Un retrato y una Cinta, dos objetos sobre un mismo corazón

Written by Libre Online

16 de junio de 2021

Por Luis Rolando Cabrera

Fotos de Martínez Beronda (1951)

Esta es la casa que habitaba Máximo Gómez en Montecristi. De allí salieron los seis hombres que componían la que Martí llamo “mano de valientes”. Fue en ella donde Clemencia Gómez Toro entregó al Apóstol la cinta azul que aquí nos cuenta su historia, una historia que recoge los últimos días que pasó Martí en el mundo.

Son innumerables los retratos que andan por el mundo a los cuales sus poseedores conceden un alto valor sentimental. Incontables son también, los pedazos de cintas de cualquier clase o color, que se guardan como recuerdo de un ser querido o de algún momento que es grato evocar.

Pero la cinta y el retato de esta historia son a no dudarlo, algo excepcional. Y en ello estarán de acuerdo los lectores cuando sepan que ambos objetos –tela y cartulina- estuvieron, en el instante postrero de su vida, sobre el corazón de un hombre impar, José Martí.

Esta que aquí  recogemos es la historia que ellos hubieran contado de haber tenido el don de la expresión oral o de haber existido alguien dotado de la facultar de comprender el mudo lenguaje de las cosas.

¿Para qué hablar de mis primeros pasos en la vida?, diría la cinta. No es más que una historia vulgar. Lo interesante empieza allá, en Montecristi, pequeña población dominicana donde vivía, en 1895 esperando el momento de reinicar la lucha, el general Máximo Gómez. El hogar del héroe de cien combates era humildísimo, pero brillaba de limpio y bien cuidado. Allí, durante ocho años, el hombre de Las Guásimas, El Naranjo y La Reforma de dedicó con ahínco al trabajo para ganar el pan de  los suyos, por educar a sus hijos que según palabras de Martí:

“Salen a recibirlo, a tomarle la carga del arzón, a abrazársele enamorados al estribo, a empinarle la última niña hasta el bigote blanco …”.

Fue una las hijas del general Clemencia, la que  me compró un día para adornar sus cabellos. La sedujo -seguramente-  mi color azul brillante, bien parecido al del cielo sereno de la patria aún irredenta. Y así entré yo – humilde pedazo de cinta- en la casa donde eran blasones las virtudes de Manana y las glorias guerreras de su esposo.

A esa casa llegó un día un visitante esperado. Era pobre su atuendo pero traía una luz tan grande en la mirada, era tan persuasiva su palabra que quien le observaba y  escuchaba tenía forzosamente que olvidar la humildad en su aspecto exterior para pensar de inmediato que se hallaba ante un ser extraordinario, uno de esos hombres que llenan por si solos un pedazo de la historia. Pronto supe su nombre, se llamaba Martí, José Martí. En general le trababa con afecto: Manana le mimaba como a un hijo más; para los niños era casi como un Dios.

Pronto Martí y Gómez salieron a extenso recorrido. Lupe –pese al silencio que se guardaba sobre los motivos de su viaje- que andaban en busca de medios para financiar una expedición a Cuba. A su regreso hubo reuniones y conciliábulos.  Gómez estaba activísimo. Martí casi febril, Manana trajinaba silenciosa con una mal disimulada pena en los ojos. Clemencia aparecía transformada. En toda la casa se respiraba la atmósfera que precede a las grandes ocasiones.

Y ésta llegó. Gómez y Martí se aprestaban a partir. Iban hacia el lugar al que les llamaba el deber. Fue en la madrugada del primero de abril. Los expedicionarios, uno tras otro, abandonaron la casa por na puerta trasera. Conocía sus nombres: el dueño de la casa, Martí, Paquito Borrero, César Salas, Angel Guerra, Marcos del Rosario. Iban también los dos hijos del general –Panchito y Máximo- que no podrían, pues a sus deseos acompañar a su padre.

Yo ya no estaba en la bruna cabellera de Clemencia. En el momento crucial de la despedida, la joven me había quitado el lugar de costumbre, entregándome a Martí con una nota que decía:

“¡Martí! No tengo más recuerdo que darte; así quito esta cinta de mi cabello, que tiene todo el fuego de mis  pensamientos y uno de los colores de nuestra bandera. Eso solo te llevarás de tu hermana, Clemencia”.

