración, nuestra gratitud. Fue él, en el orden del tiempo, el primero de nuestros mayores. Mentor amoroso de una generación utilitaria, filósofo de una época sin filosofía, adoctrinador de un liberalismo primerizo, orador generoso e imaginativo y escritor parco y severo, cura de almas y de inteligencias a la vez, voz americana y humana en las Cortes de España, primero de nuestros periodistas políticos y precursor del ideal de independencia. Varela se perfila en nuestra historia como una de esas figuras tutelares que el destino suele deparar a los pueblos nacientes.

Su vida fue como un plácido río que, alterado un momento en su curso por un rompiente que lo atorbellina, sigue luego sereno por su cauce natural, pero arrastrando ya espumas hirvientes.

El primer tramo es de vida cubana, nació en La Habana en noviembre de 1788. El padre era castellano y militar; la madre santiagueña, hija también de militar español, pero al llegar a la adolescencia Varela no se deja tentar por el oficio de las armas: “Mi designio –cuentan que dijo –no es matar hombres, sino salvar almas”. Las quiso salvar a la vez para Dios y para la patria, por la victoria, por la virtud del corazón y por la de la mente. 

Se hizo pues sacerdote y maestro. Formado en el seminario de San Carlos, recibió del padre José Agustín Caballero prevenciones contra la desmedrada rutina escolástica que privaba en las aulas. Varela sienta enseguida su norma: “Todo se ha de aprender por análisis, no por autoridad; la experiencia y la razón son las únicas fuentes o reglas de conocimiento en esta ciencia”.

A estas alturas de hoy, esa consigna suena trivial; entonces era revolucionaria. Al estudio de la filosofía acudían solo algunas ávidas cabezas criollas pero los métodos de ese estudio pautaban los de toda enseñanza. Descansar en las autoridades filosóficas era una rutina que hacía innecesario el análisis y menospreciable la experiencia. Mientras por lo alto tales actitudes y métodos prosperasen, no habría genuina educación popular en Cuba. Además, ese autoritarismo intelectual iba de la mano con todas las demás formas del autoritarismo, el político inclusive. La primera chispa de la liberación la encendió el Padre Varela con aquella mansa frase.

He sabido que, al tener noticia de ella, el liberalísimo Obispo Espada se frotó las manos de gusto. Todavía no le parecía bastante, sin embargo: “Este joven catedrático va adelantando, pero aún tiene mucho que barrer”. Y Varela recordará algún día: “Tomé, pues, la escoba y empecé a barrer determinado a no dejar ni el más mínimo polvo del escolasticismo, como yo pudiera percibirlo”.

Su enseñanza oral y sus obras de materia filosófica tienen ese sentido polémico que solo en apariencia era negativo. En el fondo harían lentamente aquello que Luz y Caballero dijo en juicio memorable: enseñar a los cubanos a pensar.

Como el pensamiento era para el ideólogo Varela, ordenamiento de las imágenes sensibles, esa disciplina iría acompañada del estudio de la naturaleza. Con su poco de escándalo, el joven profesor introdujo en Cuba los estudios de física experimental, de química, de matemáticas, trajo aparatos de fuera cuando pudo y cuando no los construyó el mismo. No trabajaba solo para el aula, sino para toda una sociedad primeriza. Solía, pues, predicar en la Económica sus doctrinas y los graves varones rectores del país le escuchaban hablar de las ventajas de la ideología oriunda de Francia, no del peripatismo salmantino. 

Desde el púlpito, no solo edifica para la iglesia, sino también para su isla, elogia a los servidores de lo que ya él llama su patria. Sin negarle ditirambos al mismo Fernando VII, que había favorecido la economía insular. ¡Cuán lejos estaba de pensar que al monarca chulapón de “las caenas” habrá de deberle muy pronto el desvío de su propia vida!

Surge, en efecto, el rompiente. Lo que es ya para el buen sacerdote, enamorado de su misa y de sus muchachos, de sus elencos y sus misceláneas filosóficas, el verse de pronto metido en adoctrinamientos políticos, por teóricos que fuesen. España se ha vuelto a poner liberal. 

En 1820 con la marcha de Riego y en Cuba hay por lo menos un eco prometedor. A instancias del Obispo Espada, siempre alerta, la Económica crea –¡en el Seminario! – una cátedra de doceañismo constitucional que Varela se gana por oposición, movido también por aquel prelado. De la enseñanza en esa cátedra saldrán sus observaciones sobre la Constitución de la Monarquía Española. 

Un talento clarísimo, una palabra incomparablemente suasoria, sembraban en nuestra tierra las nociones de la libertad del freno y la responsabilidad del poder. No paró ahí la cosa, habría Cortes en 1827. Varela, acreditado ya de constitucionalista, no pudo impedir que lo eligiesen con otros dos compatriotas: Gener y Santos Suárez para representar a su Isla en Madrid.

El viaje es plácido, con ternura, cuenta otro viajero que durante la travesía el padre ha estado de muy buen humor, ha hecho cuentos joviales, ha tocado algunas veces el violín.

Por fin llega Varela al Parlamento, muy alejados de su gusto y oficio son algunos de los temas sobre los cuales tiene que opinar, como el de las nuevas ordenanzas militares, pero otros le quedan más cerca del corazón. Presenta un proyecto de gobierno autonómico para las provincias de Ultramar, un dictamen aconsejando nada menos que, el reconocimiento de la independencia de las antiguas colonias americanas, una memoria pautando la abolición de la esclavitud. 

Son tres proposiciones de ingenuo denuedo y noble previsión que suscitan escalofríos en las Cortes, con todo, y llamarse liberales. Hasta el “divino Argüelles” se siente demasiado humano para votar aquello. El Padre Varela mide melancólicamente la distancia que media entre la filosofía, cosa de absolutos más o menos, y la política trama de lo relativo.

