Un soldado que combate todavía: José Martí

Written by Libre Online

12 de enero de 2022

(Parte II de II)

Por César García Pons (1953)

En Enero de 1895

En el frío y desolado enero que es en New York el de 1895, dice adiós a sus más caros afectos. Ha de embarcar rumbo a la antigua Española con los generales Mayía Rodríguez y Enrique Collazo. Se lleva con él, en lugar del suyo, que está lejos, al hijo mayor de Carmen Miyares, Manuel Mantilla. El seis de febrero llega a Montecristi. Allí le esperaba el Generalísimo. En el mar, a bordo del «Athos», ha escrito su primera carta de la etapa final a su hija Marta: «Mi niña querida: Tu carita de angustia está todavía delante de mí, y el dolor de tu último beso».

Lo que le resta de vida ha de vivirlo ya en constante comunicación espiritual con los seres que le aumentaron el alma con jugos de corazón en el tramo final. Así, apenas arriba a tierra dominicana, le escribe a la niña: «Yo voy nombrándote por donde quiera que voy…” Y añade: «Que tu madre sienta todos los días el calor de tus brazos». Desde Santiago de los Caballeros, y vinculando el paisaje y las emociones de su espíritu al recuerdo de aquella «carita de angustia», le dice: «Yo te necesito más mientras menos te veo. Anoche, a las cuatro de la madrugada, estaba en el batey, como aquí llaman al patio de las casas de campo, al claro desyerbado que rodea la casa de vivienda: en el cielo de un azul que parecía vivo, estaban encendidas las estrellas, la luna recortada, y como de un fuego suave, iluminaba de arriba un mazo de palmas; las hojas de las palmeras se mecían suavemente, en el claro silencio: yo pensaba en ti».

Un “Diario” de sus andanzas

Le viene redactando a Marta un «diario» de sus andanzas. Le envía sus páginas  según las posiblidades de correo. Y le escribe, porque para ella siempre tiene tiempo, aún en los instantes en que la gran jornada guerrera que preparó le exige todos sus pensamientos y todas sus energías.

De ahí, que el 25 de marzo, en que lanza desde Montecristi el conocido manifiesto que firma con el Generalísimo Máximo Gómez. El manifiesto, dice Mañach, que «más que una declaración de guerra es el esquema de la Constitución Republicana», y en el que acentúa el designio fundador y el sentido normativo y trascendente que ha tenido siempre su palabra», porque quiere «abrirle cauces imperecederos a la patria que libera», de ahí que ese mismo día salgan, también, de Montecristi, rumbo a New York y su niña y la  hermana de ésta, las letras precisas a su necesidad de comunicación con ellas.

La despedida

Pero ese epistolario, como el resto de la correspondencia que redacta por esos días, revelan la certidumbre de la despedida. De una manera o de otra, con esta o aquella palabra hay siempre la alusión al viaje de donde no se vuelve, al momento final. Y no es, por tanto, mera coincidencia que en ese propio 25 de marzo ofrezca a su madre la justificación de su conducta: “Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de usted con una vida que ama el sacrificio?”. Ni tampoco, que sea de esa misma fecha su carta premonitoria a Federico Henríquez Carvajal, en que le anuncia cómo ha de caer en los campos de Cuba.

 Su testamento

El primero de abril dirigió a Gonzalo de Quesada la carta que considerado su testamento Por ella le comunica cómo ordenaría él sus «papeles» con vista a la publicación de los mismos. Y fiel, una vez más, al hijo que le llevaron a Camagüey años antes, y a su María, le pide a Quesada que si él le hace esa labor y le sobra de los costos, la mitad del sobrante sea para el primero y la mitad para las dos hijas de Carmen Miyares.

9 de Abril

El día nueve de abril es un día decisivo en Martí. Ha de partir horas después para la manigua cubana, salvando el trozo de mar que separa de Cabo Haitiano. Es el que demanda  mayor número de horas, porque todo ha de preverse y resolverse como frente a cosas definitivas: la marcha y su meta: la guerra. ¡Ah!, pero ese día sale de su pluma para María la carta más hermosa, la que por conducto de ella parece haber dirigido a todas las niñas cubanas.