El Apóstol aceptó el obsequio. Ya dejaba, a partir de entonces, de ser un adorno. Ahora era un recuerdo.

Vinieron después para mi nuevo dueño, momentos bien difíciles: la navegación el “Brothers”, la traición de Bastián, el arribo del “Mordatrand” la nueva travesía.

En la cubierta del carguero alemán, oteaba Martí el horizonte impaciente, en busca de una señal que le indicase la presencia de la isla amada. A las cinco de la tarde del once de abril logró ver las altas cumbres de los montes orientales. Entonces, satisfecho ya, pudo escribir que “ha dejado de sufrir”.

A las ocho de la noche los expedicionarios tomaron un bote, frágil juguete de las aguas del Caribe. Sacando fuerzas de sus inagotables reservas de energía, Martí empuñó un remo y aunque la madera tosca le hacía ampollas en las manos, acostumbradas a la pluma, siguió remando contento porque cada golpe de remo le acercaba más a Cuba.

Yo, bien cerca de su corazón, podía oír su latir apresurado. Unas varas más y estarían en la tierra amada. Arribaron a una playa inhóspita que sin embargo, les pareció un paraíso. Sobre las duras piedras dobló Gómez la rodilla y besó la tierra que había jurado libertad. Martí de pie miraba lo poco que podía ver a la luz de la luna, que comenzaba a salir, miraba y volvía a mirar.

Yo, junto a su corazón, temí que fuese  a estallar. El me había puesto allí y para que Clemencia lo supiese había escrito, horas antes, en carta a Manana:

“A Clemencia le dice que en el lugar donde la vida es más débil, llevo de amparo, una cinta azul”.

Tal vez lo dijese solo por halagar a mi antigua dueña. Yo sé que Martí no creía en amuletos, pero el conocer esas líneas había hecho que a mis propios ojos, aumentase mi importancia. Para mi estaban lejanos los días en que era un objeto muerto en una tienda dominicana; lejanos también aquellos en que servía de adorno a unos cabellos femeninos. Ahora era más que un recuerdo. ¡Ahora era un talismán!

¿Para qué narrar ahora las peripecias de aquellos días? Los biógrafos de Martí las han recogido en páginas ungidas de admiración. El propio Apóstol dejó, con su prosa incomparable, un relato para las generaciones futuras, en el Diario que llevo, desde la noche de Playitas hasta el holocausto de dos Ríos. ¡Oh las admirables descripciones martianas! ¡Cómo sabía él retratar, en dos trazos de su pluma, a los hombres, los paisajes y las cosas!

Pero yo puedo hablar de su íntima alegría; de latir de su corazón nobilísimo al estrechar en sus brazos a Félix Ruenes; a Victoriano Garzón, “el negro juicioso, de bigote y perilla”,  a Periquito Pérez, “el primer sublevado de Guantánamo”; a José Maceo que le alzó en sus brazos de gigante; a Quintín Banderas”, troncado el cuerpo, la mirada baja y la palabra poca”; a tantos y tantos otros.

Puedo decir con cuanto orgullo se veía entre los hombres que peleaban, compartiendo sus privaciones, su vaca y el café, endulzado con miel. Estuve con él, pegada a su pecho, todos aquellos días. Le vi, dolido en “La Mejorana”; elocuente en la estancia “Filipinas”; compadecido, en el juicio del bandido Masabó;  conmovido cuando los mambises le llamaban, con respeto: “Presidente”.

Y estuve finalmente, en el campamento de Dos Ríos. Lo sentí montar en el caballo blanco, regalo de José Maceo y bien cerca de mí, pasó la bala española que le destrozó el pecho. Nunca sentí tanto el ser una cosa Inanimada; nunca me pesó con fuerza tan abrumadora el convencimiento de mi inferioriad. ¡Aquel hombre, tan puro y tan bueno, se moríaa y yo nada podía hacer para evitarlo!

Y pensar que, ensoberbecida, había llegado a creerme un talismán. No. yo no era más que una pobre cinta azul, obsequio de una joven, patriota y soñadora, al hombre que llevaba ya en la frente como una estrella de predestinación, la señal de mi próxima muerte.