Las aguas se encrespan. Ha estado la Santa Alianza poniendo piedras en el cauce. Entran en España los “Cien mil hijos de San Luis”. Las Cortes deciden poner a buen recaudo al Rey y a sí mismas. Como Fernando VII se niega declarándolo incapacitado “temporalmente”, lo cual no deja de ser una benignidad. Arrecia el acoso del de Angulema. Dispersándose los diputados. Otro sueño liberal español se desvanece y la Marcha de Riego cobra dejos fúnebres. Varela se escapa con otros compañeros por Cádiz bajo las balas de los barcos franceses. Ni pensar en volver a Cuba, por supuesto. Va a dar a los Estados Unidos, como Martí medio siglo después.

Pasará el resto de su vida. La reacción amnistía de la pena de muerte a los diputados antifernandistas pero no hará ya habitable la Isla para un hombre de los antecedentes de Varela. Un hombre que se había propuesto enseñar a los cubanos a pensar.

 Pronto comienzan a llegar a Cuba clandestinamente ejemplares de una revista titulada El Habanero, de la cual es Varela redactor único. En ella dice tranquilamente cosas tremendas, enjuicia la situación y los destinos del país. Afirma que Cuba no tiene ya nada que esperar de España, ni de Bolívar ni de nadie, que debe liberarse por sí sola. 

Ingresa en el vocabulario histórico una palabra explosiva, llamada a largo servicio. Si se llama “revolucionario” – escribe Varela– “a todo el que trabaja por alterar un orden de cosas contrario al bien de un pueblo. Yo me glorío de contarme entre esos revolucionarios”.

Los graves varones de la Económica se estremecen: de entusiasmo algunos, de temor prudente, los más. Dicen que de Cuba ha ido un hombre con onzas del Capitán General para matar a Varela. Y es que el primero de los desterrados ilustres de Cuba ha dado la consigna de lucha para todo el resto del siglo y más. 

Desde su destierro, sigue siendo hombre tutelar. No sabemos si por nostalgia o por previsión, traduce el manual de práctica parlamentaria de Jefferson. Cubano siempre, edita las poesías de Zequeira, pero al mismo tiempo, recuerda los menesteres materiales de su país y pone en castellano unos elementos de química aplicados a la agricultura. 

Escribe, en fin, para las revistas sustanciosas que su discípulo Saco va publicando en Filadelfia primero, luego en La Habana misma bajo el ceño fruncido de Tacón. De 1835 son sus Cartas a Elpidio que, aunque dirigidas a la juventud cubana no tienen nada de cartas, sino más bien de homilías ético-sociales. Es Varela, como dice el mismo de sí, “un pobre clérigo que a lejana distancia se complace en pensar en lo que convendría a su patria”.

Entretanto, se ha ido haciendo personaje en la alta clerecía católica de los Estados Unidos. Predica y escribe en inglés impecable. Libra batallas dialécticas contra el protestantismo retador. Discute a Kant que socava las creencias. Pero no es solo un intelectual. Riega limosnas y consejos, funda asilos. En una epidemia de cólera no se aparta de los lechos dolientes de los feligreses. Aman estos al sacerdote enjuto, trigueño, luminosamente feo, de larga y benigna sonrisa, de ojos muy brillantes tras unas gafas espesas de miope. Les regalan un templo para sus oficios. 

Lo hacen procurador de la diócesis de Nueva York y luego Vicario General. Está a un dedo de proclamarse Obispo y solo el origen extranjero y alguna que otra intriguilla parecen haber frustrado esa posibilidad que por lo demás no apetecía. Varela se da así el gran lujo de servir eminentemente a dos pueblos en distinto grado de formación.

¿Le había ya Cuba olvidado? En 1879, dolido de la indiferencia con que al parecer se habían recibido en su isla las Cartas a Elpidio, escribía con un poco de amargura. Pero era que la turbia perspectiva del destierro le ocultaba su cosecha manifiesta.

 Sí influía. Influía a su manera, con esa misteriosa irradiación, lentamente fecundadora de la doctrina y del ejemplo construía como construye siempre el pensamiento en el aire.

Todo tardaba mucho en venir, sin embargo, menos la muerte. En 1850 se sentía ya morir de ahogo del asma y el frío del Norte. Como siempre que esto le ocurría, se acercó a su isla cuanto pudo, fue a San Agustín de la Florida, donde había cielo azul, palmeras, negras y viejas piedras de España, también los americanos católicos y no católicos de la pequeña ciudad sureña recibieron los beneficios de aquel espíritu generoso que no parecía haber nacido sino para iluminar. Pero la salud se le quebrantaba cada día más al buen padre. En febrero de 1853 acudió allá un cubano a visitarle con auxilios económicos de sus viejos discípulos criollos. Llegó tarde. El padre Varela acababa de morir y había un gran duelo en San Agustín. 

Medio siglo largo tuvo que esperarse para que los americanos dejarán traer a La Habana los huesos yacentes en la tumba del hombre bueno y sabio a quien también ellos habían amado. Por indicios de algún macabro cambalache, se ha puesto en duda que fuesen efectivamente sus despojos, razón de más para que ahora, al cumplirse los 170 años de su muerte lo hubiésemos embalsamado de recuerdos y hasta levantado en algún lugar de la calle que lleva su nombre un monumento no demasiado ostentoso como cuadra a su espíritu y a su obra. Un monumento lo que nos hiciera pensar que teníamos todavía con nosotros a nuestro primer revolucionario, aquel que de la flor espléndida de Martí fue simiente y raíz.

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