Encierra, toma norma de vida, toda una filosofía de la  conducta, todo un ideal. Véanse algunos párrafos «A mi María. Y mi hijita ¿qué hace allá en el Norte, tan lejos?

¿Piensa en la verdad del mundo en saber, en querer —en saber para poder querer—, querer con la voluntad y querer con el cariño? ¿Se sienta, amorosa, junto a su madre triste? ¿Se prepara a la vida al trabajo virtuoso e independiente de la vida, para ser igual o superior a los que vengan luego, cuando sea mujer, a hablarle de amores, o llevársela a lo desconocido, o a la desgracia con el engaño de unas cuantas palabras simpáticas, o de una figura simpática? ¿Piensa en el trabajo libre y virtuoso para que la deseen los hombres buenos, para que la respeten malos, y para no tener que vender  la libertad de su corazón y su hermosura por la mesa y el destino?

 Eso es lo que las mujeres esclavas— esclavas por su ignorancia y su incapacidad de valerse — llaman «amor». Es grande amor; pero no es eso. Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento, y respeto. ¿En qué piensa mi hijita? ¿Piensa en mí?»

En Cabo Haitiano

«Aquí estoy, en Cabo Haitiano, cuando no debía estar aquí. Creí no tener modo de escribirte en mucho tiempo, y te estoy escribiendo. Hoy vuelvo a viajar, y te estoy otra vez diciendo adiós. Cuando alguien me es bueno, y bueno a Cuba, le enseño tu retrato. Mi anhelo es que vivan muy juntas, su madre y ustedes, y que pases por la vida pura y buena. Espérame, mientras sepa que yo viva. Conocerás el mundo antes de darte a él. Elévate, pensando y trabajando».

Las quiere maestras

Le traza un programa para cultivar la inteligencia y, para ganar la vida. Quiere que María y su hermana sean maestras.  Les pide que monten una escuela. Les dice de lo que han de valerse a fin de componer un libro didáctico, y atendiendo al alma de la mujer en formación, sentencia: «Leo pocos versos, porque casi todos son artificiales o exagerados, y dicen en lengua forzada falsos sentimientos, o sentimientos sin fuerza ni honradez, mal copiados de los que los sintieron de verdad.

Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol y su fuerza y amores, en lo alto del cielo, con su familia de estrellas— y en la unidad del universo; que encierra tantas cosas diferentes, y es todo uno, y reposa en la luz de la noche del trabajo productivo del dia.

Es hermoso asomarse a un colgadizo, y ver vivir al mundo: verlo nacer, crecer, cambiar, mejorar, y aprender en esa majestad continua el gusto de la verdad, y el desdén de la riqueza y la soberbia a que se sacrifica y lo sacrifica todo, la gente inferior e inútil. Es como la elegancia, mi María, que está en el buen gusto y no en el costo. La elegancia del vestido —la grande y verdadera— está en la altivez y fortaleza del alma.

Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia, y más poderío a la mujer, que las modas más ricas de las tiendas. Muchas tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco.

Quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada:   se sabe hermosa, y la belleza echa luz. Procurará mostrarse alegre, y agradable a los ojos, porque es deber humano causar placer en vez de pena, y quien conoce la belleza la respeta y cuida en los demás y en si.

 Pero no pondrá en un jarrón de China un jazmín, pondrá el jazmín, sólo y ligero, en un cristal de agua clara. Esa es la elegancia verdadera: que el vaso no sea más que la flor. Y esa naturalidad, y verdadero modo de vivir, con piedad para los vanos y pomposos, se aprende con encanto en la historia de las criaturas de la tierra».

Clara alusión a su muerte

Esta carta definitiva cierra con una clara alusión a su muerte, y con el postrer consejo: «Pasa, callada, por entre la gente vanidosa. Tu alma es tu seda. Envuelve a tu madre, y mímala, porque es grande honor haber venido de esa mujer al mundo. Que cuando mires dentro de ti, y de lo que haces, te encuentren como la tierra por la mañana, bañada de luz. Siéntete limpia y ligera, como la luz. Deja a otros el mundo frívolo: tú vales más. Sonríe, y pasa. Y si no me vuelves a ver, haz como el chiquitín cuando el entierro de Frank Sorzaao: pon un libro —el libro que te pido— sobre la sepultura. O sobre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres. Trabaja. Un beso. Y espérame.»

