Una fecha inolvidable

29 de septiembre de 2021

Lunes, septiembre 21, 1964, 7:49 pm ,… la tarde terminaba languideciendo lentamente,  y anochecía acentuando la humedad y el excesivo calor muy  propios del mes de septiembre….

Estábamos mi hijo Tommy  -entonces de 3 años de edad- y yo sentados en la sala de nuestro piso en La Habana mirando televisión cuando tocaron a la puerta. Al abrirla encontré frente al umbral de la misma un hombre de mediana edad, pobremente uniformado, con semblante muy serio aunque yo pudiera decir que, más que semblante serio, su rostro mostraba cierto contenido coraje. Extendió el brazo y me mostró un sobre que se notaba claramente que era un telegrama.  Aunque estábamos esperando la notificación de salida del país no pensé en esos momentos lo que aquel pequeño sobre podía significar para nosotros tres. Mi esposo estaba visitando a unos vecinos quienes también estaban a la espera de tal salida.  Firmé sin leer el recibo que me presentó… y el hombre se marchó a todo esto sin decir una sola palabra.  Cerrada la puerta, abrí el sobre lentamente y …¡¡¡OH gran sorpresa de la vida!!!:

Era el anuncio de nuestra salida hacia Ciudad México para el miércoles septiembre 23, 1964.

Volé, más que caminar o correr, para avisar a mi esposo. Era el atardecer de un día esperado hora tras hora, aunque ansiado con angustia; trazado desde mayo de 1961; truncado en el 62 cuando quedaron paralizados los vuelos debido a la Crisis de Octubre.

Nos quedaban una cuantas horas del martes para cancelar todo lo exigido por el gobierno revolucionario a los que deseaban abandonar el país.  Había que abonar tres meses en dinero/efectivo –aunque abandonábamos el país en menos de las próximas 24 horas- por el servicio de electricidad, gas para cocinar, el teléfono, la renta, y la cuota diaria de cinco onzas de leche que recibía Tommy por ser menor de 4 años de edad.  Varias amigas se brindaron ayudar; cada una a una distinta entidad revolucionaria a dar baja al servicio malamente ofrecido desde 1959.

Además había que visitar las oficinas de Cubana de Aviación quien otorgaba solo tres horas diarias para obtener los pasajes correspondientes.  En aquel tiempo los posibles pasajeros hacían guardia nocturna a la puerta de la línea aérea, a riesgo de ser detenidos y encarcelados; mi esposo había pasado la noche, de pie, con otros posibles pasajeros en el portal de Cubana de Aviación, entonces en el Paseo del Prado, La Habana.  Pasaba la hora del mediodía y no regresaba… aumentando mi inquietud. Yo tenía en la mañana que presentarme a la Jefatura de Policía correspondiente, con el telegrama permiso de salida, a solicitar el re-inventario de nuestras posesiones hogareñas.

En espera de aquella revisión –dando vueltas de un lado a otro- la mirada se detuvo en la muy pequeñísima maleta que descansaba indolente sobre mi cama matrimonial. ¿Cómo era posible que sucediera algo así en mi Cuba -pobre o rica- hasta hacía poco tiempo con una población feliz? ¿Quien había desatado tanto odio entre hermanos? …y tanto miedo a una traición de alguno de tu propia sangre?  Nuestra salida era legal y sin embargo se mantenía oculta a los miembros de mi propia familia y a todas mis amistades. Oculta a los vecinos de mis padres, los mismos vecinos que me vieron crecer desde mis inocentes nueve años de edad.

A las 4 de la tarde empezó la revisión,   habitación por habitación… Equipo eléctrico o equipo manual. Todo tenía que estar en perfecto estado tal como lo atestiguaba el inventario realizado a principios de 1962. Hasta la cuna-bebé de Tommy quedaba junto a su actual cama. Todo estaba en orden. Yo no sentía temor. Pero mis piernas parecían que iban a flaquear cuando el agente de la policía penetró, profanando aquel preciado lugar: mi Rincón Martiano;  y muy despacito fijó su mirada sobre cada uno de los cuadros y fotos del Apóstol.  Por un instante su muy colérica mirada se posó sobre una cristalera donde yo guardaba entre otros objetos martianos un puñado de arena negra de Playitas de Cajobavo.

“Hmmm  -musitó el agente en bajo tono pero no tanto como para que mis oídos dejaran de captarlo- “otro falaz martiano que se destiñe y traiciona a la revolución socialista”.

A partir de ese momento la casa quedó sellada.  Dentro de aquellas paredes reposaría mi cristiano corazón y … no me fue posible contener las lágrimas que mostraban desilusión, rabia, impotencia… y desprecio hacia el mundo entero. De las oficinas de Cubana de Aviación  mi esposo fue directamente a despedirse de sus padres y hermanos. Se abrazaron todos ellos, muy juntos; y fue tan largo y fuerte que pareció sería interminable, porque sabía él que algo se le quedaba en Cuba para siempre.

Un abrazo que fue un presagio.

 No volverían a verse nunca más en la vida.

La noche del martes 22 se convirtió en la noche más dolorosa y más extensa de todas mis tantas noches;  interminables horas de ansiedad y angustia pensando que aún, llegando al Aeropuerto Internacional José Marti, alguna nueva Gubernamental Revolucionaria Disposición detuviera nuestra partida hacia un futuro ambiguo, desconocido… pero lleno de inquietantes esperanzas.

¿Pudiera en dos días caber tanta alegría y tanta sangrante desdicha?

¿Desear que llegara el momento de la partida y al mismo tiempo temer su arribo la cual marcaba el rumbo hacia un  desconocido  exilio?

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