Los españoles recogieron su cadáver. El jefe de la tropa, al hacer el inventario de sus pertenencias anotó, refiriéndose a mí:

“Una cinta de seda azul hallé en un papel con una dedicatoria entusiasta, alusiva al color de la cinta y a la guerra…”

Martí estaba muerto. Su noble corazón había dejado de latir. No le sentiríamos mas la palabra aleccionadora y convincente; no te veríamos, en su levita azul, compartir las vicisitudes de la marcha: no curaría heridos, ni le brillarían los ojos al oírse llamar Presidente. Sus despojos, cuidadosamente custodiados por los españoles iban rumbo a Santiago de Cuba.

Pero su muerte, como su vida, había cambiado mi destino. Ya yo no era una simple cinta; era más que un recuerdo y mucho más que un talismán. Ahora era; ¡una reliquia! algo íntimamente ligado al más noble trabajador y patriota de los hijos de esta tierra a la que llegó un día pegada a su corazón.

Terminó así su relato el pequeño trozo de cinta azul. Y el rectángulo de cartulina, amarillo por el tiempo, comenzó a su vez: No sé -dijo como podré arreglármelas para no caer en repeticiones. Además, no tengo dotes de narrador. Pero procuraré al menos, hacerme entender, ya que mi historia, como la de esta cinta, es digna de contarse.

Mis primeros días fueron también, carentes de importancia. Estaba con otro compañero en una caja de papel de revelar, en el estudio de un fotógrafo neoyorquino. ¡Gran ciudad esa! A ella llegó Martí, un día de enero – el mes en que había nacido- del año 1880.

Traía el desterrado, royéndole el alma, muchas y hondas tristezas. Le apenaba no sólo el dolor de la  patria esclava sino la frustración de su vida conyugal que era espina, clavada en lo más hondo de su ser. Pero se dispuso a entregarse al trabajo, su gran remedio. “Entregados al trabajo decía él— no hay manera que la pena nos venza”.

Y buscó un lugar en que poder escribir, alguna casa de cubanos en que le diesen alojamiento y tal vez cariño y comprensión. La suerte, tan esquiva siempre para con él, no le fue hostil en esta ocasión.

En la casa de huéspedes de Manuel Mantilla en el número 51 de la calle 29 al lado Este de la gran ciudad, encontró no sólo un techo, mantel puesto y lecho donde reposar, sino algo más: verdadero calor de hogar. Halló aún más;  un alma hermana, una persona afín, una tierna sonrisa de mujer: a Carmen Miyares.

Pronto se sintió Martí como un elemento más de aquella familia, abatida por el infortunio, pero que se mantenía luchando con la adversiad guiada por la entereza de Carmita, alentada por su coraje, por su inextinguible fe.

Pasaron los años. La otra Carmen –la esposa- rompió definitivamente con Martí, yéndose a vivir junto a sus padres. Manuel Mantilla – enfermo grave ya al llegar Martí- pasó a mejor vida. Y el Apóstol se sintió más y más enraizado en aquel hogar donde las penas y los sinsabores se producían como en su propia vida atormentada. Cuatro hijos tenía el matrimonio Mantilla-Miyares. –a todos los quiso Martí con acendrada devoción, preocupándose aún cuando se hallase lejos en sus viajes de propaganda libertaria, porque los niños estudiaran, trabajasen y  labrasen un porvenir.

Yo llegué a la casa de los Mantilla, mucho después que él. Me utilizaron  para un retrato de la menor de la familia, de María, la predilecta de Martí. Y la efigie de la niña dulce y buena, impresa en mi superficie, fue a parar a la cartera del Apóstol donde fui, desde entonces, una de sus posesiones más queridas, la más buscada por sus ojos, cuando no tenía delante a la menuda personilla cuyo rostro había quedado grabado en mí. A ella le escribió un día:

“Quiere y sirve, mi María. Así te querrán y te querré. Y ¿cómo no te querré yo, que te llevo siempre a mi lado, que te busco cuando me siento a la mesa, que cuanto veo y leo te lo quiero decir, que no me levanto sin apoyarme en tu mano ni me acuesto sin buscar y acariciar tu cabeza?.

Mucho la quiso, efectivamente, aparte de este cariño se reflejó en mí. El amor de aquel hombre excepcional por la niñita que lo representaba me enorgullecía porque me probaba que no debía quejarme  de mi suerte y me hacía  bendecir la hora en que el fotógrafo me escogió para tal fin.