Desde la Playita

En plena naturaleza cubana, a donde arribó por La Playita, como él dice, costa baja y pedregosa de las cercanías de Baracoa, da cuenta a Carmen Miyares: «En Cuba les escribo, a la sombra de un rancho de yaguas.» Y a seguidas: «Yo, por el camino, recogí para la madre la primera flor, helechos para María y Carraíta, para Ernesto dar piedra de colores. Se las recogí como si los fuese a ver, como si no me esperase la cueva o la loma, sino la casa, la casa abrigada y compasiva, que veo siempre delante de mis ojos.» Y asegura la compañera lejana que en todo instante está viendo su rostro «piadoso y sereno».

 “Yo evoqué la guerra”

Desde la noche del 11 de abril pisaba la tierra natal, camino de la guerra. «Yo evoqué la guerra. Mi responsabilidad comienza con ella», había dicho. Su estado de ánimo al escribir a Gonzalo de Quesada y a Benjamín Guerra, sobre una tabla de palma que sostienen cuatro horquetas, saturado ya del paisaje que añoraba, gozoso del amanecer en aquella vega de los montes de Baracoa, lo tradujo asi: «Refrenaré mis emociones. Hasta hoy no me he sentido hombre. He vivido avergonzado, y arrastrando la cadena de mi patria, toda la vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo. Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que los hombres se ofrecen al sacrificio.»

Mi único deseo

Al sacrificio iba. Ya estaba en manos de Federico Henríquez Carvajal por esos días la carta en que expresara: «… mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador, morir callado. Para mí ya es hora.» Ocurrió muy pronto, en Dos Ríos, un día de mayo, el 19, el último en que se oyó sobre la manigua insurrecta su palabra arengando a la tropa, y cuando el eco de su vos sonora recorría aún la llanura. Vestía una camisa azul, trasunto del cielo que contempló impasible su caída. Llevaba encima del corazón un retrato de María, con el que pretendió, por bella ofrenda de poeta, un escudo contra las balas. Cayó de frente, tal como lo prometiera a los hombres del 68, derribado de su jaca mora por el fuego de los soldados de España que él mismo había invitado al combate.

Dejó a los cubanos el ejemplo de una vida sin mancha, una patria, la flor de su pensamiento, el arte maravilloso de su pluma. Y en la historia de su existencia, la grandeza de que más podemos enorgullecemos.

 Pepito en “Ismaelillo”

Aún después de muerto sangre suya se derramó otra vez por la libertad del suelo a que había ofrendado su vida gloriosa. La lucha con Carmen Zayas Bazán, la tragedia íntima, que tenía sus raíces en la causa, cubana, se resolvió con el triunfo de Martí sobre las fuerzas conservadoras que mantuvieron a su hijo alejado del escenario histórico en que él se movió. Pepito, el niño acariciado con los versos de «Ismaelillo», sintió el llamado de la carne viril de que provenía, y abandonándolo todo se fue  a la guerra. Pronto recibió su bautismo de sangre, y para desafiar mejor a los matadores de su padre pidió al general Calixto García, durante la toma de Victoria de las Tunas, que le permitiera manejar un potente cañón de artillería, servicio de temeridad y riesgo. «Era un niño», comentó Sanguily. Se batió con valor. A corta distancia de donde se encontraba, para colmo de su embriaguez cubana, vio el muchacho caer, en la propia acción, al ya comandante Angel de la Guardia, acaso el único testigo del derrumbe de su progenitor en los campos de Dos Ríos.

Quedaba, así, saldada si deuda era— la deuda de Carmen Zayas Bazán. Se unían otra vez para la historia, sobre la conducta heroica del niño que los dos mecieron en la cuna, aquellos que la vida separó para que fuera posible la independencia y la libertad de la tierra nuestra.

José Martí ganó muy pronto una dimensión continental. Hoy es un soldado del mundo que todavía combate, al frente de milicias desarmadas, por la libertad.

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