UN DÍA PARA LOS PADRES

Written by Rev. Martin Añorga

11 de junio de 2024

Quizás hoy la idea se haya comercializado y los regalos, las tarjetas de felicitación y los mensajes de texto acaparen la atención; pero lo cierto es que la creación del Día de los Padres tuvo un sentido profundamente espiritual y romántico, y no podemos ignorarlo ni convertirlo en un mero reencuentro frugal.

Cierta mañana de domingo, en una Iglesia del estado de Washington, la Sra. Sonora Dodd escuchó un sermón dedicado a las madres. Mientras prestaba atención al predicador por su mente cruzó el pensamiento de que los padres merecían también su distinción, y a partir de ese momento se dedicó a la tarea de que se les designara un día especial en el calendario. Demoró la atención a sus nobles pensamientos, pero finalmente tuvieron la merecida acogida que muchos esperaban.

El padre de Sonora, William Jackson Smart, era un veterano de la Guerra Civil quien enviudó cuando su esposa falleció al dar a luz a su sexto hijo. Este hombre rudo, hecho para la pelea, se vio solo de pronto con un recién nacido y cinco muchachos adicionales, y a todos los crió en una hacienda al este del estado de Washington. Los padres tienen también el amor y la ternura  que para los hijos tienen las madres. 

Cuando Sonora alcanzó la adultez valoró en todo su esplendor la vida de su padre, a quien recordaba con admiración y gratitud. El coraje que él desplegó a golpe de sacrificios para hacer, sin el apoyo de una madre, de todos sus hijos personas de bien, era tema para su perenne testimonio. William fue un ejemplo, y es un reto para los padres de hoy. Recordamos las palabras de Jenofonte, “¿Dónde vamos a encontrar a alguien que haya recibido de otro cualquiera más favores de los que los hijos reciben de sus padres?”

Ya que el padre de Sonora había nacido en el mes de junio, ella escogió ese mes, precisamente el domingo 19 de junio de 1910 para que en su Iglesia de Spokane, Washington, se celebrara el primer Día de los Padres en América. La celebración fue auspiciada por la Asociación Ministerial local y las autoridades de la ciudad y del estado emitieron declaraciones y proclamas respaldando la misma. Ese día los padres que fueron objeto de la sincera y emotiva ocasión  se  sintieron profundamente felices y agradecidos. 

Es justo señalar que un año antes, el 5 de junio de 1908, ya se había celebrado en la Iglesia Central de Fairmont, West Virginia, un servicio religioso en honor a los padres conducido por el Rev. Robert Webb; pero el privilegio de lograr la designación de un día nacional dedicado a los padres cabe a la Sra. Dodd, quien supo rendir un justo y apasionado culto a la memoria de su inigualable padre, y quien trabajó febrilmente para que su causa fuera compartida por otros. Es interesante que ambas celebraciones, la del Día de las Madres y el Día de los Padres, hayan surgido en el seno de la iglesia.

En el año 1924 el presidente Calvín Coolidge expresó su apoyo a la idea de convertir el Día de los Padres en una fecha oficial; pero no fue hasta 1966 que el entonces presidente Lyndon B. Johnson firmó la proclamación presidencial declarando el tercer domingo del mes de junio como el Día dedicado nacionalmente a honrar a los padres, vivos y muertos, de la nación americana.

Este año, pues, tendremos nuestro quincagésimo séptimo celebración oficial del Día de los Padres; pero lo cierto es que desde las más remotas edades los padres han sido siempre objeto de reconocimientos respetuosos y agradecidos. Uno de los más notables antecedentes lo tenemos en las fiestas llamadas  “Parentalias romanas”, que duraban nueve días del mes de febrero, aunque el objetivo era, al decir de Ovidio: “complacer las almas de nuestros padres fallecidos”. Nuestro Día de los Padres no tiene como único objetivo el honrar a los padres muertos, sino que fundamentalmente es la aceptación del cuarto mandamiento de la ley de Dios escrita en el Antiguo Testamento hebreo: “honra a tu padre” La aseveración del Antiguo Testamento se basa en el lugar que los padres merecen y en la responsabilidad que desempeñan, y tal hecho básico ha sido adoptado plenamente por el cristianismo. La relación con nuestros padres no es tan solo la expresión de un comportamiento social o de una tradición familiar. Por supuesto, también se trata de una ocasión festiva, de alegría y solemnidad al mismo tiempo.