Acompañé siempre a Martí. Y muchas veces me sacó él para mostrarme a sus amigos y conocidos, orgulloso de la pequeña María, que allá en el Norte, lejos de él, estudiaba y se convertía en mujer. “Cuando alguien me es bueno y bueno a Cuba, le enseño tu retrato” escribió una vez. Así entendía él que compensaba la bondad de los demás, mostrándoles la carita dela niña a quien llamaba: “mi María”.

Así emprendió su último viaje,  a Santo Domingo, la tierra donde Gómez le esperaba y de la cual saltarían los dos a Cuba para encontrar, él, la muerte en Dos Ríos. Le acompañé en ese postrer viaje. Como la cinta de Clemencia, estuve bien cerca de su corazón. Como ella, pude aquilatar su satisfacción al sentirse en tierra cubana y si río la besó emocionada como el Chino Viejo, la recogió toda en su mirada luminosa como si quisiera beberse con los ojos la isla que venía a regar con el tesoro inapreciable de su sangre generosa.

Anduve, pegado a su pecho, por los vericuetos de la tierra baracoense. Le vi sudar y agitarse cargado con su jolongo, rústicamente calzado, subiendo lomas y vadeando ríos. Eran días grandes para él. “¡Que luz-diría- qué aire, qué lleno el pecho, qué ligero el cuerpo angustiado!”.

Y en los campos de Cuba, como antes en tierras hermanas de América, me sacó muchas veces para contemplar el rostro de la chiquilla a quien tanto amaba. Ya en Montecristi, antes de lanzarse al mar, había escrito una larga carta a “su María”. En medio de las mil exigencias del momento, cuando escribía cartas y órdenes, cuando le eran menester cien ojos y  mis manos, no guardó la pluma sin trazar para su querida niña muchos y apretados renglones en que le daba innúmeros consejos para que viviese como maestra en tierras norteñas, para que tradujese un libro del francés y tuviera así con el que ayudar a su mamá. De ésta había recibido un pequeño libro de anotaciones que también colocó  sobre su pecho generoso. Y escribió a Carmen: “el libro de citas, tú verás como va a alejar de mi todo peligro, lo llevaré siempre dellado del corazón”.

Bien sabemos que ninguno de esos objetos a los que atribuía – por venir de quien venían- tan alto valor sentimental, pudimos alejar de él la muerte. Esta le rondaba yo como amante persistente. Y la cita fue el 19 de mayo, en el campo de Dos Ríos, en una tarde en que brillaba el sol.

Mientras él escribía, sonaron unos tiros y la carta quedó inconclusa. “Honestidad” fue la última palabra trazada por su mano. Una palabra que sintentizaba su vida de luchador incansable de hombre que supo darse por entero al amor de los demás. Cuando montó a caballo tuvo algo así como un presentimiento. Cargó contra las filas enemigas y al igual que la cinta sentí el paso del plomo homicida que paralizó su corazón. Desde el caballo claro cayó al suelo, ensangrentándolo. Y murió sin poder ver por última vez el retrato amado, la cara queridísima de María Mantilla. Pero él, que tanto la amaba, la llevaba en la luz de sus  ojos y se sentía confortado al saberse querido por la niña que allá en Nueva York seguía sus consejos y esperaba su vuelta. Que lo esperase le decía él en el párrafo final de su última carta”.

“Y si no me vuelves a ver, haz como el chiquitín cuando el entierro de Frank Soriano: pon mi libro – el libro que te pido- sobre la sepultura. O sobre tu pecho porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres. Trabaja. Un beso.  Y espérame”.

No le vio ella más. Murió de cara al sol en una tarde mayo. Y fue donde lo supieron los hombres. Ahora en su sepultura no faltan la bandera ni las flores que pidió en sus versos. Pero más que  la tierra generosa del Oriente indómito está él enterrado en el corazón de los que habiéndole o no conocido le aman de verdad. Y entre éstos se hallará siempre en línea primerísimo la entonces niña y hoy anciana María Mantilla, la que sabe para su orgullo y su consuelo, que al extinguirse la vida de uno de los hombres mejores que han pasado por el mundo, llevaba él un pedazo de cartulina –su retrato- sobre el ya inerte corazón.

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