UN AÑO MÁS Y TODO SIGUE IGUAL, O PEOR, EN LATINOAMÉRICA

Written by Adalberto Sardiñas

5 de enero de 2022

Que América Latina es un continente en erupción, ya lo sabemos. Nos lo dijo el peruano Eudocio Ravines en la primera mitad del siglo pasado, en su libro “El Camino de Yenán”. Ochenta años más tarde, nada ha cambiado. Todo sigue igual, o peor. La democracia no ha encontrado asiento permanente en esa parte de América, salvo escasísimas excepciones, y, en esos casos, con notables barreras.

Este ensayo democrático a medias, es lo que algunos politólogos han llamado “democracia imperfecta”, donde el gobierno garantiza algunos derechos, pero no ha podido abolir un sinnúmero de defectos, ineficiencias, y abusos como son los tributos exagerados, restrictivas regulaciones sobre la empresa privada, el frágil derecho a la propiedad, y una corrosiva corrupción endémica, que siempre se interpone al crecimiento económico.

Una simple ojeada al panorama de nuestra extensa región, nos muestra una caída desoladora en los valores democráticos desde el principio del presente siglo, en contraste con la última veintena del siglo pasado. Entonces, la mayoría de los países de la región se habían reintegrado a una especie de normalidad democrática. Un aire de estabilidad surgía, pero su duración resultó efímera, y el fantasma del caudillismo regresó a la comarca.

Desde el inicio del 2000 una ola de populismo ha engolfado la América Latina: Venezuela, Bolivia y Nicaragua, comenzaron con la nueva tendencia para caer de lleno en las redes tendidas por el comunismo cubano.

Recientemente Perú, Honduras, y Chile, durante procesos electorales, han tomado el sendero populista, eligiendo candidatos extremistas muy vinculados con las dictaduras de Cuba y Venezuela. Otros países, como Argentina y El Salvador, se desentienden de la democracia liberal, y coquetean, abiertamente, con el populismo demagógico. Como resultado de esta reverberación populista, América Latina es hoy menos libre, menos democrática, y más expuesta a los peligros de la tiranía, que antes de la llegada del siglo XXI.

Y la pregunta preocupante que se asoma, es: ¿está la democracia en peligro? Y la respuesta, basada en la sabiduría común, sería: sí, si no somos capaces de controlar este brote que, generalmente, termina en la autocracia.

Existe el peligro, ya materializado en varios países de Iberoamérica, donde se desconocen las reglas de derecho, la seguridad ciudadana, la libertad religiosa, el derecho a la libre reunión y expresión, y, sobre todo, el derecho humano fundamental a la libre auto determinación. Este grupo de elementos, en conjunto, o por separado, son dardos mortales contra los principios fundamentales de la democracia.

El ataque a la democracia, se ejerce hoy, de manera más sutil y sofisticada, bajo un manto de legalidad cubierto por triunfos electorales. Ejemplos son Perú, Honduras y Chile. A la luz de la interpretación extremista, de la derecha o de la izquierda, estas victorias equivalen, en una errónea concepción, a un mandato para desmantelar el andamiaje institucional que protege a todos los sectores del tejido social. Desestimar este populismo irracional, nos llevaría de la mano al surgimiento de varias Cubas y Venezuelas en el hemisferio y un inevitable deterioro del sistema democrático.

  A lo que cabe otra pregunta, anexa a la formulada un poco más arriba en este artículo, pero ésta específicamente pertinente a esta nación.

¿Podría el populismo desatado en la última década, causar similares trastornos en la democracia americana? Es posible, pero, ciertamente, no probable. Y esa improbabilidad consiste en la fortaleza de sus instituciones. Su libérrima constitución es el pilar que sostiene el credo liberal y democrático de la nación, que la hace, como la ha venido haciendo por más de dos siglos, impermeable a los excesos del radicalismo demagógico.

Recientemente, la nación se vio agitada por eventos tormentosos ocasionados por la muerte de varios ciudadanos de la raza negra a manos de la fuerza pública.

Estos acontecimientos, fueron dramáticamente explotados por grupos extremistas, que, de forma violenta, buscaban, no tan solo remedio, sino absurdas demandas de cambio en la estructura político social del país.