A veces los hombres están tan inmersos en sus trabajos que les dedican poco tiempo a los hijos. Conocimos a una familia de buena posición económica y en una visita fraternal que le hicimos nos sentamos a conversar. Estaban el padre y la madre presentes, y Tommy el hijo único de trece años. En medio de la conversación Tommy se quejaba de que veía muy poco a su papá. Este, que lo escuchó le dijo, “¿por qué te quejas si te compro siempre todo lo que pides?” El niño, sin pensarlo le dijo: “papi, es que a quien quiero es  a ti”. No olvido el abrazo que le dio el papá a su hijo.

En otra ocasión estaba visitando en un hospital a un niño de nueve años de edad  que se había fracturado el brazo derecho en una caída. La mamá estaba ausente, pero el padre, que estaba allí, no dejó de usar el teléfono ni por un momento. Al final de la visita, como era mi deber, quise elevar una oración a Dios. Jorgito, así se llama el niño, me dijo que también quería orar. Recuerdo que en su suave vocecita  su oración, que no la voy a olvidar, fue ésta: “Dios cuida a mami y a papi, cúrame pronto a mí y quítale a papi el mal genio y dile que hable también conmigo”. Por supuesto, las palabras de Jorgito provocaron risa. “La oración de un niño es una de las grandes preferencias de Dios’, dije y le pregunté a mi compañero, “¿qué te parece, Jorge, si le hacemos caso?” Es evidente que Jorge es un muy cercano amigo. Se trata, nada menos, que de un compañero pastor.

Los padres somos muy importantes en las vidas de nuestros hijos, y siempre debemos estar conscientes de esa realidad. Hay padres que delegan sus responsabilidades en la esposa y muy a menudo en los abuelos, y no que esto sea impropio, sino que debemos ser padres extraordinarios, formidables, únicos, hombres de bien, amantes y protectores de nuestros hijos que  merecen muestra cercanía y nuestras expresiones cotidianas de amor y ternura.

El Día de los Padres se ha establecido como oportunidad para exaltar a hombres que proyectan en sus hogares y en la sociedad una figura paternal, respetable y ejemplar. Hemos visto a niños que en el Día de los Padres abrazan a sus padres con una devoción casi sagrada. Para ellos el padre es el ídolo, el héroe, el ser superior y poderoso. ¿Quién  no ha visto a un grupo de niños hablando de sus padres? Para cada uno, su papá es el campeón.

Me contaba una joven estudiante en la escuela en la que yo enseñaba, que su jefe en la oficina recibió una tarjeta de una de sus ex empleadas que decía “gracias, porque usted sustituyó a mi padre que está en el cielo y no me dejó llorar el dolor de ser huérfana. No lo olvido y le envío un agradecido abrazo en este Día de los Padres. (Sonia).  Este empresario, probablemente ya jubilado, tenía dos hijos que no había visto por los últimos 18 años. Uno vive en Suiza y el otro en Granada. Hoy día, en este mundo tan complicado, muchas familias se disgregan. Unámonos, los hijos que andan por el mundo, lejos de sus padres, con  una llamada, una carta y un beso. Es todo lo que necesitan para ser felices.

Muy a menudo nuestros padres, o quienes son como nuestros padres, no pasan de ser héroes ignorados. La separación matrimonial es numerosa; pero el hecho de que los padres se separen no debe implicar que los hijos sean las víctimas de la separación. Suele ser demasiado tarde para muchos de nosotros la ocasión en que podamos decirles a nuestros padres cuánto les amamos. En una sala funeral, frente al cadáver de su padre, oí decir a un hijo: “ – Viejo, te me fuiste sin que nunca yo te dijera cuánto te quiero y cuánto te debo … nunca te lo dije; pero si ahora puedes oírme quiero que sepas que tú eres el mejor padre del mundo”. Me hizo recordar ese hecho las palabras del poeta y novelista francés Alphonse Daudet: “¡Si tú supieras, cuando ya no se tienen, cómo se añora no haberles dedicado a los padres más tiempo!”. 

No esperemos a mañana para arreglar desafueros, para componer relaciones y para decir lo que llena nuestros corazones de añoranza. Aprovechemos este Día de los Padres y declaremos a nuestros padres los grandes héroes de nuestras vidas.

Los que están en el cielo se honran con lo que somos y hacemos en Memoria de ellos.

Los que están con nosotros, más allá del simple regalo, lo que quieren de nosotros es que les demos un fuerte abrazo y que digamos, felices y radiantes: “¡Gracias,  papá,  porque tú eres el mejor padre del mundo!”.

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