Aunque algunos en el sector privado cedieron a las demandas, la nación navegó incólume la tormenta de “la cancelación cultural” y el daño se limitó a la destrucción, muy lamentable, por cierto, de varias estatuas de figuras prestigiosas.

La diferencia entre Estados Unidos y las naciones latinoamericanas, es que aquí se siente, se vive y se practica la democracia como un concepto serio que contiene lo esencial de las aspiraciones individualistas del hombre, mientras que allá, son meras palabras que se usan de acuerdo a la ocasión o intereses políticos. En resumen, es la disciplina entre países serios y no serios, lo que hace la diferencia.

Mientras la nación norteamericana remontó, hasta la cúspide del éxito entre todos los países hasta alcanzar el predominio de Súper Potencia en el siglo XX, el resto de América, con escasísimas excepciones, permaneció en el punto cero, es decir, igual o peor, en lo social, político y económico en el transcurso del mismo siglo.

BALCÓN AL MUNDO

Una de las cifras que no se han reportado mucho, a pesar de su importancia, es el cambio poblacional de varios estados como consecuencia directa de las restricciones impuestas por esos gobiernos para combatir la propagación del Covid-19. El cierre de escuelas, y las restricciones a la economía, trajo como resultado una ola migratoria notable, que se extiende, desde julio del 2020, hasta julio del 2021, es decir 12 meses.

En Illinois, la población declinó, en el periodo de tiempo mencionado, 151,512, mientras que California perdió 429,283 residentes y New York redujo su población en 406,257. ¿Adónde fueron? A los estados menos restrictivos, como Arizona, Texas y Florida.

Estos datos prueban la gran capacidad de movilización que posee este país. Cuando algo les molesta, como las restricciones de la pandemia, o el excesivo tax, como es el caso de California, o New York, la gente emigra a mejores lares.

Así funcionan las cosas en los países libres. 

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 ¿Cuándo volverá parte de la fuerza laboral a sus tareas habituales en la oficina? Difícil pregunta. Después de 20 meses de trabajar desde la comodidad del hogar, sin desmedro en la producción, sin el engorro de la transportación, o el acicalamiento en el vestuario para lucir bien entre los “co-workers”, es fácil asumir que la nueva costumbre ha creado raíces, y que, la tolerancia por las inconveniencias de ayer, serán menos aceptables hoy.

Las crisis traen cambios y el Covid no es la excepción. Los patrones de conducta han cambiado en muchos aspectos. Los trabajos en la oficina regresarán, pero con algunas alteraciones o ajustes.  ¿Dos días a la semana, o tres? Quizás.

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El desmantelamiento del proyecto Build Back Better, que tan desesperadamente el presidente Biden necesita, se produjo por su falta de liderazgo en no poder controlar las enconadas facciones de su propio partido. El presidente nunca les hizo entender a la enloquecida izquierda radical, que él, y no Sanders, había ganado la presidencia, y que, por tanto, él y nadie más, determinaría la agenda de su gobierno. Le faltaron coraje y determinación, factores críticamente esenciales en un presidente.

La idea original de los estratosféricos 3.5 trillones se la implantaron los “progresistas” que lo llevaron a un ridículo fracaso. Él sabía, o debería haber sabido, que Joe Manchin nunca votaría por esa exorbitante cantidad que contemplaba gastos elevadísimos por asuntos que poco tenían que ver con la infraestructura. Después, al final, comenzó a pedalear hacia atrás, reduciendo gastos, aquí y allá, hasta parar en 1.75 trillón para aumentar su propia humillación. Tampoco funcionó. Un esfuerzo tardío que no le pudo salvar su proyecto. Nada que exceda 1,500 billones será aprobado por el senador de West Virginia.

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El Covid llegó para quedarse, dicen algunos, y así parece ser. Ahora se le une, después de Delta, el Ómicron, menos dañino, pero más transmisible. Ninguno de los expertos a los que hemos escuchado, ha predicho su final, lo que implica una tácita aceptación a su presencia por tiempo indeterminado.

La única opción abierta para nuestra defensa es la vacuna, en sus dos dosis, y el búster como refuerzo. Lo demás está más allá de nuestro limitado control.

¡Vacúnese!

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